ALGY, EL AFORTUNADO



Manchester, junio de 1959


Algerno Cornwell, alias "Algy, el Afortunado", había sido un ludópata especializado en las carreras de caballos que había estrangulado a su anciana casera, la solterona señorita Duckworth, para robarle dinero. La pobre mujer superaba los setenta y, para colmo, Algy se gastó todo el fruto de su fechoría -que tampoco fue tanto- apostando esa misma tarde en el hipódromo. Con estos antecedentes, nadie puso demasiadas pegas a que fuera condenado a la horca. Colgar a un tío que ha asesinado a una ancianita indefensa es ese tipo de cosas que la gente se cree que debe de ser fácil, incluso algunos dicen que ellos mismos lo harían. Se nota que nunca lo han hecho. Y, no obstante, uno intenta ser profesional, mantener el prestigio -si es que en este oficio mío que el Destino me encajó se puede tener de eso-.


Llegué a la cárcel como de costumbre y fui ejecutando todo el macabro ritual, la horrible rutina siempre igual pero siempre diferente: los saludos fríos a las caras serias, la inspección del reo por una discreta mirilla, la preparación de la soga y la sala. En fin, todo quedó listo para el momento.


Saliendo de la cárcel, un sacerdote -que también abandonaba el recinto-, me abordó.


-Disculpe, caballero, le voy a hacer una pregunta un poco particular: ¿me podría indicar dónde hay una casa de apuestas por aquí?


En efecto, la pregunta era poco común, viniendo de quien venía. Además, que la gente que apuesta suele saber de sobra cómo y dónde hacerlo. No les hace ninguna falta andar preguntando por el antro más próximo.


 Me fijé en el sacerdote. Cuando había examinado secretamente al condenado en su celda, él era la persona con la que estaba charlando, por lo que supuse que sería su consejero espiritual.


-No soy del barrio, padre, pero creo que viniendo he visto una a la vuelta de la esquina.


-Ya...Oiga, ¿podría usted acompañarme? ¡Es que es la primera vez que voy a hacer esto!


-Pero ¿sabe usted a qué y por quién va a jugarse su dinero?


-Tengo una carrera y un caballo apuntados en un papel.


-Bueno, con eso nos basta...Oiga, si no es indiscreción, ¿le puedo preguntar si la apuesta la va a hacer usted por encargo de otra persona?


-¿Cómo lo ha adivinado?


-Intuición.


Te van a colgar al día siguiente y tienes el cuajo de encargarle a un cura que apueste por ti a los caballos. Eso es un ludópata y lo demás son tonterías.


Llegados a la puerta del establecimiento de apuestas, sólo con ver la cara del cura me percaté de que había llegado el momento de hacer mi buena acción del día.


-A ver, padre, deme el papelito y el dinero, que yo me encargo. No creo que a usted le apetezca entrar en un sitio así vestido de sacerdote.


-¡Muchas gracias! Lo cierto es que tiene usted razón, un hombre de la Iglesia no debería entrar en una casa de juego...En fin, tenga. Aquí están todos los datos, y tiene usted que apostar estas 100 libras.


Me quedé helado (y, créame, después de todo lo que he visto y vivido, esto no es fácil). ¡100 libras! ¡Ese era el sueldo de tres meses de un trabajador medio!


-Padre, ¿está usted seguro de que quiere apostar todo este dinero? ¿No se le podría encontrar una mejor utilidad?


-Ya le dije que es un encargo, y he dado mi palabra de que lo voy a cumplir.


-¿Y no ha tratado usted de convencer a la persona que se lo ha mandado?


-Mire, amigo, no me voy a andar por las ramas. Esta apuesta es la última voluntad de un condenado a muerte, y es mi deber que se cumpla ese deseo.


-Comprendo. En fin, espéreme aquí.


La verdad es que yo tampoco tenía mucha experiencia en el campo de las apuestas, pero supuse que tampoco sería tan difícil. Ir a la ventanilla, dar los datos, entregar la pasta, recoger el boleto.


-Hola, quiero apostar 100 libras por el número 3 en la quinta de Newmarket mañana.


El tipo de la ventanilla levantó la ceja al ver los billetes. Normal. Me miró un instante, consultó una lista que tenía y me volvió a mirar.


-Tengo que hablar con el jefe antes de aceptar la operación, señor.


-¿Y eso?


-El caballo por el que usted quiere apostar está 200 a 1, y no sé si estamos en condiciones de cubrir 20.000 libras.


-Entiendo.


Lo que no entendía era de dónde había sacado el tío aquel tanta pasta y por qué se quería despedir de este mundo tirándola a la basura por mediación de un cura.


El jefe de la casa de apuestas no tardó en personarse, y su decisión fue rápida, tajante y lógica.


