NAVIDAD EN EL PATÍBULO

NAVIDAD EN EL PATÍBULO


Manchester, diciembre de 1950


Sí, yo personalmente colgué a Walt Sharper, y hay gente que me envidia por ello. No tienen ni idea de lo que dicen. No me siento orgulloso de muchísimas cosas que he hecho —o tenido que hacer— durante mi vida, y me avergüenzo de algunas de ellas, pero no creo que haya nada más triste que lo de haber matado a Walt Sharper.

 

¿No le conoce usted? Claro, ha pasado casi medio siglo de todo aquello, y su fama —por muy mala que sea— se ha apagado como los colores de una fotografía barata. Si investiga un poco, descubrirá que Walt Sharper fue un perdedor de vida gris al que un aciago día le dio por querer llamar la atención (pocas especies tan peligrosas como esta sobre la faz de la tierra). Secuestró a una pobre niña indefensa de manera totalmente aleatoria, la acuchilló y escondió el cadáver, salvo los preciosos e inconfundibles ojos azules de la cría. Esos se los llevó a la comisaría para demostrar en el momento de entregarse que había cometido el crimen. Fue condenado a muerte y hasta el último momento se negó a revelar a la familia qué había hecho con los restos de la pequeña. Por tanto, aquellos pobres padres jamás pudieron enterrar a su pobre hija como es debido.


Por si no fuera suficiente, en su inmenso afán de llamar la atención aquel sujeto había pedido como última voluntad que lo ahorcaran el día de Nochebuena. Resultaba de lo más chocante, pero no había ningún impedimento legal, así que el juez responsable decidió concederle el caprichito. Para remate de la faena, el tal Sharper había donado su cuerpo a la ciencia para que lo investigaran. Supongo que con el fin de intentar hallar las raíces de la estupidez y la crueldad humanas en grado extremo.


Y ahí es donde yo entré en escena. Me enteré de que había un encargo mucho antes de lo que solía ser habitual y, también de modo muy irregular: por la radio. Era una plácida tarde de diciembre y estaba tranquilamente enfrascado en un encargo en mi taller. Me sentía de buen humor, hasta creo recordar que silbaba al trabajar.


“En otro orden de cosas, el infame criminal Walt Sharper ha hecho pública, a través de su abogado, una insólita petición: ser ajusticiado el próximo día 24 de diciembre…”


Aunque, claro está, en este mundo cruel, hasta la mismísima BBC te juega una mala pasada a veces y te chafa el día.


Publicidad. Eso es lo último que quiero en un negocio como el mío. La publicidad atrae a curiosos, y los curiosos sólo traen problemas. Pero estaba claro que publicidad era lo que el tal Sharper andaba buscando —además de provocar—. Y el malparido iba a lograr ambas cosas.


“Ese cabrón quiere morir en Nochebuena y así será. Si no le mata el Gobierno, asaltaremos la cárcel y lo haremos nosotros personalmente”, en esas palabras de un tendero de Manchester para la BBC se resumía el sentir de una ciudad y un país, heridos por la crueldad de un asesino despiadado que había segado la vida de una niñita, y desgarrados por el dolor de unos padres que ni tan siquiera la habían podido dar sepultura.


Todavía no era seguro que me fueran a encomendar aquel trabajo, pero conocía al director de Strangeways, y en un caso de tanta repercusión no iba a arriesgarse a que las cosas no se hicieran bien. Y el que mejor hacía las cosas era yo. De nuevo, perdone mi falta de modestia. Nadie ahorcaba en este país como servidor, aunque me esté mal decirlo y me incomode pensarlo.


En efecto, un par de días después, un portavoz del Ministerio del Interior anunció que la última voluntad del condenado sería respetada, y que la ejecución tendría lugar el 24 de diciembre a las 9 de la mañana. Era la única manera de evitar gravísimos disturbios (esto último no lo dijo, pero todo el mundo lo sabía).


Esa misma tarde, recibí una llamada telefónica muy inusual, pero del todo esperada.


—Sé que este no es el conducto reglamentario, pero esta vez el asunto no se podía resolver por carta certificada.


—Estoy de acuerdo, señor director.


—¿Ha leído la prensa?


—Sí, parece que soy un héroe nacional.


—Usted sabe mejor que nadie que hay que mantener una discreción absoluta.


—Descuide. Yo soy el primer interesado.


—También sería una buena idea que viniera a Manchester un par de días antes, y en un vehículo particular no marcado.


—Sin problemas.


—Entonces, tema cerrado. Le mandaremos la carta de todos modos. Hay que satisfacer a los burócratas. Les chiflan las formalidades.


—Sólo una cosa, señor director. ¿Quién será mi ayudante? No quiero un novato. No me lo puedo permitir esta vez.


—Hemos pensado en Hamps.


Jimmy Hamps ya había trabajado varias veces conmigo, y tenía lo que hay que tener para este oficio. En cierto modo, lo consideraba como mi "heredero".


—Excelente elección. Muy bien. El 22 me iré para allá.


