EL MATE DEL PASTOR
Glasgow, octubre de 1958
Había llegado el gran día de mi apreciado Jimmy Hamps. Por fin, tras un buen puñado de años como mi ayudante-aprendiz, él iba a ejercer de número uno en una ejecución. “¿Cree usted que está preparado para asumir con suficiencia las responsabilidades que implica el ascenso?”, me preguntaron desde el Ministerio de Interior. Mi respuesta no podía ser otra que “de sobra, señor”. De hecho, hacía tiempo que estaba más que cualificado, pero yo no había hecho nada por acelerar el ascenso de categoría. Supongo que me había encariñado del muchacho y no me apetecía verle volar solo. Puro egoísmo.
De todos modos, sugerí al Ministerio que me permitieran acompañar a Hamps como ayudante en su primera actuación titular (no porque pensara que no iba a cumplir con su misión con toda solvencia, sino por una mera cuestión sentimental. Al fin y al cabo, uno siempre quiere ver debutar a su pupilo, incluso en un negocio tan desagradable como el nuestro) y el director de la prisión de Su Majestad de Barlinnie, Glasgow estuvo de acuerdo con mi propuesta.
También iba a ser el gran día de Finlay Acheson, aunque dudo mucho que él lo aguardara con la mismas ganas que el bueno de Hamps. ¿Qué decir de Acheson? Un chaval de barrio pobre al que el diablo le había metido muchos pájaros en la cabeza y puesto una pistola en la mano. Por lo demás, el resultado de todo aquello era bien previsible: un tiroteo con la Policía después de un asalto, una bala segando la vida del malogrado agente Charlie Pierce y facturando a Acheson de cabeza a la horca. Nada que objetar, la ley es dura pero es la ley.
Nada más llegar a la prisión, Hamps fue dibujando la rutina que, modestia aparte, yo tan bien le había enseñado, incluyendo la inspección ocular del reo a través de una mirilla en la celda oportunamente instalada. Yo también eché un ojo, por si acaso mi discípulo deseaba una segunda opinión. Acheson estaba tranquilamente jugando al ajedrez con un pastor protestante, mientras los dos guardias de servicio observaban atentamente. Se trataba de uno de esos modelos de viaje, con las piezas en forma de fichas magnéticas que se pegan al tablero metálico.
—Es un loco del ajedrez —nos confirmó el director de la prisión. Lleva echando una partida tras otra desde que le trasladamos a la celda de los condenados. Por fortuna, el vicario también es muy aficionado. Cuando se presentó por primera vez, Achison le dijo muy educadamente que no creía en Dios y le pidió que se marchara, pero entonces el sacerdote se percató de que había un juego de ajedrez sobre la mesa y todo cambió. Parece que ninguno de los dos se cansa del asunto. Debe de ser el ateo que más tiempo ha pasado con un cura de la historia de Escocia.
—Me admira que ese tipo sea capaz de concentrarse en una partida dada su situación —me comentó posteriormente Hamps.
—A mí también, aunque posiblemente ese es su mecanismo psicológico para gestionarla, una herramienta para evadir su mente de lo que se le viene encima —respondí—. Mientras está jugando, en el fondo, no tiene que afrontar que su ejecución es inminente.
—Pero llegará el momento en que tendrá que parar de jugar y plantarle cara a la realidad. Habrá una última partida y tendrá que aceptarlo.
Sí, pero le costó. Echelon estuvo jugando hasta el ultimísimo momento. Pese a los consejos e indicaciones del director de la cárcel, los funcionarios y el propio sacerdote, cuando Hamps y yo entramos a la celda, él seguía enfrascado en el siguiente movimiento. No obstante, cumplió la orden de Hamps de que nos acompañara sin rechistar, aunque salió de la habitación echando una última mirada de reojo al tablero. “¡Bah, la partida estaba perdida desde hacía mucho rato!”, dijo entonces, ignoro si refiriéndose al ajedrez o a su propia existencia.
¿Qué puedo decir de la ejecución? Hamps estuvo impecable, perfecto en cada detalle. Me dieron ganas de aplaudir, pleno de orgullo, pero, claro está, me contuve.
—He tenido suerte, era un cuello sencillo —me comentó Hamps nada más certificar el médico de la prisión el deceso de Acheson.
—No te quites méritos, Hamps. Eres un gran profesional, y has hecho y harás este trabajo a la perfección.
