EL MERCADER DE BEDFORDSHIRE
Bedford, septiembre de 1959
¿Ha oído usted aquello de que fulanito mataría a su padre por dinero? Pues Cecil Mullin hijo pasó de la metáfora a los hechos, aunque, en honor a la verdad, el botín posiblemente lo merecía: su legítima tajada de la inmensa fortuna de los Mullin (amasada por el difunto abuelo Wallace). El tal Cecil, mayor de los cuatro hermanos, tenía gustos muy, muy caros -en realidad, como los otros tres- y, si papá no quiere abrir el grifo del oro por las buenas, habrá que hacer fontanería por las malas. Dicho sin eufemismos, el vicioso toxicómano de Cecil Mullin había asesinado al autor de sus días con la enferma intención de pulirse su parte de la herencia en cocaína y putas para él y sus amigotes. ¡Qué angelito!
No quedaban dudas sobre la culpabilidad del nene. El plan era simular un accidente manipulando los frenos del flamante cochazo favorito de papá, para lo que el pánfilo de junior no había tenido mejor idea que acudir a un taller de automóviles local y hacerle todo tipo de preguntas al mecánico de guardia sobre el sistema de frenado de un Bentley.S1. Teniendo en cuenta lo chapucero del planteamiento, la ejecución del plan no había sido nada mala: el señor Mullin se puso nervioso y terminó empotrándose contra un muro. Muerto en el acto. A las pocas horas de producirse la noticia, el mecánico de maras ya había contactado con la Polícia y el resto fue coser y cantar. El síndrome de abstinencia le hizo gran parte del trabajo a los investigadores, Cecil Mullin cantó de plano.
Por su parte, la viuda y los otros hijos se habían mostrado mucho más activos negociando el reparto de la herencia que intentado hacer algo por Cecil (de hecho, las malas lenguas afirmaban que ninguno había sentido demasiado la muerte del patriarca y, además, por obra y gracia de la tradicional Ley de Confiscación, eran uno menos a repartir). Liquidado el asunto, toda la familia se apresuró a poner tierra de por medio para tratar de huir del escándalo: uno se largó a Estados Unidos, otro a Sudáfrica y la pequeña siguió a su flamante marido a un puestazo en Colombia por gentileza de una multinacional bananera. En lo referente a la matriarca, se trasladó a un pueblo cercano a Londres, sin duda buscado iniciar una nueva vida alejada de los chismes de las amigas de la partida de bridge de los jueves.
El juicio tampoco tuvo mucha historia. No es fácil sentir compasión por alguien que le quita la vida al propio padre a sangre fría por un puñado de libras, por muy generoso que sea. En suma, Cecil y yo tuvimos nuestro breve encuentro de rigor en la cárcel de Bedford pocos meses después del crimen. No parecía particularmente afectado por el trance: llevaba la mirada perdida y una media sonrisa en los labios. Muy probablemente -y totalmente en contra del reglamento- se le había facilitado una pequeña dosis de despedida. También había declinado los auxilios espirituales de un sacerdote (al fin y al cabo, él sólo comulgaba con la cocaína).
Lo único verdaderamente destacable de mi faena en Bedford fue que, al poco de terminar todo, el director de la cárcel se me acercó en compañía de un curioso y desconocido personaje.
-Le presento al señor Prescott, el abogado del señor Mullin.
Ya se puede usted figurar lo incómodo de la situación. No tengo costumbre de alternar con profesionales a cuyos clientes acabo de arrojar por una trampilla atados por el pescuezo. De hecho, me quedé bloqueado -rarísimo en mí-. El tal Prescott tampoco parecía particularmente encantado de conocerme (y, en prueba de ello, ni tan siquiera me ofreció su mano).
-Mi cliente le ha nombrado uno de sus herederos.
-¿Perdón?
-El señor Mullin testó en favor de la persona que llevara a cabo su ejecución. El honorable director de esta respetable institución acaba de firmar este documento que atestigua que es usted acreedor de tal herencia. Tenga, preséntese en esta dirección y le darán más detalles del asunto
-Se puede guardar la tarjeta. Renuncio aquí y ahora a todo lo que Mullin me haya podido dejar.
-Imposible. Debe hacer las cosas como es debido y personarse en el despacho legal para llevar a cabo todos los trámites. Sería irónico que precisamente usted no aprecie lo necesario que es cumplir la ley a rajatabla. Además, ¿no siente curiosidad por ver qué le corresponde?
