UN VERDUGO JUSTICIERO

 UN VERDUGO JUSTICIERO


Liverpool, junio de 1950

—El fulano ese…A mí me parece que era un pobre diablo. Sin más familia que una hermana que no quiso saber nada del asunto, sin ni un solo amigo que se preocupara por él o concediera una entrevista a la prensa para contar intimidades… —dijo Jimmy sin mucho interés, seguramente con el único objetivo de charlar de algo de camino a la estación de ferrocarril.

—Era un asesino, Hamps.

—Hombre, yo creo que una cosa no quita la otra. De hecho, creo que van de la mano. Tengo la sensación de que la gran mayoría de los tipos a los que ahorcamos no son más que unos desgraciados perdedores que tuvieron una mala tarde en la vida.

—Enhorabuena, pensaba que nunca te ibas a dar cuenta. Pero permíteme un consejo: no vayas diciendo eso por ahí, de lo contrario, la gente se pensará que apruebas que se mate o que simpatizas con los asesinos.

—¡Cómo puedo simpatizar con un tío al que acabo de colgar del cuello!

—Sí, imposible. Empatizar…eso ya es otro asunto. De hecho, esa es una de las claves de este oficio: controlar la empatía hacia el reo. No es nada sencillo, pero es del todo necesario.

¿Qué decir de Benny Knowles? Pues lo que era: un enclenque pusilánime, un pobre infeliz con un episodio de sanguinaria crueldad como único acontecimiento digno de reseña en una existencia gris oscuro.

Benny Knowles era un contumaz enamoradizo que, de puro inocente, no escarmentaba. Años de continuos fracasos no habían logrado meterle en la cabeza que, por desgracia, aquello del amor no estaba hecho para él. Normalmente, aceptaba ser rechazado por la señorita de turno con la resignación de un buen deportista, pero con Lizzie Cabot había sido diferente: según el propio Knowles testificó en el juicio, por fin se había decidido a declararle su amor a Cabot. Ella, de modo amable y previsible, lo rechazó y él, tras ir a su casa a por un cuchillo de cocina, la había cosido a puñaladas en plena calle ante un buen puñado de testigos. “No sé lo que me pasó. Se me nubló el entendimiento”, fue lo único que alcanzó a decir en su descargo. Resultaba un argumento descaradamente insuficiente.

Como no podía ser de otro modo, el veredicto de culpabilidad fue inapelable. Por tanto, al bueno de Jim Hamps y servidor nos tocó personarnos en la prisión de su majestad de Liverpool (Walton para los amigos) para pasaportar a Knowles. Pura rutina. Luego, el cuerpo, por el que nadie se había molestado en preguntar, fue discretamente enterrado en el cementerio de la propia cárcel. Una tumba anónima que nunca nadie jamás iba a visitar (aparte, quizá, de mí). Sí, Jimmy tenía toda la razón en su diagnóstico: un pobre diablo.

—¿Sabe que hasta tenía los anillos de boda encargados? ¡Pero si no eran ni novios! —me siguió informando, de modo totalmente innecesario, Jimmy Hamps.

—Una locura de amor como cualquier otra, muchacho —repliqué sin demostrar el más mínimo interés, con la esperanza de que Hamps decidiera cambiar de tema. Lo cual, por fortuna, hizo. 

En cualquier caso, debía reconocer lo llamativo que resultaba que el tipo aquel —que aparentemente había convertido el rechazo amoroso casi en rutina— estuviera tan seguro de que las cosas serían tan diferentes con Lizzie como para estar ya planificando una boda. Me picó, obviamente, la curiosidad e indagué un poco en el asunto. El detalle de los anillos no lo había revelado Knowles, sino Stewart Jude, propietario de una recientemente abierta joyería cercana al domicilio del criminal. El encargo se había recibido la semana anterior al asesinato y, obviamente, ahora nadie se hacía responsable de abonar el importe. “Se me solicitó un trabajo de grabación particularmente complejo y delicado. ¡Horas estuve con él para nada! ¡Esto me pasa por fiarme de desconocidos y no cobrarles por adelantado! En fin, fundiré los anillos para reutilizar el oro. Otra cosa no puedo hacer”, se lamentaba el joyero, al tiempo que mostraba las dos sortijas a la cámara, en entrevista exclusiva para un medio sensacionalista.

