UN HONRADO AMIGO
UN HONRADO AMIGO
Londres, abril de 1947
Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el señor Sanders —doctor Sanders, mejor dicho— había envenenado a su principal competidor por la cátedra de Poesía Inglesa Contemporánea en la Universidad de Kingsharper, una institución no muy lejos de Londres. El caso no había presentado la más mínima dificultad para la Policía. El mismo Sanders les había contactado por teléfono para confesar el crimen, aunque tampoco habría sido muy complicado descubrirle, pues había cometido todos los errores del asesino primerizo —empezando por comprar matarratas en la tienda de la esquina la mañana misma del crimen—. Sanders se dejó esposar entre lágrimas en el mismo instante en que la Policía fue a detenerlo. Un simple asunto de rivalidad profesional.
Lo irónico —trágico— del asunto era que la víctima, William P. Bright, era uno de los más prometedores poetas jóvenes del país. Como muy gráficamente declaró un alumno de la facultad a la prensa: "Para los alumnos de dentro de 30 años, esta debe de ser la reducción de temario más brusca y violenta de la historia de la enseñanza".
Horace Sanders fue juzgado, condenado y ahorcado en la prisión londinense de Pentonville. El asunto no despertó un interés particular en su momento (eran los años en los que en Inglaterra abundaban las ejecuciones). Horace Sanders no parecía estar en absoluto asustado o nervioso. De hecho, fue engrilletado con total docilidad y me acompañó con paso firme. Finalmente, tuvo la presencia de ánimo para susurrar mientras daba sus últimos tragos de aire: “Lo que he escrito en la cárcel será parte de la historia de la Literatura Inglesa”. Se marchó feliz y en paz, como se van todos los que sienten que han cumplido la misión que los trajo a este mundo. En su caso, escribir. No había hecho otra cosa desde su ingreso en prisión, hasta un par de horas antes de que se cumpliera la sentencia. Nada más había dejado negro sobre blanco. Ni una declaración de arrepentimiento, ni una frase de despedida.
Yo, como de costumbre, le eché una mano a Peabody con el cuerpo. 'Este va para incineradora', me comentó con la involuntaria frialdad de los profesionales. 'Pero con propina', dijo al meter dentro del ataúd un paquete. Yo le interrogué sobre tal propina. Peabody me replicó que eran los cuadernos que el difunto había utilizado durante su estancia en la prisión. El director de la cárcel le había indicado que tenían que arder con Sanders. Aquello no me cuadraba con las últimas palabras del reo. Y soy de los que no descansan hasta que todas las piezas les encajan. Lo primero era “retener cautelarmente" las libretas. Peabody, fiel a su estilo, me las entregó encogiendo sus hombros y recordándome que la responsabilidad de todo aquello reposaba en los míos. Yo sabía de sobra que disponía de un solo día antes de que todo el proceso se llevara a cabo y se entregaran los restos. Tocaba ir contra reloj.
—Oye, antes de que te vayas…
Conocía de sobra aquella voz. Algo raro le roía por dentro al bueno de Bernie.
—Dime, pero rápido, que tengo un poco de prisa.
—¿Has visto los zapatos del individuo? ¡Me parece que son de mi talla y están nuevecitos!
La verdad es que no. En mi negocio, uno no está precisamente para fijarse en ese tipo de detalles. Lo cierto es que eran bastante bonitos y estaban sorprendentemente brillantes.
—Bernie, ¿no estarás pensando lo que estoy pensando?
—¿Te parece que estaría mal por mi parte? No creo que no. ¡A él ya no le hacen falta! Además, también tú te llevas sus cuadernos.
—Touché, mi querido amigo. Tienes mis bendiciones para quedártelos de recuerdo y seré una tumba. Sabes que no te miento, tú eres profesional del ramo.
