EL OCASO DEL ALBA

EL OCASO DEL ALBA

Madrid, 19 de noviembre de 1975

Jorge Rodríguez Real era un buen casi amigo cuyo nombre jamás fui capaz de pronunciar correctamente. Por eso me limitaba a llamarle Georgie y, de ese modo, dejar el honor del Imperio Británico razonablemente intacto. Jorge Rodríguez Real era —con mucha probabilidad— el único español que hablaba correctamente inglés (más o menos), razón por la cual el gobierno de su país me lo había asignado como acompañante-traductor-niñera durante una discreta visita oficial de la que ya le daré cumplida noticia en otro momento. Georgie y yo nos caímos bien, y, contra todo pronóstico, nos las arreglamos para mantener una simpática amistad epistolar a razón (aproximada) de una o dos cartas por trimestre. Años después de nuestro primer encuentro, él me había invitado personalmente a que le echara una mano en un delicado asunto profesional. Tan importante era la cosa que Georgie iba a costear de su propio bolsillo mis billetes de avión y demás gastos de la estancia.

Su morena sonrisa con bigote y su firme apretón de manos estaban en el aeropuerto para recibirme.

—¿Cómo le va, amigo? —le saludé haciendo uso de la oración más sofisticada que sé construir en español.

—Yo, bien; tú, más viejo, sucio pirata inglés.

—Hace demasiado tiempo que no nos veíamos.

—Sí, desde mi boda.

En efecto, yo había estado presente en todo el complejo ritual nupcial de Georgie. En aquella España, se invitaba a las ceremonias familiares a absolutamente todo el mundo. 

—Oye, he leído en el periódico que me han dado en el avión que Franco está muriéndose.

—Sí, el abuelo está ingresado y parece que le queda poco.

—¿Ya no es su excelencia?

—A dictador muerto, rey puesto. Toca hacerse monárquico, amigo. Muchos se aferrarán al franquismo, pero no creo que sea una buena idea. Para progresar hay que evolucionar con los tiempos. 

—¿Crees que el príncipe ese…? ¿Cómo se llama?

—Juan Carlos.

—Eso mismo. ¡Otro nombre español que jamás será capaz de pronunciar! En fin, ¿qué crees que va a hacer?

—Ni idea. Pero, haga lo que haga, tocará estar de su parte.

Georgie, siempre tostándose al sol que más calienta. Montamos en su coche y pusimos rumbo a Burgos, donde mi amigo trabajaba desde hacía medio lustro. Más en concreto, era director de la prisión provincial. Un peldaño más en la escalera de su muy sólida carrera de funcionario del sistema penitenciario español. 

Jon Albiscoetxea, alias Aizkora, era el motivo último de mi visita a la soleada España. No había sido un actor principal de la tragedia, pero fue parte del reparto de la gran superproducción del terrorismo etarra: el asesinato del almirate Carrero Blanco. A principios de octubre de 1975, se había topado con un control rutinario de la Policía y perdió los nervios. Aceleró al tiempo que se liaba a tiros a través de la ventanilla. Una de las balas impactó en el brazo de uno de los agentes, pero la rápida respuesta de sus compañeros abortó la huida acribillando el vehículo a balazos. Se lo encontraron medio muerto. “¡Qué gusto ver morir a este hijo de puta!”, exclamó uno de los policías. “¡No sea imbécil y pida de inmediato una ambulancia, Ramirez! No le vamos a conceder una escapatoria tan rápida y tan dulce…”, reprendió el subinspector Calvo, a cargo del puesto. La eficaz actuación médica salvó la vida de Aizkora (al menos, de momento), al tiempo que un registro de su domicilio encontró documentación que lo vinculaba como elemento de apoyo al magnicidio del almirante Carrero. Para el subinspector Calvo aquello fue mil veces mejor que el Gordo de Navidad: condecoración, ascenso y —lo que más ilusión le hizo— felicitación autógrafa de su Excelencia el Jefe del Estado. Al fin y al cabo, le había puesto en bandeja una venganza personal que ansiaba como nada en este mundo. En el juicio, por llamarlo de algún modo, se tardó poco más de unas horas en condenar a Aizkora a muerte. La sentencia se iba a cumplir en las próximas horas en la prisión provincial de Burgos y Georgie me había invitado en calidad de, digamos, asesor. 

