UNA CASITA DE CAMPO ABANDONADA EN STEVENAGE
Londres, 4 de noviembre de 1950
Llamaron mientras estaba enfrascado en la más delicada etapa del disecado de un águila. No estoy acostumbrado a que me interrumpan mientras trabajo, seguramente porque recibo pocas visitas. Clamé por un poco de paciencia, pero los insistentes golpes en la puerta no parecían tenerla. Con un enfado que me crecía por las sienes, me dirigí a abrir.
Dos militares de semblante serio esperaban al otro lado. Me llamaron por mi nombre y me indicaron que debía acompañarles de inmediato. Aquello me sorprendió en extremo, pues mis "encargos de parte de Su Majestad" solían llegar por correo y con tiempo más que de sobra.
—¿De qué va esto?
—Limítese a acompañarnos, sargento.
—Hace tiempo que dejé el ejército, señores.
—Pues considere que ha vuelto, al menos por un par de días.
—Insisto, ¿de qué va todo esto?
—Se le explicará cuando lleguemos a nuestro destino. De momento, síganos.
Con gesto de fastidio y confusión cogí la chaqueta que tenía más a mano y salí de mi casa en dirección a un coche aparcado fuera.
Mientras recorría las calles de Londres con uno de aquellos inexpresivos tipos a cada lado, repasaba mentalmente toda mi carrera militar. Aquello para mí ya era un capítulo cerrado y, honestamente, no encontraba ningún cabo (mejor dicho, sargento, si me permite el chiste fácil) suelto por el que se me pudiera pedir rendición de cuentas. Nunca se sabe, quizás habían decidido darme una medalla por algo que había (o no había) hecho.
Mientras yo disimulaba la sonrisa que me había producido tan absurdo pensamiento, el coche franqueó el control de entrada a una propiedad gubernamental y aparcó discretamente en un patio trasero.
Allí me esperaba otro militar. ¡Qué importante me debía de haber vuelto sin yo saberlo!
Me condujeron por un intrincado laberinto subterráneo de pasillos hasta llegar a un despacho no muy diferente de las celdas con las que tan familiarizado estoy. Allí, un pez muy gordo de uniforme me recibió. Conocía lo suficiente los engranajes de la maquinaria gubernamental para intuir que aquel tipo tampoco iba a arrojar mucha luz sobre todo aquel asunto, y no me equivoqué. Se limitó a alabar mi trayectoria al servicio de Su Majestad y el País y a indicarme que, de nuevo, mis servicios eran requeridos en una misión de extrema delicadeza. De momento, no hacía falta que supiera más, tan sólo debía limitarme a ponerme un uniforme militar que tenían preparado y a acompañarlos. Por último, recalcó que todo aquello debía mantenerse en el más estricto y escrupuloso de los secretos.
Por supuesto.
Un discreto automóvil con matrícula militar nos trasladó a una base de la Real Fuerza Aérea, cuyo nombre no pude distinguir, pues ya era bien de noche. Allí, un avión de transporte nos esperaba ya listo en cabecera de pista. Sin perder ni un solo segundo, embarcamos y, en cuestión de minutos, ya sobrevolábamos el paisaje nocturno inglés, con una oscuridad sólo rota ocasionalmente por las luces de pequeños pueblecitos, que en poco tiempo dieron paso a la monotonía de lo que sin duda era el mar, pero ¿cuál?
Volamos en silencio, puesto que los rostros serios y tensos de mis compañeros de viaje no invitaban a la conversación. Tampoco tenía el más mínimo sentido formular preguntas que de sobra sabía que no iban a encontrar respuesta.
Tan sólo quedaba esperar el final de aquel misterioso e incierto viaje.
Tras unas horas, note como el aparato comenzaba su descenso. En ese momento, el pez más gordo se acercó a mí y me habló al oído.
—Vamos a recoger a una persona que sólo habla alemán. Quiero que usted le indique en ese idioma que esté tranquilo y que nos acompañe sin oponer resistencia.
—De acuerdo.
