UN ASESINO EN FUERA DE JUEGO
UN ASESINO EN FUERA DE JUEGO
Londres, marzo de 1960
Aquel asunto empezó para mí como tantos. Un crimen en la prensa, y de los sencillitos. Aparentemente.
John W. Pulley, juez de línea internacional, se había bajado a su pub de cabecera a tomarse unas pintas después de llegar a casa tras un partido. Estaba satisfecho, había tenido una buena actuación, y —como siempre que esto ocurría—, se tomó un par de Guinness de más y le dio por presumir del buen dinero que le acababan de pagar por su trabajo. En el camino de vuelta al hogar, y seguramente como consecuencia de ir achispado, le hizo frente al tipo que le siguió a la salida para despojarle de aquel bonito puñado de billetes. Un agente de policía —nuestros siempre eficientes bobbies— oyó la bronca y llegó oportuno para reducir —pleno de arrojo— al criminal, aunque tarde para salvar la vida de Pulley. El héroe de la jornada era Herbert P. Knights, antiguo militar que, casualidades de la vida, conocía personalmente al padre del juez de línea Pulley —el coronel retirado Arnold W. Pulley—, pues había servido a sus órdenes en el ejército.
Mike O'Regan, que así se llamaba el asesino, era un vagabundo sin familia, amigos o antecedentes que llevaba un par de semanas merodeando por la zona y ya había levantado las sospechas de algunos vecinos. Para lo malnutrido y débil que parecía, había asestado una puñalada certera en extremo. Un detalle que se atribuyó a la mala suerte, pero que a mí —al leer la noticia— me llamó mucho la atención. En mi oficio, uno se fija en esas cosas.
El caso no ofrecía dudas, pues O'Regan confesó de plano en la comisaría (¿qué sentido tenía dar por falso lo que un agente de policía había oído y casi visto?) y negó en redondo que hubiera tenido algún tipo de motivación deportiva —algo que algunos medios amarillos se habían precipitado en dar por hecho—. No puso O'Regan mucho empeño en librarse de la horca durante el juicio, que fue muy breve. Contestaba a todo con gestos de cabeza o, como mucho, con monosílabos o palabras sueltas emitidas de un modo torpe y dubitativo. Parecía como si la perspectiva de morir colgado le importara un bledo. Su apático abogado defensor tampoco aparentaba tomarse aquello particularmente en serio.
En este mi mundillo, lo crea o no, uno se topa con gente así (aunque son minoría). Personas con tan poco apego a esta vida que no parecen tener ningún inconveniente en dejarla, esperanzados en que —quizás— les espera otra mejor.
Ahora conviene aclarar que, en aquellos días, éramos tres individuos los que estábamos oficialmente habilitados para "poner el nudo y tirar de la palanca" como titulares (así me gusta a mí llamarlo, eufemísticamente) y que nuestros nombres estaban recogidos en lista secreta sólo al alcance de las autoridades penales encargadas de asegurarse de que la "Ley siguiera su curso" (como lo llamaban ellos, también buscando refugio en el eufemismo). Eran estos agentes los encargados de seleccionar y contactar con nosotros para encargarnos el trabajo. Oficialmente, no tenía ni tengo idea de quiénes compartían lista conmigo. La realidad, como de costumbre, era una cosa bien diferente. Dado que el reo estaba en la londinense Pentonville, supuse que yo sería el elegido, pues yo ya había llevado a cabo un buen puñado de faenas en esa cárcel a plena satisfacción.
Pero, para mi extrañeza, una semana antes de la fecha, la carta certificada no me había llegado todavía. Aquello me pareció raro y decepcionante a partes iguales. En fin, así es la vida.
Decidí entonces hacer una visita a mis viejos amigos los Dogan, pues me enteré que se habían acercado a la familia del malogrado juez de línea para intentar darles su apoyo y su consuelo. De nuevo para mi sorpresa, y frente a una taza de café humeante y malo, David me relató que aquellos señores —en especial él— apenas parecían demostrar dolor por la muerte de su hijo, al que se referían con pasmosa indiferencia. Visto el panorama, mi buen amigo se marchó por donde había venido, pues su experiencia le indicaba que nada podía hacer en ese hogar, al menos de momento. Él lo achacó a que eran una familia de rancia tradición militar, lo que unido a aquello de ser británicos, les obligaba a sepultar cualquier tipo de sentimiento bajo una pesada lápida de represión. Con eso y con todo, a David aquella frialdad le parecía exagerada.