—¡Y procure que nadie sepa de su presencia!


—Descuide, señor director.


Terminé la llamada y, de inmediato, volví a tomar el auricular para marcar otro de los pocos números que me sabía de memoría.


—¿Peabody? ¿Cuánto tiempo hace que no ves a tus primos de Manchester?


Bernie Peabody, fiel a su estilo, no hizo preguntas. Se limitó a asegurarme que pasaría a recogerme bien tempranito el día indicado.


Recorrimos las primeras decenas de millas en completo silencio, lo cual no me importaba, pues soy de los que prefiere un buen paisaje a una mala conversación. Pero estaba claro que a Peabody algo le reconcomía por dentro. Natural, a toda la nación le pasaba lo mismo. Finalmente, se decidió, y, hasta para ser indiscreto, Peabody resultó ser de lo más discreto.


—¿Crees que el tío ese al final dirá dónde está el cuerpo de la cría?


Lo dejo caer de un modo desinteresado y casual, como quien habla del clima en Cambridgeshire, como si todo el asunto a él le resultara indiferente, y a mí me pillara tan de lejos como a cualquier inglés de la calle. Pero estaba claro que Peabody, al igual que todo el país, albergaba la esperanza de que en el último instante a Sharper, mirando a la cara a la Parca —encarnada en mi persona—, se le ablandara el corazón y desembuchara qué había hecho con los restos de la pobre niña.


En ese momento, se me vino encima una responsabilidad para mí desconocida en mi tarea. Estaba más o menos hecho al peso que supone tener que despachar al reo con limpieza y rapidez, pero sacarle información al susodicho...A eso no estaba acostumbrado. ¿Debía susurrarle la pregunta, o, incluso, amenazarle con una muerte lenta y dolorosa para que cantara? De sobra sabía que la visión del lazo tenía un inmenso poder sobre la voluntad de las personas, pero… ¿era moral, estaba justificado hacer todo eso? Justificaciones morales: cuando uno se dedica a ahorcar gente, prefiere no pensar en ellas.


De repente, empecé a sentir la necesidad de encontrar el cuerpo de la niña antes de enfrentarme a Sharper, a toda costa. Tenía la sensación de que, de lo contrario, no iba a ser capaz de pasaportar a ese sujeto. No ignoraba que la tarea era prácticamente imposible. Pero en la Guerra también había llevado a cabo alguna que otra.


Entonces me percaté de que no había dado respuesta a la pregunta de Peabody, quien, respetuoso como era, no me había insistido.


—No sé, nunca se sabe...Por cierto, si tú fueras el tío ese, ¿qué habrías hecho con el cuerpo?


—Pues lo que hago con todos, llevarlo a un cementerio y enterrarlo.


Peabody, siempre tan rotundamente obvio en sus respuestas.


¿Cómo me las iba a arreglar para localizar lo que todo el condado llevaba meses buscando? No debía quedar un palmo de tierra sin remover en todo Manchester y Lancashire, ni tampoco una pista por seguir o un chivatazo por investigar.


No tenía ni idea, pero contactar con mi Hombre en Strangeways me pareció un buen comienzo. A ver qué me contaba del tal Sharper.


—Un pobre diablo al que se le cruzaron los cables, eso es lo que es. Un pringado que quiere jugar a los asesinos fríos y despiadados, pero a mí no me engaña. No es más que otro perdedor solitario, cobarde y acomplejado que paga su fracaso con lo más débil y querido de la sociedad.


—¿Crees que puede que no actuara solo?


—Ni idea, con esa gente nunca se sabe.


—¿Qué hay de visitas?


—Un reverendo y su abogado. A los periodistas pesados el jefe les dice que no, estamos hasta el gorro de darle tanta publicidad a ese tipo.


—¿Sabes la parroquia de ese reverendo?


Holy Trinity en Westlake. Con ese nombre no iba a ganar ningún premio a la originalidad. A la entrada del pequeño templo, un agente de policía se dirigió a mí.


–Disculpe, ¿qué desea?


–Me gustaría hablar con el párroco.


–¿Está usted citado?


Aquel nivel de seguridad en la puerta de una iglesia resultaba absolutamente inaudito. Sin duda, se había corrido el rumor de que el director espiritual de Sharper era el titular de la parroquia.

 

“No se preocupe, agente. Que pase”.


Mi salvoconducto venía de parte de un sacerdote que tampoco era un prodigio de originalidad en su aspecto físico: anciano, calvo y de cara dulce detrás de unas gafas pasadas de moda.


—Supongo que es usted periodista. Lo siento, no tengo nada que declarar.


—No.


—No me engañe.


—No lo hago. Jamás le mentiría a un vicario de Dios.


—¿Es usted creyente?


—Como cualquiera que hubiera oído cómo rezaban ciertas personas en ciertos momentos en los que yo he estado presente.


—¿Estuvo en la Guerra?


—Sí, también.


—Entonces, si no es de la prensa, ¿qué desea de mí?


—Que me ayude a encontrar el cuerpo de esa pobre niña.