-Lo siento, amigo, no podemos aceptar esa apuesta, es mucho riesgo.


No rechisté. De hecho, hasta era un alivio.


-Lo comprendo. Gracias.


Era lo mejor que podía pasar. Ahora, quizás, se podría convencer a Cornell para que dedicara toda esa pasta a un buen fin.


-Lo siento, padre. pero no se puede hacer la apuesta, se arruinarían si tuvieran que pagarla.


El rostro del sacerdote se tiñó de decepción y sorpresa a partes iguales.


-Pero ¡eso no puede ser! ¡Es la última voluntad de un hombre que va a morir!


-Bueno, comprenda que he obviado ese dato...Mire, lo mejor es que hable usted con el apostante y le convenza de que le dé el dinero a su parroquia. Lo otro sería tirarlo.


-¡No, no, no!


El sacerdote me cogió el dinero de la mano y, sin dudar, se metió en la casa de apuestas. Yo le seguí. Los pocos tíos que había dentro se le quedaron mirando, con una mezcla de incredulidad y guasa.


Al jefe se le pusieron los ojos como platos.


-Perdone, hace un momento este amigo ha querido hacer una apuesta en mi nombre, y usted le ha dicho que no.


-Sí, padre. Entienda que nosotros no tenemos 20.000 libras.


Decidí que había llegado el momento de echar una mano.


-Pero, amigo, ¿de verdad cree que va a ganar? ¡Un penco que va 200 a 1!


-Esto es un negocio de apuestas, los que tienen que arriesgar y perder su dinero son los clientes, no nosotros. Lo siento, no puedo. De hecho, nadie cubrirá esa apuesta. Nadie se va a jugar su empresa por 100 cochinas libras.


La cara de decepción que se quedó al sacerdote era realmente impresionante.


-Pero....¡es la última voluntad de un hombre que va a morir!


-Lo siento mucho, padre, no puedo hacer nada.


Incluso a mi se me estaba haciendo un nudo en el estómago. Cierto es que no es fácil encontrar a alguien que se arriesgue a perder 20.000 libras en una apuesta. Pero en mi profesión se conoce a mucha gente -aunque a menudo por muy poco tiempo- y, quizás, yo podría gastar un favor por ese cura.


-¡Vámonos, padre, aquí no hacemos nada! Y puede que yo tenga a la persona que necesita.


La Duquesa era apostadora, de las que juegan fuerte. Lo sabía de sobra -yo mismo le había permitido ganar una vez que había envidado fuerte fortísimo-, y no hizo falta que se lo recordara.


-Le regalo 100 libras, señora.


-Te tengo dicho que me tutees, verdugo.


-Te tengo dicho que no me llames verdugo.


-Es lo que eres.


-Pero no me gusta que me lo recuerden.


-Me vas a costar 20.000 libras, y lo sabes, pero no es mal precio a cambio del placer de volverte a ver.


-Te repito que te regalo 100 libras. El jamelgo está 200 a 1 en las apuestas...


-¡No me fío de los pronósticos! Sabes algo que el resto del mundo desconoce. Tú nunca juegas si no estás seguro de que vas a ganar.


-Y a eso le debes la vida, pero esta vez juego por encargo ajeno.


-No quiero más detalles...En fin, dame un apretón de manos y la apuesta queda cerrada. Entre personas de honor como tú y yo no hacen falta papeles. Ven a verme cuando ganes...O, si pierdes, también. Podemos tomar algo y brindar por las viejas aventuras.


-Siempre es un placer verla, Duquesa.


-¡Que me trates de tú, verdugo del demonio!


En fin, que la cosa estaba hecha. Cornell se iría al Otro Barrio con la conciencia de jugador empedernido tranquila. Se lo confirmé al cura, al que, por razones que no vienen al caso, le había impedido acompañarme a la cita.


-Pero oiga, ¿no me da usted ningún resguardo de la apuesta?


-No, lo siento, padre. La casa con la que apostamos no emite de esos.


-Pero ¿cómo demuestro yo ante Cornell que la apuesta se ha formalizado, que no me he quedado yo con su dinero?


-Supongo que va a estar usted con él hasta el ultimísimo momento...


-Sí, ese es el deseo del condenado. Pero ¿qué pasa con el recibo?


-Bueno, pues mire, voy a hacer las presentaciones, que mañana con las prisas no vamos a tener tiempo. Soy el tipo que va a ahorcar a Cornell, y le doy mi palabra de que la apuesta está cruzada y bien cruzada. El gobierno de Su Graciosa Majestad se fía de mí para que le haga el trabajo sucio con discreción, así que espero que usted también me dé un voto de confianza.


El pobre sacerdote se había quedado de una pieza.


-Usted es...


-Sí, yo soy. Pero, por favor, vamos a dejar el tema aparcado hasta después de la ejecución. Se lo pido por favor.


