EL CÍRCULO DE ABRAHAM

EL CÍRCULO DE ABRAHAM


Londres, enero de 1947

Un pijo borracho de clase alta que mata a otro de su calaña, Bertie Peters, en mitad de una discusión. Lord Quentin Douglas —vástago menor del XI Duque de Faircreek— no era el tipo de cliente al que yo acostumbraba a atender pero, por algún motivo, el honorable juez Bradley W. Wilkins había decidido enviar a uno de su propia especie social a la horca, y las señorías de la corte de apelación —también del mismo rebaño de clase— no habían movido un dedo para evitarlo. Llamativo. Quizás, después de todo, a este viejo mundo todavía le quedaba un poco de dignidad y el dinero no era invencible. Sólo quizás. En cualquier caso, el asunto en sí gozó de nula publicidad en la prensa. Sin duda alguna, Lord Faircreek debía de tener entrañables amistades en los despachos más nobles de Fleet Street.

—Te vas a reír —me dijo mi hombre en Pentonville nada más llegar a la prisión para cumplir con el encargo.

—Depende de cuál sea el chiste.

Mi hombre en Pentonville depositó un sobre en mi mano. En él estaba escrita la frase “A la atención del Señor Ejecutor de Sentencias de Su Majestad”. La caligrafía hacía rococó honor a su nombre. Apestaba a colegio caro para señoritas de la alta sociedad.

—¿Qué es esto?

—El chiste.

Abrí el sobre con curiosidad y con sorpresa comprobé que contenía la nada despreciable cifra de 100 libras y un pedazo de papel doblado.

—De parte del reo. Bueno, de su familia. Me lo deslizaron discretamente durante su última visita. Lee la notita, que ahí está la gracia. 

“Una pequeña gratificación para garantizar que usted cumpla con su deber con las máximas diligencia y rapidez”, rezaba con la misma empalagosa caligrafía.

—¡Es que esta gente se ha creído que estamos en la Edad Media! Toma, dáselo al director.

—Ya lo hice. Me dijo que te lo quedaras. Al fin y al cabo, lo de sobornar al verdugo es una deliciosa tradición británica que se está perdiendo.

Bueno, si el jefe estaba de acuerdo… Me guardé los 100 pavos. Se los daría a mis amigos los Dogan para que los destinaran a las buenas obras de costumbre. Esa misma tarde tenía previsto hacerles una visita.

—Te vas a seguir riendo.

—¿Cómo?

—Que hay otro chiste.

—A ver.

—Que el reo ha preguntado si se le puede ahorcar con una corbata puesta.

—¿Qué?

—Pues eso, que le hace mucha ilusión irse de este mundo en corbata. 

—¿Me tomas el pelo? ¡Este no es un sitio donde ser vanidoso! ¿Lo sabe el director?

—Sí. Dice que la decisión es tuya.

Uno de los tópicos de mi profesión es que no se le puede negar nada a alguien que va a morir. Pero, por supuesto, todo ha de tener ciertos límites.

—Pues me temo que no es posible, por razones obvias.

—Ya, eso mismo pensaba yo que dirías. Pero, por otra parte, el fulano parecía obsesionado con el asunto. Oye, ¿no podrías dejarle que entrara en la sala con un nudo y luego se lo cambias por el otro? ¡Qué te cuesta, es la última voluntad de un condenado a muerte!

—Imposible. Lo siento. Me gusta trabajar bien, y eso implica trabajar rápido.

—Lo sé. El caso es que parecía que su deseo es morir llevando la corbata encima. ¿Y sí se la atara a un brazo?

—Mientras yo tenga el cuello libre, como si quiere aparecer vestido de Charlie Chaplin.

En resumen, el trabajo se hizo —la duda ofende— con la profesionalidad y eficiencia de costumbre (con la anecdótica salvedad de que el tío aquel llevaba una corbata de seda anudada al brazo). Todo buen ciudadano británico que paga religiosamente sus impuestos tiene derecho a un ahorcamiento por cuenta del Estado de primera, sin necesidad alguna de propinas (por muy generosas que sean). Mientras esperaba a que el doctor de la prisión formalizara el papeleo para poder despachar el cadáver, apareció de nuevo mi hombre en Pentonville, en esta ocasión con un libro en la mano.

—Toma, otro regalo de parte del reo.

—¿Qué es esto?