—Lo lamento, pero no le voy a ser de ninguna ayuda. Toda la información que puedo dar ya se la di a la Policía en su momento. Y ahora, si me disculpa, estoy muy atareado. Ya sabe, la Navidad.


Yo no quería "toda la información que puedo dar", sino "toda la información", a secas. Pero, de momento, estaba claro que no me la iba a facilitar. Volvería a por ella, a su debido tiempo.


–Por supuesto, padre.


–Ah, y, por favor, recuerde que las visitas al cementerio de atrás están terminantemente prohibidas por el momento.


Mi gesto de extrañeza ante tan inusual prohibición fue contestada por el agente de la policía.


–No queremos curiosos en la tumba de la pobre niñita.


–¿La tumba? 


–¿En qué país vive usted? Todo el mundo sabe que Sharper y su víctima pertenecían a esta parroquia.


–Pero…tenía entendido que sus restos no habían aparecido.


–Los padres decidieron dar cristiana sepultura a sus ojos. Sin duda, se tendrán que conformar con eso.


No si yo podía evitarlo. 


—Ya, entiendo. En fin, disculpen las molestias.


Tenía la firme e inquietante convicción de que el vicario sabía mucho más de lo que decía, y me preguntaba cuál sería la razón de que un hombre de Dios permitiera que aquel cuerpo siguiera escondido, incluso a costa del agónico sufrimiento de unos padres.


Terminado mi primer encuentro con el vicario, me volví de inmediato a la prisión de Strangeways, pues deseaba terminar cuanto antes con todos los preparativos de la ejecución. Así podría centrarme del todo en mis pesquisas.


De entrada, mi hombre en Strangeways me reveló lo que yo ya no ignoraba:


—¿No sabías que la pobre niña y ese carnicero de Sharper iban a la misma parroquia? Se conocían de vista. Mucha gente le criticó al cura por venir a darle asistencia espiritual a la cárcel, por otro lado, me cuesta creer que una alimaña pueda atreverse a rezarle a Dios, pero el curita dice que el único con derecho a juzgarnos es el Señor. 


—Me temo que está en lo cierto.


Mi hombre en Strangeways se limitó a encogerse de hombros con cara de irritado.


—Por cierto, Sharper tiene visita nueva: un tal doctor Edwards, es un loquero de esos. Especializado en asesinos. Se están entrevistando. Así tendrá más datos a la hora de sacar conclusiones cuando investigue su cuerpo. Será el encargado de hacerse cargo del fiambre de él tras su muerte. Sharper ha decidido donarlo a la investigación científica. Sin duda, más leña al fuego de la autopropaganda para ese tipejo.


Me asomé a una pequeña mirilla situada en la puerta de la celda. Es un proceso habitual que nos permitía ver al condenado con discreción, y poder evaluar su peso y constitución física, los dos aspectos claves del asunto.


En efecto, Sharper —enclenque, encorvado, pálido y con poco pelo— no parecía la imagen estereotipada del frío criminal, aunque, por otra parte, la mayoría de ellos no tienen pinta de asesino. Se lo digo yo. Junto a él, el tal Doctor Edwards le hacía una pregunta tras otra, a las que recibía respuestas poco entusiastas, que el médico anotaba en una libreta.


Decidí que las conclusiones de Edwards me podían ser de cierta utilidad, por lo que me quedé charlando con mi hombre en Strangeways hasta que, por fin, se abrió la puerta de la celda.


—¿Qué le ha parecido, doctor?


—Un sujeto de estudio interesante. Estoy deseando diseccionar su cerebro —contestó con ese aire de superioridad de ciertos profesionales de la medicina.


"Enternecedor", pensé.


—¿Opina que revelará el paradero del cadáver antes de morir, doctor? —intervine.


—¡Yo sólo soy un simple médico psiquiatra, no un adivino!


¡Qué simpático!


—¿Cree que lo hizo solo? —insistí.


—¡Por supuesto que sí! Estos tipos son siempre unos inadaptados sociales, no saben hacer nada en compañía. Viven su penosa existencia con el crimen latente y reprimido en sus cerebros, hasta que algún acto aleatorio y en apariencia inocente hace que la bestia despierte. El sujeto no me ha querido dar más datos, pero apuesto a que la pobre niña se rio del color de su pajarita o algo similar… —me contestó visiblemente irritado.


“¡Deje en paz al doctor, haga el favor!”


Ese ruego tan inquietantemente amenazador provenía de un curioso cruce entre el típico campesino irlandés y un gorila común. Aquella criatura había surgido de la nada y, tras cogerle el maletín al tal Edwards, ambos desaparecieron a toda velocidad por la puerta de la cárcel. La gente que se cree más de lo que son siempre va con mucha prisa, eso les hace sentirse todavía más importantes. Por una ventana observé cómo mi amigo el simio le abría la puerta de un auto a Edwards, para luego ponerse él mismo a los mandos. Por tanto, deduje que se trataba de una mezcla entre asistente personal, chofer y, por lo visto, guardaespaldas. Siendo su amo como era un científico, no descarté que aquel bicho fuera el fruto de algún delirante experimento a lo Frankenstein.


