DE SU PROPIA MEDICINA

DE SU PROPIA MEDICINA

Manchester, enero de 1949

—¡Diablos, jefe! ¿Ha leído esto?

Jimmy Hamps agitaba la prensa matutina como si él mismo la estuviera pregonando. Sin duda se debía de tratar de algún detalle escabroso sobre el caso del fulano al que íbamos a pasaportar en menos de veinticuatro horas. Nunca me han interesado demasiado ese tipo de chismes, y Hamps ya debería saberlo.

—No, no, es el doctor Stephens. ¡Que se ha cargado a su mujer!

—¿El doctor Stephens? ¿El del nesporidón?

—¡El mismo! ¿Se lo puede creer?

—¿Cómo que se ha cargado a su mujer?

—¡Aquí lo dice bien clarito! ¡Los vecinos fueron testigos de todo: la acalorada discusión en el jardín de su casa y cómo la apuñalaba con unas tijeras de podar! —Hamps golpeaba el periódico de manera compulsiva—. Cuando llegó la policía, lo único que pudo hacer fue certificar la muerte de la pobre señora Stephens y llevarse al doctor detenido. ¡Cielo santo, jefe! ¿Cree que nos tocará ahorcar a Stephens? ¡No me gustaría! Al fin y al cabo, el bendito nesporidón le salvó la vida a mi hermana…

En efecto, el famoso nesporidón, el antibiótico prodigioso que se presentaba en célebres cajas de seis ampollas adornadas por una etiqueta con la firma de su creador: el propio doctor Stephens en persona.

—No lo sé, Hamps. Pero la verdad es que tiene muy mala pinta para el doctor. Por lo que dicen los papeles, es un caso de condena a muerte de libro.

—Pero mucha gente le debe cosas importantísimas al doctor Stephens. Además, que es una gloria nacional, orgullo británico puro. ¡Todo un premio Nobel de Medicina! ¡Por el amor de Dios, jefe! ¿Cómo lo vamos a colgar?

—Mira, Hamps, lo mejor es no pensar en eso. No está en nuestra manos, no es nuestra responsabilidad. Que los jueces decidan.

El asunto había quedado zanjado por el momento, pero intuía, como así fue, que el destino último del doctor Stephens iba a generar un acalorado debate a escala nacional. Irónico, dado que el caso parecía simple: Stephen no negó lo que un buen puñado de testigos hacían evidente y reconoció que el motivo del crimen había sido la intención de su esposa de divorciarse de él para iniciar una nueva vida en común con el doctor Martin Lewis, antiguo colega y viejo rival de Stephens. Por fortuna, la pareja no tenía hijos (tan sólo un encantador gatito de raza llamado Mortimer, que quedó al cuidado de la vecina). En un principio, Stephens se mostró profundamente arrepentido, incluso dado a la lágrima fácil. “Sé que he cometido el más grave de los crímenes, y es justo que pague por ello. Tan sólo espero que el juez me permita seguir viviendo con mis errores y no tener que entregar mi vida a cambio del más grave de ellos”, confesó en entrevista exclusiva a Ronnie Carson, el mercader de prensa amarilla favorito del pueblo británico. Como ya dije, el juicio dividió al país en dos bandos: los férreos defensores de la soga, que exigían que a Stephens lo colgaran como el brutal asesino que era, enfrentados a los que se oponían a la condena a muerte, ya fuera por motivos morales o porque, simplemente, el doctor Stephens había salvado tal cantidad de vidas que merecía conservar la suya a cambio.

Durante el juicio. Norman McKey —abogado de Stephens— decidió jugar la baza de que todo había sido producto de una lamentabilísima enajenación mental causada por el profundo dolor ocasionado por la pérdida de la mujer a la que tanto amaba. (Jamás he sido capaz de comprender la lógica por la que se rige eso de matar a una persona a la que afirmas amar tanto que morirías por ella). Fuera de esos infaustos minutos, el doctor Stephens había sido un gran benefactor de la Humanidad y un ciudadano de intachable conducta. Por tanto, merecía salvar el pellejo. El doctor Stephens, por su parte, se pasó todo el juicio con rostro de profunda afectación, con la mirada clavada en el suelo y enjugando ocasionalmente las lágrimas a las que tan acostumbrados nos tenía.