Una locura de amor como cualquier otra, sí. Dos, contando con el asesinato. Quizás demasiada chifladura para un honrado contable a las puertas de la treintena y que había llevado hasta el momento una vida monótona y ordenada, una existencia donde se había topado con el fracaso romántico con mucha frecuencia, asimilándolo sin armar el más mínimo revuelo.

Definitivamente, algo muy especial debía de tener la tal Lizzie Cabot.

Por extraño que parezca, me dio mucha rabia lo que le había pasado al pobre joyero —por más extraño que le parezca, los verdugos también odiamos la injusticia— y decidí que en aquella ocasión iba a convertir en el brazo ejecutor de la justicia poética, e iba a destinar el dinero del trabajito de Knowles a pagar su deuda de terrenal.

—Buenos días, mire, vengo a liquidar la cuenta que el señor Knowles tiene con ustedes.

—¿Disculpe?

—Lo que les debía Knowles de los anillos. ¿Cuánto es?

—Me temo que los fundí. Como usted se figurará, no esperaba ya que nadie viniera a recogerlos.

—No se preocupe, no los quiero. Lo que deseo es compensarle por su trabajo.

Stewart Jude —yo había reconocido su cara de las fotos del periódico— se encogió de hombros con una sonrisa.

—Pues muchas gracias. Mire, aquí tengo la nota del encargo, firmada por Knowles en persona como compromiso de pago. ¡Ya se comprueba que la firma de un asesino no vale nada! A ver… Sí, son cinco libras, por favor.

Aboné la cantidad sin rechistar y, con la satisfacción de haber hecho mi buena acción del día, me dispuse a abandonar la joyería.

—Disculpe, y perdone la indiscreción…¿Es usted Pete?

—¿Cómo dice?

—Knowles me indicó al hacerme el encargo que el mensaje y el diseño que me pedía habían sido una sugerencia de su amigo Pete. Me preguntaba si es usted.

—No, no soy ese tal Pete. Aunque cueste creerlo, yo soy un simple ciudadano que leyó su historia en la prensa y ha decidido pagar la deuda. Soy una de esas personas que llevan el altruismo hasta la mismísima estupidez. 

Jude se limitó a encogerse de brazos con cierta decepción, al tiempo que me abría la puerta y, con toda gentileza, me mandaba a paseo. 

¿Quién diablos sería ese Pete? Después de todo, parecía que el infeliz de Knowles había tenido un amigo en este mundo. De hecho, parecía que lo suficientemente íntimo como para haberle confiado su plan de contraer matrimonio. ¿Por qué lo había abandonado, sin una mísera visita en la cárcel? Muy posiblemente, la sangrienta fechoría de Knowles había sido el motivo de que hubiera dado por terminada la amistad. No obstante, lo que más me llamaba la atención era que hubiera conseguido escapar a la voraz curiosidad de la prensa sensacionalista. Sin nada mejor que hacer aquel día, decidí que no me podía ir del pueblo aquel sin conocer al tal Pete. Fiel a mi costumbre, iría en busca de respuestas a la biblioteca de cotilleos más próxima.

—Oiga, jefe, estoy de paso por aquí y, casualmente, creo que recordar que un compañero de la guerra era de este pueblo. Se llama Pete, pero no recuerdo el apellido. Soy un desastre para los apellidos —esa mentira siempre funcionaba. Al fin y al cabo, todos los británicos habíamos estado metidos de un modo u otro.

El propietario del Joker in the gibbet, el pub más cercano al domicilio de Knowles, ni se molestó en apartar la mirada de la pinta que estaba tirando con el rutinario virtuosismo de los taberneros ingleses.

—Es su día de suerte, jefe, pero tendrá que esperar. Pete llega mañana. Ha estado una temporada bastante larga en Australia. Algo de un trabajo.

¿Hacer noche solo por curiosidad? Soy cotilla, pero no tanto.

—Es igual. Tampoco éramos tan amigos. Sólo estuvimos juntos un par de meses.

