LA VENGANZA, ¿SOLA O CON AZÚCAR?

Londres, enero de 1962

La trágica historia de Amadeus Palmer había fascinado a los aficionados al género: el joven inmigrante jamaicano llegado a Inglaterra sin nada y que, tras años de lucha, seguía sumergido en la miseria. Entonces, se había enterado por casualidad de que un compañero de trabajo acababa de cobrar una bonita indemnización por despido cortesía de la todopoderosa azucarera Tate and Lyle,  y un maldito diablo le había susurrado al oído que se la robara. Era un gordo cincuentón, sería fácil; pero el tal gordo —John Webb— había defendido sus 300 libras con la vida. Los gritos de socorro de la víctima habían alertado a los viandantes, pero cuando llegaron ya era demasiado tarde. Únicamente vieron al criminal huir con una maleta que, sin duda, contenía el preciado botín (que, por cierto, jamás habían aparecido. Palmer siempre se había negado a revelar qué había hecho con él). La policía lo puso en el centro de sus pesquisas desde el primer momento. En aquellos tiempos no había mucha gente de raza negra en ese vecindario de Londres y, para colmo, estaba lo de que coincidía en la fábrica con Webb. No hizo falta ir a detener a Palmer. Él solito se entregó sin ofrecer resistencia y con cara de mucho susto, creyendo, de modo totalmente erróneo, que aquello le proporcionaría un poco de indulgencia judicial. Pero no: asesino confeso durante la comisión de un robo, horca de manual. Indignado con el sistema e irritado con el mundo en general, Palmer se había negado a hablar con nadie desde ese momento, su abogado incluido (como si no tuviera demasiado interés por eludir la soga).

No obstante, como empecé diciendo, fueron muchas las voces que se alzaron pidiendo clemencia para Palmer, esgrimiendo los típicos argumentos: desde los prejuicios raciales a lo injusta que es la justicia con los pobres. Obviamente, mi estimado matrimonio Dogan estaba entre ellos.

—¡Perra vida! Si Webb no se hubiera resistido de un modo tan absurdo... ¿Cómo pueden ser un puñado de libras más importantes que la propia vida?

—Si te parece, David, no cuelgo al fulano entonces. Mejor vamos con él al cementerio, desenterramos a Webb y que le pida perdón por haberse dejado matar.

—¡No es eso! Tú ya me entiendes…

—Perfectamente, pero pensamientos como ese hay que evitarlos en mi profesión. Es un puro asunto de higiene mental.

—Además, apuesto que si no fuera un pobre emigrante…

—¿Qué? ¿Que no le habrían condenado a muerte? ¡Repasa mi currículum, me he hinchado a ahorcar a British lads por lo mismo! Ese tipo le quitó la vida a un honrado trabajador recién despedido y la ley es clara al respecto.

—No obstante, seguiré luchando por su vida.

—Me parece de lo más loable y estupendo, pero hazlo no por el color de su piel o los números de cuenta bancaria, sino por el color de su sangre: roja como la de todo el mundo.

—Yo creo que hay esperanzas.

—Puede. ¡Ojalá tengáis suerte! Nunca me gustó madrugar.

Y lo cierto era que parecía que Amadeus Palmer salvaría el pescuezo. El ambiente era propicio, la opinión pública parecía muy a favor del indulto; al fin y al cabo, ¡estábamos ya en los 60 y lo de colgar criminales sonaba tan medieval! Hasta que un detalle casi anecdótico se cruzó en su camino para sellar su destino (y de paso, ahorrarle un problema bien gordo al Reino Unido —o puede que no—).