El jurado tardó apenas diez minutos en declarar culpable al doctor Stephens y el juez Cecil W. Hummings, de un modo casi rutinario, le condenó a la última pena en estricta aplicación de la legislación. Entonces, una bestia —fría y cruel como el acero— fue liberada:

“¡Con que esas tenemos, eh! ¡Muy bien, pandilla de hijos de puta desagradecidos! ¿Sabéis en qué estoy trabajando ahora? ¡Preguntádselo a mis ayudantes! Pero no busquéis mis notas con los datos clave que revelan lo cerquísima que estoy de resolver unos de los mayores problemas a los que se enfrenta el género humano. No las busquéis, porque la única copia está aquí —dijo señalándose la sien—. Las otras las quemé antes de ir a cargarme a la zorra de mi esposa. Matadme si queréis, pero, con ello, firmaréis también la sentencia de muerte de millones de personas”. 

No se hablaba de otra cosa en el Reino Unido. ¿A qué enfermedad se refería Stephens? Una rápida entrevista a su entorno de trabajo en el laboratorio confirmó lo que todos suponían. Pero ¿era posible que el doctor Stephens estuviera realmente cerca de atajar tan terrible plaga en algunas de sus formas? ¡Eso sería un milagro difícil de creer! Pero también lo había sido el nesporidón. Asimismo, se constató que Stephens era el único que conocía la información clave —de existir— y que, sin dicho conocimiento y el genio del doctor para desarrollarlo, los trabajos quedarían estancados para siempre. En otras palabras, el doctor Stephen estaba chantajeando a toda una especie: si me matáis, millones de vosotros moriréis tarde o temprano. Un chantaje que, por otra parte, se cimentaba únicamente en la palabra de un asesino y, por tanto, podría no ser nada más que un enorme farol para evitar la soga del verdugo. 

Eso debió de pensar la inapelable maquinaria judicial de mi país, que se trataba simplemente de una burda maniobra para intentar salvar el pellejo. O puede que tan solo estuvieran aplicando la ley como era su deber. Sea como fuere, la apelación fue desechada sin pestañear por los jueces competentes. Stephens sería ahorcado transcurridos los tres domingos reglamentarios. Eso fue lo que desencadenó la locura a nivel mundial: vehementes súplicas de clemencia de multitud de personalidades del mundo de la política, la ciencia, la intelectualidad y el arte (y por supuesto, de líderes religiosos); apasionadas concentraciones ante las embajadas británicas de todo el mundo (con el reglamentario lanzamiento de huevos) e incluso alguna que otra amenaza de boicot a los productos del Reino Unido. Dio igual, la justicia debía seguir su curso. Por supuesto, el maldito Stephens —por boca de su abogado— se ocupó de atizar conveniente el fuego. La esperanza de sobrevivir de millones de personas, en el presente y el futuro, caería con él por aquella trampilla. Por último, y para rematar el embrollo, también fueron miles la voces que se levantaron rogando al doctor Stephens que resignara a su suerte y que, al menos, se fuera de este mundo con la conciencia tranquila y la inmensa satisfacción de saber que le prestaba un servicio a la Humanidad por el que ésta le estaría eternamente agradecida y su nombre jamás sería olvidado. Estas súplicas fueron recibidas con la misma sordera incurable que las que se hicieron a los jueces. El ser humano es testarudo por naturaleza. Tampoco se podía jugar la carta de la fe: Stephens —como tantos hombres de Ciencia— era un ateo integrista. Seguramente porque le costaba concebir a un ser superior a él mismo.

El caso es que ahí estábamos Jimmy Hamps y yo. En un vagón de tren con rumbo a una ciudad a cuarenta millas de distancia de nuestro destino final. En la estación nos estaría esperando una discreta pareja de agentes de policía para llevarnos a la prisión escondidos en un coche sin distintivos externos. Tal era lo locura colectiva que se temía que alguien tratara de evitar la ejecución interceptándonos en el camino. No era una buena idea, siempre viajo a mis compromisos profesionales con la inestimable compañía de mi viejo revólver y, créame, la Guerra me enseñó de sobra cómo se usa.

—¡Yo me huelo que ese cerdo de Stephens siempre lo hacía todo por el dinero! —Hamps no había hablado de otra cosa durante todo el traqueteante trayecto—. Le daba igual el número de vidas que el nesporidón hubiera salvado, lo inventó porque sabía que le iba a reportar una buena cantidad de billetes.

—No lo sé, Jimmy. No estoy en la cabeza de ese fulano.