-Será...será todo a las nueve de la mañana, ¿verdad?


-En efecto. Y tranquilo, que no sufrirá. Todo habrá acabado deprisa, muy deprisa, antes de que las campanas terminen de dar la hora. ¡Los testigos primerizos siempre se sorprenden de lo rápido que pasa!


-Ya...Es una lástima que Cornell se vaya de este mundo sin saber si pierde o gana esa última apuesta.


-Por favor, padre, dígame que no me está insinuando lo que pienso.


-¡Déjeme que le cuente algo y luego decida si quiere intentar ayudarme! Supongo que lo primero que querrá saber es de dónde saca un condenado a muerte 100 libras.


-Es un buen comienzo para la historia.


-Pues, según el mismo Cornell me contó, empezó con un penique que encontró tirado en el patio de la cárcel. Él sabía que había un vigilante aficionado a las carreras de caballos, hizo una apuesta con él y le ganó. Y a ésa siguió otra, una tercera con otro guarda y así hasta acabar apostando con media cárcel y amasando las 100 libras a partir de esas pequeñas jugadas.


-¿Ha sacado todo ese dinero a partir de un penique?


-Él dice que desde que lo condenaron a muerte está en racha, la mejor de toda su vida. Dice que le vienen corazonadas, y que se cumplen. Lo crea o no, dice que jamás había sido tan feliz. Por eso recurrió a mí, porque tiene una última corazonada, y se juega su fortuna a todo o nada. ¡Y si es todo, el dinero será para mi parroquia!


-Pero ¿qué pasa si es nada?


-Es la última voluntad de un hombre que va a morir.


-Y usted quiere que no muera sin saber si es todo o nada.


-Exacto. He intentado convencer al director de la cárcel de que aplace la ejecución, pero, claro, el reglamento es el reglamento y no se puede quebrantar, y menos por razón de una apuesta.


-¿Ha probado dirigirse al juez?


-No, hablé con el director porque me pareció de confianza y discreto, pero no me atreví a dirigirme al juez. Como comprenderá...¡Si trascendiera que un hombre de Dios participa en apuestas!


-Sí, pecar está muy mal visto, aunque sea por una buena causa.


-Entonces, ¿cree usted que me puede ayudar?


-No le prometo nada, padre.


-¿La soga?


-Exacto. La que tenía preparada no me convence y la de reserva tiene que estirarse, así que hay que retrasar el cumplimiento de la sentencia.


-¿Cuánto?


-Hasta las cinco y diez de la tarde.


-Exactamente.


-Exactamente.


El director de la prisión de Strangeways levantó la ceja, serio, muy en su papel.


-Esto es muy decepcionante. Le tenía a usted por el mejor en lo suyo.


-Nadie es perfecto, señor.


-En fin. Supongo que no hay alternativa...Pero sepa que puede que después de este error no se requieran más sus servicios en esta prisión.


Agaché la cabeza por fuera, sonreí por dentro. Al fin y al cabo, estaba presenciando una comedia.


Le di la noticia al cura. Me devolvió un calurosísimo abrazo, de esos que te quitan el frío del alma.


-¡Eres un buen hombre!


-A ratos, padre, a ratos. Pero también he sido muy malo...y lo sigo siendo.


-Dios te perdona, hijo.


Eso espero. La capacidad de perdonar algunas cosas que he hecho sólo debe de estar al alcance de Dios. Pero, como de costumbre en mi vida, no había tiempo para cursilerías. Aunque fuera con unas horas de retraso, tenía un ser humano al que matar.


Ya estaba todo listo. Hacía años que no mataba por la tarde. La sensación era rara. Traía algún que otro recuerdo muy desagradable.


Eran las cinco en punto. Le hice un gesto a mi ayudante y nos encaminamos a la celda del condenado. Allí ya nos esperaba el resto de la comitiva de la muerte, con el director a la cabeza. Éste se me acercó y me susurró al oído:


-Justo al terminar la dichosa carrera. Ni un segundo de retraso más.


Asentí.


Al otro lado de la pared, se oía el rumor de la radio puesta, aunque demasiado bajo como para poder entender lo que decía.


-¿Cómo se llamaba el caballo de Cornell? -me susurró el director.


-Teddy Bear.


El director pegó la oreja a la pared.


-¡Es inútil, esos malditos locutores deportivos, son incapaces de vocalizar!


De repente un inesperado e inaudito griterío surgió de la celda contigua.


-¡Al diablo, abra la puerta! -le indicó el director a un vigilante.


La comitiva entró en la celda de la muerte aunque, seguramente por primera vez en la historia, nadie se percató de ello. Yo fui el único que prefirió quedarse fuera. Observé toda la escena desde el pasillo.