Ronnie Carson era un fulano que dominaba esa moderna forma de alquimia inventada por los medios de comunicación: transformar la mierda en oro. Su primera intención había sido conseguir que Palmer rompiera su silencio en exclusiva, pero, ante la rotunda negativa de éste, decidió enfocar el caso desde otro ángulo. Se enteró de que las Webb —Amparo, la viuda española, y Penny, la hija solterona— estaban pasando apuros económicos, ahora que el único jornal que entraba era la miseria que Penny cobraba como limpiadora a tiempo parcial en la fábrica de azúcar. En realidad, los Webb nunca habían estado bien de dinero —de hecho, hasta tenían de huésped desde hacía unos años a una compañera de trabajo en Tate and Lyle, e incluso la infeliz de Penny había sido sancionada por robar material del almacén de limpieza de la empresa—. El caso era que, con el habitual y bastardo pretexto de la justa labor social, Ronnie Carson se dedicó a airear en exclusiva para su periódico las miserias de la pobre señora. Las ventas subieron, sus jefes estaban contentos.

“Deberíamos comer del dinero que ese maldito asesino derrochó en vicios”. ¡Vaya titular! ¿No le parece? El caso es que el hombre (y especialmente, la mujer) de la calle se volvió contra el reo. Un par de honradas inglesas pasando estrecheces por culpa de ese sucio jamaicano. ¡Qué lo cuelguen, que se lo tiene bien merecido!

Obviamente, la campaña también llevó aparejada una suscripción pública entre los lectores para intentar aliviar la penurias económicas de las desdichadas Webb. La cifra fue bastante bonita, incluso después de descontarse la comisión del tal Ronnie Carson. En fin, ¿quién soy yo para juzgarlas? Todo el mundo es libre de mercadear con sus inmundicias.

No obstante, mi estimado matrimonio Dogan se puso en contacto con la señora Webb para intentar que hiciera una manifestación pública suavizando sus declaraciones y abogando por la clemencia para Palmer.

—Es inútil. Está emperrada —me comentó Mary Dogan al día siguiente del encuentro—. Estos españoles, siempre tan temperamentales… 

—Es comprensible —repliqué—. ¿Y la hija?

—Penny Webb es una pobre simple sin sal incapaz de enfrentarse a lo que diga su madre. 

—Ya.

—La única que demostró un poco de compasión fue la huésped que tienen en la casa, Kate Nellis se llama. Me preguntó si —ya sabes— sufriría mucho. Le dije que casi ni se enteraría.

—Sin el casi.

—Perdón, señor virtuoso. Parecía como si realmente le importara Amadeus…De hecho, sus palabras textuales fueron: “¿Le harán mucho daño a Akwamu cuando lo maten?”

—¿A quién?

—Akwamu. Al parecer, él prefiere que le llamen de ese modo. Seguramente todo el mundo en la fábrica lo hacía, así que Kate también. Es su nombre africano. Siempre decía en el trabajo que lo de Palmer es una herencia de los tiempos de la esclavitud. ¡Él es un afrodescendiente libre que lucha por la reparación y la dignidad de su pueblo! Ya sabes que los esclavistas europeos hicieron mucho daño en Jamaica.

—Todo un activista por los derechos humanos, por lo que veo. Bueno, menos el de la vida y el de la propiedad privada, claro está. ¡Típico de ese tipo de gente!

Mary Dogan ignoró mi comentario y prosiguió.

—En fin, que no se puede hacer nada. Lo cierto es que las pobres lo han pasado fatal. De hecho, la madre me confesó que han podido salir adelante gracias a que un compañero de Webb en la fábrica les pasaba cantidades de dinero de vez en cuando.

—Todavía queda gente buena en esta vieja isla.

—En efecto.

—¿Y Ronnie Carson no le ha ofrecido a esa alma caritativa entrar en el circo del periodismo sentimental? Seguro que podría recuperar lo prestado y sacarse un beneficio extra.

—La señora Webb ha dicho que su benefactor desea permanecer en el más completo anonimato. Ni siquiera ella conoce su identidad. Los sobres le llegaban siempre con una simple nota que decía: una ayuda de un compañero de tu marido.

—Lo dicho, que sigue habiendo gente decente suelta por el mundo.

—En cualquier caso, no creo que Carson se rinda tan fácilmente, seguro que ya está fisgando por la fábrica.

—Eso me temo.