-Pero ¿usted por quién me toma? ¿Cómo voy a llevarme el dinero de un fulano al que acabo de pasaportar? Soy un honrado verdugo al servicio de Su Majestad, no un monstruo.
-Bonito discurso, aquí tiene las señas.
El tal Mullin debía de ser poseedor de una niveles absolutamente escalofriantes de maquiavelismo. ¿Qué manera más fría y cruel de vengarse del propio verdugo que empujarlo de cabeza al precipicio del sistema burocrático inglés?
Visto que no quedaba más remedio (como se suele decir “a la fuerza ahorcan”, aunque, le revelaré un secreto: es un dicho por lo general del todo inexacto), prolongué unas horas mi estancia en Bedford para quitarme aquel engorroso trámite de encima.
El chupatintas de turno, tras comprobar mi identidad, me diseccionó visualmente con la mezcla de morbo, miedo y repugnancia que mi cargo trae de oficio.
-No, no le voy a revelar ni cuánto cobro por cada actuación ni si los fantasmas de mis clientes me visitan en sueños. Lo único que quiero es renunciar a la condenada herencia lo más rápido posible y cerrar este dichoso asunto de una maldita vez -ya ve, yo tenía un mal día.
-Vaya, parece que no le hace mucho ilusión heredar.
-Heredar es de las cosas más desagradables de este mundo -solté, por si no había quedado suficientemente claro lo incómodo que me resultaba todo aquello.
-Sin duda.
-Yo creo que es la perfecta demostración de que las personas estamos dispuestas a hacer cualquier cosa por dinero.
-Incluso matar a nuestros semejantes.
-Incluso eso.
-Bueno, la lectura del testamento es pasado mañana. Allí podrá usted manifestar su deseo de renunciar a la herencia.
-¡¿Cómo, que tengo que venir otra vez?!
-Así lo marca la legislación vigente. Los herederos tienen que estar presentes durante la lectura del testamento y últimas voluntades, e indicar entonces su deseo de aceptar o renunciar a lo que les ha sido legado.
-¡Pero es que yo no resido aquí!
-Hay unos hoteles excelentes en la ciudad. Si me lo permite, le voy a recomendar uno.
-Ya.
-Por cierto, le recuerdo que hay una serie de gastos aparejados al proceso de gestión legal de la herencia.
-¿Perdón?
-Es la ley y la ley está para ser ejecutada. Aunque, ¡qué le voy a contar yo a usted de eso!
Fui incapaz de responder al simplón chiste de mal gusto como debería, aquel inesperado sablazo me había puesto fuera de combate. ¡Me iba a dejar lo que me habían pagado por colgar en Mullin en renunciar a su herencia! Lo dicho, el fulano era un auténtico y sibilino genio de la mala leche. En cualquier caso, decidí poner al mal tiempo buena cara y dedicarme a matar las horas haciendo turismo. A la mañana siguiente, mis pasos con rumbo a ninguna parte me llevaron ante un edificio de respetable tamaño, pero aparentemente abandonado desde hacía no mucho tiempo. Me quedé contemplando aquel acertijo arquitectónico y empresarial.
-Era la vieja fábrica de cerveza de los Mullin. Ahora es de unos americanos…como todo en estos tiempos. Dicen que lo quieren convertir en unos grandes almacenes.
Me giré para ver averiguar la identidad de uno de esos guías espontáneos y tremendamente cotillas que pueblan las calles de todo el planeta Tierra. Resultan ser un auténtico regalo para el mundo de la investigación.
-¿Y dice usted que era de los Mullin? ¿De esos que el hijo mató al padre?
-Los mismos.
-¡Buen dinero le debieron de dar a la familia por ella!
-Dicen por ahí que la había vendido el padre antes de morirse. ¡Vaya usted a saber!
-Sí, uno nunca sabe a quién creer.
-Usted es forastero, ¿no?
-Sí, estoy de paso por Bedford.
-¿Negocios?
-Se podría decir que sí. En fin, le dejo, que me esperan.
Había llegado el momento de cortar de cuajo aquella conversación. El cotilla se estaba poniendo demasiado cotilla.
El tiempo pasó razonablemente rápido -al menos, para ser Bedford- y me encontré de vuelta en el siniestro hogar del sablazo administrativo. Mi amigo me estaba esperando.
-Se va a proceder a la lectura del testamento y últimas voluntades. El representante legal de los hermanos ya ha llegado.
