HUCK
Londres, enero de 1953
"Yo ya lo he visto todo, soy un hombre de mundo y no hay nada que me pueda sorprender”. Eso es lo que dicen los pobrecillos que han ido un par de veces a Londres y, quizás, de viaje de novios a París. Los que de verdad hemos visto de todo, sabemos que todavía nos queda mucho por ver. Y sabemos que nos quedan muchas sorpresas por llevarnos.
Y aquella fue una de tantas. De las gordas, quizás (aunque las hubo mayores, pero no mucho).
—Buenas tardes, sargento— me dijo un caballero del montón abordándome a la salida de mi domicilio.
Me sobresalté —levemente—: sabía por desagradable experiencia que, cuando alguien se dirigía a mi por mi antiguo rango militar, algo fuera de lo rutinario se me avecinaba.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
Yo, como siempre, tan flemáticamente británico.
—Como ya se figurará, me gustaría que me acompañara. Se trata de un asunto de la máxima trascendencia y confidencialidad.
—¿Ya no tiene el Ministerio para sellos? ¡Se suelen comunicar conmigo por carta!
—¿Y quién ha hablado aquí del Ministerio?
—Di por hecho que esto era un asunto oficial.
—Y lo es. Tremendamente oficial. Pero yo no estoy autorizado a darle más detalles. De momento, sea tan amable de seguirme. El coche está en la esquina. Por aquí, por favor.
El trayecto nos llevó hasta Norfolk. Conocía aquel lugar de mi visita anterior. Ni en un millón de años podría olvidarlo. De inmediato, y como era de prever, me condujeron a la sala donde, hacía casi un año, yo había hecho anónima historia de mi país. Estaba tal y como yo la había dejado, con la salvedad de que ahora, en vez de una soga, había dos colgando de sus argollas reglamentarias, y también se había instalado una segunda trampilla.¿Qué pasaba ahí? ¿Otros dos peces gordos querían irse de este mundo lo más rápido posible? Sinceramente, el panorama de convertirme en el eutanásico oficial del reino no me hacía ni pizca de gracia.
—Mire, dígale a su jefe que me niego a ir colgando a personas sin una orden judicial. La otra vez lo hice por lo que lo hice, pero fue la mayor de las excepciones.
El tipo aquel ignoró mi comentario y se fue sin despedirse.
—Así que fue usted quien..digamos que auxilió al bueno de Bertie. Ya se habrá percatado de que se ha hecho alguna pequeña modificación en esta cámara por orden mía. Me encargaron que supervisara su desmantelamiento, pero a mí se me ocurrió que todavía se le podía sacar partido —aquella voz femenina me había atacado por la espalda y no pude evitar dar un pequeño respingo. Se trataba de una dama elegantemente vestida que, supuse, había asistido a su baile de debutantes antes de la Gran Guerra.
—No se asuste, hombre, que es usted todo un verdugo de su majestad. Comprenderá que, dadas las circunstancias, prefiero obviar las presentaciones. Interesa que no haya nada de nombres. En fin, se preguntará para qué le he hecho venir.
—Me temo que pretende que ahorque a alguien, y permítame que le diga que…
La lady —así me referiré a la anónima aristócrata de ahora en adelante— me interrumpió con una carcajada arrogante.
—¿Y para qué iba yo a llamarle si no?
La situación me estaba empezando a poner tenso, y eso no es algo fácil de lograr en un tipo con mis antecedentes.
—Mire, señora, lo máximo que estoy dispuesto a realizar es un simulacro con un maniquí para satisfacer su morbosa curiosidad, e incluso para eso necesitará presentarme un permiso especial del Ministro de Justicia. Hay ciertos detalles del proceso que son secretos.
—No quiero ninguna maldita simulación, sargento, quiero un ahorcamiento en toda regla, o, para ser exactos, dos—señaló a las dos sogas.
—Permítame que le diga que la ejecución de la Justicia no es ningún juego. Es un asunto de la máxima seriedad. Creo que lo mejor es que me vaya y olvidemos que todo esto ha ocurrido.
—Vamos, sargento, no se preocupe. Tan sólo se tratará de un juego, un divertimento entre amigos...Y lo único que le pido es un poco de colaboración. Además, nadie sabrá jamás qué ha ocurrido entre estas paredes. Será nuestro pequeño secreto. Deje al menos que le explique en qué consistiría el asunto en cuestión. Ah, y, por supuesto, sabré recompensar su esfuerzo de una manera muy, muy generosa.
Los que dicen que jamás se venderían por dinero es que nunca han recibido una oferta lo suficientemente buena.