Por mucho que Mary Dogan no le diera importancia, a mí eso de que la huesped se refiriera a Palmer por un nombre cariñoso y, para colmo, se preocupara por él me olía a chamusquina. Palmer era un muchacho alto, fuerte y razonablemente bien parecido. Además, que tenía un toque exótico que multiplicaba su atractivo sexual a ojos de una pobre señorita del East End londinense. Pero, por otro lado, una relación interracial se tenía que mantener en secreto que aquella Inglaterra tan cerrada de mente y pobre de corazón. Kate y Akwamu estaban liados, eso lo veía bien claro. Pero ¿estaba ella implicada en el robo? ¿Fue el cerebro? ¿Me encontraba, en suma, en presencia de una auténtica femme fatale de la clase trabajadora británica? ¡Muy probablemente! Y, además, supuse que había conseguido engatusar con sus encantos de tal modo al pánfilo de Akwamu que no denunciaba su participación en el golpe. Por otro lado, no sería extraño que Kate —carcomida por el remordimiento y la culpa— estuviera detrás de los misteriosos sobres anónimos con dinero, sospechaba que sacado directamente del botín del robo.

Yo no disponía de los medios para intentar desenmascarar y castigar a la pérfida Kate Nellis. Este era, evidentemente, un trabajo para Ronnie Carson. Me puse en contacto con él. Como usted se figurará, éramos viejos conocidos. En varias ocasiones, su buscador de porquería había intentado sonsacarme información sobre los últimos instantes de algún criminal notorio, aunque con un éxito más que limitado.

Para mí sorpresa, él recibió mi teoría con una sonora carcajada plena de soberbia y paternalismo.

—¿Palmer y Kate Nellis amantes? ¡Ja, ja, ja! ¡Espero que seas mejor verdugo que detective! Palmer es un invertido de libro. ¿No has visto cómo habla y cómo se mueve? ¡Pero si hasta insistió en peinarse antes de que le hicieran la foto en la comisaría! Si no me crees, pásate por algún baño público de Covent Garden y pregunta por la Anaconda Caribeña. ¡Malditos morenos, Dios fue generoso con ellos y no te oculto que me dan envidia! Lo llamativo es que matara usando la violencia, los de su calaña suelen tirar del envenenamiento, como las mujeres. Aparte de eso, el dinero se lo ha estado pasando el fulano que compartía máquina empaquetadora con Webb. El tal Webb era un activista político de izquierdas, un auténtico alborotador. Por eso, con el pretexto de que se iba a reemplazar la máquina que él operaba, le pusieron de patitas en la calle. No obstante, se quiso despedir con una venganza: manipular la máquina para hacer una tirada de sobres de azúcar en los que dijera “Tate and Lyle, explotadores asesinos”. Su intención era distribuirlos por todo Londres. A cambio de que no se chivara, Webb le dio a su compañero toda la pasta de la indemnización y se fue a casa para siempre con sus sediciosos sobrecitos de azúcar. Después del asesinato, el nota se sintió culpable por haber aceptado el dinero y le fue mandando pequeñas cantidades a la viuda. 

—¿Y cómo diablos has averiguado tú todo eso?

—Sencillo, sólo hizo falta escarbar un poco. Eso sí, el hado madrino me ha hecho prometerle que no le voy a contar a nadie de dónde sacó el dinero.

—Y tú, como siempre, respetando tus promesas. 

—Ya sabes que yo soy así.

—O sea, que Palmer mató a Webb a cambio de nada.

—No, exactamente: a cambio de un botín de sobres de azúcar revolucionarios. Pero supongo que es demasiado soberbio para admitirlo. ¡Me habría encantado ver su cara al comprobar que Webb no llevaba encima billetes, sino azúcar!

—Pero ¿por qué se resistió entonces Webb al robo?

—Seguramente no lo hizo, pero, ya se sabe, estos…negritos tienen demasiado músculo y demasiados pocos sesos. Me temo que le mató directamente, sin preguntar.

—Vaya, no sabía que, además de todo lo demás, fueras racista.

—¡Hombre, tanto como racista…! Yo prefiero considerarme ordenado.

Cuando crees que no puedes tener más asco por una persona, va y te sorprende.

—¿Y cuándo vas a terminar de traicionar al tipo de la fábrica y publicar la noticia bomba?