De inmediato, me fui en busca de mi hombre en Pentonville. No fue difícil encontrarlo: en el pub más cercano a la prisión. Entre pinta y pinta, le pedí más detalles sobre las últimas horas de condenado. Entre otros muchos detalles de nulo interés para mí, me comentó que las únicas visitas externas que Sanders solía recibir eran las de un tal Clive Jenkins, un buen tipo que a todo el mundo en la cárcel le había parecido muy cortés y agradable. No había faltado a su cita el día de la ejecución e incluso le habría gustado acompañar a su amigo hasta el mismísimo final, pero el reglamento lo impedía, sin excepciones. No obstante, el director le había permitido una última despedida y que aguardara en su despacho mientras todo ocurría. Le pregunté sorprendido si nadie de su familia se había preocupado por Sanders, y me contestó que, entre la vejez, la enfermedad y la guerra contra los nazis lo habían despojado de familiares cercanos . De hecho, Sanders había indicado que era su voluntad que sus restos le fueran entregados a su amigo Jenkins. Para rematar, dejé caer si Horace Sanders alguna vez le había comentado qué quería que se hiciera con todo lo que escribía en la celda. Me replicó que se lo había dado en mano a Jenkins en el momento de la última despedida. “Ya sabes lo que tienes que hacer”, le indicó al tiempo que se fundían en un postrero abrazo. Las últimas palabras de Sanders volvieron a sonar frescas en mi mente. Imposible, su última voluntad no podía haber sido que sus escritos ardieran con él. Algo me olía a chamusquina en todo aquello (nunca mejor dicho). Había llegado el momento de ir a la universidad en busca de un poco de verdad y sabiduría. No a Oxford o Cambridge, por supuesto, sino a Kingsharper.
En el autobús, me puse a echar un vistazo a los cuadernos de Horace Sanders, por si podía encontrar en ellos alguna respuesta a tantas preguntas. No sé mucho de Literatura, prácticamente nada, por lo que no me extrañó que todo aquello me resultara tan carente de sentido y compleja de leer: palabras que no entendía, frases demasiado largas...Y ninguna pista que me pudiera interesar. O, al menos, que fuera capaz de comprender. Lo lógico parecía ir directamente en busca del tal Jenkins y lanzarle todos mis interrogantes a la cara. Lo más probable es que dijera que, como una mentira piadosa, le había prometido a su amigo que publicaría su obra de manera póstuma, pero todo aquello era tan rematadamente malo que no merecía perder el tiempo y, sobre todo, el dinero. Pero, por otro lado, si tan buen amigo era, ¿por qué no quedarse él con aquellos cuadernos de recuerdo?
Decidí que, por el momento, mi entrevista con Jenkins tendría que esperar. Demasiado temprano para enseñar las cartas. Antes, tenía que conocer mucho mejor a mi presunto oponente en la mesa de juego.
Lo primero que averigüé al llegar a Kingsharper (¡benditos bedeles enfermos de curiosidad y verborreica indiscreción a cambio de una propina!) fue que Clive Jenkins era, en realidad, el doctor Jenkins. Experto en Literatura Norteamericana de los siglos XIX y XX (este detalle me hizo gracia. ¿Es que había otra?) que simultaneaba la docencia en esa institución con la crítica literaria. En efecto, dado que aquella plaza vacante no la habían podido cubrir ni Bright por muerte por envenenamiento ni Sanders por condena a muerte, al final la había ganado el tal Jenkins. Interesante.
—El doctor Jenkins y el doctor Sanders eran uña y carne ya desde que se conocieron en la guerra. Por eso decidieron venir juntos a esta universidad a hacer el doctorado cuando se licenciaron.
—Ya. ¿Sabe usted dónde sirvieron?
—Ni idea, pero debía de ser algo muy aburrido o muy secreto, porque no salieron de Inglaterra.
—Entiendo.
—Aunque saber, lo que se dice saber del doctor Jenkins, el que sabe es Sir Eric.
—¿Quién?
—Sir Eric Porter-Smith, catedrático emérito de Literatura y el director de tesis del doctor Jenkins. Parece ser que es toda una eminencia en eso de los libros. Hasta teles americanas y todo han venido alguna vez a entrevistarlo.
—¿Sabría usted cómo se le podría localizar?
—En su despacho, seguro.
No es complicado que un jubilado te dedique un rato de su tiempo, puesto que éste siempre es libre. Y es especialmente sencillo si estás dispuesto a escuchar mientras él lo llena charlando. Jenkins había sido su pupilo durante el último curso en que él impartió docencia.
—Usted dirigió la tesis del doctor Jenkins.
—”La poesía norteamericana de vanguardia durante el mandato del presidente James A. Garfield”. Debo de tener una copia por alguna parte, aunque, si le soy sincero, tampoco me llevaría un disgusto si la hubiera perdido. ¡Menudo pestiño! Aunque sospecho que la de ese amigo suyo criminal debe de ser mil veces peor.
—¿El doctor Horace Sanders?
—¡El plomo de Sanders! ¡No me hable, no me hable! Si no lo hubieran colgado por asesinar al pobre doctor Bright, lo tendrían que haber hecho por lo pesado que era y por lo peor que escribía.
—¿Leyó algo suyo?
