SAXO INTUS BELLO ADAMAS
SAXO INTUS BELLO ADAMAS
Londres, noviembre de 1953
El Museo Británico y sus empleados no parecen ni el lugar ni los protagonistas más previsibles en un caso de asesinato, pero el crimen no distingue de clases sociales o culturales. Además, que en los museos suele conservarse mucho objeto maldito, y eso siempre resulta ser un serio peligro. Ya se sabe: las maldiciones no existen, salvo las que sí lo hacen.
La más reciente incorporación a la lista de los objetos marcados con un dañino hechizo era un pequeño ataúd de tosca madera hallado en un pueblecito cercano a la ciudad inglesa de Hastings. Contenía parte de un esqueleto y se conservaba en una angosta cripta bajo una iglesia próxima al lugar del descubrimiento. El hecho de que los huesos se mezclaran con multitud de cantos rodados propios de las playas locales, y la presencia de la oxidada empuñadura rota de una típica espada sajona sustentaban la teoría de que el muerto era un guerrero inglés que había fallecido, muy seguramente, tratando de repeler el exitoso desembarco normando de 1066. Desde hacía casi nueve siglos, en el pueblo se había transmitido de generación en generación la leyenda de que cualquiera que osara perturbar el reposo del valiente luchador lo pagaría con su vida, sin que se pudiera precisar el origen de tal creencia. Nadie parecía haber tomado muy en serio aquella maldición hasta comienzos del siglo XX. Fue entonces cuando el brigadier Sir Elliott John, nacido en el pueblo, héroe de la reciente guerra contra los bóeres y admirador confeso del conjunto funerario desde niño, había costeado de su propio bolsillo el acondicionamiento de la cripta con el fin de que se pudiera exhibir aquel pequeño tesoro local en condiciones. La reforma incluía la instalación de una estructura acristalada para alojar el ataúd abierto y, sobre ella, una placa en mármol en que aparecían esculpidos los rostros de los últimos reyes sajones de Inglaterra, además de la inscripción latina: Saxo intus bello adamas (Sajón, te enamora entrar en batalla). Sir Elliott, que se preciaba de ser un hombre de gran cultura, decía que era una frase de su cosecha que, para él, resumía a la perfección el espíritu guerrero y debía presidir la tumba de aquel anónimo soldado inglés. El lema gustó y quedó como el nombre por el que era conocido el conjunto funerario. Por desgracia, el brigadier había insistido en manipular personalmente el ataúd de madera durante todo el proceso de instalación y, a los pocos días de rematarse del proyecto, había fallecido de modo inesperado. Desde ese día, los lugareños empezaron a tomarse lo de la maldición más en serio. Aunque, en honor a la verdad, el Saxo intus bello adamas no pasaba de poseer interés local, regional como mucho. Difícilmente se podría defender que atesoraba el mérito necesario como para ganarse un hueco en el sacrosanto British Museum.
Y, no obstante, el prestigioso medievalista Glenn Roeder, tras una visita casi casual a la cripta acompañado por sus discípulos Sally Hedworth y Ron Pountney, insistió en que el ataúd del Saxo fuera trasladado a Londres para su detallado estudio. A los parroquianos no les hizo ni pizca de gracia, pero donde hay autoridad cultural, no manda marinero. Por razones obvias, ningún trabajador quiso manipular el objeto, por lo que el trío de investigadores tuvo que encargarse personalmente del porte. Me enteré de la noticia por un comentario de mi casero. Había pasado una etapa de su juventud en Hastings y conocía bien la leyenda y todo lo que la rodeaba, aunque jamás había encontrado el momento de visitar la iglesia para contemplar aquello en primera persona. Por eso, le placia la idea de que, quizás, le iba a resultar posible disfrutar del Saxo sin necesidad de salir de Londres.
Al día siguiente de su llegada a las instalaciones del Británico, el Saxo fue trasladado al laboratorio de arqueología y vaciado en su totalidad para poder iniciar su detallado estudio. Por testigos, un par representantes de la prensa (los que consiguieron vencer la lógica aprensión que producía un momento así). No había pasado ni una semana de esto cuando, de sopetón, la presunta maldición se tradujo en una auténtica y sangrienta tragedia: el novio de la señorita Hedworth —el impulsivo y colérico teniente de infantería Paul Moss— se presentó de improviso revólver en mano y, sin mediar más palabra que un par de reproches y todo un surtido de insultos, les metió en el cuerpo tres balas por cabeza a su querida y su presunto amante. Entonces, abandonando tan mediterráneo comportamiento, se sentó y, ahora sí con la adecuada flema británica, le rogó al profesor Roeder que telefoneara a la Policía, pues deseaba entregarse.