—Voy a esperar al día de la ejecución. Será el momento en el que el tema estará más caliente y, además, quizá pueda localizar alguno de los sobres para ilustrar el reportaje. En la pensión donde vivía no están. La policía registró a conciencia en busca del dinero de la indemnización y mis contactos me informan de que no había sobres de azúcar. Parece claro que Palmer, asustado, simplemente los tiraría por ahí —no dejaban de ser una prueba del delito—, y quizás alguien del barrio los vio y se los llevó a casa. Me encantaría preguntarle al caníbal qué hizo con ellos, pero ya sabes que se niega en rotundo a hablar con nadie.

—En fin, ¡qué quieres que te diga! Te felicito por seguir en lo más alto del periodismo más bajo.

Confieso que me dio muchísima rabia que un tiparraco así me dejara en ridículo, por mucho que fuera en privado. Mi única opción de revancha era encontrar unos de los dichosos sobres y restregárselo por la cara. Tarea casi imposible, pues pronto me enteré de que por el barrio ya se había corrido la voz de que había un bonito pellizco a cambio de un envase donde pusiera “Tate and Lyle, explotadores asesinos”. 

Así pues, y un poco a la desesperada, decidí jugar la mejor carta que tenía en las manos. En busca de respuestas, me personé en el pub que los currantes de la fábrica azucarera solían frecuentar. Esto era Inglaterra, la planta de la verdad crece en las barras de los bares.

—El Jamaicano no parecía mal tipo, aunque fuera tan afeminado. Yo siempre le llamaba así porque del nombre ese tan raro que le gustaba nunca era capaz de acordarme.

—Akwamu.

—Ese mismo. Pues lo dicho, parecía un tío honrado, todo el día cargando cajas en el almacén, pero luego, ¡menudo pájaro! Aunque tampoco es que le tuviera mucho cariño a la empresa, estaba todo el día despotricando de ella. Yo le decía “pues si tanto asco le tienes, vete a otro sitio” pero él se reía y me decía que su misión en la vida sólo la podía cumplir en el negocio del azúcar.

—Y Webb, ¿cómo era?

—Era un tipo estupendo Johnny: siempre más preocupado de los demás que de él mismo. Estaba metido en cosas del sindicato. Siempre fue un tío muy de izquierdas. Cuando la guerra civil de España, fue a luchar contra el general Franco. Aunque usted igual ni sabe quién es ese tío.

—Sí, claro que le conozco.

(De hecho, personalmente. Pero esa es otra historia que ya le contaré otro día).

—Fue allí donde conoció a Amparo y se casó con ella. Se la trajo para Londres, aunque ella siempre ha seguido muy ligada a España y su actualidad. 

—Es natural.

—Johnny Webb era el que mejor entendía aquella dichosa máquina y los jefes no se atrevían a echarle. Pero, en cuanto se mando el aparato al chatarrero, Johnny fue detrás.

—¿Conocía usted a Kate Nellis?

—Solo de oídas. Las damas no suelen frecuentar tugurios como este. Lo que sí le puedo decir que era, digamos, particular.

—¿Particular?

—Ya sabe…No es muy normal que una mujer trabaje en el servicio de reparto. Todo el día detrás del volante y cargando cajas. De ahí conocía al Jamaicano, del almacén; y, como ella vivía en casa de Webb, pues así se enteró el Jamaicano de lo de la indemnización.

En efecto, todo encajaba. 

—Entonces, ¿el Jamaicano y Kate Nellis se llevaban bien?

—Por lo visto, sí. Parece que era una de las pocas amistades que había hecho en este país.

Seguía teniendo la corazonada de que la tal Kate Nellis había planeado ella misma lo del atraco, o también podría ser que Palmer hubiera recurrido a ella en busca de auxilio después del crimen. En cualquier caso, no había manera de averiguarlo, pues Kate nunca lo admitiría aunque fuera cierto. Llegué a la conclusión de que lo mejor era rendirse. Nunca iba a ser capaz de averiguar qué había hecho Palmer (Akwamu para los amigos) con los dichosos sobres.