—Su Biblia. Le dejó encargado al páter que la quemara después de su muerte. Pero, claro está, ¿cómo va a meterle fuego un pastor anglicano a las Sagradas Escrituras? Y, sinceramente, a mí tampoco me hace gracia. Así que habíamos pensado en que tú eres la persona idónea. Al fin y al cabo, eres el responsable de llevar a cabo las ejecuciones…

Indudablemente, el tal Quentin parecía tener una capacidad infinita para sorprenderme, incluso después de muerto. 

—Creía que su última voluntad era la de morir con corbata.

—Pues ya ves, era la penúltima.

—Anda, dame ese libro. Si no voy al infierno por todo lo que hice en la Guerra, no creo que por esto me condene.

Examiné el tomo. Estaba forrado con papel de periódico. Al abrirlo, no pude evitar una evidente expresión de sorpresa. Se trataba de un ejemplar de las Biblias que el gobierno había impreso para los miembros de las fuerzas armadas durante la Guerra (de hecho, yo misma había poseído una similar en tiempos). Algo asomaba por entre sus páginas. Era una foto. Una muy interesante fotografía. 

Ahí estaba Lord Quentin en persona con otras cinco. No conocía sus identidades. Cuatro eran jóvenes con sus brillantes sonrisas de niños ricos y, de modo bastante chocante, el quinto era un distinguido caballero de unos sesenta canosos años. Pero lo más curioso era que mostraban orgullosos algo en sus manos: Lord Quentin, la famosa corbata; los otros, unos guantes, la parte superior de un pijama, un traje de baño a rayas y un bonito pañuelo estampado. El señor mayor, por su parte, tenía un mechero. Devolví la foto a su sitio, no sin antes fijarme en la página: Génesis 22. 

Cuando los visité aquella misma tarde, los Dogan  no parecían en absoluto sorprendidos por la entrega del sobre con el dinero extra. Era señal inequívoca de que habían estado en contacto con familiares del reo a través de su organización.

—También tengo la Biblia que tenía en la cárcel. Él ha pedido que la quemen, pero quizás la familia la quiera de recuerdo.

—No, no, —Mary y David negaron con la cabeza al unísono—. Si hubiera deseado que la conservaran, él mismo se la habría entregado. Si su voluntad es que arda, que arda.

—De acuerdo. 

—¿Se portó como un valiente? —me preguntó Mary.

—Todo ocurrió sin novedad. Rápido, sin más padecimiento físico del estrictamente necesario, que es prácticamente nulo. Transmítelo así —es común (humano y natural) que la familias de los reos quieran saber si su ser querido sufrió mucho al ser pasaportado al otro barrio.

—No, lo que quieren saber es si se fue capaz de mirar a la muerte a la cara con entereza o, por contra, se comportó como un cobarde.

La pregunta, por inaudita, me dejó un poco sorprendido. En fin, la clase alta británica y su hondo sentido del honor…

—Pues, no sé…Parecía sereno, no opuso resistencia cuando le esposé y me acompañó hasta la soga con paso firme. Sí, supongo que demostró un respetable nivel de valor.

—¡Estupendo! No sabes el alivio que supone esto para sus padres y su hermana.

—Me alegro —balbuceé, y me sentí totalmente absurdo y estúpido.

—El muchacho no fue a la guerra porque sus padres y sus influencias consiguieron librarle del servicio —terció David—. Desde entonces, ellos siempre habían sentido un cierto sentimiento de culpa y deshonor, y la horrible sensación de que su hijo era un maldito cobarde. Por esta misma razón, no movieron ni un dedo para salvarle el cuello. Bastante deshonra había sido manchar el escudo familiar por un traidor a su patria como para encima hacerlo por un asesino. 

—Entiendo —pero lo que no entendía es qué hacía ese tipo entonces con una Biblia del ejército.

—De hecho, la pelea que desencadenó el fatal asesinato que le llevó a la horca fue causado porque su víctima le había llamado cobarde. Irónico, dado que él mismo tampoco había pisado Europa durante la guerra.

—En honor a la verdad, lo que dijo fue: “Somos unos cobardes, tú, yo y el resto, y por eso se nos está castigando. ¡Mira, aquí está el pañuelo!” —remató Mary.

—¿El pañuelo?

—Nadie sabe a qué se refería.  

—¡Qué nobleza más teatral y más críptica para todo tenemos en este país! En fin, he de irme.