En suma, que el sabio sabiondo y su criatura del Averno me habían resultado del todo desagradables, por lo que decidí que había llegado el momento de hacer mi propio estudio psiquiátrico experimental.


Bajé al sótano de la cárcel, y capturé una de las ratas que tanto abundan por allí. La metí en un saco y le dije a mi hombre en Strangeways que la soltara en la celda del condenado.


—¿Estás loco? ¿Para qué?


—Sólo quiero probar una cosa. La dejas que dé un par de vueltas, y luego la matas como tú sabes.


—Pero...


—Esto está lleno de ratas, nadie sospechará.


Dicho y hecho, el bicho fue discretamente liberado en la celda, mientras yo observaba por la mirilla.


Estaba claro que el animal producía en Sharper repugnancia y miedo, pues se echó hacia el otro lado de la celda, al tiempo que gritaba: "Una rata, ¡mátenla, mátenla! Obediente y servicial, mi hombre en Strangeways cogió una escoba y se ensañó con el pobre roedor, hasta dejarlo convertido en una bola de pelo inerte impregnada de sangre por todas partes.


Entonces fue cuando Sharper empezó a vomitar y se mareó.


¿Y ése era el tío que había asesinado a una niña a sangre fría y le había arrancado los ojos de las cuencas con una navaja?


Antes de finalizar la jornada, me fui con Peabody a tomar un par de pintas (o tres). Él estaba del todo indignado (algo nada usual).


—¡Me ha dicho mi primo Andy que ese tío ha dejado instrucciones precisas para que, después de que los científicos terminen, sus restos sean enterrados en sagrado! ¿Y la pobre niña qué? ¿No tiene ella el mismo derecho a descansar en paz?


Olvidé mencionar que los familiares de Peabody en Manchester también estaban “en el negocio”.


—Sí, desde luego es una vergüenza.


—¡Verás cuando se entere la gente!


—Oye, ¿tus primos saben algo de cuando enterraron los ojos de la cría?


—No, según me dijo mi primo, la cosa fue muy privada, con toda la policía rodeando el cementerio para que no hubiera curiosos y dejaran a los pobres padres en paz. Sólo estuvieron ellos con una cajita con los ojos, el cura y un par de trabajadores del cementerio para tapar el hoyo. Los reporteros lo único que pudieron conseguir fueron imágenes, y desde lejos, de la comitiva a su llegada y cuando se fueron, los pocos pasos desde los coches policiales hasta la puerta del cementerio. Incluso así, la cosa fue muy triste: la madre no paraba de llorar a gritos.


Por pura curiosidad, me acerqué a una biblioteca en busca de algún periódico de aquel día, y, para mi inmensa sorpresa, descubrí en un par de las las imágenes del reportaje —y con la oportuna ayuda de una lupa— que una de las personas que integraban el grupo parecía ser un viejo conocido: mi nuevo amigo el gorila personal del doctor Edwards. ¿Qué diablos pintaba ese fulano allí? Lo ignoraba, y me parecía demasiada casualidad para ser casual. Un examen todavía más detallado de las imágenes aumentó mis sospechas de que algo muy raro había ocurrido durante el entierro. Había llegado el momento de retornar al lugar de los hechos.


—¿Usted otra vez? –me recibió el sacerdote con un gesto de cierto hartazgo –. Mire, creo que ya le dije que...


—Disculpe, vicario. Permítame que esta vez haga una presentación en condiciones: soy el último ser humano que va a ver con vida a Walt Sharper y creo que me merezco cierta información, toda aquella que me pueda facilitar sin quebrantar el secreto de confesión.


—¿Qué dice usted?


—¡Pues que soy el verdugo que va a colgar a Sharper y que exijo que me cuente qué está pasando aquí!


—No entiendo...


—Entiende de maravilla, vicario. ¿Por qué va a pagar Walt Sharper por la culpa de otros?


—¡¿Pero qué dice usted?!


—Pues que me parece que Sharper va al matadero como un pobre borrego sin rechistar, mientras que los verdaderos responsables de la muerte de la niña están libres y felices.


—¡No, él la mató, y sin cómplices! Aunque es cierto que no fue un crimen al azar, pues Walt Sharper conocía a la niña desde hacía un par de años. La vio por primera vez cuando ella cantó en un festival navideño de la parroquia, y desde entonces estaba obsesionado. Nada feo, no piense mal. Era como su hija, la hija que siempre deseó pero jamás pudo tener.


—Pensaba que Sharper está soltero...


—Sí, claro que lo está. ¡Qué tendrá eso que ver!


—Ya.


—Sharper la visitaba con mucha regularidad. Siempre tomando todas las precauciones para que nadie lo viera entrar o salir. Le hacía regalos y esas cosas.


—¿Seguro que no había nada más detrás de esa pasión?


–¡Por supuesto que no, Sharper es un alma pura, un ser inocente en busca de alguien a quien darle amor! Solo quería sentir la ilusión de poseer una familia.