¿Por eso me habían llamado, porque chapurreaba alemán? Sin duda, algo más debía de haber detrás de todo aquello. Pero, de momento, lo único que podía hacer era obedecer la orden y esperar acontecimientos.
Un moderado golpetazo anunció que habíamos aterrizado. Fuera, la más completa oscuridad, solo rota por la mínima iluminación necesaria para posibilitar la maniobra de toma de tierra del avión. Acerqué mi reloj a la ventanilla para aprovechar ese poco de claridad. Eran casi las cinco de la mañana.
El aeroplano rodó por la pista, hasta detenerse en lo que parecía un extremo. Uno de los militares abrió la puerta y, de un ágil salto, se plantó en el suelo. Al instante, otro le pasó una escalerilla que llevábamos dentro del avión y la puso. "En marcha", me indicó el general, y, rápidamente, todos descendimos del aparato. Un pequeño enjambre de formas vestidas con un mono se apoderó de un extremo del aparato y comenzó las tareas de repostaje de combustible a toda prisa. Parecía evidente que nuestra estancia no iba a durar un minuto más de lo estrictamente necesario.
Pocos segundos después, a lo lejos se empezó a escuchar el sonido de una avioneta, que fue haciéndose más nítido hasta pasar por nuestro lado y posarse en la pista del aeródromo. De inmediato, uno de mis acompañantes encendió una linterna y sentí como el ruido de la hélice venía hacia nosotros.
Cuando la aeronave estaba ya a pocos metros, el general me dio un golpe en el hombro: "vamos, ya sabe lo que tiene que hacer". La puerta se abrió y de ella surgió una forma que intuí humana. De inmediato, dos de mis compañeros de viaje la agarraron, al tiempo que yo me acercaba e, intentando vencer al motor de la avioneta, chillé: "Esté tranquilo, venga conmigo, y todo saldrá bien", una frase que había pronunciado muchas veces, tanto en alemán como en mi propio idioma, aunque esa era la primera vez que al receptor no le quedaba menos de un minuto de vida. A toda prisa, iniciamos el camino de vuelta a nuestro vehículo, al tiempo que el enigmático avión aceleraba su motor y volvía a tomar el cielo tras haber estado en tierra apenas un par de minutos.
Nuestro misterioso pasajero estaba tranquilo, gracias sin duda al calmante que uno de los integrantes de aquel misterioso equipo le había inyectado nada más subir. No lograba distinguir mucho de su rostro, tan solo que llevaba los ojos cubiertos con una venda e iba amordazado. No mucho tiempo después, sentí como los motores del avión volvían a cobrar vida y en pocos minutos estábamos de nuevo en el aire.
Los primeros atisbos de la claridad de un nuevo día llamaron mi atención a través de la ventanilla. A juzgar por la dirección de que venían, volábamos con rumbo Norte, y, tomando en cuenta lo que había durado el vuelo de ida, nuestro fugaz encuentro con la avioneta posiblemente había tenido lugar en algún punto del Sur de Francia o el Norte de la Península Ibérica.
Uno aprende ese tipo de cosas en el ejército.
Sin nada mejor que hacer —de momento— decidí echar una cabezada. Cuando uno está en la guerra —y parecía que me habían devuelto a ella—, se debe dormir y comer siempre que haya oportunidad, ya que nunca se sabe cuándo vendrá la siguiente.
Me despertaron de un codazo —al más puro estilo del ejército— , me entregaron un paracaídas y me señalaron la puerta. Tirarse en paracaídas sin previo aviso y todavía medio dormido es algo que también es parte de la más rancia tradición castrense.
—Hace años que no me tiro, general— protesté.
—No sea quejica, sargento. Esto es como montar en bicicleta, y apuesto a que en el fondo lo echa de menos.
Algo de razón tenía, estar colgado casi ingrávido del cielo era una sensación agradable, y me traía multitud de recuerdos. Pero no había demasiado tiempo para la nostalgia, me aproximaba a un punto de aterrizaje cuya ubicación ignoraba y estaba desarmado, por lo que más me valía tener los sentidos alerta.