No, no tenía por qué hacerlo, pero no me apetecía continuar con ese asunto o, mejor dicho, prefería hacerlo en solitario. Como tantos de los que hemos ido a la guerra empujados por el irrefrenable imperativo moral y patriótico de defender a nuestra tierra y a los que en ella habitan (y, por dudosa extensión, a todo el género humano), sentía una profunda repugnancia por aquellos que ponían su pellejo por encima de su país. Cientos de veces, mientras me encontraba en el frente, mientras sentía las amenazas de la Parca, y comprobaba en carne ajena cómo las cumplia, había fantaseado con la idea y el deseo de castigar con la muerte a alguno de aquellos cerdos que se revolcaban tranquilamente en Inglaterra en su propia mierda cobarde. El Destino, irónico según su costumbre, me había concedido aquel deseo, aunque yo no lo hubiera sabido en el momento.

“Somos unos cobardes, tú, yo y el resto, y por eso se nos está castigando. ¡Mira, aquí está el pañuelo!”. No paraba de darle vueltas a aquellas palabras en mi mente al tiempo que no podía apartar mis ojos de la dichosa fotografía: Quentin con la corbata con la que había deseado morir, mientras que —presumía— su amigo posaba con el pañuelo que había desencadenado su asesinato. Los otros jóvenes que aparecían en la imagen debían de ser el resto. Pero ¿quién les estaba castigando, cómo y por qué? Necesitaba descubrirlo (ya sabe usted lo curiosón que soy). Descarté por completo tratar de sonsacar información a la familia a través de mis entrañables Dogan: no me parecía correcto seguir removiendo el dolor de esas personas con el único fin de saciar mi curiosidad. En fin, tocaba hacer mis propias pesquisas. La voluntad del reo se cumpliría, su Biblia y la foto que llevaba dentro quedarían reducidas a ceniza. Pero a su debido tiempo.

Pubs, bendito manantial de chismes, cotilleos e información del barrio en general. The Cross and Moss —la cruz y el musgo, seguramente en honor a su cercanía a un tristemente descuidado cementerio local— era el abrevadero más próximo a los dominios rurales del XI Duque de Faircreek. Sin duda, allí —y a aquella hora— no sería muy difícil toparme con alguno de sus trabajadores.

—¡Menudo casoplón se ve bajando por la carretera, jefe! —le solté al dueño del pub, sacerdotes de la fe en la indiscreción.

—¡Todo fachada, amigo! Por dentro, hecho un asco, por no decir casi abandonado. ¡Mantener esas cosas cuesta mucho dinero!

—Pero ¿no tienen gente que se lo cuide? —había llegado el momento de lanzar el anzuelo.

—Tienen, tienen, pero no dan abasto. ¡Stevie, cuéntale a este señor cómo es lo de trabajar para los Faircreek!

El susodicho, que apuraba su enésima pinta en una esquina de barra, se dirigió raudo hacía nosotros con la sonrisa saludando en los labios. Un borrachín siempre está feliz de tener quien le escuche.

—¡Los señores duques pretenden que entre mi mujer y servidor les hagamos de mayordomo, cocinera, jardinero, manitas, chófer, recadero y, para colmo, que le tengamos todo eso limpio, arreglado y ordenado! Antes, que vivían en Londres y apenas paraban por aquí, era más sencillo, ¡pero ahora…! La hija es más sencilla. De hecho, hasta se deja caer por aquí con cierta asiduidad y habla con todo el mundo. Un encanto de muchacha, a decir verdad, una aspirante a artista que igual te canta una canción, que te cuenta un chiste, que te hace un juego de manos: no parece ni hija de sus padres ni hermana de su hermano.

—Al hijo de los duques lo colgaron por darle matarile a un amigo. ¡Apuesto a que no lo leyó en los periódicos! Desde entonces, se han refugiado en su mansión. No se sabe si de pena o de vergüenza —terció el dueño.

—¿De veras? ¡A mí es que todo eso de los ahorcamientos me da una grima tremenda! —solté yo en un inusual ejercicio de humor negro.

—Irían los dos borrachos como cubas, se pusieron a discutir por cualquier tontería y…¡zasca! ¡Vaya carácter tenía Lord Quentin!

—¿Y no había amigos presentes que hubieran podido evitar la pelea?

—¡Menudo tiarrón el nene! ¡Como para intentar pararle!

—¡Y menudo cuello fuerte que debía de tener! —estaba visto que yo estaba en racha de humor negro.

—¡De poco le valió contra el nudo del verdugo! —Estas palabras llegaron desde una de las mesas del fondo. Las había pronunciado un personaje que había seguido la conversación con discreción y silencio—. ¡Brindo por aquel tipo! ¡Ojalá estuviera aquí y le pudiera invitar a una pinta o dos!