Hamps me dio las gracias con una sonrisa un tanto ruborizada, como el colegial que recibe un halago de su maestro (que, por otra parte, era lo que acababa de suceder).
En ese momento, la puerta del cuartucho se abrió y aparecieron el director de la cárcel y el pastor que había acompañado al reo.
—Disculpen la interrupción, pero el padre desea rezar un breve responso ante el cuerpo del condenado. Era su deseo.
No era común, pero tampoco antirreglamentario. Me fijé en que llevaba la caja del ajedrez en la mano.
—Por supuesto.
Todos los presentes agachamos nuestras cabezas en espera de las palabras del sacerdote. En ese momento me acordé de que se suponía que Achison era ateo. Terminada la oración, mi natural curiosidad se apoderó de mí para variar.
—Le pregunté a Finlay por qué no creía en el Señor y él me explicó que no entendía por qué Dios consentía que tantas cosas malas le pasaban a la gente buena de modo tan injusto. Me puso como ejemplo una vecinita suya, la hija única de las más bellas personas que uno pueda encontrar, que había quedado inválida tras un accidente montando en bicicleta. Entonces, realicé un movimiento y le pedí a uno de los funcionarios que nos acompañaban que explicara por qué lo había hecho. Éste se encogió de hombros y, con una sonrisa de apuro, me contestó que la había parecido estúpido y carente de sentido. Finley replicó con un tanto molesto que, muy al contrario, había sido una excelente jugada que tendía una sutil y astuta trampa. “¿Ves, Finley? A menudo un movimiento nos parece absurdo pero es, en realidad, genial. Esa es nuestra soberbia, pensar que somos mejores jugadores de ajedrez que el Señor, cuando, en realidad, no somos ni siquiera los mejores de nuestra ciudad. Él es el ajedrecista supremo. Deja que mueva las piezas, y ten tranquilidad, confianza y fe”. Lo crea o no, esto le hizo reflexionar profundamente y, poco antes de morir, me confesó en voz baja, justo antes de darme jaque, que la fe había vuelto a su corazón y confiaba en que las jugadas de Dios le iban a llevar a un lugar mejor. También me pidió que rezara por él.
—Tiene usted toda la razón, padre, y como a Dios le gusta tanto el ajedrez, rezaré para que las blancas se coman al rey negro alguna vez—repliqué.
—¿A qué se refiere? —me preguntó el cura con curiosidad.
—Verá, en este negocio, uno tiene la sensación de que solo le dan jaque mate a los infelices peones como Finlay Acheson. Los peces gordos del mal, los reyes negros, siempre encuentran la manera de enrocarse.
El sacerdote sonrió.
—¡Me parece algo muy bueno por lo que pedir! Tenga, llévese el juego de ajedrez de Finlay. Le recordará que tiene que rezar por la justicia en el mundo, y tampoco olvide echar una partiditita de vez en cuando: el ajedrez es combustible para la mente y bálsamo para el alma.
Con el inesperado presente en el bolsillo de mi abrigo, me encaminé a la estación de ferrocarril con Jimmy. No habíamos despedido muchas veces, pero esa iba a ser totalmente diferente.
—En fin, Hamps. Creo que este es el final de nuestra relación profesional. Ha sido un placer tenerte como asistente. Si alguna vez pasas por Londres, hazme una visita. Ya sabes mis señas.
Hamps tenía los ojos clavados en el suelo. Él quería decirme algo, y yo quería que me lo dijera.
—Jefe.
—Dime, Hamps.
—Si alguna vez le apetece llamarme para que le asista…
—¡Tú ya eres un ejecutor titular de pleno derecho!
—¡Da igual, por los viejos tiempos!
—Lo tendré en cuenta, Hamps.
—Gracias, jefe. ¡No se olvide, por favor!
—Descuida.
Normalmente nos solíamos despedir con un apretón de manos, pero aquella ocasión bien merecía un abrazo.
Casi un año después, me enteré por la BBC que se presentaba otro encargo en Glasgow. Me alegró no recibir la preceptiva carta del gobierno. Tras oportuna llamada telefónica a un contacto ministerial, averigüé con satisfacción que el trabajo era para Hamps. De hecho, intuí que todos los trabajos que surgieran en Escocia de ahora en adelante iban a ser para él. Me alegré, porque yo estaba próximo a entrar en la cuarentena y, sinceramente, ya me daba pereza tener que hacer largo viaje hasta el norte desde Londres. Sí, Jimmy Hamps ya era don James y, seguramente, ahora iba a ser él quien iba a ser asistido por un novato al que ir enseñando el oficio.
