EL MERCADER DE BEDFORDSHIRE
Bedford, septiembre de 1959 ¿Ha oído usted aquello de que fulanito mataría a su padre por dinero? Pues Cecil Mullin hijo pasó de la metáfora a los hechos, aunque, en honor a la verdad, el botín posiblemente lo merecía: su legítima tajada de la inmensa fortuna de los Mullin (amasada por el difunto abuelo Wallace). El tal Cecil, mayor de los cuatro hermanos, tenía gustos muy, muy caros -en realidad, como los otros tres- y, si papá no quiere abrir el grifo del oro por las buenas, habrá que hacer fontanería por las malas. Dicho sin eufemismos, el vicioso toxicómano de Cecil Mullin había asesinado al autor de sus días con la enferma intención de pulirse su parte de la herencia en cocaína y putas para él y sus amigotes. ¡Qué angelito! No quedaban dudas sobre la culpabilidad del nene. El plan era simular un accidente manipulando los frenos del flamante cochazo favorito de papá, para lo que el pánfilo de junior no había tenido mejor idea que acudir a un taller de automóviles local y hacerle to...