Pocos días después recibí por correo la preceptiva carta del Ministerio del Interior. Había llegado para mí el momento de tener un breve y significativo encuentro con Akwanu.

Los esfuerzos por salvarle la vida se redoblaron, con los Dogan a la cabeza. Pero, obviamente, Ronnie Carson también contraatacó, preparando el terreno para su gran traca final (¿habría encontrado alguno de los sobrecitos revolucionarios de marras? Sentía una tremenda curiosidad por saber la respuesta). Dos días antes de la fecha de la ejecución, Carson publicó un muy sensacionalista reportaje sobre las Webb que podría hacer mucho para terminar de cerrar la soga en el cuello de Palmer, y que le causó la lógica indignación a mis queridos Dogan. 

—Le cuelgan seguro. La opinión pública es muy partidaria. Es descorazonador —me indicaba David Dogan—. La pobre Kate Nellis está destrozada anímicamente. ¿Sabes que ya no vive con las Webb? Su defensa de Palmer las enemistó de modo irreparable. Para tratar de animarla un poco, los gerifaltes de la fábrica le han concedido su petición de incluir al mismísimo Parlamento Británico en su ruta de reparto. Empieza mañana mismo. Y ¿te cuento otra cosa? Se va a encargar personalmente de viajar con el cuerpo de Palmer de vuelta a Jamaica para enterrarlo. Todo de su bolsillo. ¡Eso es una amiga!

—¿Tan seguro estás de que no hay esperanza?

—¿No has visto esta porquería? —me dijo al tiempo que me estampaba el periódico sobre el pecho. Yo decidí echarle un vistazo por pura curiosidad, pero, de golpe, una foto me llamó tan profundamente la atención que me dejó totalmente boquiabierto.

—¿Qué pasa? —me interrogó David con cierta alarma.

—Oye, creo recordar que a la tal Penny la habían trincado robando material del almacén de la fábrica.¿Sabes qué se llevó en concreto?

—¡Menuda pregunta más absurda! ¿Cómo quieres que lo sepa?

—Me tengo que ir, es urgente que lo averigüe.

—¿Te has vuelto loco?

La persona en la recepción de la fábrica, como era previsible, me pudo facilitar la información que precisaba. Esos siempre saben más de la empresa que el mismísimo presidente.

—¡Buen lote se llevó la moza de poquito a poco! Unas botellitas de lejía hoy, un par de fregonas mañana, un poquito de matarratas ayer..

Presumo de tener la sangre bien fría, pero en ese mismo instante se me quedó helada.

—¿Está usted seguro de que robó matarratas?

—¡Eso fue de lo que más se llevó! Se conoce que es lo más valioso en el mercado de reventa.

—Muchas gracias. Me ha sido usted de mucha utilidad.

Con mi corazón tratando de salirse por la boca, paré en el quiosco más cercano y compré un ejemplar del periodicucho de Ronnie Carson. Analicé la foto para terminar de confirmar mi sospecha.

Antes de continuar con mi relato, es precisa una pequeña explicación. A finales de los 50, un periódico español de sucesos llamado El Caso contactó conmigo —a través de un intermediario en el Ministerio del Interior— con motivo de un reportaje sobre los últimos días de los criminales nazis. Les ayudé en lo que pude y, cuando me ofrecieron una gratificación económica, les di los datos de los Dogan para que se destinara a un noble fin. No obstante, el director del periódico tuvo la gentileza de concederme una subscripción perpetua a su publicación. Así, con cierta regularidad me llega un sobre procedente de Madrid con la última (más o menos) edición. Mi español es del todo inexistente, pero, con un poco de voluntad, un mucho de paciencia, y la inestimable ayuda de mi muy culto casero y un diccionario de segunda mano, me las apaño para sacar las ideas principales de los artículos que más me llaman la atención.