—Para mi desgracia. ¡No me quedaba más remedio, incluso me perseguía por los pasillos para que lo hiciera! A mí y a medio departamento de Literatura. Y por más que se le decía que aquello no tenía el más mínimo valor…Al principio, yo lo hacía con un exquisito tacto, pero terminé hasta poniéndome grosero, me avergüenzo de confesar. Pero la reacción de Sanders siempre era la misma: rompía a llorar y el manuscrito en mil pedazos, pero no pasaba mucho tiempo antes de que fuera asaltando a la gente con alguna nueva creación. En fin, el pobre infeliz era un magnífico y brillante teórico de las Letras, pero una absoluta calamidad en la práctica. Dicen que mató al doctor Bright por la cátedra. Mentira, le mató por celos. ¡Bright sí que sabía cómo se arma un soneto en condiciones! Lastima que se haya malogrado, podría haber llegado muy, muy lejos, puede que incluso al mismísimo panteón de la letras inglesas.
—Pero Sanders en su confesión afirmó que…
—¡No me haga reír! ¡Sanders tenía un expediente académico brillante y Bright ni tan siquiera había terminado el doctorado! La plaza habría sido para Sanders sin discusión, todo el mundo lo sabía. Pero un escritor, máxime si es pésimo, es siempre demasiado vanidoso como para tragarse su orgullo y admitir públicamente que mata a un colega porque es mucho mejor que él.
De momento, había conseguido confirmar mis sospechas de que Sanders era un escritor horrible, pero la gran pregunta seguía sin respuesta: ¿Por qué diablos se había condenado al fuego a la única razón de ser de las últimas semanas de un condenado a muerte?
Un tanto confundido y descorazonado, no sabía hacia dónde encaminar mis pasos, así que decidí, una vez más en mi vida, recurrir al glorioso ejército de Su Majestad y su extensísimo archivo.
—Aquí tengo las fichas de esas dos personas.
—¿Les puedo echar un vistazo?
—Sabes que está prohibidísimo.
—Odio tener que recordarte que te saqué en brazos de un edificio en llamas en el 40.
Muchísima gente me debe favores, y también yo debo alguno que otro. Son cosas de la guerra.
—Lo cierto es que no resultan particularmente interesantes. Tan sólo dos ratas de biblioteca jugando con mensajitos en clave y enigmas en código en el GC&CS.
—¿GC&CS?
—Exacto. Escuela Gubernamental de Códigos y Cifrado. Aburridísimo, amigo.
Al contrario. Muy, muy interesante. Dos cerebritos de la criptografía; uno que no para de escribir cosas rarísimas antes de que lo maten y otro muy interesado en que todo aquello se queme y que, además, se benefició del asesinato y posterior ahorcamiento.
Se me había ido la jornada, y, aunque había estado plena de descubrimientos, sentía que aún estaba lejos de la verdad. Por desgracia, la incineración era al día siguiente a media mañana. ¿Qué debía hacer?
—¿Qué tal todo por Pentonville, sargento? —mi casero era la única persona que todavía me llamaba así.
—Sin novedad, mi comandante.
Hacía tiempo que ni mi casero ni yo lo éramos, pero a ambos nos gustaba simular que seguíamos en el ejército. En el fondo, echábamos todo aquel horror de la guerra un poco de menos. Después de todo, habíamos ganado.
—Nada digno de mención, pues.
—Sólo que el condenado llevaba los zapatos limpios como espejos.
—¡No sería Charlie Guiteau!
—¿Quién qué?
—Charles Julius Guiteau, asesino narcisista, confeso y ahorcado del presidente James A. Garfield. Antes de que le colgaran, pidió que le lustraran el calzado a conciencia, como destacó oportunamente la prensa sensacionalista de la época —la cultura de mi casero nunca dejaría de sorprenderme.
¿De qué me sonaba a mí lo del presidente Garfield? ¡Un momento, la tesis doctoral de Jenkins!
—¿Se sabe por qué atentó el tal Charlie contra el presidente?
—¿Por qué mata un magnicida? ¿Por ideales, por política? ¡Ja! Guiteau apretó el gatillo por lo que todos: porque era un aspirante a escritor con ínfulas que no encontró otra manera más honrosa de pasar a la Historia. Cosa que logró, por otro lado, pues 70 años después y a 6000 kilómetros de distancia estamos hablando de él. ¿Sabe? Se pasaba las horas muertas en la celda escribiendo poesía que no valía ni el papel en el que estaba escrita. No obstante, uno de sus poemas, llamado “I’m going to the Lordy”, ha sobrevivido, sin duda porque lo escribió la misma mañana de su ejecución.