No hacía falta ser un lince (en este caso, ibérico) para percatarse de que algo muy gordo se cocía en aquella cárcel. La presencia policial por la zona —y de particulares de ideologías surtidas— era más que evidente y fue necesario superar tres controles tres hasta llegar a sus puertas.

—¿Qué posibilidades hay de que llegue un indulto? Si Franco está tan malo, posiblemente ni se enteraría…

—¿El principito Juan Carlos parando la ejecución? ¿Ese sinsal? ¡Ese no es capaz de ni ir a hacer pipí sin pedirle permiso al Caudillo! El vasco es ya carne muerta. ¿Crees que te habría molestado para que vinieras a echarme una mano si hubiera tenido la más mínima duda?

A nuestra llegada al centro penitenciario nos recibió Morcillo —guarda de la prisión—, uno de esos vagos chusqueros que brotan como la malayerba en el jardín del empleo público español.

—Se cree que le van a fusilar como a los otros, pero para este cabrón tenemos una sorpresita especial de parte del Cuerpo, el Caudillo y España —fueron sus palabras mientras nos abría la puerta de la sala destinada a llevar a cabo la ejecución. Ahí estaba, el mismo siniestro cacharro que había conocido en su momento, y con cuyo funcionamiento había tenido la oportunidad de familiarizarme en aquella ya mencionada visita a España.

—Podrías actualizar material, Georgie.

—No hay presupuesto.

En una esquina se encontraba otro viejo conocido, vergüenza del gremio de los verdugos por cobarde, chapuzas y carnicero. Estaba claro que me había reconocido y recordaba bien lo que había pasado la otra vez. Dijo algo dirigiéndose a Georgie. No entendí sus palabras, aunque la mirada que me había dedicado era de sobra elocuente.

—Ha preguntado que qué pintas aquí.

—Muy posiblemente, para salvarle el culo.

Encima de mal profesional, y peor persona, un desagradecido y un ingrato. No es raro toparse con tales especímenes en la soleada España.

—Bueno, supongo que querrás echarle un vistazo a vuestro…cliente. Le diremos que eres un periodista inglés.

—Sería de lo más oportuno. ¿A qué se dedicaba, aparte de a los magnicidios?

—Trabajaba en el campo. Todo un chicarrón del norte, como decimos aquí. Tiene un cuello de toro que no se si os a entrar en el cacharro. Por eso te he llamado, porque yo creo que el otro no podría con él ni en mil años.

—Bah, en el peor de los casos, me buscáis una buena soga y lo ahorco —respondí con mi más solemne y sobria expresión facial.

La mirada de alarmada incredulidad de Georgie me recordó que en España las bromas hay que soltarlas riendo, so pena de que a uno le tomen en serio.

—Tranquilo, estaba de guasa. Obviamente.

Georgie asintió con una sonrisa mezcla de alivio y sonrojo por haberse pensado que yo hablaba en serio.

—Esa es su celda. Ahora está con el capellán de la cárcel.

“¡Arrepiéntete de tus pecados, hijo de puta!”, se oyó claramente al otro lado de la puerta.

—El padre Paulino, un dulce siervo de Cristo con crónicos y muy vehementes ataques de ira —me aclaró mi casi amigo. 

“¡En cristiano, hijo de Satanás, a mí me hablas en cristiano! ¡Como te vuelvas a dirigir a mí en vascuence, te ejecuto yo de un guantazo!”, prosiguieron los alaridos del sacerdote.