—Uno se encariña rápido de Pete, ¿verdad? ¡Qué muchacho más majo, simpático y bromista! ¿Quiere usted que le dé recuerdos de su parte? —el tipo aquel seguía sin apartar la mirada del grifo de la cerveza.

—No, es igual. De hecho, no creo ni que se acuerde de mí. Ya le digo, coincidimos poco tiempo.

—Como guste.

En la estación, esperando el tren de vuelta a casa, pensé que, quizás, el tal Pete no había apoyado a su amigo porque estaba fuera del país. En fin, daba igual. El objeto de mi visita a aquel pueblo era resarcir al pobre joyero, y se había cumplido.

No hay nada peor que un aficionado tratando de hacerse el profesional. Por alguna razón que desconocía, a un camarero que trabajaba en el Joker in the gibbet le había dado por jugar a los espías. Ya en la propia estación había cometido su primer error: llegó apresuradamente y respiró aliviado al comprobar —con disimulo amateur— que yo estaba todavía allí. Luego al menos había tenido la decencia de subirse a otro vagón, pero, nada más apearme en Londrés, me di cuenta, gracias a los oportunos reflejos de las ventanas, de que el tipo aquel me seguía los pasos a una distancia prudencial. ¿Qué diablos querría? Lo que estaba claro era que mis preguntas sobre el tal Pete habían activado algunas alarmas. Harto de ser el ratón, me dispuse a convertirme en gato: entré en el primer pub que apareció y, como tenía previsto, mi perseguidor prefirió quedarse fuera a esperarme. Supuse que su misión era averiguar cosas sobre mí, empezando, muy posiblemente, por dónde tenía mi domicilio. Haciendo uso del oportuno ventanuco del lavabo, accedí a un patio trasero y, tras franquear un muro y descender por un callejón, comencé a vigilar a mi perseguidor refugiado tras un esquinazo. Él parecía cada vez más nervioso. En un par de ocasiones, hizo amago de entrar en el pub, hasta que finalmente se decidió a hacerlo. Pocos minutos después, salió del establecimiento con cara de alarma y se dirigió a una cabina telefónica, donde realizó una llamada —acompañada de vehementes aspavientos—. Después se encaminó a la estación de tren para tomar el primero de vuelta a casa. Todo esto, sin percatarse de mi presencia. Las guerras le proporcionan a uno este tipo de destrezas.

Conclusión: mi inocente visita a aquel pueblo había pisado algunos pies, y eso siempre resulta peligroso. De momento, decidí olvidarme del asunto, confiando en que el asunto haría lo propio y también se olvidaría de mí. Por un tiempo o para siempre, eso nunca se sabe.

—¿Se va a disfrazar por carnaval, sargento?

Mi casero, siempre gastándome la misma bromita por febrero. De sobra sabía que yo soy poco (o nada) dado a ese tipo de saraos.

—Me temo que no, mi comandante.

—No sabe lo que se pierde, sargento. Ir con el rostro tapado concede una libertad de los más especial, esa que brinda el anonimato.

¿Anonimato? Algo hizo click en mi cabeza. Recordé el pueblecito aquel, ese al que no era prudente volver, al menos a cara descubierta. ¿Celebrarían el carnaval? ¿Estaría el misterioso Pete entre los participantes en la fiesta? Merecía la pena explorar la posibilidad.

La fortuna parecía estar de mi lado: no solo había fiesta, sino que se organizaba uno de los desfiles más importantes del condado, por lo que llegaban personas y disfraces de toda la región. No parecía complicado pasar desapercibido si me agenciaba una buena máscara. O quizás me bastara con lo más barato que pudiera encontrar.

—¿No es de su gusto, caballero?

Lo más económico que tenían era un mono negro haciendo conjunto con una capucha y un hacha de juguete. Mi cara debía de ser un auténtico poema: al destino —o a su autor— parecía que le encantaba reírse de mí.

—¡Es de verdugo! —proclamó sonriente el dependiente, como intentando convencerme de que me lo quedara.

—Ya veo, ya. En fin, me lo llevo —repliqué resignado. Al menos la capucha me garantizaba una muy buena dosis de anonimato.