El divertimento —por llamarlo de algún modo y por resumir— era el siguiente: dos concursantes (así los llamó la lady, yo les habría calificado de otro modo) se prepararían, con mi inestimable ayuda, para ser ahorcados. Una vez listos, con la soga de la altura correcta y el nudo en el punto exacto, yo me retiraría. Pero, a diferencia de una ejecución ordinaria, estos reos no irían esposados. Esa era la modificación que se había llevado a cabo por encargo de aquella señora: En las manos tendrían cada uno un pequeño dispositivo con un botón rojo. Dicho botón bloqueaba la trampilla que tenían bajo los pies, pero accionarlo los convertía automáticamente en perdedores de la apuesta. Alguien, sentado un asiento oportunamente colocado frente a los concursantes, dispondría de otro mando, este dotado de cuatro botones. Gracias a un ingenioso sistema mecánico, pulsar uno de ellos, designado al azar, abría una de las dos trampillas, también al azar. Los otros tres, por contra, no producían ningún efecto. Obviamente, los amagos de pulsación no sólo estaban permitidos, sino que añadían más picante a aquel repugnante jueguecito. Si, finalmente, se llegaba a abrir una de las trampillas, resulta evidente quién se alzaba con la victoria. El público, por su parte, podría apostar sobre el resultado de la contienda de nervios.
En lo que a mí respecta, dado que yo no iba a ser el que pusiera en marcha ningún dispositivo, que esa gente ya era mayorcita, y, ¿por qué no decirlo?, que la cantidad que me iba a embolsar era ciertamente sustanciosa, me presté a ser uno más de ese macabro circo. Un apretón de manos, para el que la lady conservó el guante puesto, fue el único contrato que firmé.
—Excelente, sargento. Permítame que le presente a los concursantes. ¿Cuánto tiempo precisa para que todo esté listo?
—Debo inspeccionar a los…concursantes, como usted los llama, antes para decidir la longitudes exactas de las sogas, y tienen que estar una noche estirándose con un lastre para estar listas.
Ella puso un gesto de ligera contrariedad.
—Ya. Bueno. Lo de ajustar la longitud me parece razonable, pero lo de tener que esperar hasta mañana, ¿es absolutamente necesario?
—Al menos, yo lo considero del todo recomendable.
—Bah, pues me parece que en esta ocasión lo vamos a obviar. Ni a mis amigos ni a mí nos gustan las largas esperas.
—Como guste, pero será bajo su responsabilidad.
—Ja, ja, ja. Clara, claro…¡Ja, ja, ja! Acompáñeme, por favor.
En una lujosa sala contigua, un grupo de personas con aspecto de ser asquerosamente ricas y, supuse, de estar asquerosamente aburridas con sus vidas de lujo y vacío bebía y reía. Me resultó del todo imposible adivinar cuánto había de consumo de sustancias y cuánto de estupidez congénita en el alocado comportamiento de esa manada de parásitos.
—Señoras y señores, permítanme que les presente al asesor técnico de nuestro pequeño juego.
Nueva ración de hielo en vena. Dentro del selecto grupo de ladillas de clase alta que había clavado sus miradas, entre asustadas y morbosas, en mí, había dos rostros que cualquier británico, y media humanidad, conocían. ¿Sus nombres? Dejémoslo en los duques. Ella se adelantó y me interpeló decidida, aunque con un punto infantil
—Excelente. ¿Qué debo hacer? ¡No tengo experiencia, es la primera vez que me ahorcan!
¿La duquesa era una de las dos participantes?
—Debo, con su permiso, examinar su cuello, y tendrá que pasar por la báscula.
—¡Uy, pesarme! ¡Mi peso real es secreto de estado! —respondió sin abandonar el tono frívolo y simplón—. Dicen que no se siente nada. Una nota que se cae...¡y ya está! ¿Es cierto?— continuó interrogándome, aderezando la estupidez con una ridícula risita de excitación.
—No lo sé, señora. Nunca he tenido la oportunidad de preguntárselo a un reo después de ahorcarle.
Mi respuesta fue muy brusca, lo reconozco, pero la pregunta me había resultado muy molesta. En realidad, todo aquello estaba siendo más desagradable para mí de lo previsto. ¿Es que esa señora no sabía lo que estaba en juego? O quizás es que un servidor no tenía costumbre de tratar con la gente antes de pasaportarla. Normalmente, me facilitaban los datos de altura y peso, y yo remataba mi evaluación echando un ojo al cliente por una discreta mirilla. Realicé el trámite, lo cual me creó otro quebradero de cabeza: ¡Dios santo, esa maldita mujer pesaba menos que un canario! Por fortuna, el cuello también era muy débil, por lo que, llegada la ocasión, todo debería de salir bien. O mal, según se mire. Mejor que no llegara tal ocasión.
El otro concursante, en cambio, se ajustaba más al común de los condenados: silencioso, como ido, se sometió a mi examen sin oponer la más mínima resistencia, o hacer el más mínimo comentario. Se limitó a darme las gracias al terminar. Este sí que estaba dentro de los parámetros normales del británico medio. Por fortuna, porque intuía que era bastante más probable que terminara con el cuello roto que la otra. De hecho, le pregunté discretamente si realmente quería tomar parte en todo aquello, a lo que él se limitó a responderme un lacónico: “No hay más remedio, amigo”.