—Creo que ha llegado el momento de dar por finalizado este edificante momento de confesión plena de contrición —ahora era Georgie quien jugaba a la ironía.

Al abrirse la estancia, la escena me dejó totalmente perplejo. El tal Aizkora se encontraba esposado a la reja de la ventana de su celda, aunque la susodicha parecía estar a punto de empezar a ceder frente los fortísimos tirones de aquel verdadero coloso forjado en el trabajo en el campo y los chuletones.

(—Hay que recurrir a los grilletes para asegurarnos de que no le parte la cara al páter. No es muy creyente, como habrás comprobado) —me susurró Georgie.

—Se acabó la visita, páter.

—¡Este por mis cojones que muere en gracia de Dios! —bramó el sacerdote al tiempo que se ponía rumbo a la salida.

—Es duro el gacho, ¿eh?

—¡Un hijo de las mil rameras de Belcebú es lo que es!

—Padre, hombre, no le tome tan a pecho. ¡Allá él con su conciencia!

A esto no contestó el religioso. Ya se había marchado.

—Hola, Albiscoetxea. Te presento al señor Smith. Es de un periódico inglés. Te quiere hacer una entrevista para sus lectores.

—¿Inglés? —replicó el reo con un gesto de incredulidad casi tan fuerte como su acento.

—Del mismo Londres.

—¡Y una mierda le voy yo a conceder una entrevista a uno de esos putos asesinos opresores de mis hermanos del pueblo irlandés! ¡Gora Eire askeko errepublika! ¡Tuquegarla!

Sólo había creído entender la última frase, pero —unido a los inhumanos gruñidos que emitía aquel sujeto— resultaba suficiente para comprender que no era bienvenido y largarme de allí. En cualquier caso, ya había tenido oportunidad de echar un vistazo a lo que realmente me interesaba: el cuello de aquel elemento. Georgie no mentía: se trataba de un poderoso paquete muscular de un tamaño más que respetable. Iba a dar mucho juego a la hora de la verdad. Sin duda.

—¡Menuda bestia parda!

—¿Has entendido lo que ha dicho al final?

—¿El qué?

—Tiocfaidh ár lá. “Nuestro día llegará”. Es un lema independentista irlandés. Lo ha pronunciado bastante bien. Seguramente se lo habrán enseñado sus amigos del IRA.

—Supongo que a ti también te lo enseñó algún tipo del IRA al que conociste por motivos profesionales…

—No, condenaron a un par de criminales hace unos años, pero la sangre nunca llegó a la soga, si me permites el juego fácil de palabras. Conozco la frase porque tengo un vecino en el barrio muy irlandés, muy independentista y muy pesado. 

—Ya veo.

—¿Cómo va la cosa, señor director?

—No hay manera, páter.

La pregunta la había formulado un joven ensotanado de unos 25 años que había surgido repentinamente de la nada.

—Ya me ha comentado el padre Paulino que el reo es más bien reticente a poner en orden sus asuntos con el Altísimo antes de presentarse ante Él.

—En efecto.

—¡Qué triste fatalidad!

—Sin duda. En fin, don Pedro. No parece que haya mucho que se pueda hacer.

Georgie me aclaró más tarde que el tal don Pedro era un sacerdote novato que estaba dando sus primeros pasos como pastor de almas de la mano del veterano padre Paulino. Don Pedro era el descendiente segundón de un militar de alta graduación y, por lógica nacional católica, al que le había tocado meterse a cura. No obstante, parecía tener la suficiente fe como para que tener que sacrificarse por el buen nombre de su familia no le hubiera supuesto ningún sacrificio. Por otro lado, era más franquista que Franco, algo muy común en aquella España.

 —Es que, verá, yo había tenido una idea, se la quería proponer, a ver qué le parece. Lo malo es que creo que el padre Paulino va a ser del todo reticente.

—¿Una idea?

—Sí, mire, por lo que parece, uno de los problemas parece ser que el reo insiste en dirigirse a don Paulino en vascuence.