Todos los presentes habían seguido aquel improvisado monólogo en completo silencio pleno de comprensión. Sentí la tentación de alzar la voz y decirle a aquel tipo que podía cumplir su deseo allí y en aquel preciso momento. Pero finalmente me contuve. ¿Cuántas veces durante nuestra vida estaremos a milímetros de poder hacer realidad un sueño sin saberlo?

“Tranquilo, Fred. Ese cabrón tuvo lo que merecía. Tu hijo cayó desde el cielo y murió como un héroe, el otro cayó con una soga al cuello para ir al infierno como un cobarde”. Las palabras de consuelo, acompañadas de una mano sobre el hombro venían de una de las personas que estaban sentadas con él.

—Freddie Lochwell. Su hijo Freddie jr. murió en la guerra —me aclaró Stevie—. Era ingeniero de vuelo en un bombardero caído sobre Alemania. De casta le vino al galgo: su padre había sido piloto durante la Gran Guerra.  Freddie no ha asimilado la pérdida de su hijo todavía. Normal, supongo que es ese tipo de cosas que jamás se superan del todo, por mucho que uno luche por hacerlo. Tampoco ha podido con su odio y su rencor contra los que se escaquearon. Lord Quentin fue uno de ellos. ¡Maldito cobarde! En realidad, todos los ahí sentados no pueden ni ver al Lord. Son una especie de grupo de apoyo mutuo local. Todos perdieron a un hijo en la guerra y se reúnen para intentar ahogar en equipo su dolor en testimonios compartidos y pintas de cerveza. La de la derecha es Alba Higgins, la doctora Alba Higgins, de hecho. ¡Eminente psiquiatra, la más reputada del condado! Perdió a su hijo Tom en Normandía. Un balazo maldito en todo el corazón. A su lado están los Vaughan —Irene y Jake—, su hijo se fue durante un ataque aéreo nocturno contra un campamento militar. Iba conduciendo un camión con municiones, oficio que le enseñó su padre. Jake Vaughan debe de ser unos de los mejores profesionales al volante de Inglaterra. La última es nuestra encantadora boticaria del pueblo: Alice Berry. Su Gerald estaba en la Marina y se ahogó después de que su barco fuera atacado por un U-boat alemán. 

—¡No me extraña que sientan todo el asco del mundo por esa panda de cobardes traidores de mierda! —añadí.

—Por lo que veo, usted sirvió.

—Por supuesto que sí.  

—¡Entonces la muerte de ese cabrón le alegrará tanto como a mí!

—La muerte de esos cerdos cobardes me alegra. La de Lord Quentin, la del amiguito al que liquidó y la de cualquier otro de ellos —contesté, mitad como parte de mi personaje, mitad casi en serio. 

—Pues mire, le voy a dar una buena noticia: otro de esos cobardes se mató con su coche días antes del crimen. Volviendo de hacerle una visita a Lord Quentin, se salió de la carretera y se tragó un roble. Normal, esa gente no se emborracha nunca porque está borracha todo el rato. ¡Y menudo bólido gastaba! Si yo tuviera un accidente con mi cafetera, tendría que chocarme contra todos los árboles del bosque para hacerme algo.

—¡Apuesto a que era de esos presumidos aprendices de piloto de carreras que hasta se ponen guantes para conducir!

—Exacto. ¡Ha acertado usted! Ja, ja, ja…

Ahí tenía al fulano los guantes de la foto. No parecía necesario exhibir la foto para confirmar su identidad. La presunta venganza divina empezaba a dar señales de vida. 

—¿Conocía usted entonces al accidentado?

—No mucho. Esa gentuza no se mezcla con el servicio. Nos consideran chusma, lo mismo que nosotros a ellos. Sólo sé que Lord Quentin le llamaba Archie y que eran amigos desde que estuvieron juntos en Cambridge.

—¿Sabe qué estudiaron?

—Derecho en Downing College.

—En fin, creo que ha llegado el momento de continuar mi viaje.

—¿Va usted muy lejos?

—Espero que sí.

En el Downing College no tardé en encontrar a alguien que conociera a Lord Quentin y Archie de su época universitaria, en especial a este último. Cierto que me dirigí a la persona correcta: un empleado de la administración del centro.