Pocas cosas tan sorprendentes sobre la faz de la tierra como un pueblo en fiestas. Era como si la superficie de aquel sitio se hubiera multiplicado en consonancia con el volumen de visitantes. ¿De dónde habrían sacado dinero para esos disfraces sorprendentemente lujosos o unas carrozas así de elaboradas? Tan pronto como me repuse de mi admiración, me lancé a buscar mi particular aguja en un pajar. Y el mejor sitio donde pincharme —para bien o para mal— era en el Joker in the gibbet.

Cuando me disponía a marcharme de la cabalgata, un enorme estruendo se apoderó del desfile. ¡¿Una bomba?! No podía ser otra cosa, había escuchado demasiadas en la guerra. Los forasteros empezamos a correr alarmados, pero los lugareños —muertos de risa— rápidamente nos sacaron de nuestro error.

—¡No corran, que eso ha sido Pete! ¡Qué bruto es, cada año la hace más gorda! —exclamó triunfante una mujer, en concreto una oronda rosa inglesa disfrazada (o eso me pareció a mí) de Cleopatra.

¿Pete?

—¿Pete, señora? 

—¡El mayor bromista del pueblo, y puede que del condado! Bueno, en realidad, yo diría que es el que gasta las mejores bromas de toda Inglaterra. Su petardazo en el desfile es ya todo un clásico. ¡Bien que lo echamos de menos el año pasado!

—¿Y eso?

—Se había marchado inesperadamente a Australia unos días antes. Un asunto urgente, tengo entendido.

El crimen por el que había colgado a Benny Knowles también había tenido lugar por esas fechas. Qué casualidad.

—¿Y dice usted que Pete es muy aficionado a las bromas?

—¿Aficionado? ¡Yo diría que es todo un profesional! No creo que haya nadie en todo el pueblo que no haya sido víctima de una de ellas. ¡Y bien pesadas que son algunas!

Tan pesadas como, por ejemplo, hacerte creer que una chica está enamorada de ti y se quiere casar contigo.

—Eso sí, es todo un artista. ¡Un metódico! ¿Sabe que convenció a los de un pub que se lo iban a cerrar porque había ratas? ¡Se las apañó para falsificar documentos oficiales y trajo a un amigo suyo para que se hiciera pasar por inspector de sanidad! 

Y quien falsifica un documento del gobierno también se las podrá arreglar para enviar falsas cartas de amor de los más convincentes, en especial para un alma cándida dispuesta a creérselas 

—Menos mal que Greg, el dueño del pub, se lo tomó con buen humor. De hecho, hasta terminó contratando de camarero al amigo de Pete.

¿No me diga?

—¡Mire, ahí está precisamente! Pete, querido, ¡este año te has superado a ti mismo!

En efecto, ahí estaba: disfrazado de almirante de opereta. Con el pelo engominado y un bigotito a la moda. Una amplia sonrisa revelaba que al menos una pieza dental se había independizado para iniciar una nueva vida en el cubo de la basura de un dentista. 

Estudié al personaje. Me daba muy mala espina (créame, yo entiendo de esas cosas. Tengo una dilatadísima experiencia tratando con seres siniestros). En ese preciso instante, lo vi todo: ese malnacido le había hecho llegar falsas cartas de amor de Lizzy Cabot al infeliz de Knowles hasta convencerlo de que ella se quería casar con él. Pero, por desgracia para todos, la bromita había salido por la culata y a la rata cobarde le había faltado tiempo para poner océano de por medio por si acaso. Aunque, sospechaba yo, Knowles había muerto convencido de que la única que se había reído de él era Lizzie Cabot, un detalle que se había llevado a la tumba: bastante duro es que te ahorquen por asesino como para que encima sepa todo el país que se han burlado de ti hasta la humillación. Mi única duda era si ella había participado en el cruel engaño o fue una pobre víctima sin culpa ninguna. Mi instinto se decantaba claramente por la segunda opción.

Mas ¿qué podía hacer yo? ¿Ir a una comisaría a denunciar los hechos? No tenía la más mínima prueba firme de todo aquello y, después de todo, gastar una broma no es delito, por muy pesada que sea. 