¿El representante legal de los hermanos? ¿Es que esos buitres no tienen ya suficiente dinero gracias a la fortuna del padre y vienen a por las cuatro migajas que debe de haber dejado el infeliz del hijo? Pasé a la sala. Había dos tipos que apestaban a picapleitos, uno de ellos con pinta de juez. No me gustan los jueces, me toca hacerles el trabajo sucio.
-Siéntese. En cuanto llegue la madre del señor Mullin, procederé.
¿La madre? ¡Aquello sí que era la última gota! ¡Por el amor de Dios, que había ahorcado a su hijo no hacía ni una semana! No me apetecía un pimiento conocerla y, sobre todo, que ella me conociera a mí.
-Perdón, pero, dadas las circunstancias, no creo que me pueda sentir cómodo en presencia de la señora Mullin…
-¡Si tuvo usted los arrestos de matar al hijo, téngalos también para conocer a la madre!
La voz -firme, matriarcal, autoritaria- venía desde detrás de mi espalda.
-Verá, señora, esto no es agradable- balbuceé sin ser capaz de mirarle a la cara.
-¡Mi hijo era un asesino y un vicioso, y se lo merecía! ¡No se apure, caballero! Y ahora, vayamos al grano.
Todo la sala se ahogó en un silencio incómodo hasta que, pasados unos instantes, el tipo con pinta de juez se calzó ceremoniosamente sus anteojos y tomó la palabra.
-Por expresa voluntad del señor Mullin, se ha procedido a la liquidación de todas sus posesiones, la cual asciende a la cifra total de 322 libras, 2 chelines y 8 peniques. La cantidad se repartirá en tres lotes de la misma cuantía, que serán entregados a su madre doña Augusta Edith Mullin, sus hermanos don Gerald John Mullin, don Samuel Augustus Mullin y doña Sophia Mary Evans; y el ejecutor de la sentencia de muerte del señor Mullin, don…
-Fulano de tal -interrumpí.
El tipo con pinta de juez me clavó sorprendido la mirada, pero, transcurridos unos segundos, se hizo cargo de la situación y prosiguió como sin mediar palabra.
-¿Aceptan todas las partes su herencia?
Curiosamente, no respondí de inmediato. Lo cierto es que la suma de cien libras -más de dos meses de mis ingresos- era lo suficientemente elevada como para replantearse lo de mi tan ética como orgullosa renuncia. ¡Qué malo es el dinero, Dios mío!
-Acepto mi herencia -tronó la voz de la viuda.
-Los hermanos del señor Mullin, a los que legalmente represento, renuncian a través de este escrito a la herencia en favor de su madre, doña Augusta Edith Mullin -terció el otro tipo.
El tipo con pinta de juez tomó el documento en cuestión y le echó un rápido vistazo al tiempo que asentía.
-¿Y usted?
-¿Yo?
-¡Que si acepta o no la herencia!
-Sí, acepto -repliqué arrastrado por el impulso del momento. ¡Qué diablos! Si la madre trincaba la pasta, yo también.
-Muy bien. Ahora se iniciarán las gestiones administrativas de verificación del cobro de la herencia. Una vez finalizadas, se procederá, tras el descuento oportuno de la cantidad destinada a la satisfacción del pago de los impuestos, otros gastos legales y la minuta de este despacho, a la entrega a los herederos de las cantidades correspondientes.
-¡A mí me va a quedar una miseria, pero a usted puede que hasta le toque pagar dinero! Mi hijo le tendió el anzuelo de la codicia y usted a picado como el más inocente de los pececitos-me soltó doña Augusta.
Me quedé helado, sin saber qué decir. ¿Cómo podían ser los gastos tan elevados?
-Aunque ésa no fue la verdadera razón por la que mi hijo le hizo su heredero. Él quería que se supiera toda la verdad o, mejor dicho, que alguien de fuera de la familia la conociera. Sin duda, usted se preguntará qué hace una mujer tan rica como yo arrastrándose por una migajas de dinero. Pues le voy a dar la respuesta, es sencilla, muy sencilla: no tengo dónde caerme muerta. Pobre como una rata, vieja y sin más medio de subsistencia que la caridad de mis hijos, que tampoco están sobrados de dinero.
-Pero…el dinero de su marido..
-Un millón de libras…¡Un millón de libras! ¡Pulirse un millón de libras esterlinas en cuarenta años! ¿Se lo puede creer? ¿Cómo diablos se puede perder todo un millón de libras? ¿Lo sabe usted?