—¡El maldito hipócrita! ¿Sabía que cuando le dieron el Nobel dijo que el único premio que deseaba era saber que millones de personas se habían curado gracias a él? Si eso fuera cierto, revelaría todo lo que sabe antes de morir.

—Supongo.

Entonces, Jimmy se quedó pensativo, dubitativo más bien. Miraba por la ventana y a mi persona alternativamente. Quería decirme algo pero no sabía cómo.

—Desembucha, Hamps.

—¿Perdón?

—Que sueltes de una vez lo que llevas diez kilómetros tratando de decirme.

—Ya…Bueno, si hay algo que me gustaría…digamos que proponerle.

—¿Y es?

—Y si…y si le amenazáramos con una muerte lenta si no dice todo lo que sabe.

—¿Cómo?

—De un modo discreto. Usted le dice al director de la cárcel que necesita inspeccionar el cuello de Stephens personalmente y, aprovechando la ocasión, le susurra la amenaza al oído. El fulano sabe de sobra lo agónica que es una lenta muerte por estrangulamiento. No me cabe duda de que se cagaría y le faltaría tiempo para pedir hablar. 

—¿Y si no lo hace? ¿Cumplo con la amenaza? Eso significaría la expulsión de inmediato de la lista de ejecutores, y, posiblemente, puede que hasta una multa o algo mucho peor.  

—¡Pero no seamos egoístas: hay que ir a por todas! ¡Tenemos que hacerlo por millones de vidas humanas, jefe!

En el fondo, tenía razón. Era una carta muy remota y peligrosa, por no hablar de las implicaciones éticas, pero, por otro lado, había tantísimo en juego… En fin, supongo que los verdugos a veces también tenemos conciencia.

—Usted dirá.

Nada más llegar a la prisión, pedí entrevistarme con el director. Ya había trabajado para él en otras ocasiones, y por  lealtad le tenía que hacer partícipe de mi plan.

—Está usted loco. Si no fuera porque no hay tiempo, le mandaría a su casa de una patada en el trasero y haría venir a otro ejecutor. En cualquier caso, le prohíbo mantener cualquier tipo de contacto con el señor Stephens antes del momento de la ejecución, ¡Váyase a dar un paseo y olvidemos que esta conversación ha tenido lugar! En el fondo, me cae usted bien y entiendo que su motivación ha sido noble.

Sin duda, mi decisión de revelar mis planes al director había sido un tremendísimo error.

—Jimmy, al director no le ha parecido una buena idea.

—¡Ya le dije que no se lo contara, jefe! ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Hemos desperdiciado la última oportunidad de la Humanidad!

Tenía toda la razón. Me sentía culpable. Y torpe. Torpe y culpable. Algo poco común en mí.

—Lo siento, Jimmy.

—Sentirlo nunca soluciona nada, jefe.

Cierto.

En fin, se hizo el trabajo. Durante los pocos segundos que duró el proceso, fui estrecha y discretamente marcado por un guardia. Por si acaso, supongo. El zambombazo de la trampilla al abrirse nunca me había parecido tan atronador, tan terrible, tan macabro. Se acabó. Si ese tipo tenía la llave de la vida, con su marcha se cerraba. En silencio, me dirigí hacia la escalera que me conduciría al piso inferior de la lúgubre barraca. Allí me esperaba el médico que certificaría la muerte de Stephens. Por protocolo, había que dejarlo colgado una hora, pero mientras se solía ir adelantando el papeleo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Los británicos somos educados hasta para hacer los trámites burocráticos de un ahorcamiento. No obstante, aquel saludo me sonó raro. Si no resultara tan terriblemente disparatado, diría que se había pronunciado con acento alemán. El forense se acercó al cuerpo inerte e inspeccionó el cuello con sus manos.

—Excelente fractura. Le felicito.

Alemán. Aquel tipo era inequívocamente alemán. Conocía a un buen puñado de ellos.

—Gracias —contesté sintiéndome un tanto ridículo.

—Sí, sobresaliente trabajo —prosiguió al tiempo que hacía rotar suavemente la cabeza—. 

—Debería sentirse halagado. El doctor entiende mucho de ejecuciones—. Me giré. Era el director de la prisión—. ¿Se puede proceder a descolgar el cuerpo y prepararlo para el entierro?