Exacto. Gastar una broma no es delito y, después de todo, había empezado él (y si uno es bromista para dar, también tiene la obligación de recibirlas con deportividad). Había llegado el momento de contactar a un viejo conocido para recabar su ayuda.

El Gran Philipo, ilusionista internacional, (Phil Smithers para los amigos) seguía localizable en Sloane 3225 y, contra todo pronóstico, recordaba nuestro breve encuentro transcurridos más de tres años, y accedió a mantener una entrevista en el pub de rigor.

—¿Una broma? ¿Qué tipo de broma?

—La más inocente que usted se pueda imaginar.

—Me encantan las bromas. Cuénteme más. 

No me cabe duda que lo que más atrajo al Gran Philipo de todo aquello era el hecho de que iba a medirse con todo un maestro de los bromistas en su propio terreno. A Philipo le encantaban los retos y, como a todo buen artista, su ego no admitiría algo que no fuera una victoria. Lo de hacer un poco de justicia poética era una agradable propina , la guinda del pastel.

Dos días después de nuestra entrevista, el señor Philipo Smithers y yo nos encontrábamos en una pequeña sala de visionado de la BBC. Es lo bueno de la gente del mundo de las farándula, que tienen contactos por todas partes. En este caso, Smithers había logrado que tuviéramos acceso a un pase privado de las imágenes disponibles del juicio de Benny Knowles.

—Es una voz muy característica y razonablemente sencilla de imitar, y lo mismo se puede decir de sus gestos de rostro y cuerpo —me indicó con una sonrisa Smithers. En efecto, el ilusionismo no era el único talento de todo un pedazo de showman como él.

La firma de Knowles tampoco resultó complicada de conseguir para el tipo aquel, que parecía tener amigos hasta en el infierno. No se le permitió sacarla del archivo judicial, pero no le hacía falta. Con exquisita meticulosidad, tomó diversas fotografías del documento. Cumplida la misión, me citó para una semana después en una dirección que —intuí— debía de ser su local de ensayo.

No puedo negar que aquellos siete días se me hicieron siete meses. La curiosidad sobre qué estaría preparando Gran Philipo no paraba de picarme por toda la cabeza y, aunque estaba citado a las ocho de la tarde, media hora antes ya estaba yo esperando en la puerta, que estaba cerrada con un candado.

—Le dije a las ocho, llega usted temprano.

¡Esa voz! ¿Cómo era posible? Me giré de golpe y lo que vi casi me para el corazón. Ahí, a un par de metros de distancia, Benny Knowles en persona me miraba con una sonrisa en los labios.

—Pero…Usted… —fue lo único que alcancé a balbucear.

—Venga, venga, no me sea tan impresionable —me regañó Smithers con su voz normal y gesto risueño —. Es una ilusión de lo más sencilla, una hábil mezcla de modulación vocal, vestuario, algo de maquillaje y un par de gestos característicos. La débil iluminación de esta calle ha hecho el resto. 

Seguramente, pero el resultado era francamente impresionante.

—En fin, parece que el ensayo general ha sido todo un éxito. Estrenamos la semana que viene, amigo.

—Excelente. No puedo esperar.

El forastero se hizo notar por el pueblo, pero no demasiado. Preguntó por el emplazamiento exacto de una iglesia abandonada y su cementerio, compró algunos artículos en la calle mayor y, para terminar de ajustar la trampa, fue contando por el Joker in the gibbet sus planes (asegurándose de que mi viejo amigo el camarero-espía estuviera en el auditorio): él era el profesor Mayersonn en persona, eminente investigador parapsicológico. Durante una de sus frecuentes sesiones de espiritismo, desde el más allá le habían llegado instrucciones de un alma el pena para se presentara en el antiguo cementerio del pueblo y realizara un ritual de invocación, lo cual iba a hacer esa misma noche. Obviamente,al camarero chivato le faltó para irle con el cuento a Pete. El cebo estaba echado y, esperábamos, era tan jugoso que Pete mordería el anzuelo.