—¡Menudo par de niñatos consentidos! Bueno, como tantos estudiantes de por aquí. El tal Archie Lamdbert, todo el día haciendo ruido y molestando con ese maldito coche…¿Sabía usted que se mató precisamente en un accidente de tráfico? Causó una auténtica conmoción en esta facultad. Como ya le he dicho, aunque había abandonado esta institución hacía un par de años, Lamdbert seguía siendo popular entre los alumnos más veteranos y gran parte del claustro. Además, que luego estuvo lo del patatús de su amigo Jacobs.

—¿El qué?

—Martin W. Jacobs, uno de sus amigos de su época de estudiante. Se había afincado aquí y un mal día se lo encontraron muerto con el pijama todavía puesto en el salón de su casa junto al teléfono descolgado. La autopsia no dejó lugar a dudas: un infarto fulminante. Nadie sabe qué le dijeron, pero, sin duda, le debió de impresionar bastante. Fue al día siguiente de la muerte de Lamdbert. El muchacho tenía el corazón débil; de hecho, hasta estaba medicado, aunque lo mantenía bastante en secreto. En fin, ¡pobre chaval!

¡Caramba! Después de todo, parecía que lo de la maldición iba realmente en serio.

—Resumiendo: que uno se murió en un accidente, el siguiente de un infarto y apuesto a que ignora que a Lord Quentin lo ahorcaron por matar a otro en una riña etílica. Eso solo dejó a un miembro del Quentieto con vida. 

—¿El qué?

 —El Quentieto, así llamábamos algunos a Lord Quentin y sus otros cuatro amigotes del alma. El chiste, de puro facilón, era inevitable.

Lo malo era que en la foto no había un Quentieto, sino un sexteto. Aunque resultaba tentador, decidí que era mejor no enseñarle a aquel tipo la imagen para ver si identificaba a algunos o todos sus integrantes, pues, por buscar alguna respuesta, quizás lo único que iba a lograr era un puñado de preguntas incómodas.

 —¿Y usted sabría la identidad de ese último o cómo podría localizarle? 

—Sí, claro. ¿Tiene usted un chicle?

—¿Perdón?

—Un chicle de la marca Woodson, o, de hecho, cualquiera de sus múltiples golosinas. Busque en el envoltorio el teléfono de la fábrica y pregunte por el hijo de dueño. El hijo único, por cierto.

Estaba claro que los que se habían librado de ir a la guerra no eran unos cualquiera. En fin, con un poco de suerte aquel muchacho habría logrado escapar de la maldición divina y seguiría con vida. Y, con otro poquito más de fortuna, puede que incluso aceptara darme algunas respuestas.

—Robson and Willis International al habla. Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

—Buenos días, señorita. No sé si he llamado al número correcto. Yo quiero hablar con alguien de golosinas Woodson y venía este número en el envoltorio de uno de sus productos.

—Woodson Confectionery es ahora parte de Robson and Willis International.

—Entiendo. Mire, lo que a mi me gustaría es ver si habría alguna manera de concertar una cita con el señor Woodson junior. Vamos, con el hijo del dueño.

—El señor Woodson ya no es propietario de Woodson Confectionery. Vendió la empresa a Robson and Willis International. Por tanto, no tenemos manera de facilitarle el contacto con él.

—Ya veo…

—Y, en cualquier caso, señor, —la telefonista cambió repentinamente su corporativo tono robótico y anodino por otro de persona normal— dudo mucho que puebla hablar con el hijo del señor Woodson: falleció en un accidente acuático hará como un par de meses. Esa es la razón de que su padre vendiera todos sus negocios y se retirara al campo. ¡Un chaval que lo tiene todo en esta vida y va el tonto y se ahoga en el mar! ¿Se imagina usted una mayor tragedia? 

No, no hace falta que me la imagine, he sido testigo de muchas. No obstante, la historia que me reveló la oportuna consulta a la hemeroteca resultaba bien triste (y peculiar): un joven con una envidiable situación económica que aparece ahogado en la orilla cerca de una pequeña casa en la costa que se había comprado como capricho personal, y hacia la que había salido de modo imprevisto y precipitado a primera hora de la mañana dos días antes. Aparentemente, este tipo de comportamiento errático e imprevisible era típico del tal Herbert Woodson. Un par de testigos le habían visto en su coche con otra persona al volante entrar a toda velocidad en la propiedad. La investigación policial había detectado todo tipo de porquería en el organismo del finado, por lo que la conclusión parecía evidente: un niñato al que le gustaba jugar con fuego se había terminado por quemar, con mucha probabilidad, llevando puesto el traje de baño de la fotografía. Ya tenía identificados a cinco de los seis. Lo malo era que este último era un elemento extraño, empezando por la evidente diferencia de edad. Con toda probabilidad, se trataba de alguien ajeno al famoso Quentieto (o quizás no). ¿Habría muerto también o se habría librado de la presunta maldición? No sabía por dónde continuar. ¡Si tan solo hubiera podido hablar con la persona que tomó la fotografía! En fin, de nada valían las lamentaciones. 