El trabajo correspondía a un caso de lo más mediático que había sacudido a toda la nación: uno de los peces más gordos del crimen organizado escocés iba a ser colgado por el asesinato a sangre fría de un vulgar timador callejero. Mi viejo enemigo íntimo Ronnie Carson había disfrutado con el asunto como un marranico en un lodazal.
Recordé entonces mis palabras: “...como a Dios le gusta tanto el ajedrez, rezaré para que las blancas se coman al rey negro alguna vez”. Deseo cumplido, aunque el precio resultó ser que un pobre muchacho había perdido la vida. Está claro, antes de desear algo, párate a pensar detenidamente todas las implicaciones.
Albano Sanna había emigrado a Escocia desde su Cerdeña natal en 1901 con su esposa Grazia y los pequeños Albanino y Beppe. Como tantos compatriotas, se lanzó al mundo de la pequeña hostelería y montó Sanna’s, un local de refrescos y helados —aderezada con una una mesa de billar— que marchaba razonablemente bien. Como era de esperar, el negocio daba trabajo a toda la familia, e incluso se contrató a un par de compatriotas que también residían en Glasgow. Beppe estaba feliz de ser parte de aquella recién nacida tradición, y tenía toda la intención de continuar con ella. Tenía además, la ilusión y el propósito de que sus descendientes —se había casado a principios de los años veinte— siguieran sus pasos en lo personal y lo profesional. De momento, los niños ya eran bilingües en el particularismo inglés de Glasgow y en sardo.
Albanino era otra cosa. De entrada, prefería que le llamaran Albie y, al contrario que el resto de su familia, había suavizado su acento italiano intencionadamente, aunque seguía siendo un orgulloso hablante de sardo con sus parientes. Pero lo peor era su nulo interés por Sanna’s. No es que fuera un vago o no tuviera espíritu empresarial, todo lo contrario: Albie pronto se percató de que las tiendas como la de sus padres necesitaban protección frente a los alborotadores y los ladrones de poca monta. ¿Y quién mejor que un grupo de compatriotas para garantizar la paz y la seguridad de tu establecimiento a cambio de una moderada cifra de dinero?
De este modo, la segunda generación de los Sanna fue medrando en Glasgow y expandiendo sus respectivos negocios, coincidiendo con el retiro y el retorno de sus padres a su añorada Cerdeña. Así, al comienzo de la década de los cuarenta, Sanna’s disponía ya de diversas sucursales en diferentes puntos de la ciudad y Albie —ahora Don Albano, víctima de un exceso de teatralidad— además de protección, te podía suministrar ciertas sustancias recreativas ilegales y gestionar todo tipo de apuestas deportivas, también al margen de la ley. Obviamente, era una actividad que lleva inherente su ración de violencia, e incluso algún que otro cadáver había quedado por el camino, pero Don Albano, obviamente, nunca se manchaba las manos personalmente. Lo que tampoco había hecho era casarse. Como él decía: “¿Para qué comprar un camión de helado de nata cuando hay cucuruchos de múltiples sabores a la venta?”. La relación entre los hermanos seguía siendo fraternal —un amor que habían mamado desde pequeños— aunque Beppe no aprobaba los turbios asuntos de Albanino, y éste pensaba que su hermano era un pringado con esposa e hijos.
Fue entonces cuando alguien en el Departamento de Teología y Estudios Bíblicos de la Universidad de Glasgow decidió organizar unas jornadas bajo el lema El nacimiento de la Vulgata. Una inusual bonanza de presupuesto permitió traer desde Italia a monseñor Amérigo Marsala, obispo de la sarda Ozieri y destacada autoridad a nivel mundial en santa Paula de Roma, una de las traductoras de las Sagradas Escrituras (a decir verdad, no es que hubiera mucho más donde elegir). Marsala recibió la invitación con entusiasmo, porque, más allá del interés profesional del evento, siempre había tenido muchas ganas de visitar Escocia. Su pelo pelirrojo y ojos claros, algo sorprendente en un italiano de raza, había hecho que tuviera, desde el seminario, el apodo de MacSala.
