UN ASUNTO ENTRE MUJERES

Durham, septiembre de 1952

Nunca es buena idea matar a un ser humano (salvo para salvar otras vidas o, quizás, si se hace con permiso de un juez), pero es especialmente poco aconsejable si liquidas a un lord inglés que resulta ser íntimo amigo del Ministro del Interior. Sin duda, el sujeto con título era un chulo malcriado y un tirano sin escrúpulos, pero seguía siendo amigo íntimo del Ministro del Interior y, después de todo, ¿quién es nadie para decidir que alguien merece morir (por muy juez que se sea)?

Molly Muller también decidía quién podía vivir y quién no, aunque de otro modo. ¿Un desgraciado descuido con tu fogoso novio hace algunos sábados? Elige: podéis visitar la vicaría de la manita o te puedes pasar con alguna amiga de confianza a ver la vieja Molly. Precios populares, discreción absoluta y casi seguro que saldrás viva del trance.

La desgraciada Mary Donalds fue de las poquísimas excepciones. Mala suerte, perra vida. Obviamente, nunca se mencionó a la vieja Molly. Oficialmente, Mary lo había intentado hacer ella sola en casa y, claro, pasó lo que pasó. La vieja Molly Muller estaba respaldada, la vieja Molly Muller era una fiel servidora de su señoría. Creo que olvidé mencionarlo, el niño que murió sin vivir era hijo del capricho lujurioso de Lord Peaslake y la absoluta indefensión de su empleada Mary Donalds. Lord Peaslake tenía la costumbre de acostarse con el servicio, a menudo generando trabajo para la vieja Molly. Su señoría tenía esas cositas y, después de todo, corría con todos los gastos del aborto. ¿Tener el hijo? ¿Traer a este mundo a un bastardo con la firma del señor? Ninguna muchacha ni tan siquiera osaba considerar dicha posibilidad. 

Jane Donalds también había recorrido todas las etapas del calvario de su señoría: las relaciones forzadas por la miseria, las malas noticias, la angustia y el desprecio, la visita a la vieja Molly, el dolor y el vacío. La segunda vez había sido todavía peor que la primera. Entonces, cuando murió su hermana, Jane decidió que sería la última víctima del monstruo. Jane fue juez y verdugo. Su odio estaba incluso más afilado que el cuchillo. Una, dos, tres, directas al corazón. Todo esto en plena cena con otros miembros de la nobleza, mientras Jane se disponía a retirar los platos de la carne. También estaba a la mesa Sir Andrew Morrison Forth, ministro del Interior. Asesinar con la persona que tendrá la última palabra sobre tu vida como testigo; sin duda, Jane tenía arrestos. Monty, el heredero de apenas 12 años de su señoría, fue de los primeros en llegar al lugar del crimen, alertado por los gritos histéricos y el alboroto. Pobre niño, lo pasó realmente mal. Por paradójico que parezca, ser un grandísimo canalla y a la vez un padrazo cariñoso no es imposible (pero sí bastante poco frecuente). Dejar sin padre a un pobre muchacho, ¿con qué derecho, Jane Donalds?

Había que evitar el escándalo a toda costa. A Jane le ofrecieron salvar el cuello a cambio de declarar que había matado a Lord Peaslake como consecuencia de un ataque de celos. Pero Jane no tragó (ya les dije yo que tenía arrestos). Sacrificio en balde: ninguna chica fue lo suficientemente insensata como para corroborar las denuncias de Jane. Allí a nadie le habían tocado un pelo. Allí nadie había abortado jamás porque su señoría las hubiera dejado preñadas. La vieja Molly Muller fue una víctima indirecta de todo el asunto. Muerto su principal cliente y valedor, fue detenida por practicar abortos ilegales y dio con sus huesos en la cárcel.

Jane Donalds iba a pasar a engrosar mi nómina de clientes. Se venía venir. No obstante, no faltaron las voces que, por diversos motivos, rogaron clemencia para Jane. La más destacada fue la de Helen Cook, activísima integrante de la Abortion Law Reform Association. Su marido, el afamado psiquiatra Rupert Cook, obtuvo un permiso especial del ministerio para entrevistarse en varias ocasiones con Donalds y emitió un controvertido informe en el que afirmaba que esa mujer sufría un fuerte trastorno mental y, por tanto, su ejecución no era moralmente aceptable.