De momento, tenía que empezar por el principio, y aquello pasaba con un accidente automovilístico —o no— mortal. Como siempre que tengo que buscar respuestas sensatas, recurrí a la sabiduría de mi entrañable Bernie Peabody, aprovechando que un compromiso profesional nos había reunido.

—Oye, Bernie, ¿qué hace que un coche viajando de noche se salga de la carretera y se estrelle?

—Sencillo, que llegue otro de frente y deslumbre al conductor.

Gracias, amigo. Sabía que no me fallarías. Cometer el primer crimen no parecía complicado, especialmente para un reputado conductor profesional como Jake Vaughan.

De vuelta en Cambridge, no me resultó difícil dar con las señas de la que fuera la casa de Martin W. Jacobs. Como suele ser tan común entre los solteros de posibles, una señora le echaba una mano con todas aquellas tareas domésticas que era demasiado torpe o demasiado vago para hacer personalmente. Ella fue precisamente la que se lo encontró tieso en el saloncito, con el pijama puesto —acaso el que tenía en la famosa fotografía— y el auricular del teléfono todavía en la mano. Muerto de un ataque directo al corazón, como el desdichado hijo de la doctora Alba Higgins, por cierto. 

La casita de recreo de Herbert Woodson fue mi siguiente destino. Era una monería (por mucho que llevara evidentemente abandonada desde el fallecimiento de su propietario). Situada a escasos metros de la playa, disponía de un pequeño porche donde contemplar el ir y venir de las olas, y tenía también un sendero que conducía casi hasta la orilla del mar. Me senté un rato largo en aquellos guijarros con vocación de arena para disfrutar un poco del anestésico sonido del mar, tan solo contaminado por el paso de paseantes y el trajín alimenticio de las gaviotas. De nuevo, había un paralelismo claro entre esa muerte y las tragedias del grupito aquel que había conocido en el pub: Woodman había fallecido ahogado de la misma manera que el hijo de Alice Berry. Extraje entonces del bolsillo de mi abrigo la Biblia condenada al fuego y la abrí por el pasaje que tenía a la extraña foto por marcador: Genesis  22.

“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!» Él respondió: «Heme aquí.» Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»”

¿Casualidad? Aquellas cinco familias habían ofrecido a sus propios hijos en sacrificio por su patria y, de alguna manera, se habían vengando de los que no hicieron lo mismo. Pero ¿quién había orquestado un plan tan maquiavélicamente sofisticado y perfecto? Entonces me acordé de que la líder de grupo era toda una eminencia de la psiquiatría. Esa gente conoce muy bien a las personas y las mentes. Sin duda, había sido capaz de acercarse y manipular a aquellos imbéciles para hacerles creer que pesaba sobre ellos una maldición y convencerlos de que se estaba cumpliendo. Pero ¿quién había estado presente el día que se entregaron los regalos que cimentaron toda aquella pantomima? ¿Quién era el sexto integrante de la foto? ¿Seguía con vida? ¿Quién había tomado la propia imagen? Un montón de interrogantes para los que, me temía, jamás iba a poder tener respuesta. Lo único que me quedaba de todo aquello era la romántica idea de que ese grupo de pobres almas castigadas de modo tan cruel había encontrado un cierto consuelo con aquella brillante venganza. Sin duda, lo mejor era dejarlo así y ahí. Me puse en pie y me dirigí hacia la orilla para lanzar aquella Biblia, con la foto en su interior, lo más lejos posible. Me pareció un final mucho más digno para las Sagradas Escrituras que prenderles fuego. Aunque, por otro lado, yo había extraviado un ejemplar similar y, por mil razones de todo tipo, me apetecía poseer una Biblia de guerra. Ya sé que había prometido destruirla, pero no iba a ser la primera -ni la última- vez en que no iba a cumplir una promesa. Me dispuse, por tanto, a arrancar el papel que tan torpemente la forraba y arrojarlo al mar junto a la foto maldita. Por pura curiosidad, le eché un vistazo a aquel viejo pedazo de periódico antes de condenarlo a las aguas del canal de la Mancha. Un momento, ¿qué es esto?