—¡Pues, para ser puro, cómo se ensañó con ella!


—Él mismo está avergonzadísimo de lo que hizo...Por eso desea morir, y por eso no quiere que nadie vea cómo dejó el cuerpo de la pobrecita. No entiende qué le pasó, no es capaz de explicárselo, sólo recuerda que se le cegó la razón y perdió el control de sus actos por completo.


—Quizás es que se rio del color de su pajarita.


—¿Cómo dice?


—Nada, vicario, cosas mías. En fin, gracias por todo y hasta mañana.


—Oiga...No sé cómo decir esto...


—Descuide, le garantizo que todo será muy rápido. Él no sufrirá, casi ni se dará cuenta.


—Gracias.


—Y, por cierto, perdóneme por anticipado: me temo que mañana no tendré tiempo de darle los buenos días


Puse rumbo a Strangeways, pues es costumbre hacer noche en la propia cárcel antes de actuar. Me iba sin “toda la verdad”, —y me temía que con una o dos mentiras piadosas— pero ya tenía la suficiente".


—Buenas, jefe. ¿Cómo está?


Hamps siempre me trataba con reverencia. La misma con que yo me dirigía a mi Maestro de Hamelin. Me estaba esperando en un cuarto que tenían preparado para que los verdugos pernoctaran la noche previa a la ejecución. Afuera, una peculiar multitud —mezcla de defensores y detractores de la pena de muerte, periodistas y curiosos en general— montaba bulliciosa guardia. Para eludir a dicho gentío, yo había efectuado mi entrada en Strangeways en un discreto furgón celular que había ido a recogerme.


La rutina era bajar a revisar que todo estuviera correctamente preparado para la ejecución, cenar, charlar un rato de fútbol o jugar a las cartas, y luego irnos a dormir en espera de que nos llamaran a las 7:30 de la mañana.


Fue en mitad de una partida que entró mi hombre en Strangeways.


—¡La madre que lo trajo, villancicos!


—¿Cómo?


—¡El maldito Sharper, que dice que quiere pasar su última noche oyendo villancicos!


—¿Y qué vais a hacer?


—¡Pues cumplir con el deseo, no nos queda otra! Ya hemos bajado un tocadiscos y un disco que he tenido que ir a comprar.


Puede que le sorprenda que tanto  Hamps como yo pudiéramos conciliar el sueño aquella noche. La verdad es que las primeras veces cuesta, pero la experiencia obra milagros en cualquier profesión.


A la hora convenida, nos despertamos, nos aseamos, nos vestimos, desayunamos, hicimos las comprobaciones de ultimísima hora y a las 9 menos un minuto exactamente llegamos a la puerta de la celda.


Setenta minutos después, el médico de la prisión salía por la puerta de la celda después de haber declarado a Walter Sharper oficialmente muerto.


Las últimas palabras de Sharper —“¡Voy contigo, mi niña! Nuestros cuerpos y nuestras almas juntas por toda la eternidad”— no paraban de resonar como por toda mi cabeza como las campanas de un pueblo. Las palabras, la ilusión en sus ojos, la felicidad en sus labios…


Ya estaba bien de hacer el tonto melindroso, decidí que había llegado la hora de poner todas las cartas sobre las mesa.


Hamps y yo nos quedamos para preparar el cuerpo, que vendrían a recoger de la Universidad de Portstone. Nos informaron de que el doctor Edwards en persona supervisaría el traslado. Excelente.


Para garantizar el anonimato de nuestra salida de la prisión, donde seguía todo aquel circo, propuse al director que nos dejara salir a Hamps y a mí en el vehículo enviado por el centro universitario, lo cual le pareció una excelente idea. Terminada la operación, el coche salió apresuradamente de Strangeways, con mi amigo el simio al volante.


—¿Dónde les dejamos? —preguntó el eslabón perdido celta.


—A mí por el centro me viene bien –contestó Hamps.


—Yo voy cerca de Portstone, así que haré todo el trayecto con ustedes.


Me dejaron a la entrada de la universidad. Yo me metí en un pub con excelentes vistas a la calle y pedí una pinta. Ya era sólo cuestión de esperar.


Como un par de horas después, el doctor Edwards y su mascota humana salieron por la puerta, en dirección al lugar donde tenían aparcado el coche. Yo abandoné rápidamente aquel pub para ir a su encuentro.


Este es el momento de que le revele que, por motivos de defensa personal, a los de mi gremio nos dejan llevar un revólver encima, toda una excepción en un país como el Reino Unido, donde ni a los policías de a pie les está permitido portar armas de fuego.


Me situé a la espalda de Edwards y le clavé el cañón de mi pistola en el costado.


—Bien, doctor, continúe caminando hacia su coche, por favor.


—Pero...¡Usted es...! ¿Se ha vuelto loco? ¿Qué quiere?


—Que monte, se calle y le ordene a su asistente que ponga rumbo a un cementerio. De sobra sabe dónde está. Vamos a hacer una visita a la tumba de esa pobre niña.


