LA AMERICANA

Londres, agosto de 1948


"¡Hablas raro!", fue lo primero que se me ocurrió soltarle a aquella chica cuando me la presentaron. Me salió así, de modo espontáneo, como la reacción de alguien que intenta ser simpático sin tener mucha costumbre de serlo.


"¡Es que soy americana!", me contestó ella, no supe si en serio o por ganarme la batalla de tomar el pelo.


"Eso debe de ser", cerré. Huelga decir que estaba más que familiarizado con el acento de Estados Unidos. E incluso me parecía casi evidente que la muchacha debía proceder de alguno de los estados sureños. Otra de las cosas que me dejó en herencia la guerra. Había conocido a un buen puñado de sobrinos del Tío Sam, le había salvado la vida a algunos, otros me habían salvado el pellejo a mí, e incluso había tenido el dudoso honor de ahorcar a uno que se había pasado mucho de listo como visitante del Reino Unido.


Sea como fuere, los dos nos reímos. La chica parecía simpática, por muy americana que fuera.


No conocí a la Americana de manera totalmente casual. La muchacha era una estudiante de Derecho que había decidido refugiarse de las leyes pasando el verano en Oxford metida en un curso de Literatura. Su padre había ejercido la abogacia.en el Sur de Estados Unidos, e incluso se había atrevido a defender a un par de hombres de raza negra acusados de asesinato. Vano esfuerzo, porque habían sido condenados y ahorcados. Después de todo aquello, aquel hombre, descorazonado, había cambiado de rumbo profesional. Del lance, entre otras cosas, le había quedado a la Americana un profundo interés por el tema de la lucha contra la pena de muerte y, por esa causa, habiá entablado relación con el destacado activista David Dogan. Mi viejo amigo David Dogan.


Y a través de él nos conocimos. Yo me presenté como el humilde taxidermista que era y soy, sin, obviamente, revelarle a qué me dedicaba "algunas mañanas sueltas", pero su mirada, de puro limpia y simpática, me impulsó a contarle al poco rato de estar charlando que tenía algún que otro conocido en la prisión de Pentonville, y que a veces acudía para "hacer alguna chapucilla pequeña".


—Ahí es donde ahorcan a los condenados de la zona de Londres, ¿no?


—Sí, creo que sí. Es ahí, ¿verdad, David?—respondí.


Ya ve, uno —modestamente— también tiene su pequeña ración de humor británico. Mi amigo David me clavó una mirada mezcla de sorpresa y de guasa al tiempo que asintió. Yo me puse un poco colorado y un poco nervioso. La chica no tenía un pelo de tonta, ¿se habría percatado de que algo raro pasaba?


—Para ser exactos, en Pentonville ejecutan por los crímenes cometidos al norte del Támesis. Los del ser se despachan en Wandsworth, Aunque, y para seguir siendo exactos, habría que decir que se ejecutaba: la Cámara de los Comunes tiene los ahorcamientos en suspenso, no va con segundas, desde febrero. 

Efectivamente, por primera vez en mi breve carrera como brazo ejecutor de la voluntad del pueblo británico, llevaba ya varios meses sin trabajar. Sinceramente, no lo echaba de menos.


—¡Menos mal! ¡Qué manera tan horrible de morir! ¡Me acuerdo de esos pobres muchachos a los que mi padre intentó defender sin éxito!


Me tuve que contener para no decirle que nosotros no éramos unos chapuceros como nuestros primos del otro lado del Atlántico (los había visto en acción después de la guerra y sus métodos y sistemas eran muy inferiores a los nuestros). Me limité a poner una mueca boba y soltar algo así como: "según tengo entendido, en el Reino Unido tenemos el sistema bastante perfeccionado...."


—¡No me jodas, colgar es colgar!


¡Tacos, decía tacos! Y lo curioso era que esas palabras, que salidas de la boca de cualquier otra mujer resultaban feas y groseras, en sus labios parecían graciosas, puede que incluso encantadoras. De hecho, ni siquiera el hecho de que se encendiera un cigarrillo consiguió que su presencia me resultara incómoda, con lo que odio el olor a tabaco.