—Eso parece, sí.

—Pues yo había pensado que, a lo mejor, si se le hablara en ese idioma, que como tan suyo siente, pues que se abriría más a escuchar la palabra del Señor.

—Ya, pero es que me temo que no hay tiempo para buscar un sacerdote que se pueda expresar en vasco.

—¡No hará falta, yo mismo lo podría hacer, si don Paulino y usted me autorizan!

—¿Habla usted vascuence, padre?

—Mi padre estuvo destinado en San Sebastián unos años, y algo se me pegó de vivir por esas tierras.

—Pero ¿se mezclaba usted con la chusma que habla eso?

—También en el seminario se estudia al Diablo. Hay que conocerlo bien para derrotarlo. Pues lo mismo con esos descarriados separatistas. Aunque, por otro lado, no todos eran del todo malos.

—Pero, siendo usted hijo de quien era…

—¡Ellos nunca lo supieron!

—En fin, por mi parte no hay inconveniente. Lo de convencer a don Paulino, eso va a ser harina de otro costal. Pero deje que acompañe a este amigo a su habitación y le prometo que haré todo lo que esté en mi mano.

—¡Que Dios se lo pague, don Jorge!

—Te han preparado un cuartito que hay junto a mi despacho. Acompáñame, por favor —dijo Georgie devolviendo su atención a mí.

—Buena idea. Cenaré lo que me puedas conseguir, leeré un rato largo y me iré a dormir. Ya no tengo edad yo para trasnochar o ir de juerga, por mucho que sea un inglés en España.

—Si te soy sincero, me admira que puedas conciliar el sueño en noches así.

—Precisamente porque para hacer las cosas importantes es indispensable estar bien descansado.

—Pero ¿y los nervios?

—Cuestión de práctica. ¿A qué hora está prevista la ejecución?

—Ha de ser al amanecer, que es como a las ocho menos diez.

—Así que, fieles a los horarios hispanos, la cosa será a las 8:30 pasadas.

—Me figuro que sí.

—Estupendo. Haz que alguien me avise a las seis, ¿quieres? 

—Por supuesto, señor. Me ocuparé personalmente. Son las siete de la tarde pasadas, así que haré que te traigan algo de comer, para que respetes ese horario de comidas tan absurdo que tenéis los británicos.

—Gracias. Ah, por cierto, —y hablando de comida— ¿sería posible que hubiera para desayunar…? ¿Cómo se llama eso tan rico que se moja en chocolate?

—¿Churros?

—¡Exacto!

—¡No me jodas! ¡Cómo te pueden apetecer churros en estas circunstancias!

—¡Menudo anfitrión estás tú hecho!

—¡Coño, que le vamos a dar matarile a un fulano! ¡No es serio desayunarse un chocolatito con churros en tales circunstancias!

Me encogí de hombros con mi mejor sonrisa de travieso niño inocente.

—No te prometo nada…En fin, ¡joder, la cara que va a poner Morcillo cuando le mande al bar de la gasolinera a ver si tienen churros!

Con una carcajada en los labios y la cierta inquietud que da este tipo de cosas —no importa la experiencia— pasé un rato metido en mis asuntos y luego me retiré a una hora decentemente británica. Fiel a mi costumbre, dormí bastante bien.

Tremendas voces —alaridos— se filtraban por la pared de mi cuarto. Ni idea de lo que decían, pero sin duda tenían por objeto que me despertara. Mire mi reloj con los ojos aún llenos de sueño y oscuridad. Pasaban tres minutos de las seis de la mañana. Con unos leves golpecitos en la puerta habría bastado. Estos españoles, siempre tan excesivos y tan gritones. Abrí la puerta en busca del oportuno cuarto de baño ubicado en el vestuario de la planta. Había dos tipos que no hacían más que dar voces y más voces entre ellos. Una tenía una radio encendida en la mano. Me empezaba a temer que algo gordo estaba ocurriendo. ¿El indulto, quizás? Por el fondo del corredor apareció el bueno de Georgie. El también llevaba un transistor en la mano. Él también estaba francamente sobreexcitado.