-Ni idea, señora. La verdad es que no parece fácil… -balbuceé por culpa de la conmoción.
-Pues yo se lo voy a explicar. ¿Ha leído usted David Copperfield?
-¿Perdón?
-David Copperfield, la novela de Charles Dickens. ¿La ha leído?
-No, creo que no.
-Pues resulta que hay un personaje llamado el señor Micawber que dice algo así como: “Ingresos anuales de 20 libras, gastos anuales de 19 libras, resultado: felicidad. Ingresos anuales, de 20 libras, gastos anuales de 21 libras, resultado: desdicha”. Parece que mi difunto tampoco conocía la tal novela. El imbécil descerebrado de mi maridito se dio -nos dio, en honor a la verdad- la vida padre a cuenta del fortunón de su padre. Él era todo despreocupación, se creía que nunca se iba a acabar, pero se terminó por terminar.
-Pero…¿no se daba cuenta de la situación?
-Sí, llegó un momento en el que incluso su nulo entendimiento se percató de que algo había que hacer, pero era ya demasiado tarde. En secreto, intentó invertir el dinero que le quedaba para así tratar de recuperarse. Eso fue la puntilla, lo que lo terminó de arruinar. Lo dicho, no se le puede dar dinero a un gilipollas totalmente carente de prudencia y sesos.
-Me da a disculpar usted la pregunta, señora, pero ¿ni usted ni sus hijos notaban cosas raras?
-Ja, no hay mejor ciego que el que no quiere ver. Estábamos demasiado ocupados con las cenas, los viajes y la ropa cara -y, por supuesto, mis hijos con las malditas juergas- como para pensar en cualquier otra cosa. ¿Y sabe cómo nos enteramos de todo? Vino el tipo de concesionario de coches a casa a decir que, o pagaba el Bentley, o se lo llevaban. Se suponía que tenían orden de no visitar la residencia familiar, de gestionarlo todo a través de la oficina, pero los del concesionario se hartaron y vinieron a nuestro mismísimo domicilio a reclamar su dinero. Yo me enfadé con el hombre aquel, le reproché que se atreviera a molestarnos en casa y, por supuesto, llena de orgullo le dije a mi marido que le pagara de inmediato a ese horrible maleducado. Él intentó dar largas pero, de sopetón, se hundió y me lo confesó entre lágrimas. Se había convertido en un ser patético, una piltrafa totalmente hundida. Incluso el fulano del concesionario se apiadó de él y le dio una semana para reunir el dinero.
-Así que el asesinato…
-En efecto. Los otros tres chicos y yo encajamos el golpe con cierta serenidad, pero Cecil siempre fue muy impulsivo. Quería venganza y ¡vaya si la tuvo! Y valiéndose del puñetero cochecito, como no podía ser de otro modo. Cecil siempre fue muy teatrero; en exceso, diría yo. Lo demás, ya se lo figura usted: mis hijos se han largado a empezar una nueva vida lejos de toda esta desgracia y yo, yo vivo de las pequeñas cantidades de dinero que me envían cuando buenamente pueden. De hecho, he aceptado que no me manden nada durante tres meses a cambio de que toda su herencia sea mía.
-Pero ¿cómo es posible que nada de esto se haya sabido? ¡Con lo cruelmente cotilla que es la alta sociedad!
-En efecto, pero yo soy una auténtica maestra a la hora de mantener las apariencias. Usted ahora es el único fuera del círculo de confianza familiar que conoce toda la verdad, y de sobra sé que no se la va a revelar a nadie, al menos hasta que yo me muera. Los verdugos, al igual que los curas, también tienen su secreto de confesión.
-En efecto, señora.
-Bien, me encantaría seguir disfrutando de su agradable compañía, pero tengo que cobrar un dinero con el que poder subsistir, así que, si me disculpa.
-Por supuesto, señora.
No volvía a saber jamás de doña Augusta ni de ningún otro miembro de su familia, pero supongo que ya habrá fallecido, así que no la traiciono al revelar este secreto.
En lo referente al dinero, ignoro cuánto se llevó la buena señora, pero, en mi caso, el saldo a mi favor después de descontar los impuestos locales, impuestos nacionales, los gastos de gestoría y los honorarios del despacho de abogados fue 1 libra, 5 chelines y 10 peniques.
En fin, lo justo para pagar la orquídea blanca que deposité en la tumba de Cecil Mullin hijo. Un tipo que es capaz de vengarse de su propio verdugo con tanta elegancia y crueldad sin duda merecía un homenaje.