Quedaban 200 metros de carrera. Al principio sólo gritaban Cornell y el cura, pero -poco a poco- ahí todo el mundo se fue contagiando del entusiasmo, el contagiosísimo, el epidémico entusiasmo de la recta final de una carrera de caballos.


Quedando 50 metros, aquello parecía la barra de un pub. El propio director chillaba "¡¡¡Teddy, Teddy, Teddy!!!", al tiempo que daba puñetazos a la mesa.


La carrera fue emocionante hasta el final, y Teddy Bear logró imponerse por una cabeza.


Había llegado el momento de actuar. Entré en la sala y, como cuando la profesora entra en clase, todos los presentes se pusieron serios de inmediato. Me dirigí hacia Cornell, quien -sonriente y feliz- me dijo: "¡Estoy en racha, amigo! ¡Soy el tipo más feliz y afortunado del mundo!"


Fueron sus últimas palabras. Curiosas últimas palabras viniendo de un tipo al que han ahorcado.


La Duquesa pagó los 20.000 sin rechistar, con una sonrisa. Bah, eso para alguien como ella era auténtica calderilla.


-¡Ya te dije que tú nunca pierdes!


-Fue un golpe de suerte. Pero sepa que su dinero irá para un buen fin.


-De tú, verdugo.


-¡Como gustes, señora!


-Ven a verme alguna vez.


-Prometido.


El sacerdote me esperaba en un parque cercano. Le entregué el sobre con toda discreción.


-Gracias.


El sacerdote se apresuró a abrirlo, lo cual me sorprendió y alarmó a partes iguales.


-No hace falta que lo cuente, padre, yo le garantizo que está todo. Además, no es conveniente enseñar tanto dinero en público.


El cura hizo caso omiso de mi advertencia y, metiendo un muy respetable puñado de billetes en su mano, los depositó en la mía, aprovechando ese mismo gesto para darme un apretón de despedida.


-No es necesario, padre.


-Por las molestias.


-Bueno, gracias.


-Hasta siempre, y gracias de nuevo. ¡Que Dios le bendiga, es usted un buen hombre, ya no me cabe ninguna duda!...Ah, por cierto, oficialmente, este dinero me ha llegado porque la señorita Duckworth se lo legó a la parroquia en su herencia. Cornell deseaba que fuera así.


-Descuide, padre. ¡Guardo tantos secretos, que uno más no importa!


-Gracias. Venga a verme alguna vez, ya sabe dónde encontrarme.


-Lo haré.


Y así, con una sonrisa, el cura se fue del pub. El dinero, junto con el que me habían pagado por la ejecución, se lo di -según mi costumbre- a los esposos Dogan para que lo transformara en buenas obras.


-¡Vaya, ¿y este extra tan extraordinario?! -se sorprendió Mary.


-Es una larga historia que no os puedo contar. Conformaos con saber que no es robado.


Ambos sonrieron comprensivos y se guardaron el sobre.


Un par de años después -y aprovechando otro encargo en la ciudad-, decidí matar una tarde libre acercándome a visitar al cura. Como era previsible, se acordaba perfectamente de mí. Me recibió con una sonrisa y me mostró la tumba de Cornell y el hogar para ancianos que se había reformado con el dinero. Contemplé a un par de viejecitos leyendo plácidamente la prensa en el jardín. Ellos creían que gracias al corazón de oro de una señora, pero yo sabía que era por cortesía del corazón presuntamente podrido de un asesino. Me despedí -ya por fin para siempre- de aquel lugar con una visita relámpago a la tumba de Cornell. Deposité sobre ella la orquídea blanca de costumbre.


Cuando la Maldad queda impune, uno siente una rabia que desgarra por dentro, similar a la pena que te entra cuando la Bondad tampoco recibe su justo reconocimiento y premio. La historia no recordará a Algy, "el Afortunado" Cornell, o, como mucho, lo hará como el asesino de una anciana. Yo, en cambio, era de las pocas personas que sabía que había buscado redención y, a su modo, la había conseguido. Yo era de los pocos que sabían que Algy Cornell, como la mayoría de los hombres malos, también había querido hacer el Bien antes de partir de este mundo. Y había querido hacerlo de un modo totalmente anónimo. ¿Por qué habrá tanta gente empeñada en hacer el Bien en secreto? ¿Por qué se avergonzarán de ser buenos? Dicen que es por modestia o para que nadie dude de la buena fe de sus obras, porque se ha creado una cultura en que se acusa de hipocresía de modo automático a todo aquel que hace una buena acción. No estoy de acuerdo. Yo creo que nadie debería sentir apuro de cantar a los cuatro vientos que ha hecho algo bueno por los demás. Igual de esta manera más gente se animaría.


Pero basta de divagaciones teóricas sobre el comportamiento humano. Nunca llevan a ningún sitio.


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