El asunto, como se puede usted figurar, le chifló a las clases populares en general y a la prensa amarilla en particular, con mi aborrecido Ronnier Carson a la cabeza. La mezcla de crimen reciente y maldición ancestral fascinó a niños y mayores y se publicaron un sinfín de artículos sobre el asunto firmados por un amplio abanico de pintorescos expertos en materias que iban desde la psicología forense a las ciencias ocultas.
Durante el juicio, el teniente Moss no se molestó en negar lo innegable, y se limitó a manifestar lo profundísimamente enamorado que se encontraba de la señorita Hedworth, con la que incluso ya estaba próximo a formalizar su compromiso, y la fortísima impresión que le había producido la recepción de una carta anónima que incluía, como prueba irrefutable del adulterio de su prometida, imágenes de los amantes semidesnudos en plena batalla amorosa. Las fotografías no eran excesivamente explícitas, pero no fue autorizada su publicación en prensa sin pasar censura previa (para indignada desesperación de Ronnie Carson). De todos modos, y como era de esperar, copias sin mutilar no eran difíciles de conseguir para los aficionados al género en los lugares de costumbre.
El origen y remitente de tales pruebas jamás se pudo determinar, aunque eran datos que resultaban tener una importancia secundaria para el juez (mas no tanto para la prensa, que trató sin éxito de solucionar el acertijo). El caso en que, pese a la innegable provocación que resultaban tan hirientes fotos, el jurado decidió que Moss era culpable, aunque también recomendaron a su señoría que mostrara clemencia con el reo y le salvara de la soga.
De nada sirvió: no se puede ir asesinando a la gente, por muy celoso que se sea. Yo abrigaba la esperanza de que, dada la condición de militar del asesino, se le pasara por las armas, que es algo mucho más marcial que la soga. Vano deseo: un criminal común no deja de serlo por lucir unos galones.
A medida que transcurrían sus tres últimas semanas, Moss empezó a obsesionarse con el asunto de la maldición y no paraba de decir que la exhumación de los restos del bravo soldado sajón había alterado su destino hasta arrastrarlo de modo irremisible a la hoca. Son cosas que pasan, la pesadilla de una muerte segura produce monstruos de lo más siniestro incluso en las mentes más equilibradas. No obstante, la resignación finalmente se apoderó de Moss y sus últimas horas de vida en la londinense prisión de Pentoville se ajustaron al estereotipo del asesino de la propia pareja: palabras de arrepentimientos lindando con las lágrimas, como si tratara de justificar sus actos ante los presentes o, al menos, buscar un poco de compasión o benevolencia. No suele ser el caso, aunque siempre hay alguna excepción. Por mi parte, nuestro encuentro fue lo breve y eficaz que siempre trato de ser con mis clientes. Me llamaron la atención, no obstante, sus crípticas últimas palabras: “¿Era esta soga el regalo de compromiso que me habías prometido, Sally? ¿Era esta muerte la vida solucionada que decías tener para mí? ”.
En lo referente al Saxo, fue oportunamente devuelto a la iglesia de la que seguramente no debería de haber salido nunca (y, como no podía ser de otro modo, el profesor Roeder se encargó personalmente del porte). Durante las primeras semanas, a veces aparecía algún dominguero morboso a echar un vistazo, pero la moda poco a poco se fue pasando y la situación retornó a una aburrida normalidad. Todo el mundo siguió con sus vidas. Yo el primero.
Mijas, agosto de 1961
Mijas, otra palabra española que iba a ser absolutamente incapaz de pronunciar. Apenas llevaba una semana en España con motivo de un compromiso profesional informal del que se dará debida cuenta en otro momento y había podido constatar que la manera en que los españoles tratan a las letras ge, jota y erre escapa totalmente a las capacidades vocales del pueblo británico. Para colmo de males, las autoridades locales me habían puesto a cargo del joven señor Jorge Rodríguez Real, sin duda porque era el único funcionario en muchos kilómetros a la redonda que podía comunicarse en inglés con un mínimo de competencia. Por suerte, el señor Rodríguez era una persona de lo más dispuesta y servicial, hasta el punto de haber accedido a llevarme en su vehículo particular (un curioso utilitario que correspondía al nombre de Seiscientos) desde la ciudad de Sevilla, donde había llevada a cabo mi misión, hasta el pintoresco pueblo malagueño de Mijas.