—¡Bien, damas y caballeros, que empiece la competición! Pasemos todos a la cámara de las ejecuciones —anunció con entusiasta teatralidad la lady.
La enésima sorpresa de la noche (aunque quizás esta la debería haber visto venir) era que el responsable de accionar los botones fatales iba a ser el duque en persona. ¿Colgar a la parienta por control remoto? No, aquello no podía ser real. Tenía toda la pinta de estar amañado para darle un subidón de emociones fuertes a la señora a costa del infeliz aquel. No pude resistirme a la tentación de comprobar si mi corazonada estaba en lo cierto. Aprovechando el momento de colocar las sogas en los cuellos (la duquesa se dedicó a dar pequeños aplausos de emoción mientras lo hacía, como una niña pequeña para la que están cortando un buen pedazo de tarta de chocolate), me acerqué a la lady, y discreto, le pregunté.
—Señora, esto es todo una comedia, ¿verdad?
Ella me regaló otra de sus risitas de ratón de palacete marca de la nobleza británica.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Intuición de verdugo.
—Créame, si supiera la historia de ese hombre, su trabajo le parecería menos penoso.
—¿A qué se refiere?
—A que, cuando se repasa el periplo vital de ciertas personas, uno se pregunta si dar la vida no puede llegar a ser un crimen mucho más despreciable y sucio que quitarla.
Y, por resumir, aquella sofisticada pantomima orquestada para excitar a la señora duquesa, salió a pedir de boca. La verdad es que ella aguantó bastante bien el tipo, con ese increíble valor que da la absoluta insensatez. El duque comenzó con tres amagos razonablemente convincentes de ir a pulsar un botón, pero su esposa ni pestañeó. El otro tipo, por contra, ni tan siquiera tenía el dedo sobre el mando salvador. Se limitaba a mirar al infinito con los pacientes ojos del que impacientemente espera su fatal destino. Iba a ganar aquella apuesta a cualquier precio. Entonces, para mi monumental sorpresa, el duque presionó repentino y enérgico uno de los botones. Se produjo un generalizado suspiró de emoción y asombro entre los presentes (yo el primero, no le voy a engañar) pero, para alivio y algarabía general, ninguna de las dos trampillas se movió un centímetro. En ese preciso instante, por fin, la señora Duquesa se dio por vencida y oprimió el botón rojo con una carcajadita histérica. Ya había tenido bastante subidón de adrenalina. Yo emití un imperceptible resoplido de alivio.
—¡No aguanto más, qué tensión!
El ganador no hizo ninguna demostración de alegría, ni tan siquiera de alivió. Ni se inmutó.
El señor duque se levantó y, entre los aplausos y el jolgorio de los testigos, le retiró la soga del cuello a su esposa y dio un abrazo.
—¡Qué valiente eres, querida, has aguantado mucho más de lo que yo esperaba!
Discretamente, el mismo tipo que me había traído a aquella orgía de locos se acercó al ganador y se lo llevó. De nuevo, me llamó la atención su gesto: parecía que sentía mucho más haber ganado que lo que habría lamentado perder durante el segundo que del que habría dispuesto para hacerlo.
Sin hacerme el más mínimo caso, la procesión del morbo ocioso se fue de la sala, sin despedirse de mí, y dejándome solo. Por fortuna, el tipo de marras vino en mi rescate, me entregó un sobre con mi dinero y me preguntó si deseaba que me llevara algún sitio.
—Al centro de Londres, por favor, me apetece dar un largo paseo a casa.
—Como guste.
No me fui de aquel lugar sin que la lady en persona se despidiera de mí.
—¿Ve lo fácil y divertido que ha sido?
—Divertido, no, señora. Créame.
—Tutéame, verdugo. Sabes, no me había fijado en lo atractivo que eres…Me preguntó qué se sentirá cuando las manos que han ahorcado a tantos asesinos se pasean por tu cuerpo desnudo.
Genial, ya lo que me faltaba: despertando la libido morbosa de una madurita de la nobleza inglesa.
—Con su permiso, señora, me voy, que se me hace tarde y el casero me cierra el portal.
No fue la última vez que colaboré con el jueguecito, y, por desgracia, hubo partidas mucho más emocionantes, e incluso trágicas (de hecho, el tipo de la primera vez acabó colgado, me temo que cumpliéndose así su extraña voluntad). Y siempre con la lady como anfitriona y el mismo irritante grupito de testigos con el duque y la duquesa a la cabeza, aunque ella jamás volvió a participar como concursante (mas siempre era de las apostadoras más activas). Incluso le pusieron un nombrecito a su enfermo pasatiempo: "HUCK: Hanging Under Command of the King" (ahorcamiento bajo orden del rey, aunque él señor duque no lo era. Ya no).
No me siento orgulloso de todo aquello, aunque he de decir en mi descargo que el dinero —casi todo— se destinó siempre a causas muy nobles.
Y, por mucho que insistió, jamás tuteé a la lady.