La Americana y yo coincidíamos con cierta cierta frecuencia. Siempre a causa de nuestro amigo común David. Jamás fue por iniciativa mía, y nunca a solas. Yo nunca he sido de esos, o no he sabido serlo, o no he querido. Eso ya da igual. El caso es que tales coincidencias no me disgustaban. Se estaba a gusto con la Americana. Ella sacaba el tema de la pena de muerte con asiduidad, y yo intentaba volverlo a meter de la manera más disimulada posible.


¡Qué irónico, —pensé— una chica interesadísima por un campo en el que uno es un absoluto experto y no poder aprovecharlo para impresionarla!


¿Impresionarla? ¿Por qué demonios quería yo "impresionarla"?


La Americana me tenía cada día más confundido.


Entonces fue cuando Calvin Crobbs se cruzó en nuestras vidas.


Crobbs era un pobre diablo: sin familia cercana, sin amigos verdaderos, sin trabajo estable. Había matado a su casero para robarle un puñado de libras, aunque —créame— este tipo de gente no sólo mata por el dinero. Asesinar a "ciudadanos normales" es su pequeña revancha contra esa sociedad con la que tantas cuentas pendientes tienen. El caso es que acabó donde y como esa clase de pobres diablos.


Por alguna extraña razón, la Americana desarrolló un afecto especial por el tal Crobbs. Incluso consiguió (no me pregunte usted cómo) un permiso especial para visitarlo en la cárcel mientras estaba a la espera de juicio.


 —¡Menos mal que no hay ejecuciones! Apuesto a que habrían colgado al pobre Calvin.


Sí, ahí apostaba sobre seguro.


El caso es que, con el paso de los días, la Americana fue perdiendo el interés por Calvin Cobbs, su caso e incluso puede que la pena de muerte en general. Además, David Dogan me informó de que el tiempo de la Americana en tierras de su gloria majestad estaba llegando a su fin coincidiendo con el final del verano. Yo era consciente de que ella estaba allí sólo de paso, como todos los estudiantes. Pero la verdad es que nunca me había apetecido averiguar cuándo se iba. Como verá, a ese nivel yo sí que era bastante cobardica.


En fin. Ya estaba. Se empuja en el baúl y se guarda para siempre. Ese baúl de dentro de mi cabeza en el que tengo tantas y tantas porquerías. Empujar siempre duele un poco, pero no dura mucho, lo que tardo en cerrar la tapa.


Llegado el fatídico momento (¡qué irónico resulta que alguien como yo utilice esta expresión!), intenté aparentar normalidad e indiferencia en aquella mi enésima despedida para siempre. En presencia de David, le di la mano y fingí mi mejor sonrisa de simple amistad.


—¡Bueno, que tengas suerte!


—¡Gracias! ¡Por lo menos me voy con la satisfacción de que Calvin no sufrirá una muerte horrenda!


—Apenas se enteraría.


(¿Por qué dije eso?)


—¿Y tú qué sabes?


—Pues porque seguramente yo sería el encargado de hacerlo. Diez segundos. Eso duraría todo.


(¿Qué más daba? Si se iba para siempre, tenía derecho a llevarse la verdad de recuerdo).


—¿Cómo que tú...?


—Llevo unos años ahorcando por el País y la Reina, señorita. Y soy el mejor. Te lo garantizo.


Dicho esto, me levanté y salí por la puerta del pub sin decir palabra o darme la vuelta. "¡Hasta siempre y hasta nunca, Americana!", pensé.


Siempre he sido así de torpe rematando las cosas importantes.


Para rematar la pequeña gran tragedia, los lores nos trajeron las ejecuciones de vuelta para noviembre y, como no podía ser de otro modo, Cobbs fue de los afortunados con el premio gordo. Obviamente, yo fui reclamado para hacerle entrega del premio.


No me avergüenza confesar que, dentro de que siempre intentaba cumplir con mi deber de la mejor manera posible, me esmeré especialmente con Crobbs. Si la Americana le tenía tanto aprecio, yo me aseguraría de que aquello fue casi instantáneo. Y lo fue, hay testigos muy honorables de más que contrastada reputación. 


Evité preguntarle a David Dogan si sabía si la Americana se había enterado —a través de él o por cualquier otro medio— del cruel giro del destino que había sufrido Calvin Cobbs. Para mí, la Americana había muerto con su estimado Calvin Cobbs. Con suerte conseguiría creerme mi propia mentira.