Fue gracias a uno de esos reportajes que pude enterarme y seguir la trágica historia de Pilar Prades, más conocida como la Envenenadora de Valencia. Haciendo uso de veneno para hormigas, había liquidado a una señora y casi acaba con otras dos. Había sido detenida, juzgada y ejecutada de una manera monstruosamente chapucera por un verdugo que no merecía tal nombre. Aquello había ocurrido ya hacía un par de años pero, inquietantemente, una de las fotos del reportaje mostraba a Penny Webb rodeada de un montón de periódicos en español, incluyendo dos números de El Caso que se ocupaban profusamente del crimen. “Hablo bien el lenguaje de mi madre y leo prensa en ese idioma cuando puedo para no perderlo”, rezaba la leyenda. ¿Quién guarda un periódico dos años a no ser que le interese mucho una noticia?

En resumen, tenía una mujer con una aparente fascinación por la historia de una envenenadora y que había sido sancionada por robar matarratas. Su padre —extremista político— había estado manipulando una máquina de azúcar. Una amiga (o examiga) de la familia se dedicaba a repartir sobrecitos de azúcar para la restauración y había solicitado expresamente que al día siguiente el Parlamento británico formara parte de su ronda. La guinda del pastel era Amadeus Palmer con su eterno, jurado y visceral odio a la industria azucarera. 

Fiel a mi costumbre, había desarrollado una teoría lo suficientemente descabellada como para que a la Policía le diera un ataque de risa, pero también con la suficientemente lógica como para llenarme el cuerpo de inquietud: Amadeus Palmer y Kate Nellis habían hecho buenas migas. Palmer le había relatado todas sus historias sobre lo terrible de la esclavitud en Jamaica y la necesaria legitimidad de cobrarse venganza, y había convencido a la idealista de Nellis con facilidad. A través de Nellis, Palmer y Webb habían conectado. Webb también se sumó a la sed de revancha, pero no sabían cómo. Entonces, un día Kate Nellis le comenta que su íntima amiga Penny le habló de un caso que la había dejado impresionada, el de una envenenadora española. ¿Por qué no hacer lo mismo?  Sería fácil atentar contra la imagen de la todopoderosa Tate and Lyle adulterando sus productos para causar intoxicaciones múltiples. Ahí es donde Webb podía ser de utilidad. Él es favorable al plan, pero ¿cómo hacerlo sin que les pillaran? Fue entonces cuando llegó el providencial despido de Webb. La máquina iba a ir de cabeza a la destrucción, nadie sabría jamás que había contenido veneno en su interior. Webb, enrabietado para colmo con la empresa porque le echan, accede en un principio: le han contado que la cantidad de veneno en un sobre no es letal, y se inventa la milonga de la revancha para que su compañero le dé libertad. Ya está, ya los tiene. Ha llegado el momento de entregárselos a Palmer para que los guarde antes de que Kate Nellis los distribuya. Pero, en el último momento, a Webb le entra un ataque agudo de escrúpulos y conciencia (¿y si alguien ingiere de más y muere?), y decide que el plan se va a abortar y se lo va a contar todo a la Policía. No es algo que Palmer pueda consentir. Asesina a Webb y sale huyendo con los sobres. Contacta con Kate Nellis para hacerle entrega de la mercancía. Ella le promete que los distribuirá de manera que hagan un daño lo más llamativo posible y le aconseja que se entregue, pues, de todos modos, le van a capturar tarde o temprano. Le promete que hará todo lo que esté en su mano por salvarle de la horca. Si finalmente no es posible salvar su pellejo, Kate Nellis, tras una oportuna huida a Kingston, lo contará todo y Palmer pasará a la historia como un auténtico héroe vengador del pueblo de Jamaica, que jamás le olvidará. 

Con esta teoría sobre la mesa, ¿qué podía hacer? Pues, obviamente, lo que hice.

Averigüé que los camiones de reparto salen muy de mañana. Me aposté en un punto cercano a la fábrica que Kate Nellis tendría que transitar por fuerza. Dado lo temprano que era, aquello estaba desierto, lo que jugaba a mi favor.  No tuve que esperar mucho, ahí venía. Empezaba la comedia.

“¡Por Dios, por Dios, pare, pare!”

Iba corriendo en dirección a su vehículo, así que Kate Nellis no tuvo más remedio que hacerlo.  

—¿Qué pasa? —me preguntó alarmada.