Dio absolutamente igual, el Ministro del Interior, en comparecencia pública en compañía de su amiga Lady Peaslake, descartó cualquier posibilidad de conmutar la última pena. En palabras de la señora: 

“Tres mujeres malas, terriblemente malas han recibido o van recibir su justo castigo: Mary Donalds murió mientras asesinaba a un niño inocente; su hermana va a morir por matar a otro inocente -mi marido- y esa Molly tan horrible se va a pasar una buena temporada entre rejas también por segar vidas inocentes. De hecho, me sorprende que no la cuelguen como a la otra. Cualquier persona que es responsable de no permitir que una vida llegue a este mundo debería ser ahorcada. Yo misma lo haría personalmente, llegado el caso”. No será preciso, señora. Ya me mancho yo las manos por usted.

Jane tuvo arrestos hasta el último segundo de su vida. No diré una palabra más sobre el asunto, en virtud del profundo respeto que siento por las personas que le plantan cara a la muerte con dignidad. 

Dos días después, mi cotidiana escucha de la BBC mientras trabajo me brindó una noticia bomba en el boletín de las 5: Lady Peaslake había fallecido a causa de un repentino infarto de miocardio. De inmediato me vino a la mente la imagen de Monty. Quedarse huérfano de padre y madre en menos de un año, ¡pobre niño rico! En fin, así es la vida, con su dosis de felicidad y amargura de las que nadie jamás ha sido capaz de escapar.


Londres, enero de 1965

Hacía unos meses que mis servicios ya no eran necesarios. Los británicos nos habíamos vuelto civilizados (aunque, si me guarda usted el secreto de estado, cada seis meses se hacía un discreto simulacro en Wandsworth. Había que engrasar un poco la maquinaria, por si las moscas). 

El asunto de Lord Peaslake y Jane Donalds no era más que un recuerdo muy lejano metido en algún rincón del trastero de mi memoria. Hasta que recibí una carta que llevaba precisamente ese nombre en el membrete.

“He conseguido su dirección a través de Lord Morrison Forth. Me gustaría, si es posible, mantener una entrevista con usted. Se le gratificará convenientemente por su tiempo”

Y firmaba Montgomery W. Mantle, IX marqués de Peaslake.

Sin duda, el pobre chaval quería conocer detalles de la muerte de la asesina de su padre, los cuales yo no estaba dispuesto a revelarle. Me puse en contacto con él a través de un número telefónico que venía en la misiva. Era el de su apartamento londinense.

-No, no estoy interesado en la ejecución de esa tal Jane Donalds. Necesito su opinión profesional.

-¿Perdón?

-No quiero hablar de este asunto por teléfono. Por favor, mantengamos una entrevista.

¿Por qué no? No tenía nada que perder y, seguramente, sí una bonita cifra que ganar.

Frente a una taza de café del bueno, Peaslake me alcanzó un sobre. 

-Son unas fotos. Quiero que les eche un vistazo y me dé su análisis de experto.

Perplejo, extraje la primera imagen. Más perplejo todavía, comprobé que se trataba de una mujer ahorcada. La instantánea estaba tomada desde demasiado lejos como para que se pudiera distinguir el rostro de la víctima. En la siguiente, en cambio, un primer plano permitía reconocerla con facilidad. Esto le dio el tiro de gracia a mi perplejidad.

-En efecto, se trata de mi madre. Se suicidó. Lo del infarto fue una patraña para evitar el escándalo -parecía que las más nobles familias se pasan la vida tratando de huir de los escándalos-. A mí mismo se me había ocultado hasta hace unos meses, cuando  Lord Morrison Forth decidió que no quería irse de este mundo sin revelarme la verdad de la muerte de mi madre -por lo que parece, también la gente que firma sentencias de muerte tiene conciencia-. Ya ve, nunca llegó a superar la pérdida de mi padre. Le he llamado porque la idea de que mi pobre mamá sufrió una lenta agonía no para de atormentarme y he pensado que usted es la persona indicada para darme su opinión al respecto.

¿Qué podía decirle al pobre muchacho? ¿Que aquello había sido la chapuza propia de una aficionada? ¿Que sin duda se había estrangulado lenta y agónicamente?

-La soga es la soga, señoría. Uno se muere sin casi darse cuenta.

También los verdugos cuentan mentiras piadosas. La cara de mi interlocutor se iluminó levemente, con esa fina expresión de felicidad que da el alivio. 

Nuestra entrevista terminó en ese momento, con un sobre generosamente relleno, mi habitual promesa de ser del todo discreto y un agradecido apretón de manos.