Picado por la curiosidad, decidí investigar un poco por mi cuenta. Como de costumbre, apliqué la norma básica del espionaje: si quieres saber algo de una casa, pregunta a los vecinos.
—¡El hijo del coronel apenas paraba por casa de sus padres! Mejor, porque cuando lo hacía, las discusiones y los gritos se oían por toda la calle. ¡Como el perro y el gato!
—¿Padre e hijo?
—¡Y madre e hijo!
—¿Y de qué discutían, si no es indiscreción?
Mi pregunta turbó claramente al vecino. Clavó una mirada incómoda en el suelo y empezó a juguetear nervioso con un papel que llevaba en la mano.
—Bueno,...eso…eso es un asunto muy delicado.
Yo me figuraba cuál podía ser la respuesta.
—Me imagino que el señor coronel habría querido que su hijo hubiera seguido sus pasos como rectísimo militar y ejemplar padre de familia, y el nene se había convertido en un juez deportivo juerguista y un mujeriego.
—Sí, eso parece que es…Menos en lo de mujeriego.
—¿Perdón?
—Yo…, yo no sé nada seguro, pero en las discusiones siempre acaban saliendo los lavabos públicos y, en fin, no sé si sabe por dónde voy.
—Creo que sí.
Perfectamente, de hecho,
—Pero vamos, que yo no estoy acusando a nadie de nada.
—Por supuesto, por supuesto.
Empezaba a pensar que me estaba dejando dominar por mi imaginación, lo que no era una buena idea en asuntos de vida y muerte como los míos. Había cadáver y asesino confeso. Punto. El padre y coronel no demostraba tristeza porque era un guerrero al servicio de su Graciosa Majestad y esa gente es así. Que el policía que había detenido al criminal fuera un viejo subordinado suyo era una casualidad no tan casual: muchísimo bobbies eran antiguos militares y en una carrera militar tan larga como la del coronel, uno acaba coincidiendo con mucha gente; y aquel enclenque alfeñique había metido una puñalada tan certera porque había sido su día de suerte (según se mire claro está).
¿Un padre —por muy británico militar que se sea— ordenando el asesinato de su hijo por el mero hecho de que —según su marcial criterio— es una desgracia y un deshonor para la familia por el simple hecho de ser civil, golfo y homosexual? Se me estaba yendo la cabeza.
Y a mí no me habían llamado de la cárcel de Pentonville para hacer el trabajo porque alguien estaba mosqueado conmigo por Dios sabía la razón, o porque les parecería más justo repartir la faena. En cualquier caso, sólo deseaba que no hubieran llamado al Paleto. No, no creo que fueran tan estúpidos, que ese era un carnicero de probada ineficacia que seguía en Lista por el mismo enchufe por el que lo habían metido. (Como ya le comenté, oficialmente yo no sabía nada de esto). Sin duda, y por muy asesino que fuera, O'Regan se merecía una muerte digna y rápida. Y eso sólo se lo podía ofrecer el mejor.
O sea, yo.
Reconcomido por la duda, tocaba buscar respuestas. Me cité en el discreto sitio de siempre con mi viejo camarada de Pentonville. Me tranquilizo, no lo iba a hacer el Paleto: me sorprendió, iba a ser mi mismísimo maestro en persona, aquel hombre que me había enseñado tan bien el oficio en una oscura prisión alemana durante la postguerra.
Podía dormir tranquilo (al menos, todo lo tranquilo que alguien en mis circunstancias le está permitido): Mike O'Regan no podía estar en mejor manos (por raro que suene, dadas las circunstancias. Todos estamos condenados a muerte, usted y yo incluidos y, de corazón, le deseo que tan sombrío jinete se lo lleve con la velocidad, limpieza y respeto con el que mi maestro trataba a sus clientes).
Lo sorprendente del asunto era que él estaba oficialmente retirado desde hacía casi una década y media. Mi contacto me confirmó que sólo volvía para esa ocasión, como un favor especial. Aparentemente, alguien muy, muy gordo había hablado en persona con él en nombre del Coronel Pulley para convencerle. Sin duda, el tal Coronel estaba excepcionalmente bien relacionado.
“Dicen que el Coronel y su hijo se llevaban a matar, igual lo ha hecho por agradecimiento al asesino”, dijo mi contacto en broma.
Aunque en este mundillo uno nunca puede bromear del todo.
Por otro lado, Mike O'Regan me seguía intrigando. El hombre sin pasado aparente o registrado, sin familia que le ayudara, sin amigos que intentarán venderle información a la prensa. Le quedaban dos días de vida y, me aseguraban mis ojos y oídos en Pentonville, no parecía que aquello le afectara mucho. No había aceptado los ofrecimientos de salvar su cuerpo o su alma. Solo quería que lo dejaran morir en paz.