—¡Les están pegando, les están pegando, los van a matar!

—¿A quién?

—¡Son dos maricas negros, se estaban besando detrás de esa casa y unos tipos los han rodeado y les están pegando una paliza! ¡Tenemos que ir a ayudarlos!

Visto con perspectiva, creo que se me fue un poco la mano con el cebo, pero lo cierto es que surtió el efecto deseado. Sin pensárselo ni por un instante, Kate Nellis tomó una barra de hierro que tenía en la guantera de la camioneta y salió disparada en dirección a la casa, momento que yo aproveché para entrar en el vehículo —todavía con el motor en marcha— y salir pitando en dirección al punto más cercano de la orilla del Támesis. Allí, arrojé la carga de la camioneta de reparto al río —no sin antes meterme un puñadito de sobres procedentes de la caja marcada para el Parlamento en el bolsillo de la americana— y me encaminé a la boca de Metro más próxima dejando el vehículo abandonado. Había tomado la precaución de ponerme guantes, aunque, de todos modos, dudaba mucho de que la Policía fuera a perder un solo segundo en buscar al responsable del robo de un cargamento de azúcar en porciones individuales. 

En fin, terminada mi misión de presunto salvamento del Parlamento Británico en pleno (o al menos, de aquellos miembros que tomaran el café con mucho azúcar), me dispuse a cumplir con mi otro servicio con la Corona. A la hora de costumbre, me personé en Wandsworth para cumplir con el rutinario protocolo mezcla de proceso administrativo y ritual de una salvaje religión primitiva. 

Amadeus “Akwamu” Palmer me esperaba altivo, perfectamente acicalado y con la mirada firmemente clavada en el infinito y, por extensión, en la Eternidad y la Historia. Estaba interpretando a la perfección su papel de mártir que está convencido de morir castigando a los responsables de esclavizar a su pueblo. Me miró con cierto aire de soberbia y se dejó amarrar con docilidad. Me dio la impresión de que se sentía María Antonieta. 

—Sígame.

—Será un placer, sayón.

Lo dicho: Marie Antoinette

Mientras caminábamos hacía la trampilla, acerqué mi boca a su oído y le susurré: “Los sobres de azúcar están en el fondo del Támesis. Habéis fracasado”. Giró su rostro hacía el mío, con un gesto ambiguo de sorpresa que podría significar lo entiendo todo o no entiendo nada. Intentó decirme algo, pero sólo logró balbucear unos sonidos ininteligibles antes de que le pusiera la capucha blanca y lo enviara certificado con sus amadísimos antepasados.

En contra de mis principios, compré el periódico de Ronnie Carson. Ni rastro del prometido artículo sobre el chanchullo de la máquina de envasado a cambio de la indemnización. Sonreí para mí. Sin duda, Carson no había sido capaz de localizar ni uno solo de aquellos presuntos sobres revolucionarios y había decidido que la historia sin ellos carecía de pegada. Aquello confirmaba en parte mi teoría.

Me pasé toda la tarde jugueteando con aquellos paquetitos de azúcar. Lo lógico sería hacer que los analizaran y averiguar si yo estaba en lo cierto o no, pero ¿para qué? Si había salvado la salud a los parlamentarios cafeteros, estupendo; si no, lo único que se había perdido eran unas cajas de azúcar. Lo admito, no quería saber la verdad, me daba miedo que se confirmara que había hecho el ridículo empujado por mi exceso de fantasía, preferí vivir con la ilusión de que era un héroe anónimo. Una ilusión que aún hoy en día sigo conservando (como los sobres, por cierto) . En el fondo, soy todo un tonto sentimental.

(Amadeus Palmer fue ejecutado el miércoles 28 de junio de 1962. Al día siguiente, la Cámara de los Comunes votó a favor de conceder la independencia a Jamaica, que se hizo efectiva el 6 de agosto de aquel año. Si el plan de Kate Nellis hubiera tenido éxito, tal votación habría tenido que ser aplazada sine die. Sin duda, Nellis no era consciente de este importante detalle. No hay nada más nocivo para una causa que tener paladines con mucho corazón y nada de cabeza).

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