El encuentro se iba a prolongar durante tres días en jornadas de mañana y tarde, y, aunque Marsala estaba más que interesado en asistir a las ponencias de sus colegas, decidió saltarse la de su discípulo fray Peter Cartwright, esencialmente porque él mismo le había ayudado a prepararla y, además, le apetecía darse un paseo por Glasgow y hacer un poco de turismo. Así pues, dejó sus ropajes eclesiásticos colgados en la residencia, y se lanzó a explorar el lado urbano de la Escocia profunda enfundado en unos pantalones y una camisa a cuadros.
El bullicio le fascinaba. El contacto con la vida de cientos de vidas llenas de prisa de acá para allá era algo que le colmaba de energía. Él, por contra, se permitía uno de los mayores lujos que se puede dar un ser humano moderno: caminar despacio, sin prisa, con una absurda sonrisa de paz en los labios, cotilleando escaparates, distrayéndose con las palomitas y parando cuando así lo dicta el capricho. Le habían hablado muy bien de unos establecimientos que servían, aparentemente, los mejores helados de la ciudad. Sanna’s, regentados, además, por una familia de ascendencia sarda. Ir a hacerles una visita a su tienda matriz se le antojaba casi una obligación pastoral. Se dirigió a la señorita tras el mostrador en sardo y, para su agrado y sorpresa, la transacción se llevó a cabo en dicho idioma. Nada más salir por la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja y el delicioso sabor de aquel helado en la boca, algo llamó su atención. ¿Qué será esa gente arremolinada en aquella esquina? ¡Dios bendito, si es un trilero!
El sentido común del viajero dicta que nunca es bueno sumergirse en las bullas en general y en las de los trileros en particular, a no ser que uno le tenga poco afecto a su dinero, pero monseñor había cocinero de las calles antes que fraile, así que no tuvo miedo a husmear un poco. Por supuesto, la posibilidad de jugar ni se le pasó por la cabeza. Cuando uno se enfrenta a un trilero profesional, incluso aunque conozca todos los secretos del timo, las posibilidades de ganar son nulas, y el sacerdote lo sabía de sobra.
Y el muchacho era uno de esos profesionales, sin duda. Monseñor —catedrático de mil calles de todo el mundo— era buen juez para certificarlo. Entonces, apareció la siguiente víctima: un señor elegantemente trajeado con dos escoltas que vestían más baratito. Se acercó decidido al chaval.
—¿Quién eres? ¡No te conozco!
—Estoy de paso, jefe…¿Dónde está el as? ¿Dónde está el as? ¡As siempre gana! ¡Ponga ahí un billete de diez chelines como éste y lléveselo fácil!
—No me hagas perder el tiempo, nene. Este juego lo tengo yo prohibido en este barrio, así que recoge y lárgate.
—¿Y quién es usted para mandar tanto, jefe?
—¡El que manda!
Como ya habrá intuido, el trajeado macarra era Don Albano en persona, de visita a su hermano, y es preciso aquí aclarar que él siempre había tenido un especial interés por que no hubiera trileros en sus dominios, no porque desaprobara el juego, sino porque, precisamente, él de chaval se había forjado en el trile y se tenía por el más diestro especialista que Glasgow jamás hubiera conocido. Por esto, no iba a consentir que nadie pudiera hacer peligrar su leyenda.
—¡OK, jefe! Una y me voy,
—¡Que te largues!
—¿Tiene miedo, jefe?
—¡Venga, señor, sólo una! ¡Demuéstrele a este niñato quién es el más listo! —intervino uno de los espectadores, secundado por otro. Muy probablemente eran los compinches del trilero.
Esto era más de lo que Don Albano podía tolerar, máxime en presencia de dos de sus hombres de confianza. Metió la mano en su bolsillo y extrajo un flamante billete de cinco libras para lanzarlo sobre la acera que hacía las veces de improvisado tapete.
—¿Puedes cubrir esto, desgraciado?
—¡Vaya, tres días de trabajo de un honrado trabajador! Yo no lo soy, pero si lo tengo —dijo al tiempo sacaca su propio billete y lo ponían en juego. En ese instante, los dos acompañantes de Don Albino ordenaron a los curiosos que se disolvieran. La mayoría, con monseñor a la cabeza, se dieron cuenta de inmediato de que les convenía largarse. Sólo los dos tipos de antes se mostraron muy reticentes, lo que confirmaba su condición de cómplices. Pero cuando los sicarios de Don Albino les mostraron discretamente un par de revólveres, se percataron de que se habían metido en un barrizal tremendo y no les quedaba otra que abandonar a su compañero a su suerte.