Pues nada, sus deseos serían ordenes.
He de confesar aquí que en aquel momento me sentí dolido y nostálgico a partes iguales. Los de mi gremio siempre llevamos a un ayudante, una especie de aprendiz que te echa una mano mientras tu echas la tuya al cuello de otro (un pésimo —en todos los sentidos— chiste muy popular en el gremio), al tiempo que aprende los secretos del oficio, y, en especial, se acostumbra a dominar lo mejor posible los nervios y la tensión del momento, lo que será fundamental cuando le toque oficiar la labor principal. Me dolió en el alma y en el orgullo, lo confieso, que él se hubiera olvidado de mí para su retorno. Es una sensación horrible cuando te das cuenta de que no has sido realmente importante para alguien que ha significado mucho para ti. Ya ve, todo un verdugo de primera, y me disgusté como un crío. No quería saber quién sería mi sustituto, no deseaba causarme todavía más dolor.
Mi hombre en Pentonville me telefoneó el domingo previo a la ejecución para proponerme que fuéramos juntos al fútbol. Me sorprendió (otra sorpresa más), porque normalmente alguien en su posición está de servicio todo el día y la noche previos al asunto. Me respondió que para O'Regan el agente Knights y sus muchachos se iba a hacer cargo de su trabajo. Que el policía que capturó al criminal este presente es muy de los americanos, pero no era costumbre por aquí. En fin, primero la Coca-Cola, y ahora eso. Colonialismo inverso.
La verdad es que yo estaba más interesado en los preparativos que en el Arsenal-Burnley. Mi contacto tampoco tenía mucha información nueva que darme. Le pregunté si el condenado tenía alguna última voluntad, algo que se pudiera hacer por él. Me contestó que no, que había negado con la cabeza, como siempre.”'No habla nada el tío, parece mudo. Solo dice 'sí', 'no, y 'hola', y eso los días que está parlanchín” recalcó.
En ese momento, Jimmy McIlroy marcó para el Burnley, aunque el árbitro ya había pitado el fuera de juego, por lo que nadie —excepto un minúsculo caballero— cantó gol. El tal sujeto, viéndose solo en la celebración, giró su cabeza a izquierda y derecha, y solo se topó con sonrisas de superioridad. Sin terminar de comprender qué había pasado, se limitó a ponerse colorado como una tarjeta roja. Estaba claro que era la primera vez que asistía a un partido de fútbol y no conocía el reglamento lo suficiente. “¡Si es fuera de juego, no vale, so cretino! ¡Que no te enteras de nada!”, le chilló alguien desde la grada profunda.
En ese preciso instante, lo vi todo claro por fin. Se iba a cometer una tremenda injusticia, un asesinato, de hecho, el de una persona inocente, tan inocente que no sabía ni que iba a morir.
Y era mi misión evitarlo. A cualquier precio.
Bernie Peabody nunca hacía preguntas pero daba un montón de respuestas. Supongo que eso era lo que me gustaba de él. Ignoro si tenía que ver con su negocio: enésima generación de pompas fúnebres al servicio, entre otros, de la cárcel de Pentonville. Unos clientes se van de la prisión, otros se quedan en su cementerio porque no le importan a nadie, pero siempre hay que llevar ataúd y hacerse cargo del cuerpo. Mike O'Regan, obviamente, se quedaba.
Yo siempre ayudaba al bueno de Bernie a la hora introducir al recién finado en el féretro, no porque me gustara, sino porque era parte de mi trabajo. La más desagradable, la más inquietante...Lo crea o no, casi la peor. Casi. De ahí venía mi buena relación con Bernie, que ese tipo de cosas unen mucho.
En resumen, que en la furgoneta de Peabody —escondido en el paupérrimo ataúd destinado a Mike O'Regan— entré en la cárcel de Pentonville, justo con el último rayo de sol. Quedaban apenas horas para el instante fatal.
'Yo te meto, pero a ver cómo sales. Eso ya es cosa tuya', me dijo Peabody'
Si, aquello ya era cosa mía.
Recapitulando, estaba solo —si exceptuamos un saco colgado inerte de una cuerda—, en completa oscuridad, en una sala que tiene solo dos accesos: una puerta cerrada con llave que conduce al interior de la prisión y otra que da al patio. Para usted o cualquiera, supongo que no resulta imaginable un lugar más desagradable y siniestro: la sala donde el cuerpo de los reos queda colgando una hora —por absurda tradición— y donde se le prepara para salir con destino al cementerio. A mí no me hacía mucha gracia el sitio tampoco, pero ya estaba más o menos acostumbrado.