De vuelta a casa, no paraba de darle vueltas al asunto. Las señoras de clase alta no suelen colgarse de una viga del saloncito de té y, para colmo, estaba aquella frase lapidaria de Lady Peaslake: “Cualquier persona que es responsable de no permitir que una vida llegue a este mundo, debería ser ahorcada. Yo misma lo haría personalmente, llegado el caso”. Aquello tenía un tufo incómodo y raro, y decidí que había que ventilar para que entrara la verdad en el cuarto. ¿Había abortado la tan respetable señora de la casa unos meses después de la muerte de su marido, destruyendo acaso el fruto de una pasión prohibida, y no había sido capaz de hacer frente a los remordimientos? Parecía una teoría de los más plausible.

Como en tantas ocasiones, una conversación con mi sabio casero me puso en el rumbo correcto por el que encaminar mis pesquisas.

-¿Cómo haría para abortar si el dinero no fuera un problema y la discreción resultara vital?

Él me miró con un gesto mezcla de sorpresa y alarma.

-¿Una señorita y tú os habéis metido en problemas, teniente?

-No, no, no es eso. Se trata de un asunto bastante feo: averiguar por qué una señora totalmente contraria al aborto participó en uno.

-¿Señora bien?

-E incluso señora mejor. 

 -Ya sabes que, para que la intervención sea legal, hace falta un informe positivo de un psiquiatra. Informe de pago, se entiende, así que hay un puñado de facultativos especializados en el tema.

-¿Y dónde podría localizar a uno?

-Prueba en la Abortion Law Reform Association. Ya sabes, la asociación esa que lucha por cambiar la ley de aborto. De hecho, te sonará, pues lucharon para salvarle el pellejo a la chica aquella del norte.

Sally Doyle, la mano derecha de la ahora presidenta de la asociación Helen Cook, me recibió cordialmente en su despacho. Yo me hacía pasar por un hombre en apuros en busca de una discreta solución para la pareja.

-No hay problema, os pondremos en contacto con un psiquiatra especializado que os hará un informe y os derivará a un centro hospitalario para que le realicen allí la intervención. Obviamente, hay unos gastos…

-El dinero es lo de menos.

-De acuerdo. Esta es la tarjeta del especialista para que contactes con él.

Doctor Rupert Cook. Si vas a una asociación para buscar asesoría sobre cómo hacerte un aborto, te mandan a la consulta del marido de la presidenta. Lógico, supongo.

Recordaba a Cook de los días del caso Donalds. Estaba algo más calvo, pero no había perdido los ojos resueltos y la mirada seria de antaño.

-Verá, doctor. Lo que a mi novia le preocupa es que esto se pueda hacer público…Yo le digo que la confidencialidad es absoluta, que es imposible saber que alguien ha abortado.

-Queda un registro en los archivos del Ministerio de Sanidad, pero sólo se puede acceder a él si lo ordena un juez

-Ya. Me alegro, porque, si se supiera, ¡igual se me suicida de la vergüenza!

Al doctor la palabra suicidio no le había hecho ni pizca de gracia. Intentó ocultarlo, pero sin éxito: un gesto de incomodidad de una décima de segundo le delató.

-No se preocupe. Eso no pasará.

Decidí seguir hurgando en aquella herida, a ver con qué me encontraba.

-Porque no es habitual que las mujeres se suiciden después de hacerlo, ¿verdad?

-Yo no conozco ningún caso.

Sí, sí que lo conoces. ¡Qué mal mientes, amigo! En fin, vamos a echarle más leña al fuego.

-¡O igual le da un infarto a mi pobre chica como a aquella marquesa del caso en el que usted intervino! ¿Cómo se llamaba…?

-¿A qué viene eso ahora? ¿Qué pretende usted? ¡Salga inmediatamente de mi despacho!

Abandoné aquel lugar ya con absoluta certeza de que ese tipo había tenido algo que ver con el suicidio de Lady Peaslake. Había llegado el momento de acercarme a la verdad, y lo iba a hacer de la mano de un viejo conocido. 

A Lord Morrison Forth le quedaba bien poco de vida, y no estaba para casi nadie, pero yo no era un cualquiera. Durante años, había sido el brazo ejecutor de su justicia, y Morrison Forth lo valoraba, y mucho. Su voz era débil y fina, pero seguía sonando como la de todo un ministro del Interior.

-Perdón que le moleste, señor. Serán tan solo unos minutos.

-¡Le han dejado en el paro! ¡Qué tiempos estos en que hasta la justicia de Su Majestad es blanda!

Preferí no contestar a aquella afirmación y me limité a ir al grano.