El motivo de mi visita a tal localidad era un curioso encargo que había recibido de mi estimado casero. Resultaba que el prestigioso escritor de viajes Wilfred T. Blake había fijado allí su residencia (de hecho, había publicado un libro bajo el título Spanish Journey or Springtime in Spain) y mi casero sentía una particular debilidad por sus obras relacionadas con la Primera Guerra Mundial. Cuando se enteró de que yo iba a dar con mis huesos en la soleada Andalucía, me rogó que hiciera lo posible para ir a visitar a Blake y, de paso, conseguir que le dedicara alguno de sus tomos. Y yo a mí casero no le puedo negar nada.
Blake no fue difícil de localizar: Mijas no era un lugar muy grande (todavía) y un inglés no pasaba desapercibido por sus calles (aún). Pese a que nos presentamos en su bonita residencia en las laderas del monte sin avisar (algo del todo inaceptable entre británicos), los Blake nos recibieron como si fuéramos amigos de toda la vida (por cierto, que Jorge y yo habíamos realizado el trayecto a lomos de unos simpáticos burritos, al más puro y pintoresco estilo local). Nuestros anfitriones nos agasajaron con lo mejor de la aceitosa gastronomía regional (que, en honor a la verdad, fue mucho más apreciada por el señor Rodríguez que por mí) regada por un excelente vino andaluz. Sin duda, el hecho de sentirse tan tremendamente admirado como para que alguien trajera un libro desde Inglaterra con el fin de que se lo dedicara contribuyó a engrasar la máquina de la hospitalidad. Todos somos, en mayor o menor medida, unos tremendos vanidosos. En efecto, el ejemplar fue convenientemente dedicado y firmado por el autor con una gran sonrisa en los labios.
Mientras disfrutaba de los rincones de aquella espléndida residencia, no pude evitar fijarme en una interpretación a carboncillo de la celebérrima escultura El beso de Rodin, que estaba apoyada en una pared dentro de un sencillo marco de madera. Mi anfitrión rápidamente reparó en mi interés.
—Es obra de un decente artista aficionado, pero muy buen tipo: Glenn Roeder, una relativamente nueva incorporación a nuestra creciente colonia de expatriados británicos. Me confesó que era un trabajo al que le tenía un especial cariño, y me lo obsequió en prueba de la inmensa admiración que me profesa. Siempre lo tengo a mano para exhibirlo por si acaso se presenta sin avisar. Son los típicos detalles de educación que distinguen a la civilización británica del resto de la salvaje humanidad.
El nombre me sonaba, aunque no logré identificarlo de inmediato. Me quedé mirando fijamente al dibujo tratando de recordar quién era aquel Roeder.
—Si le gusta, puedo hablar con Roeder para que le pinte uno a usted. No es Rodin, pero se le parece, al menos en el apellido —prosiguió Blake con una risotada—. O, si lo prefiere, le puede reproducir alguna otra obra famosa. Es un artista muy activo, como le confirmará cualquier habitante de Mijas. Al parecer, va dejando estudios al carboncillo por ahí como una vaca siembra sus mojones.
—Por lo que se ve, el señor Roeder dispone de mucho tiempo libre… —continué en discreta búsqueda de más información.
—Está retirado. Una jubilación anticipada, porque no aparenta más de cincuenta y muchos años.
—Empresario, sin duda.
—La verdad es que no lo sé. Las casas de campo por aquí son relativamente baratas, y la suya no es de las mejores, tanto por su tamaño como por la relativa dificultad para acceder a ella: está en una de las zonas más empinadas que dan acceso al pueblo.
—Si es tan pequeña, supongo que no tendrá familia.
—Suposición acertada. Vive solo y tampoco recibe demasiadas visitas. Prefiere hacer vida social en el pueblo, es donde suelo coincidir con él.