—¡Vamos al asunto, jefe! ¿Dónde está el as? ¡No pierda de vista al as! ¡El as gana siempre! —decía el muchacho al tiempo que movía las cartas de un lado para otro a la vertiginosa velocidad de sus diestras manos.
El chaval era bueno de veras, y Don Albano había perdido mucha práctica, así que el resultado de aquel juego no podía ser otro: cuando el mafioso levantó con gesto de soberbia autocomplacencia la carta central, aquello no era un as.
—¡Unas veces se gana, otras se pierde, ha sido un placer, caballero! —dijo el trilero al tiempo que recogía el dinero y salía corriendo calle arriba movido por el instinto de supervivencia: tan pronto como lograra doblar un par de esquinas, estaría salvado. Ya habría tiempo luego de reencontrarse con sus compañeros. Unos de los esbirros de Don Albano había salido en su persecución.
Don Albano se había quedado en el sitio. En silencio, humillado. Su acompañante le observaba también en silencio desde una prudencial distancia. No hacía falta que su amo le dijera que todo aquello no había pasado, que si iba contando por ahí que Don Albano había sido derrotado por un vulgar trilero, su vida no valdría un penique. Finalmente, el otro secuaz apareció con el trilero discretamente agarrado del brazo. El muchacho había pedido ayuda a gritos en el momento de su detención. El infeliz ignoraba que en ese barrio nadie ayudaba a nadie cuando uno de los hombres de Don Albano estaba en escena. Ahora, por consejo de su captor y llevado por el sentido común, simulaba no estar retenido. Con un poco de suerte, todo el dinero que llevaba encima y una disculpa serían suficientes para zanjar el incidente. Jefe y secuaz se unieron a la pareja y los cuatro salieron en dirección a un coche que había aparcado cerca de allí. De camino, se cruzaron con lo que parecía un escocés más. No había peligro en dirigirle al malparido del trilero, a modo de desahogo, unas sentidas palabras en sardo, pues el testigo ocasional no entendería ni papa: “Su porcu isporcu imbrogliadore! T'apo a ochire deo matessi. Custa traballu est meu. Ti diat piaghere su ponte de sos suspiros, imbecillu!”.
“¡Sucio cerdo tramposo! Te voy a matar yo personalmente. Te va a encantar el Puente de los Suspiros, imbécil”, escuchó alarmado monseñor Marsala, especialmente porque estaba al tanto de cómo se habían conocido esas dos personas. Lamentablemente, antes de que pudiera intentar cualquier tipo de mediación haciendo uso de su autoridad moral y su dominio del sardo, ya se habían metido todos en el coche y desaparecido entre una nube de ruido. ¿En serio se iban a llevar esos tres al pobre muchacho hasta Venecia para matarlo? Sólo había una cosa que podía hacer. Pasó a la heladería Sanna’s en busca de un teléfono público.
Para el flamante caballero de la reina Sir Clive Scotting aquel iba a ser un último e inesperado servicio, el broche de oro de su sobresaliente carrera al servicio de la ley y el orden. Se suponía que llevaba seis meses retirado, y con tal motivo había sido distinguido por su majestad hacía solo un par de semanas, pero el secretario del obispo de Glasgow todavía no tenía el contacto del nuevo comisario jefe de la Policía de la ciudad, así que, cuando monseñor Marsala había llamado al obispado en busca de ayuda urgente, se había recurrido a Scotting. Cuando éste escuchó la narración del caso de boca del obispo, dio órdenes concretas a su señora y salió pitando en su vehículo particular al cementerio de la catedral, ese al que se accede a un puente conocido localmente como el de los Suspiros. Afortunadamente, todavía llevaba su viejo revólver en la guantera.