Pasó un buen puñado de años, y muchas cosas con ellos, cosas que fueron aplastando al recuerdo de la Americana, hasta hundirlo prácticamente del todo. Entonces, llamaron a la puerta del humilde cuchitril al que llamo hogar en un arrebato de locura.


El tipo era bajito, estrambótico y cursi. Y hablaba muy raro, y no sólo porque era americano.


—¿Señor Shrike?


Me puse en guardia. Poca gente me llamaba así.


—¿Quién le envía?


—El señor David Dogan me dio esta dirección.


¿David? ¿Qué diablos hacía David contándole a la gente dónde vivía yo?


El tipejo aquel debía tener una sensibilidad tremenda, porque se percató de mi tensión e intentó tranquilizarme.


—No se preocupe. Vengo de parte de una amiga común.


¿Qué amiga común podía yo tener con un yankee canijo, gangoso y amanerado? ¿Alguien de la guerra?


No, se trataba de la Americana. ¿Por qué venía el tipo aquel a molestarme? ¿Con qué derecho se ponía a excavar y remover porquerías personales largamente enterradas?


—Se preguntará cuál es el motivo de mi visita.


Confirmado, aquel renacuajo tenía un sexto sentido para los sentimientos de las personas.


—Resulta que preciso con toda urgencia de ciertos servicios profesionales, y mi —nuestra— amiga, casualmente enterada de mi, digamos, agónica necesidad, me sugirió que quizás es usted la mejor persona sobre la faz de la tierra para aliviar mi gravísimo pesar.


—Perdón, ¿habla usted mi idioma?


—Ah, disculpe, amigo. ¡Qué torpe soy! Olvidaba que hay multitudes de ingleses son absolutamente incapaces de comunicarse en su propio idioma.


—¿A qué ha venido? ¿A insultarme? ¡Lárguese antes de que le parta su mierdosa bocaza americana!


—¡Dejémonos de gilipolleces, amigo! ¡Quiero que me hagas un favor y cuelgues a dos tipos para mí!


Me quedé sin palabras. Quizás, después de todo, aquel elemento tenía razón y yo no dominaba mi propio idioma cuando más falta me hacía.


—Estoy dispuesto a pagarle un buen dinero por ello.


Entonces, por fortuna, me volvió el don de Shakespeare.


—¡Fuera de aquí antes de que llame a la policía!


—Hágalo si lo desea. Lo que le propongo es absolutamente legal, con su sentencia correspondiente. Nada que usted no haya hecho ya cientos de veces.


—¿Qué dice? ¡En América no me necesitan, ya tienen gente para hacer eso!


—Sí, pero no son muy buenos, y lo sabe perfectamente. Y yo quiero al mejor: usted.


Otro par de pobres diablos con el cuello bajo sentencia se cruzaban en mi camino, la historia de mi vida, en el fondo, la historia de mi maldición libremente aceptada.


Estos dos habían asaltado la casa de una presuntamente muy acaudalada familia, pero el dinero no había aparecido por ninguna parte. Los tipejos se habían puesto muy violentos y muy nerviosos, lo que siempre resulta una mala combinación cuando uno va armado. En resumen, habían liquidado a todos los miembros del clan e intentaron huir pero la policía los cazó, habían cantando y un juez había decidido que su tiempo sobre la faz de la tierra debía tener límites legales.


En aquella época los yankees eran más dados a la electricidad y al gas que a la vieja soga, es lo que llaman "progreso" sin saber que progresar es otra cosa bien diferente. No obstante, el estado de Kansas todavía era fiel al estilo clásico.


Por supuesto que allí tenían quien hiciera el trabajo, pero mi peculiar visitante había entablado fuerte —acaso mórbida— amistad con los condenados a muerte, y deseaba que los pasaportara el mejor. Yo le reiteré que lo más probable es que no me dejaran actuar, a lo que él me respondió que no me preocupara, que ya estaba todo solucionado. También me reiteró él que yo era el mejor y para él era una absoluta necesidad que sus amigos tuvieran la muerte más rápida posible. "Y usted es el mejor, y si hace falta, se lo repito mil veces".


Quizás fue por eso, por la vanidad tan inteligentemente alimentada de ser llamado el número uno, que acepté cruzar el charco, o quizás fue el deseo de viajar un poco y ver mundo, y, claro está, la pasta por anticipado que me ofrecía aquel personajillo también me ayudó a decidirme.