En ese instante, me percaté de la fecha que aparecía junto a la firma en el dibujo: 1953. Aquel dato me refrescó la memoria. Ese fue el año en el que, gracias en gran parte a la generosa aportación económica de múltiples particulares, una reproducción oficial elaborada por Rodin de la obra original había sido adquirida por la galería Tate de Londres. El asunto había gozado de cierta publicidad. Pero, mucho más importante, recordé que Glenn Roeder era el investigador del Museo Británico que había sido testigo de los asesinatos de Sally Hedworth y Ron Pountney en aquel mismo año. Me aproximé para contemplar la obra con mayor detalle. Interesante, sin duda.
—No sabrá usted si usa modelos.,,
—¿Perdón?
—Roeder, ¿pinta de cabeza o precisa de que posen para él?
—No lo sé. Me figuro que, si pinta un retrato, necesitará tener a la persona delante. ¿Le apetece que le inmortalicen?
—No, no. Simple curiosidad —estaba interesado en la obra de Roeder, pero no en convertirme en parte de ella—. En fin, señor Blake, no vamos a abusar más de su hospitalidad. Es hora de ponernos en marcha, que tenemos muchos kilómetros a Sevilla y mi vuelo de vuelta a Londres sale mañana temprano. Con su permiso, me gustaría que nos tomaran una fotografía juntos de recuerdo.
—¡Cómo no!
—Voy a llamar a mi amigo Georgie, para que nos la saque con su cámara.
Fui al jardín, donde el señor Jorge Rodríguez prepara su flamante Seiscientos para el viaje de vuelta. Con la torpe excusa de que me había gustado bastante, le rogué que también sacara una imagen cercana del dibujo de El beso. Él se encogió de hombros y, sin pedir más explicaciones, satisfizo mi petición.
A la mañana siguiente, junto con un fuerte apretón de manos, Georgie me deslizó de regalo de despedida un sobre con las copias de las fotografías, que había hecho revelar con urgencia, y una cuartilla con sus señas y su número de teléfono particular. No sería la última vez que nuestros caminos se iban a cruzar.
De vuelta a casa, y después de hacerle entrega a mi apreciado casero del libro dedicado por Blake, el cual recibió con una enternecedora sonrisa de niño emocionado, me dejé caer por la hemeroteca más cercana en busca de las fotos que desencadenaron la trágica muerte de Sally Hedworth y Ron Pountney. Después, telefoneé a mi hombre en Pentonville para que me confirmara una anécdota que yo creía recordar. Lo hizo. Por último, visité la Tate Gallery para disfrutar en directo de la genial obra de Rodin y poder fijarme en un detalle.
Cada paso me acercaba más a mi nuevo delirio detectivesco. Una vez más, me costaba distinguir entre la realidad y mi tan a menudo desbocada imaginación. Por enésima vez en mi vida, una alocada teoría se estaba gestando en mi mente.
Poco antes de morir, en una de las revistas que se facilitó al teniente Moss para intentar distraerle la mente aparecía un reportaje sobre la llegada de El beso a la Tate Gallery, y él había comentado a sus centinelas que sentía una tremenda predilección por esa obra (de hecho, había contribuido a la cuestación popular para adquirirla) y que lamentaba tener que irse de este mundo sin verla en directo. Seguramente eran imaginaciones mías, pero el rostro de la dama en la interpretación de El beso firmada por Glenn Roeder era el de Sally Hedworth, mientras que el rostro del hombre estaba tapado. Curiosamente, en la obra original era al revés. En otras palabras, Roeder había modificado su dibujo adrede para que se viera la cara de la chica. Recordé entonces las últimas palabras de Moss: “¿Era esta soga el regalo de compromiso que me habías prometido, Sally?”¿Qué mejor para un admirador de una escultura que una versión en papel con su amada como protagonista? Pero, claro, sería preciso que la tal señorita posara y, obviamente, haría falta el concurso de otro modelo para representar el papel del hombre. Como buena sorpresa, la obra se ejecutaría en total secreto y, llegado el dulce momento de la entrega al afortunado teniente Moss, se le ocultaría el detalle de que los modelos habían posado semidesnudos. Todo muy inocente. Salvo que se tratara de una trampa del pérfido Roeder, quien, por motivos que desconocía, había ocultado una cámara fotográfica para lograr las imágenes que se enviarían al novio de la chica. ¿Había sido el objetivo de Roeder que Moss asesinara a la pareja o aquello se le había ido por completo de las manos? ¿Había tenido el asunto algo que ver con su misterioso y prematuro retiro? Obviamente, se me pasó por la cabeza que dentro del infame Saxo intus bello adamas hubiera algún elemento de tremendo valor de cuya existencia sólo se habían percatado Roeder y sus colaboradores, y que había propiciado su tempranera jubilación tras venderlo y poner tierra de por medio. Seguí rememorando entonces las palabras pronunciadas por Moss instantes antes de abandonar este mundo: “¿Era esta muerte la vida solucionada que decías tener para mí?”. Una vida solucionada como la que estaba disfrutando Roeder. De hecho, ¿se habría creado la venganza hace siglos para proteger aquella riqueza? Pero ¿en qué consistía? ¡La prensa había dado fe de que en el Saxo no había más que huesos, cantos rodados y un pedazo oxidado de espada, y todo había vuelto a la cripta! No, me estaba dejando dominar por mi imaginación: todo lo que había era una venganza por celos —románticos o profesionales— que, muy posiblemente, había ido mucho más lejos de lo previsto. Además, todo lo que yo tenía eran locas elucubraciones que no lograrían ser tomadas en serio ni por la Policía ni mucho menos por un juez. Y, para colmo, el tal Roeder había logrado escapar a la soleada España. Asunto zanjado para siempre y se para de darle vueltas por una simple cuestión de higiene mental.