Miré a mi alrededor. El resto de mis compañeros de aventura también descendía en paracaídas. Uno de ellos lo hacía en uno especial, que permitía que el prisionero lo acompañara. A juzgar por su ausencia de movimiento de éste, o seguía sedado o estaba absolutamente paralizado por el pánico.
Me centré en no perder de vista al general, puesto que, dado que no se me había indicado lo contrario, la norma era que aterrizáramos todos lo más cerca de él que nos fuera posible.
Tomé tierra de un modo un pelín brusco, sin duda la falta de práctica, pero no había tiempo para comentar la jugada. Recogí rápidamente mi paracaídas y empecé a correr en la dirección que lo hacía el resto del equipo. Nuestro objetivo parecía ser una casa que distaba unos cien metros de nosotros.
Al cruzar un camino, un cartel captó mi atención durante una décima de segundo: "Stevenage 2". Pero no me podía parar. Tenía que seguir corriendo campo a través hasta aquella finca donde, esperaba, todo ese absurdo embrollo de idas, venidas y alemanes drogados se aclararía un poco.
Por fin llegué a mi destino, más cansado de lo previsible, e incluso de lo aceptable, tras la carrera. Me estaba haciendo mayor. La casa parecía estar vacía, y tenía aspecto de llevar abandonada bastante tiempo. El grupo dejó sus paracaídas tirados en lo que supuse era la cocina y se dirigió a toda prisa a una habitación contigua. Yo les seguí.
Allí, me encontré con un panorama que parecía aclarar algunas dudas, pero me planteaba otras nuevas. Ante mí, una sala de esas que yo tan bien conocía, una celda de esas donde los condenados me esperan a mí, y conmigo a la Parca con lazo.
El alemán, todavía medio tonto, fue depositado en su silla correspondiente. Entonces, el general se giró hacia mí:
—Bien, ahora espere aquí. Nosotros nos vamos.
Sin darme oportunidad de articular palabra, aquel peculiar comando salió por la puerta —cerrándola tras de sí— y se volatilizó como el espectro de la sorpresa, con el lejano sonido de un coche alejándose como única despedida.
Me estaba empezando a poner nervioso, en cuestión de unas horas había pasado de estar trabajando tranquilamente en mi taller a verme encerrado en una casa de campo a solas con un alemán desconocido y adormilado.
De sopetón, se abrió la puerta y apareció un tipo con barba, tripa y sonrisa bonachona, parecía Santa Claus de joven.
—Hola, tú debes ser el ayudante local.
¿Ayudante? ¡Hacía años que era titular! Y ese acento...¡Ese tipo era de Estados Unidos! ¿Qué pintaba un yankee en todo aquello?
—Sígueme, colega, te explicaré qué tienes que hacer.
Confundido como quizás nunca en mi vida, seguí mansamente a aquel tipo a la sala de al lado.
¿Dónde estaban la soga y la trampilla? ¿Y qué hacía ahí esa silla?"
—Mira, todo lo que tienes que hacer es amarrar al tipo de los tobillos, las muñecas y la cintura. Del resto me encargo yo. Es muy probable que se resista, pero me han asegurado que tú tienes experiencia en este tipo de trabajos y no te van a temblar las piernas.
—Bueno, he hecho algo parecido alguna que otra vez.
—Sí, eso tengo entendido.
—Oye, ya que esto va a ser tan irregular, ¿por qué no atamos al fulano ahora, que está adormilado?
—No, el encargo exige que el tío esté despierto durante todo el proceso, quieren que se entere.
¿Quién quería que se enterara? Sabía que, de momento, no había respuesta, y posiblemente jamás la hubiera. Pero estaba claro que, fuera quien fuera, era de los nuestros y estaba mucho más alto que yo, por lo que sólo me quedaba cumplir con mi País, como el resto de la veces. Además, seguramente todo aquel asunto quedaría para siempre sepultado en ese húmedo sótano. Para siempre.