Aquella era una de las partes más desconocidas del trabajo de verdugo, y en absoluto agradable. El misterioso alemán asintió. Manos a la obra. Comencé por despojar al cadáver totalmente de sus ropas antes de depositarlo en la mesa.

¿Qué demonios era eso? ¿Qué había pasado ahí? El director se percató de mi gesto de sorpresa, sin duda porque lo esperaba, y se le dibujó una pequeña sonrisa en su rostro. El misterioso alemán, por su parte, emitió una sonora carcajada.

—Sabemos de sobra lo bueno que es usted guardando secretos y, después de todo, creo que merece conocer este —prosiguió el director. —Permítame que le presente a nuestro fiel colaborador el doctor Hans Hitzfeld.

¿El doctor Hitzfeld? ¿El monstruo de Fürth? ¿El Mozart de la tortura? ¡Todo el mundo sabía que se había suicidado justo antes de que nuestros muchachos lo cazaran en su huida!

—Pero el doctor Hitzfeld… —fue lo único que alcancé a balbucear.

—¿Muerto? Ya ve usted que no. Digamos que supe negociar. Les hice ver a mis captores que les podía resultar muchísimo más útil con vida que sin ella —me aclaró el médico. —No se alarme demasiado, amigo. El gobierno de Su Majestad no me usa con frecuencia. ¡Por el amor de Dios, el Reino Unido es un país civilizado y los países civilizados sólo recurren a la tortura en casos excepcionales! Sólo cuando, digamos, hay información que obtener a cualquier precio moral por el bien del pueblo británico y la persona que nos la puede proporcionar no se aviene a razones.

—Entonces, los resultados de las investigaciones, la cura…

—No, siento decepcionarle. Todo un farol. Lleve a cabo un trabajo concienzudo con mi colega el doctor Stephens —creo que salta a la vista viendo su cuerpo— y nada de nada. Créame, si hubiera tenido cualquier tipo de información que darme, lo habría hecho. Se lo garantizo, y recuerde que yo tengo un bien ganado prestigio en esta disciplina.

—Ya ve— intervino el director—, se puede ir usted a casa con la conciencia tranquila. La muerte de Stephens no cambia nada en el futuro del panorama sanitario mundial. De momento, esa peste nos seguirá matando y no creo que eso vaya a cambiar en muchísimo tiempo. Señor, ¡que este país sigue siendo una cosa seria, que todavía sabemos hacer las cosas bien, aunque sea a nuestro modo! 

Asentí, presa de una sensación rarísima mezcla de alivio y decepción. Siempre es triste aceptar la realidad cuando uno se ha dejado conquistar por la ilusión.

En el tren camino de vuelta a casa, Jimmy Hamps hablaba con la misma excitación que el resto del planeta de la noticia del día.

—Siempre supe que el tal Stephens iba de farol. ¡Maldito cerdo mentiroso! Un médico honrado jamás habría tratado de negociar con una información tan vital para todo el planeta.

—Sí, Hamps. Yo también intuía que era todo un truco para intentar salvar el pescuezo. Pero al menos reconoce que, en el último momento, fue sincero e intentó redimirse.

En efecto, según la versión oficial, el doctor Stephens había pasado las últimas horas de su vida redactando una carta en la que confesaba que sus investigaciones estaban realmente en un estadio preliminar y no había llegado más allá que la mayoría de sus colegas. Pedía disculpas y rogaba a la opinión pública que comprendiera que había sido todo fruto de la pura desesperación. Una foto de la misiva adornaba la portada de la mayoría de los periódicos. Ahí estaba, rubricada con aquella firma de caligrafía tan bien conocida.

Es bien sabido que, al terminar la guerra, capitalismo y comunismo se repartieron como botín de guerra intelectual a los más destacados ingenieros y científicos del Reich. Fue algo que la opinión pública aceptó sin rechistar, como parte de la recién estrenada carrera por la supremacía mundial de los dos bloques emergentes. Lo que se ocultó, por otro lado, fue que hombres y mujeres con las manos muy manchadas —pero con habilidades que podrían resultar de gran utilidad— también fueron perdonados, reclutados y puestos en acción si la ocasión así lo requería. Tal era el caso del doctor Hitzfeld —la llave maestra de las mentes y las lenguas de los más rudos y resistentes espías— o, por poner otro ejemplo, de Viktor Hartwich, el Beethoven de los falsificadores de documentos. Cualquier documento. Confesiones manuscritas incluidas.


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