—¿Indulto? ¿Es el indulto?

—¡Qué indulto ni que ni niño muerto! ¡El Caudillo, que se ha muerto el Caudillo!

—¿Cómo?

—Lo acaban de decir por la radio: se ha muerto Franco.

—¡Santo cielo! —Me quedé bloqueado, sin ser capaz de articular ni una palabra. Era la primera vez que me tocaba vivir la muerte de un dictador in situ y no tenía ni idea de cuál era el protocolo que tocaba seguir. Por fin, logré lanzar la pregunta más obvia en nuestra situación: “¿Qué pasa entonces con la ejecución?”

—¡Qué coño quieres que pase! La cosa sigue sigue pa’lante. Vuélvete a tu alcoba y vete preparando para la función.

Sin duda, no parecía el momento de preguntarle si me había conseguido aquellos churros. 

Me aseé  y me vestí sin prisa pero sin pausa. Detrás de las paredes se seguía sintiendo el atronador runrún producido por la noticia más importante que había recibido ese país en casi cuarenta años. Poco antes de las siete, me personé en el macabro cuartito. Mi infame colega no estaba todavía allí. Quizás seguía roncando. Típico del estereotipo ibérico. Sin embargo, había una figura sentada en una banqueta en una esquina. Se trataba del cura joven. ¿Era consciente de para qué tétrico fin íbamos a usar ese asiento en cuestión de poco más de una hora? No tenía manera de preguntárselo y, en cualquier caso, parecía tan absorto en sus pensamientos que no habría tenido sentido. Se percató de mi presencia y levantó la mirada. Estaba llorando.

—Franco…die—me dijo en un rudimentario inglés.

—Yo saber —contesté en mi incluso más básico español. Sin duda, aquel tipo era un franquista de corazón.

—¿What is tomorrow now? —más inglés de andar por casa.

Me limité a encogerme de hombros y pasarle una mano lo más cariñosa posible por el hombro. Un verdugo consolando a un cura poco antes de una ejecución. Sólo en España.

Hello, mi doctor. ¡Doctor Medina! 

Levanté la mirada. En efecto, un pintoresco caballero de bata, gafa y bigote se dirigía a mí desde la entrada del cuartucho. Me hablaba muy despacito y en un tono más alto de lo razonable, incluso para un español. Otra de las deliciosas costumbres locales.

—Hola, doctor.

—¿You…? —y remató la frase haciendo el típico gesto de pasarse el índice por el pescuezo.

Asentí.

—Yes, yo —y reproduje el gesto.

—You… 

Está vez el gesto fue simular un pinchazo en el brazo y poner una cara de cómica tranquilidad. Sin duda me estaba ofreciendo un calmante para hacerme más llevadera la faena. Había habido un malentendido, el que necesitaba apoyo farmacológico era el otro. Precisamente, en ese mismo instante el susodicho hizo su entrada triunfal por la puerta. Traía una tremenda cara de enfado y sueño, sin duda las voces y el revuelo lo habían apartado de los dulces brazos de Morfeo. Le indiqué al galeno con una sonrisa que la banderilla era para el recién llegado y abandoné la sala para dar un paseo por la cárcel hasta que llegara la hora de la verdad. Demasiada gente por allí. Por una ventana, contemplé como un curioso grupito de gente atravesaba el patio. Curioso porque, además de un hombre, había dos mujeres y, de la mano de una de ellas, una niña que —calculé— no tendría más de cuatro años.

—Los abogados, la mujer y la hija del vasco.

Giré la cabeza. Georgie tenía el rostro un tanto desencajado. No era —ni mucho menos— la primera vez que contemplaba una expresión así.

 —Las despedidas nunca son fáciles, pero ésta ha sido simplemente infernal. Nadie debería tener que pasar por algo así.