—Mira, parece que ya se va despertando, vamos a quitarle la venda. Tú hablas alemán, ¿no?
—Me defiendo, cosas de la guerra....
—Pues, de momento, no le quites la mordaza. Limítate a decirle que nos acompañe sin oponer resistencia, o será peor.
Ya, claro, peor.
Fue horrible, como nunca antes me había pasado. En cuanto recuperó la mínima consciencia, aquel hombre se lio a correr por toda la sala, al tiempo que nos lanzaba patadas y cabezazos...La mordaza me impedía entender lo que nos intentaba decir, pero intuyo que no eran cosas bonitas. Finalmente, gracias sobre todo —he de admitir— a la hercúlea fuerza del oso yankee, conseguimos reducir al sujeto y amarrarlo a la silla. Entonces, mi nuevo conocido tomó una especie de casco y se lo plantó en la cabeza. De su parte superior partía un cable que llegaba a una caja de considerables dimensiones. Sin duda, se trataba de un generador eléctrico.
—Tú tampoco es la primera vez que haces esto, ¿verdad, colega? —le dije. Él se limitó a quitarse el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Ahí estaba, listo para morir, aunque revolviéndose como una fiera acorralada, en lucha estéril contra las correas, como alguien que no se resigna a rendirse hasta el último segundo. Por primera vez en toda aquella montaña rusa pude dedicar unos segundos a observar al reo. Tendría unos sesenta años, aunque siempre es difícil determinar la edad exacta de una persona cuando no hace mucho de una guerra. Estaba completamente rapado, y sus ojos se clavaban en nosotros con una mirada que jamás lograré olvidar, de odio puro y desafiante. Me causó tal escalofrío, que no pude evitar manifestarlo externamente. Creo que él se había dado cuenta y parecía que se estaba burlando bajo su mordaza. Era, lo juro, la misma risa del Diablo.
—¿No le vamos a poner una capucha? —Yo siempre he sido muy purista para estas cosas.
—A éste no. Quieren verle la carita mientras se fríe en su propio jugo —contestó mi compañero al tiempo que consultaba su reloj—. Vamonos a la otra habitación, están al llegar.
Otra vez quiénes, otra vez no tenía sentido preguntar, sólo quedaba obedecer.
Pasamos a la estancia contigua y el yankee cerró la puerta. Aguardamos en silencio durante unos minutos. Detrás de la pared, se seguían oyendo la inútil pugna contra lo inevitable.
Entonces, oímos el chirrido de una puerta al abrirse y pasos.
Mi compañero tenía en sus manos una caja con un par de botones, y de la que salía un cable que, a través de un agujero en la pared, llegaba a la otra habitación. No había duda de cuál era su finalidad. Jugueteaba nervioso con ella. Yo cacé su mirada, y él me indicó con un gesto que todavía no era el momento.
Entonces, alguna de las misteriosas personas de la otra habitación le quitó la mordaza al alemán, intuí que esquivando un salvaje mordisco.
El reo empezó a chillar, con la desgarradora mezcla de ladridos y gimoteos de un perro rabioso al que están matando a palos. Yo volví a mirar al yankee, él volvió a negar con la cabeza.
Los siguientes instantes fueron de los más angustiosos de mi vida. Yo no estaba acostumbrado a aquello, a la tensión, a la espera...Hasta ese día, todas las ejecuciones a las que había asistido habían sido rápidas, limpias, eficaces. ¿Por qué hacer sufrir así al condenado? Fuera quien fuera, hubiera hecho lo que hubiera hecho, no se merecía aquella lenta agonía. Estuve tentado de tratar de arrebatarle la caja de control al yankee, pero no podía, mi deber era acatar las órdenes de un fantasma envuelto en la honrosa bandera de mi país.
Fue entonces que empecé a prestar atención a los gritos enloquecidos, enajenados del alemán: "¡Hiroshima, Nagasaki...Iremos todos juntos al infierno como los asesinos de gente indefensa que somos. Y también irá ese enano español hijo de puta, nunca me gustó, sabía que me acabaría vendiendo! ¡¿Qué le habéis dado a cambio de mi pellejo?!"