Estratégica y magistralmente oculto, como en mis mejores tiempos de guerrero, contemplé cómo mi compinche (admirablemente caracterizado de estereotípico personaje estrafalario) se personó en el cementerio e inició —a la débil luz de una lámpara de mano— una ceremonia que, de puro fantasiosa, parecía hasta real. No tardé tampoco en detectar a Pete con el camarero y otro camarada, escondidos detrás de unos árboles. Portaban en sus manos unas sábanas blancas. La verdad, el tal Pete me había decepcionado un poco, le tenía por un bromista más creativo. Justo cuando se disponían a enfundarse en sus rudimentarios disfraces de fantasma, entré en acción: comencé a ulular como un búho (una imitación bastante potable, que, como la mayoría de las cosas útiles que se hacer, había aprendido en la guerra). Era la señal convenida con Philipo para que empezara la función. De sopetón, la oscuridad del bosque se iluminó durante una décima de segundo y, también de modo fulminante, todo se volvió oscuridad antes de que Pete y su pandilla pudieran reaccionar a tiempo. El tal profesor Mayersonn se había volatilizado sin dejar rastro, dejándoles con un palmo de narices.

A la mañana siguiente, el teléfono del Joker in the gibbet sonó insistente al mediodía.

—Diga.

—Buenos días, le llamamos de la BBC. No se retire, por favor —a la voz de la telefonista siguieron unos instantes de espera y algunos chasquidos de centralita—. ¿Hola? ¿Es el Joker in the gibbet?  Soy Scott Hummer, periodista de investigación. ¿Podría usted decirme si un tal profesor Mayersonn ha estado por su establecimiento?

—Sí… —la voz mezclaba por igual sorpresa y desconfianza—, ¿por qué lo pregunta?

—Lamento no poder darle más detalles. Si todo sale como espero, sabrá muy pronto qué ocurre. Toda Inglaterra, puede que todo el mundo, hablará de él. Muchas gracias.

Philipo colgó el teléfono con una sonrisa. Era la quinta llamada que el ficticio Scott Hummer efectuaba a un establecimiento del pueblo preguntando por el profesor Mayersonn. Según lo previsto, a la hora de la comida en el Joker in the gibbet no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo estaba de repente interesado en el estrafalario personaje que se había volatilizado con la misma celeridad que había aparecido. Todo el mundo, pero ninguno tanto como Pete y sus muchachos.

Un par de días después, el misterioso profesor Mayersonn retornó al pueblo y, de modo muy discreto y sin ser visto, se deslizó hasta el domicilio del mismísimo Pete. Las señas no habían sido complicadas de conseguir. Llamó al timbre y fue Don Bromista en persona quien abrió la puerta. 

—Buenos días, hace un par de días, un alma en pena de este pueblo, con el que ya contacté en el cementerio, se comunicó conmigo a través de una médium. Le dictó un mensaje de modo psicográfico e indicó que se entregara en esta dirección y no volviera jamás por aquí, pues mi misión había terminado. Aquí la tiene, y buena suerte. Ah, por cierto, ¿ve ese taxi? Pertenece a una empresa de toda confianza especializada en viajes interurbanos. Tenga una tarjeta con su número. Sospecho que, después de leer el mensaje, estará usted interesado en sus servicios. 

El profesor Mayersonn giró sobre sus talones y desapareció antes de que Pete pudiera reaccionar.

—¿Y dices que es su firma? —interrogó preocupado el camarero un par de horas después.

—Compárala tú mismo con la que tenía el de la joyería.

El camarero repasó el texto del mensaje por enésima vez: “Asesino, voy a visitarte para hacer justicia. Firmado: Benny Knowles”.

—Puede que sea todo una broma…

—¿Una broma? ¿Te crees que no sé reconocer una broma? ¡Te recuerdo que soy su rey! ¿Una broma de un tío que no es del pueblo y ni me conocía? ¿Lo que vimos con nuestros propios ojos en el bosque te pareció una broma? ¿Que la puta BBC le siga la pista al colega te parece una broma? ¡¿Esta firma idéntica a la de la nota te parece una broma?! ¡¡¿Puede ser una broma la cabronada que le hice al imbécil de Knowles?!!! ¿No volverías tú de entre los muertos para vengarte?

—¿Y qué vas a hacer?

 —¡Largarme del pueblo lo antes posible, joder!