A la llegada a la iglesia, decidí que no tenía ganas de tonterías. 


—Buenas de nuevo, padre. Estos amigos y yo vamos a pasar un rato al cementerio. Por favor, dígale al señor agente que no nos moleste.


Boquiabierto, el sacerdote se limitó a asentir y hacerle un gesto al policía para que no interviniera.


Los camposantos suelen ser lugares solitarios y discretos, máxime en el día de Nochebuena al mediodía. Allí no había absolutamente nadie. Forcé a Edwards y su mascota a dirigirse al lugar donde habían enterrado los ojos de la niña, pasando antes por un cobertizo de material para tomar prestado una pala.


—Bien, ahora, poneos a cavar.


—¡Está usted totalmente loco!


—¡Venga, malparidos! ¡Lo que vosotros metisteis, vosotros lo vais a sacar!


Edwards y el otro se quedaron blancos.


—¿Qué tonterías dice? —balbuceó.


Saqué un recorte de prensa que llevaba en el bolsillo y que había sustraído convenientemente.


—Aquí está usted entrando, señor ogro. En un muy discreto segundo plano, eso sí. Y con un saco al hombro. El de al lado que se cubre el rostro con una gorra me figura que es usted, don doctor. ¡Ah, miren las fotos de la salida! ¿Dónde está el saco, amigo?

 

A punta de pistola y, en especial, a punta de verdad, el dúo se puso a cavar con la pala sin abrir el pico. Al poco tiempo, apareció el pequeño féretro con los ojos de la niña.


—¿Satisfecho? —me dijo desafiante.


—¡Sigue, más profundo!


—¡Está usted loco! Y, créame, de eso yo entiendo mucho…


—¡Tú sí que tienes un problema mental gordo! ¡Cava o te juro que te pego un tiro y aquí mismo te doy tierra aprovechando el hoyo!


Después de un corto rato de trabajo forzado, apareció lo que sin duda era el saco de la foto.


—¡Tráelo aquí y ábrelo!


Mis sospechas se confirmaban: contenía los restos de una niña.


—La deberíamos haber enterrado más profundo… —suspiró Edwards entre sollozos.


Era el momento de que el Doctor Edwards cantara un poco de verdad de la buena:


—No me especialicé en ciertas psicopatologías graves y desagradables por morboso capricho. Mi deseo era y es ayudar a determinar sus causas y síntomas, con el fin de contribuir a proteger a la sociedad en general y a los niños en particular. Pero los relatos que me daban los pervertidos entre rejas  —o sus cadáveres— no me bastaban, debía estudiar su comportamiento mientras estaban en activo. Fue por eso que tomé la arriesgada pero vital decisión de infiltrarme en su mundillo. Así conocí a los padres de esta pobre niña. En principio, sólo permitían a los degenerados que la toquetearan o la vieran desnuda por una cierta suma.


¿Sólo? Tendría gracia si no fuera tan repugnante.


—A mí, a cambio de otra suma, me facilitaban datos e información sobre sus clientes para poder usarlos en mis investigaciones. Pero alguien muy importante se encaprichó de ella y les ofreció mucho, muchísimo dinero por ir más allá. A los padres les cegó la codicia, y accedieron.


¿Les cegó la codicia? Se me estaban revolviendo las tripas, lo cual tenía su mérito, dado mi historial de combates cuerpo a cuerpo en la guerra y ahorcamientos en la paz.


—El caso es que a aquel tipo se le fue la mano y destrozó a golpes a la niña. Los padres no podían llamar a la Policía, pues aquello significaría que ellos mismos también irían a la cárcel, y ya sabe cómo tratan en prisión a ese tipo de gente.


Algo había oído.


—Así que recurrieron a mí, sabían que era médico y me pidieron ayuda para simular que la muerte había sido accidental. Yo les dije que eso era del todo imposible, ellos me amenazaron con denunciarme también si no los ayudaba. Y entonces, cuando estábamos todos hundidos por los nervios y la desesperación, apareció el infeliz de Sharper, de visita imprevista, como tantas y tantas tardes. Traía unos pastelitos de crema, los favoritos de la pequeña. Le contamos que la niña había tenido un accidente y se había matado, y le entró la crisis de ansiedad más brutal que he visto en todos mis años de ejercicio. Se puso a chillar que él no quería vivir sin su niña, que se quería morir. Entonces fue cuando el padre tuvo la idea. Le propuso a Sharper que confesara que la había matado, con el fin de que no los acusaran a ellos de homicidio involuntario y, lo crea o no, el accedió. Le sorprendería lo que la gente hace en momentos de tensión extrema.


No, no mucho. Tengo cierta experiencia en el asunto.