Londres, agosto de 1964
La mayoría de los turistas hacen de su visita al Museo Británica una ajetreada escala más en su alocadamente apretada agenda en Londres y el bueno de Georgie Rodríguez no iba a ser menos. Yo me había ofrecido con gusto a ejercer de cicerone del señor Rodríguez en su primera visita a nuestra capital. Disfrutaba mucho de la compañía de aquel moreno bigotudo con el que mantenía una cordial amistad epistolar.
—¡Qué interesantes me resultan todas estas momias! —nos confesó Georgie fascinado.
—Sí, apuesto a que no tenéis muchas por España.
—Egipcias, no. Jamás invadimos ese país.
Sonreí. Las pequeñas pullas, recíprocas y constantes, eran un elemento que le ponía un agradable picante a nuestras conversaciones.
—La verdad es que me da un poco de apuro mirarlas. Ya sabéis, por lo de las maldiciones. Los andaluces nos tomamos muy en serio estas cosas…
Entonces se me vino a la mente la lejana historia Glenn Roeder. Era el momento ideal para relatársela a mi camarada.
—Lo más parecido a una maldición funeraria que se ha visto en este museo no fue a causa de un sarcófago egipcio, sino por culpa de un ataúd local de madera. Lo trajeron de una iglesia del sur de Inglaterra y dos de las personas que lo abrieron encontraron una muerte violenta a los pocos días. Ahora que caigo. ¿Te acuerdas del tío aquel que pintaba del que nos habló el señor Blake cuando estuvimos por Mijas? ¡Pues fue testigo de aquel crimen!
Georgie se me quedó mirando como si hubiera visto a un fantasma. Después de tragar saliva un par de veces, me dijo, casi en un susurro.
—Glenn Roeder se mató en un accidente de circulación hace un par de meses. Se salió en una curva y el coche cayó por un terraplén.
Ahora era mi turno para quedarme sin sangre en las venas.
—Deduzco que estuviste implicado en la investigación del caso.
—Sí, los compañeros de Málaga necesitaban un traductor de inglés para el papeleo del cadáver, y ahí estaba yo.
—¿Seguro que fue un accidente? —intervinó mi casero.
— No se encontró nada fuera de lo ordinario en los restos del vehículo.No llevaba equipaje alguno. Las carreteras de la sierra de Mijas y sus curvas son muy traicioneras, a ver si el Caudillo nos la mejora algún día de estos, y el velocímetro marcaba cien kilómetros por hora. ¡Hay que estar loco para jugar a ser Fangio en esos caminos de cabras!
—Deja que adivine: un Seiscientos.
Georgie asintió con una sonrisa.
—Caso cerrado, pues.
—Sí, se notificó al único familiar que pudimos localizar: una hermana que vive en Leeds. Vino a España hacerse cargo del cadáver y llevarse las pertenencias que tenían algún tipo de valor para ella.
—En resumen: una casualidad como otra cualquiera.
—Sin duda.