¡No me diga! En ese mismo instante, todo aquel misterio se aclaró ante mis ojos. Decidí —de un modo unilateral y carente de toda moralidad— contravenir las órdenes de Jenkins y que Sanders fuera incinerado sin sus cuadernos. Telefoneé a Peabody, pues tenía intención de estar presente cuando se le entregaran las cenizas a Jenkins. Ese sería el momento de poner las cartas boca arriba y que él confesara toda la verdad de su siniestro plan: que le había llenado a su presunto amigo la cabeza de pájaros con la historia de Charles Guiteau y el dichoso poema, hasta convencerle de que cometiera el muy oportuno asesinato de Bright para alcanzar la fama por el mismo morboso atajo que Guiteau. ¡Los zapatos brillantes que había llevado en su recuerdo y homenaje así lo confirmaban! Pero ¿por qué quemar todo aquello? Quizás porque, conociendo como conocía a su amigo y sus grandes dotes criptográficas, sin duda temía que alguno de sus rarísimos escritos pudiera contener un relato en clave de toda la verdad del crimen que juntos habían planeado, y mejor no correr riesgos. ¡Menudo bicharraco el tal Jenkins!
Muy satisfecho y orgulloso de mis dotes de detective, me fui a dormir. El día siguiente iba a ser memorable: ¡El momento de desenmascarar a un verdadero canalla!
Con la necesaria puntualidad que tanto le llenaba de orgullo, Peabody me recogió en su furgoneta a la hora convenida.
—Vamos al campus de la universidad de Kingsharper. Jenkins nos ha citado allí para entregarle las cenizas.
—Lógico —contesté al tiempo que acariciaba la cartera de piel donde transportaba los cuadernos de Sanders.
En concreto, la cita era en el despacho del doctor. Allí nos esperaban el propio Jenkins y tres señores más que no conocía, aunque su aspecto de seriedad imponía lo suyo (incluso a un tipo como yo).
—Supongo que estas son las cenizas de mi amigo.
¡¿Amigo?! Maldito bastardo, ¡ahora vas a ver lo que es bueno!
—Me tiene usted que firmar aquí —indicó Peabody, funcionarial como de costumbre.
—Sí, claro.
Cumplido el trámite, y para sorpresa de todos los presentes, Jenkins depositó la urna sobre su mesa con todo mimo y, tras quitar la tapa también con el máximo cuidado, se dirigió a un señor de frondoso bigote y fruncidísimo ceño.
—Como ya le indiqué previamente, señor juez, paso a cumplir con las instrucciones que me dio mi amigo poco antes de morir.
Dicho lo cual, sacó un taco de folios que tenía bajo llave en un cajón e introdujo el dedo índice de su mano derecha en un vaso de agua adecuadamente dispuesto. A renglón seguido, metió ese mismo dedo en la urna y se lo embadurnó de ceniza. Entonces, lo extrajo y lo usó para dibujar un gran corazón en la primera de las hojas que había sacado de su mesa.
Finalmente, y tras limpiarse la mano con un pañuelo, Jenkins sacó del mismo cajón de su escritorio un sobre y se lo entregó al juez.
—Esta es la carta manuscrita de la que le había hablado. Mi amigo me la entregó justo antes de llamar a la Policía para confesar el crimen y que lo detuvieran. Por favor, le pido que la lea en voz alta, pues esa fue la voluntad de mi amigo Horace.
El señor juez sacó de su chaqueta una funda, y de la funda unas gafas, que se colocó y ajustó con todo mimo y parsimonia. Repitió una ceremonia similar con el sobre y la carta y, por fin, carraspeó. Todo muy solemne y señorial, como no podía ser de otro modo.
“Estimados Señor juez:
Yo, Horace James F. Sanders, mayor de edad y en pleno uso de mis facultades mentales, le expongo a continuación el verdadero relato de los hechos acaecidos en mi domicilio, y que trajeron como consecuencia la muerte accidental del señor William P. Bright y mis subsiguientes condena y ejecución.
Yo por fin me había convencido de que, por mucho empeño y trabajo que pusiera en ello, mi absoluta falta de talento me iban a impedir escribir alguna obra literaria de mérito. Empujado por la desesperación y el dolor, había concluido que mi vida carecía por completo de sentido y había tomado la terrible decisión de poner fin a mis días, a los que ya no encontraba objeto.
Carente del arrojo y los medios necesarios para recurrir a métodos tan expeditivos como arrojarme por una ventana o pegarme un tiro, decidí que el envenenamiento era la vía que más se ajustaba a mis posibilidades y mi temperamento. Es por eso que, como usted ya sabe, adquirí el veneno necesario y lo añadí, en muy abundante cantidad, a una tetera. No obstante, ni para eso parecía yo tener el coraje suficiente: me serví una taza que pasó horas y horas enfriándose sobre la mesa de mi estudio, sin que yo lograra ir más allá de acercarla un poco a mis labios.