Si la verdadera razón era por tener la posibilidad de volver a ver a la Americana fue una pregunta que me prohibí terminantemente hacerme.


El yankee bajito de la voz peculiar era un todo un farolero. En otras palabras, no estaba todo solucionado. Después de atravesar medio mundo, le expliqué al amiguete que debía visitar la cárcel para  hacer toda una serie de preparativos. Me dio largas durante tres días, hasta que, por fin, me confesó que "el cambio de planes" sólo estaba propuesto y aprobado en su mente. "No habrá problema, yo mismo les convenceré".


Pero sí, sí había problema. Efectivamente, el soberano estado de Kansas ya tenía quien hiciera el trabajo, y no precisaban de un extranjero que llegara a enseñarles cómo había que hacer las cosas.


"No se preocupe, lo solucionaré".


Me daba igual, aquel tipo pagaba mi comida y hotel, y yo no tenía nada mejor que hacer con mi vida en aquel momento que aburrirme paseando por las calles de Topeka.


Ciertamente, tenía tiempo libre más que de sobra...Incluso habría podido preguntar al pequeño liante por nuestra amiga común, habría podido intentar hacerle una visita, por los viejos tiempos...Pero no, mejor no. Mucho mejor.


Hasta que, por fin, mi anfitrión de pago me telefoneó para darme la noticia:


—Mañana mismo podrás visitar la prisión y disponerlo todo.


—¿Cuándo será?


—A menos que el gobernador cambie de idea, en tres días.


—No es mucho tiempo.


—¡No creo que haga falta un mes para colgar una soga de una viga!


Aficionados, no entienden de nada, pero siempre hablan de todo.


—No es tan sencillo, amigo, pero supongo que me las arreglaré.


—Por cierto, hay un pequeño fleco para que le autoricen.


—¿Qué fleco?


—Le he dicho al director de la cárcel que es usted capaz de ahorcar a una vaca. Me ha dicho que si se lo demuestra, le permitirá trabajar en su amada prisión.


—¿Cómo dice?


—Que esta tarde tiene usted que ahorcar a una vaca en el rancho de un amigo del director de la prisión estatal.


—¿Está usted totalmente loco?


—¡Vamos, no me sea usted un hipócrita sentimentalón, que buenos filetes se come, a mi costa, por cierto!


—No es eso, es que...


—Pasaré a eso de las tres a recogerle en el hotel.


¿Ahorcar vacas? ¿Quién ahorca vacas? ¿Cómo se ahorca a una vaca?


En fin, los mejores no conocen excusas.


—Hola, buenas, ¿tendría usted un libro de anatomía de ganado vacuno?


—¿Ganado vacuno?


—Sí, vacas en concreto. Me interesa en especial que tenga un diagrama de cabeza y cuello...Y también saber cuánto suele pesar una vaca.


Normalmente, las bibliotecarias delgaduchas y con gafitas sólo tienen un gesto: neutro total, pero mi pregunta, como por arte de magia, le puso cara de sorpresa a aquella mujer.


—Mire en la estantería superior de ese pasillo.


—Gracias...Por cierto, ¿me podría prestar un lapicero y una hoja en sucio que no le valga?


Horas después, una infeliz vaca se encontraba —con los ojos vendados— de pie sobre el robusto tejado del granero del rancho de un tal Wally Vicks. Tranquila de pura ignorancia del destino que le aguardaba inminente, se limitaba a emitir intermitentes mugidos mucho más de aburrimiento que de alarma. A su lado, yo; y al cuello, una muy gruesa soga atada a un mástil en ese mismo tejado.


Ante la oscura curiosidad de todos aquellos particulares con sombrero tejano, le pegué un buen azote al animal, y éste empezó a avanzar lentamente, ignorante de que delante tenía un vació fatal.


Al sentirse caer, el animal emitió un mugido (esta vez sí ciertamente alarmado), pero cuando la cuerda paró la caída de modo brusco y letal, el bicho ya no volvió a decir ni "mu". Estaba claro, yo tenía un don natural e instintivo para aquello. ¿Por qué no para la literatura o el fútbol? ¡Qué asco de vida!


—¡Diablos, caballero, la ha dejado usted lista para freír!