Sin duda usted ya sabe lo mucho que me cuesta a mí creer en las casualidades. El inesperado deceso de Roeder había hecho resucitar vigorosas la sarta de fantasías que habitaban un rincón perdido de mi mente. ¿Existía de veras la tal maldición? ¿Se había vengado algo o alguien de Roeder por su macabro plan, ese que había puesto trágico fin a las vidas de tres seres humanos? Estaba claro: había llegado el momento de conocer en persona al dichoso Saxo y que, de paso, mi casero aprobara una asignatura que tenía pendiente. A él le entusiasmó la idea de nuestra pequeña excursión cultural, tanto por disfrutar en primera persona del Saxo, como por, en cierto modo, rendir homenaje a Sir Elliott John disfrutando de su obra. Según me reveló, se trataba de una figura muy querida y admirada por toda la comarca.
Al sábado siguiente, estábamos plantados los dos delante de la marmolea tumba de aquel aguerrido sajón de presuntamente tóxicos restos mortales. Yo intentaba, sin éxito, buscar alguna clave que me revelara si aquello tenía algo mágico o no. Mi casero, por su parte, la contemplaba en silencio con reverencia y fascinación. Entonces, se ajustó la gafas y acercó la mirada un poco más a la lápida, en concreto a las figuras de dos de los reyes cincelados en el mármol. Aquello siempre prometía.
—Es curioso: los reyes Ethelwulfo y Egberto están cambiados de orden.
—¿Perdón?
—Egberto es el heredero de Ethelwulfo, y no al revés.
—Un error como otro cualquiera.
—¿Con Sir Elliott de por medio? Imposible. Era famoso por meticulosidad, un detalle así no se le habría escapado. Por alguna razón, quería indicar que el segundo va antes que el primero. Curioso.
Todavía era un poco pronto para comer, así que salimos a dar un paseo por la inmediaciones de la iglesia para hacer tiempo. Nos llamó la atención que la parte posterior estuviera cubierta por un andamiaje.
—Son obras de conservación y rehabilitación del edificio, que ya buena falta le hacía —nos indicó una persona que estaba trabajando en el jardín contiguo.
—¿Financiado por el gobierno? —pregunté.
—¿El gobierno? ¡Esos tacaños no sueltan ni un penique para estas cosas! Ha sido un benefactor anónimo el que, en su testamento, dejó un pellizco de lo más sustancioso.
Proseguimos vagando sin rumbo por aquel bonito lugar hasta que decidimos tomar asiento en un banco con maravillosas vistas a un buzón de correos.
—El misterioso benefactor no es otro que Sir Elliott —aseveró mi casero con una sonrisa de satisfacción en los labios.
—¿Perdón?
—Ya he resuelto el enigma planteado por Sir Elliott, y sospecho que no soy el único. ¡El segundo es el primero, claro!. No es Saxo intus bellos adamas, sino Intus saxo bello adamas. O, en el idioma de los pueblos británicos, Dentro de la bella piedra está el diamante. ¿Me sigue, sargento?
—No mucho, señor.
—Mejor. Volvamos a Sir Elliott. ¿Dónde sirvió? Exacto: Sudáfrica. ¿Han oído hablar de la kimberlita, propia de dicho lugar?
—Me temo que no.
—Pues ahora lo va a hacer: es una fascinante roca de origen volcánico caracterizada porque, en su interior, a menudo se hallan…diamantes.
—¿Está usted insinuando que…?
—Eso mismo: con la sana intención de complementar su pensión del ejército, Sir Elliott se agencia con toda discreción una bonita remesa de piedras con un diamante dentro. Por si acaso hace falta algún dinero extra. Desgraciadamente, cae muy enfermo y, consciente de que no le queda mucho tiempo de vida, decide hacer un regalo excepcional a esta parroquia: una respetable dosis de riqueza, que él se encargaría personalmente de esconder entre los cantos rodados de la playa. Un tesoro al que los parroquianos sólo podrían tener acceso si eran capaces de resolver un enigma bien sencillo para cualquiera que sepa algo de la historia de su propio país y sea capaz de traducir latín básico, además de vencer el irracional miedo a una absurda superstición. ¡Todo muy propio del temperamento de Sir Elliott! Por fortuna, sospecho que alguien de la parroquia, acaso el propio párroco, resolvió el misterio. En fin, creo que ya no pintamos nada en este pueblo. Voy a buscar el coche, espéreme aquí.