Y en ese momento, por fin, tres golpes secos en la puerta y el yankee pulsó con decisión uno de los botones. Un zumbido sordo y mortal se unió a los chillidos del alemán, y los convirtió en el berrido primitivo e inarticulado de un dolor absoluto recorriendo todos los huesos del cuerpo. Eso duró unos veinte segundos, luego, únicamente el zumbido".
El zumbido se prolongó durante unos cinco interminables minutos más. "¡Caramba, le están dando bien ese fulano, no quieren correr riesgos!". A mi compañero parecía que aquello le estaba impresionando mucho menos que a mí. Entonces, tres golpes en la puerta. El yankee pulsó el otro botón y el maldito zumbido, por fin, cesó. "Bueno, pues ahora a esperar diez minutos". Por supuesto, había que dar tiempo al público de aquel macabro espectáculo para que emprendiera la huida a gusto y sin prisas. "¡Es el tiempo en que el cuerpo tarda en enfriarse, ¿sabes?". Claro, también por eso, no había caído.
—¡Amigo, lo que vamos a encontrar ahí al lado no es agradable! ¿Quieres que me encargue yo solo?
—No —repliqué seco y severo, casi indignado. Era una cuestión de honor nacional: alguien había decidido que debía haber un representante británico en todo aquello, y lo habría hasta el final.
—Vas a ver, lo peor es el olor.
Tenía razón. Por fortuna llevaba casi un día entero sin probar bocado, porque habría vaciado la tripa por la puerta de emergencia superior si hubiera tenido algo dentro. Tampoco es que fuera muy agradable a la vista. Curioso que a aquello le llamaran progreso. Por fortuna, mi compañero se percató de la situación e hizo él casi todo el trabajo. Yo prácticamente me limité a sostener el gran saco donde metimos el cadáver.
Luego, con sorprendente mimo, mi camarada se puso a desmontar los elementos de su tétrico juguetito, hasta que sólo quedó una silla de madera. Guardó los materiales en una maleta de considerable tamaño y, como por arte de magia, sacó un hacha de no se sabía dónde y me la entregó: "¡A por la silla!"
Me lié a hachazos contra aquel mueble con una rabia que me sorprendió incluso a mí mismo. No cabía duda, ese teatro del terror al que muchos llamaban justicia no era otra cosa que la venganza en su más pura, primitiva y cruel expresión. ¿Por qué me seguía prestando a participar en él? Quizás porque para mí ya no había escapatoria, estaba maldito para siempre.
El yankee se limitaba a reír mientras tomaba los pedazos fruto de mi carnicería maderera para meterlos en el mismo saco del cadáver. Su risa —poderosa y ronca— retumbaba en toda aquella habitación de muerte.
"Bueno, ahora comamos algo. ¡Seguro que tú también tienes hambre! Tenemos unas horas antes de que toque pasar a la siguiente fase de la operación"
No, yo no tenía ni pizca de apetito, pese a que llevaba muchas horas sin comer. Pero, fiel a lo que ya anteriormente expuse, tomé un par de los bocadillos que me ofrecía ese tipo y me los zampé contra mi voluntad.
Comimos en silencio. Ninguno de los dos ni podía ni debía conocer más datos del otro. Terminado el refrigerio, y por seguir jugando a que era un tipo duro, intenté conciliar un poco el sueño, aunque me costara. No sabía cuál era el siguiente paso de aquel plan de maquinaria tan precisa que me estaba arrastrando, pero no podía hacer otra cosa sino esperarlo.
Ignoraba cuánto tiempo había pasado en ese sueño sin estar dormido del todo, cuando mi compañero me tocó en el hombro y me hizo una seña para que le siguiera.
Entre los dos, cogimos el saco con su infame carga y la maleta con las piezas del instrumento de muerto. Ya era casi de noche. Salimos a la calle y allí nos esperaba una camioneta con las llaves puestas. Por indicación del yankee, lo cargamos todo y nos pusimos en marcha.