Ahí estaba, en la cara hasta ahora oculta del periódico, el rostro que me faltaba para completar mi rompecabezas. “El Gran Philipo, ilusionista internacional. Sólo por dos noches en el Brighton Lion. ¡No se lo pierda!” Debajo estaba escrito “La venganza es mía” con unos trazos que me resultaban familiares. Parecía claro que una vieja amiga mía no se había perdido el espectáculo, yo tampoco iba a hacerlo.

Lo cierto es que el espectáculo del Gran Philipo (Mr Smithers en el mundo civil), que para mi suerte se presentaba por aquel entonces en un pequeño teatro de Londres, era digno de mención. Siempre he admirado la capacidad de los ilusionistas para convertir la mentira en realidad y lo obvio en imposible. Además, y haciendo memoria, me percaté de que no era la primera vez que oía hablar de él. El Gran Philipo había sido parte de un show de variedades que había estado de gira por toda la retaguardia con el fin de entretener a los soldados. Yo nunca había coincido con él, pero me habían llegado buenas referencias (aunque, en honor a la verdad, las espectaculares coristas del Mirtha Moran Ballet y sus coreografías con minúsculas faldas parecían haber sido bastante más del agrado de la tropa que los números de magia de Phil Smithers).

Terminada la función me dirigí a la salida de camerinos para pedirle un favor muy especial. El ilusionista no tardó en aparecer por la puerta. Le acompañaba del brazo una estilosa joven.

—Disculpe, señor Philipo, ¿sería tan amable de dedicarme esta foto?

Con gesto de halago (supongo que no le pedían la cantidad suficiente de autógrafos como para que le aburriera firmarlos), tomó la imagen y, tras comprobar de qué se trataba, me miró con gesto de sorpresa. La cara de su acompañante también compartía el semblante extrañado.

—¿De dónde ha sacado usted esto?

—Vayamos a un lugar tranquilo y se lo cuento.

En una discreta esquina de un pub local, me dispuse a vivir el último acto de toda aquella función.

—Trabajo en la cárcel de Pentonville y la foto apareció tirada en una celda. Como soy un gran admirador suyo, le reconocí de inmediato y he decidido asaltarle para que me la firme de recuerdo.

Sin mediar palabra, Smithers sacó un encendedor de su bolsillo y, tras indicarme con el dedo que era precisamente el mechero con el que aparecía en la foto, la prendió fuego.

—Te lo dije, querida. La más grande de mis ilusiones se cierra con un broche de oro. Como predije en aquella fiesta, tu hermano y todos sus amigotes murieron mientras portaban todos el objeto maldito que se les regaló: la corbata, el pañuelo, los guantes, el bañador y el pijama. Ahora, como también predije, la foto ha sido destruida por el encendedor que se me regaló aquella noche.

¿Tu hermano? Aquello no me sorprendió en absoluto. Si la tan característica caligrafía de la hermana de Lord Quentin (aquella que yo había visto en la nota previa a la ejecución) aparecía en el forro de la Biblia junto al anuncio del show, no era raro que fueran amigos (o algo más).

—Supongo que no me va a explicar el truco —respondí.

—Supone usted bien. Es la regla número uno de la magia. Pero sí le revelaré que, como en la mayoría de las ilusiones, la labor de mi ayudante ha sido tan importante o más que la mía.

La hermana de Lord Quentin recibió ese comentario con una sonrisa cómplice.

—Yo también soy ilusionista. Un simple aficionado, por supuesto, pero permita que haga un pequeño truco como homenaje a usted, un número de aparición— extraje la Biblia del bolsillo de mi chaqueta y la deposité sobre la mesa —. Creo que esto es suyo. Se lo regalaron durante su exitosa gira militar durante la guerra. 

Smithers se limitó a recoger la Biblia con una sonrisa.

—Le felicito, es un buen truco.