—¿Acaso no le dije que era el mejor?—terció el pequeño yankee.


—Sin duda, ese par de cabrones asesinos tienen mucha suerte.


No podía estar más en desacuerdo.


Ahora precisaba echar un vistazo a aquellos dos infelices con un pie y medio en el otro mundo. En mi tierra, la celda de los condenados dispone de un discreto agujero-mirilla por el que hacerlo, pero, de nuevo, parecía que la civilización no había llegado a aquel país tan civilizado. Me tocaría verme cara a cara con ellos. Apenas puedo describir la poquísima gracia que me hacía aquella. En fin, lo haría y ya.


El pequeño yankee de la vocecita no tuvo inconveniente en acompañarme a las celdas de los condenados, con los que, estaba claramente a la vista, le unía una relación muy estrecha, cuyos matices ignoraba y no deseaba conocer en absoluto.


—Les diré que es usted un fotógrafo que ha venido desde Londres para informar a The Times.


Me pareció buena idea, uno tiende a ponerse tenso si le anuncian que va a recibir la presencia del tipo que le va a dar matarile.


¿Qué puedo decir de aquellos dos hombres tan diferentes entre sí, y tan parecidos a la mayoría de los asesinos que había pasado por mis sogas? Simplemente que eran una pareja de infelices muy violentos, dos almas simples que perdieron por completo el control e iban a pagar por ello.


Uno era alto, rubio y no exento de chulería, mientras que el otro era más bajito, nada rubio y hacía todo lo posible por ser amable.


Efectuada la preceptiva y discreta inspección visual de cuerpos y cuellos, me despedí apresuradamente. No tuve estómago para darle la mano a ninguno de los dos. Afortunadamente, el pequeño yankee estuvo rápido y les indicó que en el Reino Unido no teníamos costumbre de hacer esas cosas, y ellos se lo tragaron. Ya le dije yo que eran un par de simples sin la más mínima cultura.


En fin, ya estaba todo listo. Sólo quedaba esperar.


Y, si usted no ha esperado hasta que ejecuten a alguien,  usted no sabe lo que es esperar de verdad.


—La Esquina, así lo llamamos.


Al "Titular de la Plaza"  le habían encargado la misión de convertirse en mi improvisado guía durante mi visita a la sala de ejecuciones. La Esquina era una especie de cobertizo donde se encontraba el patíbulo. Se trataba de una estructura elevada sobre el suelo, un escenario de muerte, un tablado macabro. Conté los escalones hasta acceder a él. Eran trece. ¡Estos yankees, tan peliculeros para todo!


—¿Dónde está la celda de espera?


—Al otro lado del patio.


—¿Al otro lado? ¿Significa eso que tiene que atravesar todo el patio antes de llegar  aquí?


—¡Claro!


Eso complicaba las cosas, para ellos y para mí. ¡Era absurdo, de hecho! Nosotros lo teníamos esperando en una celda adyacente. Un seguro de rapidez, algo que siempre se agradece en estos trances. En fin, su cárcel, sus normas. Supongo que cuando uno juega al fútbol fuera, no puede decidir cómo va a estar el césped.


El tipo de soga, sin embargo, no me sorprendió. Lo conocía bien de los tiempos de la guerra. ¡Yankees y su anticuado nudo corredizo! Saqué de mi maleta de viaje un buen ejemplo de la vieja y buena soga británica de argolla.


—Hay que cambiar esa soga por esta.


Mi improvisado anfitrión se limitó a encogerse de brazos y ponerse manos a la obra. Había sido uno de los testigos de mi presunta "hazaña" con la vaca y me tributaba una cierta admiración, como si no tuviera la más mínima duda de que yo sabía bien lo que me hacía.


—¡Diablos, cómo colgaste a esa jodida vaca!—comentó por enésima vez mientras comenzaba el proceso de cambio de sogas.


Empecé a pensar que quizás aquel tipo me iba a terminar pidiendo un autógrafo.


Se hizo. Mejor dicho, ¿para qué los eufemismos?, lo hice.


Fue todo lo rutinario que puede ser matar a un par de seres humanos. Fue todo lo rápido que un desplazamiento tan largo (aunque, por fortuna, se puso a llover y los reos realizaron el trayecto en coche para evitarles el trance de morir empapados) y los dichosos trece escalones me permitieron.