Me limité a asentir.

En su experiencia anterior, a George la pena de muerte lo había rozado de refilón, pero esta vez le golpeaba con toda su cruel y despiadada brutalidad. Nunca es fácil, ni tan siquiera para alguien tan curtido como servidor. Saltaba a la vista que el contacto directo con la familia del reo le había caído como una losa sobre los hombros que le iba a poner muy, muy difícil el tener que cumplir con su penoso deber.

—¡Hijos de mil putas, habrase visto tal descaro!

Era el padre Paulino, tan dulce como siempre. 

—¿Qué ocurre, padre?

—Los malnacidos de los abogados del vascongado. Que tuvieron el descaro de contactar con su Santidad para que le pidiera clemencia al Caudillo por teléfono. ¡Pero su excelencia, claro está, se la denegó poco antes de fallecer!

Me pregunté para mí si su excelencia estaría en condiciones físicas y mentales de andar denegando o concediendo cosas a horas de morir.

—¿Puedo hacerle una pregunta? Sin que se moleste, es por pura curiosidad, páter —intervino Georgie—. ¿A usted quién le manda más: el Papa o Franco?

El padre Paulino se quedó inmóvil mirando boquiabierto a mi amigo, absolutamente bloqueado por lo imprevisto y descarado de la pregunta. Respiraba con dificultad, como si un grito le estuviera dando vuelta por el cuerpo pero no fuera capaz de expulsarlo por la boca.

—Se lo voy a preguntar de otro modo: Para usted, ¿quién es más: Franco o Dios? —remató Georgie.

De nuevo, el padre Paulino parecía absolutamente incapaz de escapar a voces de su indignado estupor. 

—En fin, me tengo que ir. El coronel García Zarco me está esperando en mi despacho —zanjó Georgie—.  Vente, inglés, merece la pena que lo conozcas. 

Alfonso María García Zarco, miembro del tribunal militar que había juzgado y condenado a Aizkora, iba a asistir al espectáculo en representación de la autoridad militar. Después me enteré de que el tal Zarco había ganado un cierto renombre —efímero más allá de los círculos estrictamente militares— por su valor y arrojo en los combates que el ejército español había librado con guerrilleros marroquíes hacía algo más de quince años. De hecho, el diario ABC lo había bautizado como el León de Ifni.

–Rodríguez, ¡haga que me traigan algo de comer, que estoy con un café y nunca me ha gustado ver morir con el estómago vacío! –con esta absurda fanfarronada culinaria nos recibió el coronel.

–Por supuesto, ¿quiere que le hagan una tortilla francesa?

—¡Tortilla francesa mis cojones! Los únicos que comen huevos antes del mediodía son los hijos de la Gran Bretaña. Además, a mí, comer una tortilla que no sea a la española siempre me ha parecido una traición a la patria.

—Entiendo. Pues le iba a ofrecer un croissant, pero mejor no, que igual me manda fusilar –es sorprendente y natural la cantidad de chistes tontos que se hacen sin querer en situaciones de máxima tensión—, así que ahora mando que le traigan un poco de pan tostado con aceite, de Jaén, por supuesto. Por cierto, mi coronel, yo no sé si, dadas las circunstancias, se debería seguir adelante con la ejecución…

Mi diagnóstico se confirmaba. Se le habían pasado todas las ganas de pasaportar al vasco.

—¿Circunstancias? ¿Qué circunstancias, Rodríguez? —rugió el León.

—Su excelencia el jefe del estado acaba de fallecer y…

—Su excelencia el jefe del estado fue quien sancionó la sentencia y su voluntad será ejecutada al amanecer. No hay más que hablar. Remate los últimos preparativos y terminemos con esto de una vez —resultaba evidente que para privarle a Franco de un gustazo póstumo habría que pasar por encima del cadáver del coronel.