Pero no había tiempo que perder. Puesto que la puerta al interior estaba cerrada con llave, no me quedaba otro remedio que recurrir a un camino alternativo: a tientas, agarré la cuerda y comencé a trepar. Me convertí así en un doble pionero: el primero que hacía aquel camino en sentido opuesto y el primero que iba a vivir para contarlo.
Me acerqué sigiloso a la entrada que conduce a la celda especial donde el condenado —acompañado de un par de guardias— intenta matar el tiempo antes de que llegue su turno, en un manifiesto acto de agresión injustificada, puesto que no será el tiempo el que le mate a él. A través de la madera, se oían voces más distendidas de lo habitual. En realidad, es raro que en esa sala se oiga algo que no sea el silencio. Ese silencio incómodo que hace que uno no sepa dónde mirar, y termine repasándose las uñas para asegurarse de que están limpias, o jugueteando con lo que sea.
¡Una carcajada!, ¿era posible? Corrí el obstáculo que me impedía el paso lo bastante como para entrar en la celda. No sé quién se quedó más sorprendido, si ellos o yo. ¡Estaban jugándose el dinero a las cartas! Había tres hombres, cuyos rostros no reconocí, pero sí sus vestimentas. De inmediato, los dos guardias se abalanzaron sobre mí. Sin duda, su formación militar los había preparado para reaccionar rápido ante lo inesperado, y sin hacer preguntas.
“¡Déjeme, Knights!”, chillé.
Me dirigí a O'Regan, que contemplaba la escena con gesto de incredulidad.
—¡Te van a matar, matar! ¿Entiendes lo que es morir? ¡Estos cabrones te van a ahorcar!
O’Regan, que contemplaba la escena con sereno gesto de sorpresa y diversión, estalló en una sonora carcajada. Al instante, mis dos captores se unieron al jolgorio.
—Bastardos, ¡vais a ahorcar a traición a un pobre retrasado mental para tapar un asesinato a sangre fría encargado por un coronel malparido! ¡Por eso estaba tan tranquilo durante el juicio y ahora, porque no es más que un pobre diablo que apenas sabe hablar porque tiene la edad mental de un niño y no es consciente de lo que está a punto de pasarle! ¡Sois todos unos asesinos! —chillaba yo en pleno ataque de histeria.
—Por favor, deje de ponerse en ridículo, señor.
Desde el umbral de la otra puerta de acceso, el director de la prisión —sin duda alertado por tanto jaleo— hizo su entrada triunfal. Siempre fue un sujeto un tanto dado a los excesos de teatralidad.
—En fin, jefe. ¿No cree que me merezco que me aclaren un poco todo esto? ¿Qué diablos está pasando aquí? Ya me he comido un montón de estiércol en nombre del Gobierno de su Graciosa Majestad, otra pala más no hará que el aliento me huela peor. O, por lo menos, que me suelten estos dos. Estar tan cerca de un tío que maneja los cuchillos como Knights me tiene bastante intranquilo.
El director de la cárcel me miró con severa resignación y ordenó con un gesto de cabeza que me soltaran.
—Muy bien, señor. Creo que, en efecto, no pasará nada por contarle un par de secretos, puesto que ya ha quedado demostrado que es usted persona de reputada discreción. ¿Hace usted los honores, Knights?
El fornido policía miró al director con cara de sorpresa y hasta hizo un amago de expresar su reticencia, pero el director lo atajó con un simple: “Puede estar tranquilo, le reitero que este señor es de toda confianza”.