—Permítame, pues, que prosiga con otro pequeño ejercicio de adivinación —continué—. En efecto, creo que, como en su espectáculo, usted presentó el número de magia, pero fue su ayudante la que hizo la mayor parte del trabajo. De entrada, fue ella la que le contactó con un tremendamente imaginativo plan para vengarse de un atajo de cobardes que había evitado luchar por su país. Llevaba tiempo planteándose llevarlo a cabo, pero fue el hecho de conocer a los padres de varios soldados caídos en combate lo que la terminó de convencer.  Usted era terreno abonado: su ardor patriótico no es ningún secreto. De hecho, como ya no podía combatir por edad, había hecho una gira para nuestros militares sin cobrar un penique. Sus víctimas también eran facilonas: una pandilla de cobardicas con, en el fondo, la conciencia sucia y un sentimiento de culpa por haber eludido el servicio a su país. La misma pandilla que había organizado una pequeña fiesta que sería el marco ideal para que usted les tendiera la trampa. No me cabe duda de que estuvo usted muy convincente ante el Quentieto. Para empezar, su ayudante no le presentó como un ilusionista, sino como alguien con verdaderos poderes. Supongo que empezó con dos o tres juegos efectistas para que esos pobres panolis empezaran a creerse su historia y luego les contó, Biblia en mano, la milonga de que había caído sobre ellos una maldición divina cortesía de Abraham, el hombre que sí estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo, y que morirían en posesión de aquellos regalos malditos que se les hacían. También les indica un orden de defunción: Archie, Martin, Herbert, Bertie y, como remate, el propio Lord Quentin en persona. Ellos no terminaron de tomarle en serio, por eso salen tan sonrientes en la foto que, sospecho, tomó su ayudante. Para reforzar el efecto, usted les dejó aquella Biblia militar como símbolo de la maldición. Además, dicho tomo también servirá para alimentar su vanidad de artista: nada place tanto a un mago como poner el secreto de su juego en las mismas narices de su víctima sin que se percate del engaño, por eso forra el libro con la publicidad por el lado que queda oculto. A su ayudante le chifla la idea, e incluso no se puede resistir a incluir su propio mensaje. Entonces, el primero del grupo cayó con los guantes puestos, acaso deslumbrado por una inoportuna luz, y Lord Quentin se empezó a poner muy nervioso. Los nervios dieron paso al pánico cuando se dispone a telefonear a su amigo Martin Jacobs para darle la noticia y se entera de que se había muerto con el pijama encima. Alguien se la había anticipado a la hora de llamar, alguien que era consciente de sus poco conocidos problemas de corazón. ¿Acaso la hermana de uno de sus íntimos amigos? Alguien que sabía que una impresión fuerte recién levantado lo mataría. Por ejemplo, la falsa noticia de que sus padres habían fallecido. Lord Quentin está histérico. Cita a su amigo Herbert para pedirle que le meta fuego de inmediato al bañador maldito. La prenda está en su casa de la costa, y decide salir pitando, pero alguien que también está presente le aconseja que no debe conducir el tal estado de nervios y se presta a manejar el coche. De nuevo, quizás la hermana de un buen amigo. Llegados a la casita, la misma señorita logra convencerle para celebrar una pequeña fiesta lisérgica y, finalmente, se las arregla para que entre al mar con el bañador maldito puesto. ¿El cebo? A lo mejor darse un erótico chapuzón con el que él lleva años soñando. Por desgracia, las sustancias han mermado trágicamente su capacidad de nadar y termina ahogándose. Enterado del asunto, el pánico se apodera de Lord Quentin. Se cita con el bueno de Bertie, que está tan atacado o más que él, y se escribe el penúltimo episodio de la maldición, que se cierra en la cámara de ejecuciones de la prisión de Pentonville. ¿Qué le parecen mis dotes de adivinador del pasado?

—¿Quién es usted?

—Ya se lo he dicho, un simple mago aficionado y un devoto admirador de su trabajo. No, no se alarmen. Como usted mismo ha dicho antes, los magos no les contamos nuestros secretos a nadie. Ni siquiera a la Policía. En fin, un placer conocerles. Buenas noches.

Dicho lo cual, me levanté y me dispuse a abandonar aquel pub. Entonces, la joven me agarró de la manga del abrigo.

—Esa gentuza no merecía la vida. Eran unos cobardes traidores y como cobardes habían de morir. Sacrificados como bestias de granja. No obstante, en el fondo quería y quiero a mi hermano y me llena de gozo saber que murió con cierto decoro, que demostró algo de orgullo y valor al verse cara a cara con la muerte encarnada en usted —nos miramos directamente a los ojos, en silencio, durante unos segundos—. Ya ve, amigo, yo también tengo dotes de adivinación. 

Me limité a asentir con una sonrisa. El espectáculo había acabado definitivamente. Sólo restaba que los artistas y los secretos bajo su custodia se volatilizaran para siempre en una nube de humo, aunque acaso no para siempre.


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