Pasados pocos minutos, a lo lejos se distinguía una fogata de respetable calibre. Al principio, pensé que serían campesinos quemando algo, pero parecía demasiado grande. Un momento, ¿qué día era? ¡Cinco de noviembre! El día en que los británicos recordamos que un tal Guy Fawkes quiso volar nuestro parlamento, con parlamentarios y rey dentro. Y lo hacemos con grandes hogueras.
El americano pareció darse cuenta de que yo me había percatado y sonrió. En poco tiempo, aparcaba cerca de la pira, donde niños y mayores cantaban, reían y celebraban.
—¡Sin llamar la atención, amigo, sin llamar la atención!
Yo asentí.
Tomamos nuestro saco y, discretamente, nos acercamos a la poderosa hoguera y arrojamos nuestra carga al fuego. Sólo una anciana nos miraba.
—¡Un mueble viejo! —dije sonriendo.
Pero la señora ya estaba distraída con otra cosa y ni contestó. Nos quedamos allí un rato, el suficiente para cerciorarnos de que el saco ardía correctamente y nadie lo iba ya a volver a tocar jamás. Además, intuía que alguien se encargaría de deshacerse discreta y adecuadamente de aquel inmenso montón de ceniza.
Entonces, el yankee me entregó un sobre, me estrechó la mano con una sonrisa y se perdió en la oscuridad y el olvido montado en aquella camioneta.
El sobre contenía una carta y un billete de primera desde la cercana estación de Stevenage hasta Londres.
"Usted no ha trabajado, por lo tanto no se le paga. En cualquier caso, y una vez más, gracias en nombre de su Patria". Ese era el único contenido de la misiva. Un modo elegante y sencillo de recordarme lo que ya de sobra sabía: todo aquello no había ocurrido. La carta no llevaba firma, pero sí un membrete que —usted sabrá disculparme— me reservo. Fiel al espíritu del día, le pegué fuego y dejé que se consumiera en un cenicero de la cafetería donde hacía tiempo hasta que mi tren partiera hacia Londres.
Me propuse continuar con mi noche de sueño por etapas en el trayecto de vuelta, aprovechando la inusual comodidad de un vagón de primera, pero no podía. Tomé el periódico de la mañana que había comprado en la estación, a ver si la lectura de las tan soporíferas noticias de páginas interiores me ayudaba a conciliar el sueño. “La asamblea general de las Naciones Unidas aprueba la resolución 385, que allana el camino para el ingreso de España en la organización”, rezaba el primer titular que vi.
Uno jamás olvida la mirada que le clava la persona a la que está a punto de matar. Llevó los ojos de todas mis víctimas, las de la guerra y las de la horca, como una jauría de fantasmas que me persigue, que se me aparecen en sueños e incluso, a veces, simplemente cuando cierro los ojos. Aprendes a vivir con ello. O a sobrevivir. No hay alternativa.
Y esa mirada, ésa era especial entre las especiales, y no era la primera vez que la veía.
De vuelta, por fin, a ese sótano-taller al que llamo casa, coincidí con mi casero, que jamás me cobrará un penique porque me debe la vida (lo dice él). Como buen hombre de pasado militar, se limitó a saludarme sin hacer preguntas. Yo, en cambió, tenía una petición un tanto urgente.
—¿Le puedo echar un vistazo a su colección de libros sobre la Guerra?
—¿Alguno en particular?
—No, creo que cualquiera me valdrá. De hecho, cuanto menos especializado, mejor....
Encontré una buena foto del rostro que buscaba. Bajo un pelo que ya no estaba, sobre un bigote sin duda hacía años afeitado, la mirada, esa misma mirada.
Pero dejémoslo aquí, será lo mejor.
Por mi parte, yo no hago leyes, me limito a ejecutarlas. Me limito a ser lo que soy: el mejor trabajador del peor trabajo del mundo.