Por desgracia, Scotting y las fuerzas policiales que iba convocado a través de su esposa no llegaron a tiempo de salvar la vida del desdichado Eric Sealey, que así se llamaba el trilero, pero sí de ser testigos de excepción de cómo Don Albano le pegaba un tiro en la nuca al muchacho, que estaba situado al borde de una tumba que alguien había abierto oportunamente para ellos. Después de propinarle una prolongada y brutal paliza en el coche, Don Albano se había apiadado del trilero y no le iba a enterrar con vida. La Policía sabía que los tentáculos de Don Albano eran largos, pero les sorprendió que hasta el punto controlar a varios trabajadores del cementerio de la catedral de Glasgow, que se aseguraban de que siempre hubiera alguna tumba abierta en alguna esquina discreta por si el jefe precisaba de deshacerse discretamente de un cadáver con urgencia.
La detención se produjo tras un largo tiroteo. Don Albano sabía que, si se asesina a sangre fría a un pobre chaval con una nutrida representación de las fuerzas del orden por testigos, hay tratar de escapar a toda costa. Pero eran diez contra tres, las balas no eran infinitas y terminaron acorralándoles. Cuando se lo llevaban esposado, era del todo consciente de que su única esperanza de salvar el pescuezo de la soga era gastarse toda la pasta que había sacado del crimen en pagar a los abogados más caros que el dinero pudiera ofrecer. Una vez más, lo fiaba todo a que el delito pudiera más que la justicia.
En otras circunstancias, quizás se habría jugado la carta de amenazar a los testigos, ¿pero a un puñado de agentes de Policía encabezados por su antiguo jefe y a un obispo que, previamente a su ascenso, había trabajado en diversas cárceles del país, donde había trabajo entrañable amistad con la flor y la nata del crimen organizado enjaulado?
Dos días antes de la fecha fijada para el ahorcamiento sonó el teléfono.
—Pero…¿no había hecho el cursillo?
—En Wandsworth. ¡Y a plena satisfacción! También había asistido ya a un par de ejecuciones como espectador y, según los informes, se mostró calmado y sereno en todo momento.
—¡Y ahora se nos echa atrás en el último momento!
—Nadie mejor que tú sabe cómo es este negocio.
—Sí, no es el primer asistente que se acobarda…ni será el último. En fin, me pongo en marcha de inmediato.
—Muy agradecido.
Al fin y al cabo, siempre se agradecía una oportunidad de reencontrarse con Jimmy Hamps, e intuí que el sentimiento fue recíproco. Ni que decir tiene que cumplió con absoluta rapidez, limpieza y eficacia. Un trabajo de manual.
Fiel a la que parecía su costumbre, el sacerdote se volvió a presentar para rezar un responso.
—Va a resultar que, después de todo, al rey negro también le dan jaque mate de vez en cuando —dijo dirigiéndose a mí—. A propósito, ¿cómo va ese ajedrez?
—Lo cierto es que ni he abierto el juego que me usted me regaló, padre.
Nunca he sido capaz de mentirle a un cura.
—Me lo imaginaba —me replicó con una sonrisa un tanto pícara—. Pues retómelo. Es un consejo de amigo —esto me lo soltó mientras me propinaba unos leves golpecitos en el pecho.
Lo primero que hice al llegar a mi cobertizo fue rescatar el ajedrez del fondo de uno de los múltiples cajones que articulan mi organizado desorden. Las piezas magnéticas estaban dispuestas tal y como las había dejado Acheson justo antes de irse para el otro barrio. Un rápido vistazo confirmó que, en efecto, esa partida estaba agonizando.
(Recuerde que a la torre de ajedrez se la conoce en inglés como rook, que también puede significar estafador; el alfil es el bishop (obispo) y el caballo es knight (caballero).
Pintaba muy mal para el rey negro. Tiene varias piezas de su lado, pero nada van a poder hacer para ayudar a su amo.
La jugada blanca es evidente. La torre avanza hacia el rey enemigo…
…que no tiene más remedio que comérselo, en presencia de un amenazador alfil.
Y llega el final para el rey negro. Un oportuno movimiento del caballero blanco, en combinación con el alfil, le da jaque mate.
Cerré el juego cuidadosamente y lo devolví pensativo al lugar donde estaba guardado. Tenía la sensación de que, en el ajedrez de la vida, a veces jugamos nosotros y otras nos mueven nuestras piezas sin permiso. Resultaba del todo absurdo seguir dándole vueltas al asunto. Después de todo, Él juega infinitamente mejor que nosotros, y algunos creemos —quizás no siempre en nuestras mentes pero sin duda sí en nuestros corazones— que va a hacer que, al final de la partida, todos acabemos ganando.