-Es en referencia al fallecimiento de Lady Peaslake. Se acordará usted de que hablé con su hijo…

-Sí, yo mismo le di sus datos. Espero que no le molestara.

-Verá, señor, creo que no se le contó toda la verdad sobre la muerte de su madre, y me parece justo que la conozca.

Al instante, a Morrison Forth se le torció el gesto y empezó a jadear como si acabara de correr la maratón de Londres. “¡Esa malnacida de Cook se ha ido de la lengua, juró que no lo haría! ¡Maldita, maldita sea!”, fueron sus últimas palabras. Corrí en busca de ayuda, pero era demasiado tarde. Ya ve, aparte de los que maté en la guerra a cuchillo y bala; aparte de los que maté a soga en la paz; también me cargué a todo un exministro de una impresión. Soy un verdadero heraldo de la Parca. En fin, ¡qué se le va a hacer! Tocaba cerrar el asunto hablando con Helen Cook. Llamé a su organización identificándome como la persona que había acompañado Lord Morrison Forth durante sus últimos instantes de vida y diciendo que me había dado cierta información que la concernía a ella. Me recibió de inmediato.

-Supongo que sabe para qué he venido. 

-Me lo figuro. ¿Qué quiere? ¿Dinero?

-No, sólo que un pobre muchacho sepa el verdadero motivo de la muerte de su madre.

-¿Servirá de algo? ¿Aliviará su dolor?

-Eso el que tiene derecho a decidirlo es él.

-Ya, supongo que tiene razón. No estamos orgullosos, ni mi marido ni yo, pero, en el fondo, sigo creyendo que se lo merecía.

-Su marido fue quien redactó el informe.

-En efecto. Era falso, pero la imbécil de Peaslake se lo tragó.

-¿Falso? Entonces, ¿no estaba embarazada?

-¡Cómo se iba a haber quedado embarazada si llevaba meses en la cárcel!

-¿Cuando estuvo Lady Peaslake en prisión?

-¿Lady Peaslake? ¡El informe falso era sobre Jane Donalds!

Me quedé mirando a Cook con los ojos como platos y la boca abierta.

-¿No abortó Lady Peaslake y eso le causó tal cargo de conciencia que la empujó al suicidio?

Cook estalló en una carcajada nerviosa.

-Pero ¿qué milonga le contó a usted ese viejo chocho de Morrison Forth? ¿Abortar esa fascista reaccionaria? ¡Antes le daría el bebe en adopción a una tribu de caníbales! Lo que realmente pasó fue que le hicimos creer que Jane Donaldson estaba embarazada en el momento de su ejecución. Mi marido falsificó un informe forense que le hicimos llegar por correo acompañado de una carta, también falsa, en la que un funcionario de la prisión afirmaba haber mantenido relaciones sexuales a escondidas con Jane Donaldson. En su último párrafo, la acusaba directamente de la muerte de ese pobre bebé nonato. La buena señora se lo tragó sin pararse a reflexionar un segundo. La Policía encontró todo junto al cadáver de Lady Peaslake. El señor ministro de inmediato se olió la tostada y contactó con nosotros, pero el asunto no se podía sacar a la luz: las ladies británicas simplemente no se suicidan. Ahora, si quiere, cuéntele toda la verdad al señor marquesito, y que nos denuncie si le apetece, o si se atreve. Es lo que tiene que ser de un linaje tan respetable, que uno nunca puede ser realmente libre.

Confieso que me quedé un tanto aturdido por causa del tremendo e inesperado derechazo que me había encajado la noticia. 

-No, creo que lo vamos a dejar estar. Yo me iré por donde he venido y seguiremos todos con nuestras vidas como si nada. El pasado, pasado está.

-Pienso lo mismo.

-En fin, adiós, y dele recuerdos a su marido de mi parte, nos conocimos hace unos días.

No sabía qué pensar sobre aquel asunto. Lo único claro era que varias vidas habían sido prematuramente segadas de diversos modos porque una persona había decidido que era lo moralmente justo. Aborto, asesinato, ajusticiamiento, suicidio…La mayoría de la gente tiene bien definida su postura sobre estas diferentes caras de un mismo y macabro prisma (postura que, por lo general, se ajusta a lo que los demás esperan de ti). Yo me he visto reflejado en todas ellas y, si le soy sincero, no sé qué opinar sobre ninguna. Intuyo que no existen respuestas totalmente correctas y que, si usted cree que las tiene, puede que no haya meditado lo suficiente.

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