—Yo sigo pensando que es una broma.

—¡Me importa una mierda lo que pienses! Me voy ahora mismo de aquí.

—¿A Australia otra vez?

—¡Vete a la mierda! Con ir a Liverpool será suficiente. El tal Mayersonn me proporcionó el teléfono de una empresa de taxis que hace trayectos largos. Ya les he telefoneado para que me manden uno, no creo que tarde en llegar. En Liverpool le será imposible localizarme.

—¿A quién?

—¡A quién va a ser! ¡Al fantasma de Knowles!

—Ya…¿Y tus padres?

—Ya les llamaré cuando sienta que estoy seguro —sonó un claxon en la calle.

—Ese debe de ser mi taxi. ¡Hasta pronto!

—¿Te vas sin equipaje?

—No me hace falta ¡Adiós, cierra la puerta cuando te vayas!

Pete salió apresuradamente de su domicilio y se introdujo de modo precipitado en el auto.

—¡Rápido, vamos a Liverpool!

Sin mediar palabra, el conductor puso el coche en marcha y recorrió un par de calles.

—¡Oiga!, ¿dónde va? ¡Este no es el camino de la carretera!

—Es que no vamos a la carretera, amigo.

Pete se quedó helado. Esa voz… ¡Esa voz! Desde el espejo retrovisor, unas gafas oscuras le observaban. Quería reaccionar, pero el miedo le tenía paralizado. Finalmente, trató de abrir la puerta para saltar, pero estaba bloqueada. En ese instante, el conductor se giró y le plantó sobre el rostro un pañuelo impregnado de un líquido que le dejó inconsciente en pocos segundos.

Se despertó. Le dolía la cabeza.

—Buenos días, amigo Pete.

No sabía dónde estaba. Parpadeó un par de veces. Era de noche, pero aquello parecía el cementerio viejo del pueblo. 

—Supongo que el profesor Mayersonn te dio mi mensaje. Pues aquí me tienes. En el preciso lugar donde me aparecí al profesor y ahora me presento ante ti para vengarme.

No había duda. Estaba muy oscuro, pero era él, Benny Knowles. La voz, los movimientos, el rostro que se adivinaba.

—¿Ves eso, hijo de mala madre? —el espectro señaló a una soga que colgaba de la rama de un árbol cercano—. Te doy la oportunidad de que lo hagas tú mismo. Ponte el nudo al cuello, trepa por el tronco unos tres metros y salta. En el fondo, me caes bien, pese a la maldita broma que me gastaste. Si no te decides, volveré a buscarte y seré yo personalmente el que te liquide.

De nuevo, en ese instante la noche se iluminó con un fortísimo destello que dejó cegado a Pete los segundos suficientes para que el Gran Philipo pudiera escapar.

—¡Ya le dije yo que lo de la soga no era una buena idea! Pero, claro, no hubo manera de sacárselo a usted de la cabeza —me reprochó Philipo al día siguiente por vía telefónica.

—¡Cómo me iba yo a figurar que…!

—Pues mire, sí que lo hizo. No sé. Quizás deberíamos haberle aclarado al tal Pete que todo no era más que una simple bromita.

—Era un verdadero experto. Di por supuesto que se percataría él solito.

—Está claro que metimos bien la pata con el tal Pete.

—Ya. ¿Cree usted que la Policía investigará el asunto?

—No mucho. Demasiados asuntos más urgentes que un suicidio rural. Y, de todos modos, ya me encargué yo de meterle una nota de suicidio en el bolsillo de la chaqueta mientras estaba inconsciente: se había enamorado de una chica en Australia y, pese a que había creído que volver a Inglaterra le permitiría olvidarla, no había sido así. Suicidio por amor, muy romántico.

—Pensaba que usted no creía que lo haría.

—Por si acaso. En esta vida no conviene correr riesgos. 

—Muy cierto. En fin, dejémoslo estar así.

—En efecto, pero hágame un favor: no vuelva a contactar conmigo en su vida.

—Descuide. Adiós y muchas gracias.

Colgué. En el fondo, se había cumplido mi deseo. Recordé entonces el viejo dicho: Cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se haga realidad.


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