Entonces, llamaron a la puerta. Era el señor Bright. Estaba dando los últimos retoques a un poemario y deseaba que yo lo leyera para conocer mi opinión. Por absurdo que parezca, de modo instantáneo la curiosidad literaria venció a la angustia vital y me senté pleno de excitación a disfrutar de lo que —sin duda— iba a resultar ser una obra de mérito.
Tal era mi emoción —aquello era más que meritorio; era brillante, excepcional, una obra maestra— que no me percaté de que Bright se había servido una taza de té y estaba disfrutando de ella mientras me observaba con una sonrisa.
“¡Jo, qué frío está! ¡Y qué mal sabe! ¿Ya no sabes ni preparar un té en condiciones, Sanders?” ¡Qué ultimas palabras más absurdas e impropias de una gloria literaria!
“El pánico me paralizó, algo del todo previsible en mí. Ignoro si una rápida llamada de socorro al hospital le podría haber salvado la vida, y tampoco quiero saberlo. El caso es que estaba ahí solo, con el cadáver envenenado de mi rival para un puesto de trabajo y sin saber cómo reaccionar. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a la Policía y limitarme a contar la verdad, pero ¿quién se iba a creer una historia tan rocambolesca? Luego sentí la tentación de dejarme llevar por el delito, deshacerme del cadáver y seguir con mi vida con la esperanza de que la Policía nunca me descubriría e, incluso, hasta se me pasó por la mente apropiarme de los poemas de Bright y hacerlos pasar como míos propios. Pero pronto descarté también esa idea: la Policía no es tonta, y los críticos, tampoco. ¿Quién se iba a tragar que esa delicadísima delicia poética había salido de la torpe pluma de Sanders? Aparte que aquellas serían una gloria y una fama robadas, y yo nunca he sido un ladrón. Nunca disfrutaría de algo que no era legítimamente mío. Es más, la culpa y el remordimiento harían de mi vida un infierno. Finalmente, me percaté de que ante mis ojos se me plantaba una ocasión única: ¿No me quería morir y era incapaz de hacerlo yo solo? ¡Pues que el estado me echara una mano! Por tanto, decidí llamar a la comisaría, confesar un crimen que —como mucho— era mío solo de rebote y aceptar que me llevaran al matadero como a un borreguito. No obstante, y en un último ejercicio de soberbia, decidí adjudicarme sin permiso un minúsculo pedacito de la gloria de Bright. Con tal fin, telefoneé a mi gran amigo el doctor Jenkins para hacerle mi cómplice en este plan que ahora culmina: su misión era asegurarse de que incineraban mi cuerpo junto con lo escribiera en la cárcel, y de que todos juntos —mis letras y yo— pasáramos a formar parte, por minúscula que sea, del original de una eximia obra de la literatura: un poemario que —sin lugar a dudas— tendría un lugar de honor en algún museo de las letras. En lo referente a la forma de corazón, usted sabrá perdonar mi cursilería.
“Sin otro particular, reciba un afectuoso saludo de mi parte. Firmado: Doctor Horace F. Sanders.
Terminada la lectura de la carta, Jenkins cogió el paquete de folios, y, tras introducirlo en una carpeta, se lo entregó a otro de los presentes.
—Para mi editorial será un auténtico honor y un privilegio publicar esto.
—No lo dudo.
Hecha la entrega del original, aquella pequeña congregación se disolvió y cada uno se fue por su lado. Como se puede figurar, desde el mismo instante en que se había terminado la lectura de la carta, yo me había abrazado a la cartera con los cuadernos como un novio recién llegado del frente a su chica. ¿Qué podía decir? Había metido la pata de una manera ciertamente grave. En mi descargo, sólo puedo decir que lo había hecho con la mejor intención. Al llegar a mi domicilio, lo primero que hice fue quemar los cuadernos de Sanders. No sabía qué hacer con las cenizas, así que me limité a tirarlas a la basura. Reservé un puñado y, esa misma tarde, me desplacé hasta la abadía de Westminster y dejé caer aquel puñadito de cenizas en el Rincón de los Poetas. No se me ocurrió nada mejor que hacer. La obra de Sanders tendría su ratio de gloria testimonial (hasta que barrieran, supongo). Durante el trayecto de vuelta a casa, me prometí a mi mismo que, aprendida la lección, iba a dejar de ser un metomentodo con exceso de imaginación.
Fue una promesa que, obviamente, jamás cumplí.