—Así que pusimos todo el plan en marcha. Le contamos la milonga de que no podíamos entregar el cadáver a la Policía, porque entonces se darían cuenta de que se había tratado de un accidente y no un asesinato. A él le pareció buena idea, y puso como única condición para seguir con la farsa que se le garantizara que la niña sería enterrada en sagrado y, como sin duda le iban a ahorcar, a él con ella. Yo le hice mi más solemne promesa de que me ocuparía personalmente de ello, lo único que tenía que hacer era cederme su cuerpo con la excusa de la investigación. Lo de los ojos fue idea y obra mía, no se me ocurrió otra manera de probar el delito. Supongo que el resto ya se lo imagina.


En efecto, me lo imaginaba. Así que se confirmaba que Sharper era inocente. Yo ya suponía que no había sido el ejecutor material del crimen, pero pensaba que habría sido cómplice de un modo u otro. Pero no, no era así. Estaba totalmente limpio de aquella sangre. La sensación, la terrible sensación, de haber acabado con la vida de un inocente me subió de las tripas, me secó la boca entera hasta volverla veneno y me empezó a salir en forma de sudor frío por todo el cuerpo. Es la peor experiencia que conozco, algo que no deseo a nadie. No era la primera vez que la vivía, ni sería la última.


—Muy bien, doctor. Le voy a coger prestado el coche. Usted y su cromañón vuelvan a cerrar la tumba y váyanse a casa por su propios medios.


—¿Me va a denunciar?


—No lo sé todavía. Lo único que le garantizo es que espero que todo esto que me ha contado sea cierto. De lo contrario, le buscaré, y le encontraré.


A todo esto el padre contemplaba la escena desde una esquina del camposanto. No le dije nada. Me limité a pasar a su lado ignorándolo por completo. Ya me encargaría de él más tarde. Tomé el saco maldito y me lo eché al hombro. Papá Noel había llegado a la ciudad.


Edwards me había facilitado las señas de los padres de la niña. La casa era muy humilde, pero, al menos, tenía chimenea.


Reconozco que lo que hice fue un ejercicio de humor negro en extremo, pero no lo pude evitar. Escalé hasta el tejado con mi saco al hombro y me deslicé por el conducto, aprovechando que un tipo como yo siempre lleva una cuerda encima.


Allí estaban esos dos pajarracos, observándome con la boca abierta.


–¿Quién es usted?


–¿No lo adivina? Les traigo un regalo, tengo entendido que es algo en lo que están muy interesados.


Sin duda con exceso de teatralidad, deposité el saco sobre la mesa dando un sonoro golpetazo.


—¿Cómo..., quién..?


—Su amigo el loquero ha cantando de plano.


—¿Es usted policía?


—No, pero sí quiero que me digan inmediatamente quién mató a esta pobre criatura.


Pasado el susto inicial, y sabiendo que yo no era de la poli, aparentemente se le templaron los nervios al padre.


—¿Para qué? Es un pez muy, muy gordo. No podrá hacer nada.


—¿Tan importante es?


—Ni se lo imagina.


—Ya.


En esas circunstancias, preferí no saber nada más. Por mucha rabia que dé, en esta sociedad suya y mía hay una casta de intocables contra la que la ley oficial no puede hacer absolutamente nada. Y yo jamás he sido de los que se toman la justicia por su mano. (¡Qué irónico suena esto!)


—Sé que nos desprecia, señor, pero no nos juzgue si no ha pasado penurias… –intervino la madre—. Yo misma intenté vender mi cuerpo, pero nadie parecía muy interesado. Entonces, un anciano nos ofreció dinero por ver desnuda a la niña.


—¡Le juro que yo siempre estaba presente para que no le hicieran daño! ¡Y ella nunca se daba cuenta de nada, era como un juego inocente! —continuó el padre.


—Entonces aquel hombre nos ofreció lo que para nosotros era una pequeña fortuna. Una cantidad que nos permitiría que fuera la última vez. Nuestro sueño era abrir un pequeño negocio...


—¡Nos prometió que no la haría daño, y parecía tan cortés y formal! Pero, de repente, perdió el control. Intenté defender a mi niña, pero los dos esbirros que siempre lo acompañan me lo impidieron.


—¿Qué piensa usted hacer? Está claro que si nos fuera a denunciar, ya habría venido con la Policía.


—Tiene razón, pero ustedes me van a hacer un par de favores a cambio.


Cuando se dio la noticia del crimen, toda una serie de personas se pusieron muy nerviosas, pero se relajaron de nuevo cuando apareció el culpable y quedó claro que nadie iba a tirar de ningún hilo. A cambio de mi silencio, los padres de la niña me entregaron aquel hilo, el cual yo, a su vez, puse en las manos adecuadas. Todo esto se tradujo en un puñado de detenciones de gente despreciable y en que algunas niñas —y niños— se libraron de muy malos ratos.


El segundo favor, que contactaran con Edwards y certificaran que sus restos y los de la niña descansaban juntos. Era lo menos que podía hacer por ese pobre hombre. Me garantizaron que lo harían, quise creer que con lágrimas en los ojos.


¿Por qué no denuncié a aquellos dos tipejos a las autoridades? Pues bien, callé porque, juzgando por sus miradas, me pareció que aquellas dos personas ya tenían el alma y el corazón entre rejas —y con cadena perpetua—. No hay cárcel peor que ésa.


