UNA CASITA DE CAMPO ABANDONADA EN STEVENAGE
Londres, 4 de noviembre de 1950 Llamaron mientras estaba enfrascado en la más delicada etapa del disecado de un águila. No estoy acostumbrado a que me interrumpan mientras trabajo, seguramente porque recibo pocas visitas. Clamé por un poco de paciencia, pero los insistentes golpes en la puerta no parecían tenerla. Con un enfado que me crecía por las sienes, me dirigí a abrir. Dos militares de semblante serio esperaban al otro lado. Me llamaron por mi nombre y me indicaron que debía acompañarles de inmediato. Aquello me sorprendió en extremo, pues mis "encargos de parte de Su Majestad" solían llegar por correo y con tiempo más que de sobra. —¿De qué va esto? —Limítese a acompañarnos, sargento. —Hace tiempo que dejé el ejército, señores. —Pues considere que ha vuelto, al menos por un par de días. —Insisto, ¿de qué va todo esto? —Se le explicará cuando lleguemos a nuestro destino. De momento, síganos. Con gesto de fastidio y confusión cogí la chaqueta que tenía más a mano y sa...