Georgie asintió sumiso y dócil como un párvulo recién regañado. Se sentó en su butaca y clavó los ojos en la ventana.

–Ya es casi de día —susurró como si aquello no tuviera la más mínima importancia.

—Venga, el coronel tiene razón: no tiene sentido alargar más esta maldita agonía…

Pero Georgie no reaccionaba, seguía absorto con la mirada en el cielo y la mente en cualquier otra parte.

—Esa pobre niña se va a quedar sin padre…¿Sabes a quién me recuerda? ¡A la Heidi, la niña de la tele, la de los dibujitos animados! Tiene hasta los mismos coloretes en los mofletes. ¿Echan Heidi en Inglaterra?

—¡No pienses en eso! ¿Me oyes? —exclamé al tiempo que le agarraba por las solapas de la americana—. Es la primera y fundamental regla de este negocio: no pensar en la familia del reo. La segunda es desterrar cualquier sentimiento de culpa: a ese tío le mata Franco o, mejor dicho, ahora le mata el príncipe Juan Carlos. Tú te limitas a indicar que giren una palanca. ¡El tal Juan Carlos ordena y manda!

Como si no hubiera escuchado mis sabias palabras, Georgie se quedó pensativo, al tiempo que se iba dibujando una estúpida sonrisa en los labios. Finalmente, me clavó una mirada peculiar —mitad pura locura, mitad esperanza convicción—.

—¿Tú sabes poner acento americano?

—¿Qué?

—¡Que si sabrías hacerte pasar por americano! Seguro que estás harto de ver películas de gánsteres y vaqueros. ¡No puede ser tan difícil!

Había llegado el momento de contactar con el doctor Medina. La presión acaba de partir en dos a mi pobre amigo. A ver si le quedaba un poco de calmante del que le había chutado al carnicero.

–Estate un momento aquí tranquilo, que voy a buscar al médico. Me parece que estás teniendo algún problema de serenidad…

—¡Qué coño problema de serenidad! Lo que tengo es un plan para detener la ejecución.

Confirmado, había que meterle algo en vena y con urgencia.

—Sí, sí, por supuesto. Espérate aquí un segundo, que ahora vengo.

Ahora era yo el que se veía bruscamente sujeto por la chaqueta.

—¡No me he vuelto loco, joder! En mi puta vida he estado más cuerdo. Admito que se me acaba de ocurrir un plan que es una locura, pero una locura genial. Sólo te pido que me escuches.

Asentí. Después de todo, si se le concede una última voluntad al condenado a muerte, también parecía justo hacer lo propio con el que va dirigir su muerte.

—Mira, estoy seguro de que si pudiera hablar con el príncipe, sería capaz de convencerle de que parara todo esto. El problema es que me figuro que en estas circunstancias es prácticamente imposible contactar con él, salvo que se trate de una llamada del presidente Ford en persona. Y ahí es donde entras tú: vamos a llamar al mismísimo palacio de la Zarzuela y tú te vas a hacer pasar por un ayudante de la Casa Blanca: el señor presidente quiere hablar con urgencia con el príncipe Juan Carlos para felicitarle por su inminente subida al trono. Cuando logres que se ponga, pásame el auricular, yo me encargo del resto.

Me quedé mirando fijamente a Georgie con mi mejor gesto de incredulidad. Embarcarme en una completa locura por hacerle un favor a un amigo: la especialidad de la casa.

—¿Tienes el número?

—Sé donde conseguirlo. Rápido, no tenemos ni un segundo que perder.

Coló. Lo crea o no, coló. Ya le dije a usted que el inglés y los españoles son enemigos absolutamente irreconciliables. También contribuyó el hecho de que nadie pareciera ser consciente de la hora que era en Washington DC en aquel momento. La verdad es que lo más complicado fue aguantarme la risa ante mi torpe imitación de John Wayne. Pensado en frío, no fue tan difícil que la cosa saliera bien. Ante la absoluta confusión que debía de reinar en palacio en aquellos momentos, lo más sencillo para toda aquella gente tan aturdida era obedecer. De hecho, pasé por tres interlocutores antes de que alguien se pudiera dirigir a mí en un inglés mínimamente decente. El complejo de inferioridad que a todo buen español le entra cuando le hablan en inglés hizo el resto.