O, quizás, habían sido Roeder y sus dos infortunados colaboradores los que se habían percatado que algunas de las piedras del Saxo valían su peso en diamantes (“¿Era esta muerte la vida solucionada que decías tener para mí?”, el plácido retiro de Roeder…). Eso explicaría muchas cosas, pero no de dónde había salido entonces todo el dinero que estaba gastando la parroquia.
En ese instante, el característico sonido de una furgoneta Volkswagen Transporter invadió la calma de tan campestre ocasión. El vehículo paró justo delante de la iglesia y de él descendió el animado revuelo de un grupito de jubilados y, por último, un sacerdote cincuentón que también había hecho las veces de conductor. Me acerqué a admirar la máquina. Era el modelo más reciente, acaso también financiado por la generosidad de Sir Elliott. Había algo colgando del espejo retrovisor. ¡No había automovilista en el país que escapara de esa moda del diablo! ¿Qué era eso? Me sonaba haberlo visto en alguna parte.
En efecto, se trataba de la figura de un pequeño burrito de plástico con sombrero en el que rezaba Mijas.
—¿Le gusta? —me preguntó el pastor, tras percatarse de mi interés.
—Sí, es una señora furgoneta. ¿Qué velocidad alcanza?
—Cien kilómetros por hora, en un buen día y vacía de carga y pasajeros —me contestó todo lo orgulloso que puede estar un hombre de Dios sin traicionar a su Jefe.
—No corra mucho, padre. A nadie le gustaría que tuviera un accidente.
—Soy un conductor bastante diestro. Antes de ingresar en el seminario, conduje vehículos a toda velocidad en misiones de comando durante la guerra. Además, San Cristóbal me protege —prosiguió la guasa con una simpática sonrisa.
—Mejor. Así no me tendré que preocupar si usted se ve envuelto en una persecución.
—¿Y por qué iba un sacerdote a verse implicado en algo así? —se le había nublado el gesto como una tarde de verano en Brighton.
En ese preciso instante sonó, notablemente oportuna, la bocina del utilitario de mi casero.
—Sí, tiene usted razón. He dicho una tontería. En fin, llegó la hora de la despedida. Adiós, padre.
—Adiós.
—Por cierto, yo también formé parte en misiones de comando durante la guerra: asaltar por sorpresa un puesto enemigo en busca de algún preciado tesoro. ¡Es tan apasionante! Yo a veces lo echo de menos, ¿usted no?
Me introduje a toda prisa en el vehículo sin darle tiempo al pastor para contestar. Tenía ganas de comerme un buen pastel del pastor de pub, casi tantas como de contarle a mi casero que yo tenía la corazonada de que su teoría sobre Sir Elliott y el dinero era correcta.
Barrio de Triana, Sevilla. Junio de 1986.
—Jamás entenderé cómo es posible que consideréis a este jamón tan grasiento un manjar, Georgie.
—¡Tú te lo pierdes!
—¡Y con gusto!
A mi entrañable Georgie le iban bien las cosas, y buena prueba de ello era su flamante pisazo en Sevilla, una ciudad que siempre es buena idea visitar (aunque más en primavera que en verano). Él me había invitado a pasar unos días allí para que conociera su nueva casa, pero yo no estaba del mejor humor: ese condenado Maradona nos acababa de apear del Mundial con una ración de piratería y otra de genialidad a partes iguales. Tomé mi copa de jerez, eso sí que me gustaba, y comencé a dar el típico paseo cotilla por el imponente salón de mi casi amigo. Algo llamó mi atención.
—¿Qué es esta piedra pintada que tienes en esta vitrina?
—Es graciosa, ¿verdad? ¡No te imaginas de dónde la saqué! ¿Te acuerdas del inglés aquel de Mijas que se mató en un accidente de tráfico? ¡Pues apareció en su coche! Supongo que él mismo la había pintado, ya sabes que era todo un artista. Me gustó y le pedí permiso al juez para quedármela.
La tomé en mi mano y la examiné con cuidado. En efecto, nada como pintar una superficie para disimular cualquier signo externo de lo que podría contener. Seguramente, con las prisas al señor párroco ésta se le había pasado por alto.
—Si te puedes permitir este pedazo de casoplón, tendrás buen sueldo, ¿no?
—No me puedo quejar, no.
Mejor, así no habría que recurrir a partir tan bonita obra de arte por la mitad.