Me puse un sombrero intentando ocultar mi rostro. Me daba cierto apuro que aquellos dos hombres se percataran de que el presunto periodista inglés no era más que un verdugo. Seguramente, ellos tenían otras cosas más urgentes en la cabeza en aquellos momentos, pero, en cualquier caso, me parecía que ningún hombre merece irse de este mundo dándose de bruces con una mentira, por muy piadosa que sea.


En resumen, dos más, aunque nunca lo son.


Algunos testigos se acercaron después de las ejecuciones para felicitarme por mi rapidez y pericia. Ignoro si esa era su primer ahorcamiento o ya tenían cierta experiencia. El más expresivo fue el "Titular de la Plaza", que incluso me pidió un par de consejos que le regalé con sumo gusto.


El yankee de la graciosa vocecita también estaba por allí. Tenía ojos de haber llorado. Se ofreció a llevarme de vuelta a mi hotel en su vehículo. Recorrimos los primeros kilómetros en silencio, hasta que el dolor y la necesidad de saber le estallaron en el pecho y la boca.


—No sufrieron mucho, ¿verdad?


—No más de lo necesario. Muy poquito.


—¡Ha merecido la pena traerle desde Inglaterra, el tipo que tienen aquí no parecía de mucha confianza!—dijo mientras se le escapaba por los labios una de esas sonrisas del dolor brevemente aliviado.


Volvió el silencio, que duró el rato que descansó la duda.


—¿Qué se siente?


—¿Cuándo?


—Ya sabe...


No era la primera vez que escuchaba esa pregunta, ni sería la última. Y siempre me resultó igual de incómoda y dolorosa.


—Es muy desagradable. Ellos suelen haber matado cegados por un arrebato de ira, celos, frustración, locura, codicia...Pero yo, yo los mato a sangre fría.


—¿A Sangre Fría?


Me limité a asentir, y clavar la mirada en la ventanilla, dando con ello la conversación por definitivamente terminada.


Él se pasó el resto del trayecto repitiendo mi frase entre dientes:


"A sangre fría, a sangre fría..."


Alguien hace tiempo me dijo que hay situaciones que sabemos que van a ser muy dolorosas, pero nos sentimos atraídos irrefrenablemente por ellas, como las polillas por la luz.


Por eso, cuando el yankee de la vocecita me preguntó si deseaba saludar a la Americana antes de volver al Reino Unido, yo le contesté que sí.


—¡Aquí eres tú el que habla raro!—fue su saludo.


Yo me limité a sonreír y darle la mano.


—Mi amigo me ha confirmado lo que ya sabía, eres el mejor.


—Ojalá los hubieran perdonado...A mi no me hace gracia, pero es que...¡No es sencillo de explicar!.


—No hace falta que me expliques nada. Tú no eres culpable, los culpables son los que apoyan la pena de muerte con sus gritos o con sus silencios. En el fondo, creo que hasta te admiro...¡Ojalá todo el mundo tratará a las personas con la preocupación y el respeto que tú tienes por los condenados!


Me sonrojé. Ella había cambiado, y supongo que yo también. Pero otras cosas seguían igual, y yo no tenía el valor para cambiarlas.


Y cuando a uno le falta el valor, la única opción es huir.


—Bueno, me tengo que ir para el aeropuerto. Más rápido y emocionante que en barco. ¡Tu amigo ha sido muy espléndido hasta en eso!


—¿Tienes transporte?


—Sí, él ya lo ha arreglado.


—¡Genial!...Toma, te he traído un regalo. Es un libro que he escrito.


—¿Matar a un Ruiseñor? ¿De qué va, de cazadores?


—En cierto modo, sí...Espero que te guste.


—Estoy seguro.


—¿Sabes?, cuando pensaba en el título me acordé un poco de ti...Woodchat Shrike.*


—¡No me digas!


—¡Ya ves!


Sonreímos, pero pronto la sonrisa se volvió incómoda, insostenible, torturadora.


—Anda, vete, que tienes muchos kilómetros entre nubes hasta Inglaterra.


—Sí, bueno, adiós y gracias por el libro.


—Adiós.


Adiós. Aquella vez, una despedida para siempre. Para nunca.


*Woodchat Shrike es el nombre de un tipo de pájaro en inglés.


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