—Don Juan Carlos, is that you, sir? Hold on for a second, please. President Ford wants to congratulate you.

Me mascaba la expectación al otro lado de la línea.

—¡Vete a buscar al coronel cagando leches, inglés!...¿Príncipe don Juan Carlos? ¡No me cuelgue, por favor! Mire, soy el director de la prisión provincial de aquí, de Burgos. Me llamo Jorge Rodríguez Real…¡No me cuelgue, por su padre Don Juan se lo pido! Es que dentro de un rato vamos a darle garrote a un fulano, me figuro que usted ya estará al tanto, y, de acuerdo que es un cabrón y un asesino, pero también es el padre de una niña muy pequeñita que se parece a la Heidi…la niña esa tan rica de la tele, ¿sabe? Y, bueno, pues que la pobre criatura no tiene la culpa de que su papá sea un cabrón y un asesino. Porque eso es lo que son todos los que matan: unos cabrones y unos asesinos. Y eso lo era el otro, pero usted no, majestad. Yo sé que usted no es así. ¿A qué no me equivoco? ¿Quiere usted ser recordado como el monarca que inició su reinado matando? ¿A que no?…Mi coronel, tenga la bondad de ponerse al teléfono. Quieren hablar con usted.

—¡Coronel García Zarco al aparato! ¿Con quién hablo? ¿Cómo dice? ¡Hostias! Perdón, eh…a las órdenes de su majestad —esto último lo dijo al tiempo que emitía un sonorisísmo taconazo. Me resultó casi hasta enternecedor contemplar la cara de dócil sorpresa con la que el fiero León del Ifni asentía rítmicamente al teléfono al tiempo que recibía las órdenes–. Si, sí, por supuesto, majestad. Así se hará. Siempre a sus órdenes, Majestad —colgó—. ¡La borbona esta de los cojones! ¡Traicionando la última voluntad del Caudillo! ¡La zorra roja que lo parió! ¡Mal empezamos, mal empezamos! 

Parecía que, después de todo, el tal Juan Carlitos podía hacer pipí el solito, sin necesidad de que nadie le diera permiso. Como tantas cosas, la historia oficial poco tuvo que ver con la realidad. Los periódicos y los historiadores jamás han hablado una palabra de la astuta estratega de mi buen amigo. Quizás porque la desconocen, quizás porque no interesa revelarla. Ni lo sé, ni me importa. Un secreto incómodo más.

George me acompañó personalmente al aeropuerto esa misma tarde.

—Lamento haberte hecho venir para nada.

—Lo creas o no, en mi profesión nos encanta hacer viajes en balde.

—¡Pues tu colega bien cabreado que parecía!

—Ese matarratas no es de mi profesión.

—Con un poco de suerte, se va a quedar en el paro.

Sonreí.

—Por cierto, ¡al final no me trajiste los churros!

—¡Vete a la mierda, inglés! 

Me gustaría cerrar este relato con la nota optimista de que Jon Albiscoetxea se regeneró por completo y terminó siendo un ciudadano ejemplar que regentaba una tienda de artículos fotográficos en su localidad natal, o, al menos, rematar con el muy neutro “nunca supe más de él”. Por desgracia, no puedo hacerlo. El 6 de marzo de 1988, Jon Albiscoetxea, alias Aizkora, moría junto a dos integrantes del IRA norirlandés en un enfrentamiento con un comando británico en Gibraltar. Se sospecha que los terroristas irlandeses se habían desplazado al peñón para cometer un atentado y su viejo amigo Aizkora les estaba proporcionando apoyo.

Si es que hay gente que no escarmienta, leñe.


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