Y, después de todo, era Nochebuena.


No disponía de mucho tiempo, pues había quedado con Peabody para regresar juntos al sur, pero me parecía descortés irme sin decir adiós al vicario.


Lo encontré donde siempre, enfrascado en sus preparativos navideños. Se quedó mirándome fijamente, congelado, sin tan siquiera ser capaz de articular un saludo. Entonces bajó la mirada, puede que un tanto avergonzado.


—No voy a tratar de explicártelo, porque no lo entenderías. Pero debes saber que ha sido lo mejor, que era lo que él realmente quería. Era un pobre desgraciado, su vida había perdido totalmente su sentido con la marcha de la niña. Ahora está en un sitio mejor, y es plenamente feliz junto a ella. No sufras, hijo mío. No hay nada de lo que sentirse avergonzado o pesaroso. Hoy has hecho lo correcto, créeme que sí…De cierta manera, la voluntad de Dios se ha cumplido por tu mano. Y ahora, marcha, que éste no es día para estar lejos de casa.


—Pero…¿es justo que a un hombre tan bueno se le recuerde para siempre como a un sucio y despreciable criminal?


—¿Por qué tenemos las personas esa absurda e infantil obsesión por lo que los demás piensan de nosotros? ¡Solo deberíamos aceptar el juicio de nuestra propia conciencia y el del Señor! ¿Qué más da el recuerdo? ¿Qué importa lo de pasar a la Historia? ¡Eso no es más que una falsa y vanidosa inmortalidad! El único que de verdad vence a la muerte y nos hace eternos es Dios.


Me limité a asentir y tomar el camino de salida. No tenía sentido darle vueltas al asunto, lo que había pasado, el pasado era. Quién sabe, quizás el cura tenía razón.


—Hasta pronto —se despidió el cura. Sabía lo que se decía.


Llegué por los pelos a mi cita con Peabody. Él quería llegar a tiempo para cenar con su familia, por lo que corrió más de lo habitual, si es que a la velocidad punta de aquella lata con ruedas se le puede llamar correr.


Pasamos todo el viaje en silencio. Yo, absorto en mis pensamientos sobre todo lo que había pasado, impresionado por Walt Sharper y su comportamiento. Al mismísimo hombre en Strangeways, curtido en mil noches en capilla, le había llamado la atención el gesto de Paz y Felicidad con que había pasado sus últimas horas escuchando los villancicos, gesto que había conservado hasta el ultimísimo instante de su vida.


Sin duda, aquellos villancicos le recordaban el momento en que había conocido a su amada niña, en un concierto de Nochebuena. Y por esa misma razón había elegido morir en ese día, o, mejor dicho, partir para reunirse con ella.


Dicen que el Amor es la fuerza más poderosa del universo, y resultaba difícil no creerlo a la luz de esta historia. La de un hombre que había entregado la propia vida, y que había aceptado que lo recordaran con odio y asco como a un asesino, a cambio de marchar junto a su amada niña, y proteger a sus padres. Aquel parecía ser el destino de los hombres buenos de verdad: el sacrificio y la incomprensión. ¡Qué mundo, Dios mío!


Sí, un mundo sucio, injusto, canalla, desesperante… Al que, hacía ya casi 2000 años, había llegado un Niño con el fin de salvarlo. Y volvía cada año, esa misma noche. Pero, en aquella ocasión, no me lo recordaron ni las luces ni los adornos, ni tan siquiera los muchachos libres de escuela correteando por las calles. Fue Walter Sharper el que lo hizo. Y también el que me hizo comprender su verdadero sentido.


—¡Feliz Navidad, Peabody!


—¡Feliz Navidad!


Me quedé mirando como se alejaba el vehículo. En ese momento, me asaltó la risa al recordar las palabras de Peabody cuándo le pregunté qué habría hecho él con el cuerpo: “Pues lo que hago con todos, llevarlo a un cementerio y enterrarlo”. ¡Qué razón tenía!


Un par de meses después tomé el tren a Manchester y fui directo a la parroquia Holy Trinity en Westlake. Las cosas parecían haber vuelto a la normalidad, ya no había ningún policía en la puerta. El cura se percató rápido de mi presencia y, al tiempo que encaminaba sus pasos hacia el cementerio, me dijo: 


—Pensaba que vendrías antes.


—He estado un poco atareado.


—Ya, ya he leído los periódicos. El doctor Edwards estuvo por aquí. Me encargó que te dijera que se habían cumplido sus instrucciones tal y como tú las dictaste.


—Excelente.


Me detuve ante la tumba de la niña y deposité cuidadosamente algo que traía preparado: una orquídea y una rosa, ambas blancas.


—Adiós, padre.


—¿Volverás algún día?


—Puede. Vengo con cierta frecuencia por aquí por asuntos de trabajo...


—Aquí te estaremos esperando. Sospecho que eres mucho mejor persona de lo que piensas, y de lo que quieres que los demás piensen.


—Gracias, padre, pero eso no es difícil.





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