—Muy bien. De entrada, le exijo que retire lo que ha dicho sobre el coronel Pulley. En público, sobrelleva esta situación con el decoro que exige su graduación militar, pero le garantizó que está destrozado por dentro. Me consta, nos consta a todos lo que le apreciamos, respetamos y admiramos. Una cosa es tener roces con un hijo a cuento de su nulo espíritu militar y una cierta afición a los cuerpos de otros caballeros, y otra muy diferente no amarlo con todo el corazón. De hecho, el haber estado tan distanciados multiplica su dolor. Por cierto, sepa que el tal Johnnie Pulley era un pájaro de cuenta, y no lo digo por lo malo que era como juez de línea. Llevaba años vendiéndole todo lo que le quisieran comprar a los comunistas aprovechándose de los contactos de su padre en el Ministerio de Defensa. Pensaba que nadie sospecharía de él: el niño simplón, juerguista e invertido del gran Coronel Pulley. Y tenía razón, hasta que llegó un momento que se confió en exceso, como siempre pasa con estas cosas. ¿Sabía que hasta empezó a utilizar un código de señales para pasar información utilizando su banderín de juez de línea? ¡Una auténtica locura! El caso es que cuando se confirmaron las sospechas, en el ministerio no pudieron evitar que les viniera a la mente el coronel y la humillación que todo esto le supondría. ¡Un hijo suyo traicionando a Su Majestad y su país! Johnnie Pulley era ya hombre muerto, sus delitos se castigan con la muerte en este país, así que se decidió organizar una ejecución alternativa y con tal fin nos reclutaron a algunos de los más fieles al coronel. El dolor de perder a un hijo ya era inevitable, pero el de saber que era un traidor se lo podíamos ahorrar. Algo es algo.
¿Quién decidió? Era inútil preguntar. Sabía que iba a tener todos los verbos, pero ningún sujeto, como suele ser costumbre con este tipo de cosas. Lo único claro es que al Coronel lo querían mucho en algún sitio muy alto, quizás tanto como el mástil de un palacio.
—Así que, ya ve, un pájaro de cuenta. Y no le llamo hijo de perra —que es lo que en verdad es— por el inmenso respeto que tengo por la esposa del Coronel. El caso es que lo organizamos todo. Lo primero era buscar a un alguien ficticio a quien cargarle el muerto —nunca mejor dicho—, así que nos inventamos a Mike O'Regan y para interpretarlo necesitábamos a un absoluto desconocido, por aquello de que nadie se oliera la mentira. Tiramos de Faustino, que es este señor tan majo que, por cierto, tiene un nivel de inteligencia perfectamente normal; de hecho, yo diría que bastante por encima de la media. Trabajó para nosotros como espía en Madrid cuando la Guerra, y lo sigue haciendo. Es gallego, que ya sabe que son primos-hermanos de los irlandeses, con lo que que de pinta daba el pego. Y para lo de hablar, en frases sueltas imita a la perfección el acento irlandés, aunque en una conversación se le nota que no es de allí. Ya sólo quedaba esperar a Johnnie a la salida del pub que frecuentaba y darle su merecido por todo el daño que había hecho, de lo que —como usted tan acertadamente ha deducido— me encargué en persona.
Definitivamente, el Coronel Pulley debía de ser un ser muy especial, cuando alguien estaba dispuesto a matar por él con esa premeditación y esa saña.
—Luego, sólo quedaba que hubiera un juicio lo más discreto posible con un juez sanguinario y un abogado incompetente y pasota, una condena a muerte y una ejecución simulada —sin testigos ajenos al plan— que es lo que vamos a hacer dentro de un rato. Y ya está: hemos liquidado al cerdo de Johnnie Pulley causándole el mínimo daño a su padre.
Resulta llamativo que alguien piense que un padre prefiere perder a un hijo a saber que es un traidor a su patria. Y lo peor del caso es que, seguramente, estaba en lo cierto.
Puede que le resulte difícil creer que sea tan sencillo que alguien sea condenado a muerte, que debe haber garantías legales que eviten que un plan tan rocambolesco funcione. A eso solo le puedo responder que admiro y envidio su inocencia.
—Y, dado que todo esto no va a ser más que una farsa, no hacía falta llamar a un verdugo.
Sentí una alegría inmensa e indescriptible, que convenientemente disimulé.
—En fin, señores. Ya son las nueve pasadas, podemos rematar la comedia. Usted, ya que está aquí, ¿por qué no sé encarga de enterrar a Mike O’Regan en el cementerio de la prisión? El agujero ya está hecho, sólo se trata de meter la caja vacía, la misma que supongo que usted ha usado para colarse, y tapar con tierra. El resto, esperen unos minutos y salgan con discreción en el coche de policía que les está esperando en el patio. En la puerta principal hay orden de dejarles salir sin tan siquiera hacerles parar. El papeleo es cosa mía.
—Señores —interrumpí pleno de satisfacción—, me temo que su plan perfecto tiene un defecto de bulto. ¿Qué pasará cuando el señor Bernard Peabody, de la funeraria, se percate de que no hay cuerpo para su ataúd?
Una carcajada general inundó toda la sala. ¿Quién iba a suponer que Bernie también había servido a la órdenes del coronel Pulley? Lo dicho, que aquel no era mi día.