POR EL REY Y POR LA PATRIA

POR EL REY Y POR LA PATRIA

Hamelin (Alemania), diciembre de 1945

No me metí en este desagradable negocio por gusto, lo hice por pura necesidad de venganza. Recién acabada la guerra, yo era un sargento de 26 años que hablaba un alemán bastante aceptable y tenía miles de cuentas pendientes y muy personales con esos cerdos nazis (incluyendo la desaparición de mis padres y mi pobre hermanita Lilly en un bombardeo sobre Londres). Entonces ocurrió lo que en ese momento consideré, tonto de mí, un inmenso golpe de suerte. El caso es que el Ejército de Su Majestad buscaba voluntarios para ir destinados a la prisión de Hamelín, en la Baja Sajonia, donde se iba a ahorcar a lo peorcito del Tercer Reich. El nuevo flautista me arrastró fácilmente con su dulce melodía de sed de sangre. Allí, una cosa llevó a la otra y terminé de ayudante del verdugo, expresamente llegado desde Inglaterra: un cincuentón  sorprendentemente entrañable que simultaneaba los ahorcamientos con la explotación junto a su esposa de un pintoresco pub de su propiedad en el condado de Yorkshire.  Entre el 13 de diciembre de 1945 y el 11 de octubre de 1946, 67 criminales de guerra pasaron por nuestras manos. Al principio, mi misión era puramente auxiliar, pero, poco a poco, fui aprendiendo los secretos del oficio (que los tiene) y, para el verano del 46, ya era yo capaz de hacer casi todo el trabajo. Resultaba absolutamente perturbador lo bien que se me daba aquello, como si estuviera dotado de un irónico don divino para atentar contra el quinto mandamiento. Entonces, tratando de escapar de una vez por todas de mi angustioso pasado, decidí dejar para siempre los uniformes y las sogas, que ya bastante venganza ciega y estéril había tenido. Le seré completamente franco: ninguno de los ahorcamientos me había proporcionado ni una gota de la satisfacción esperada, y sí algún que otro mal rato. Me licencié, pues, con la noble intención de iniciar una nueva y pacífica existencia como taxidermista, el oficio que había dado de comer a mi familia durante dos generaciones ya. No obstante, fui un iluso al pensar que podría pasar página sin más. Las pesadillas de la guerra y de la paz no salieron de mi vida. De hecho, casi medio siglo después, aún me siguen incordiando de vez en cuando. Gajes del oficio.

Unos veinte días después de mi retiro militar, me telefonearon de Ministerio del Interior. El titular de la plaza había decidido colgar la soga para dedicarse de pleno a su negocio de hostelería y me había recomendado —encarecidamente— para ser su sustituto. No tuve que pararme a pensarlo ni un solo instante: la respuesta era una agradecida pero tajante negativa. No pensaba volver a matar a nadie. Punto. Mi interlocutor, sin ocultar una cierta decepción en su voz, me dijo que, si cambiaba de opinión, escribiera al Ministerio, para lo que me dictó unas señas que ni me molesté en copiar. 


Colindale (Londres, Inglaterra), diciembre de 1946

La noticia había hecho las delicias de la prensa sensacionalista de costumbre: La lentísima agonía del leñador, Chapuza en nombre de Su Majestad, Bienvenidos a la Edad Media, Ridículo nacional… Parecía evidente que el recambio que habían encontrado para el simpático tabernero de Yorkshire no había sido el más idóneo. El detallado informe del médico forense, del que se hizo extenso eco la prensa, no dejaba lugar a dudas: el fornido leñador de Derby que había matado a hachazo limpio a su cuñado por problemas de herencia había tenido una muerte horrible. “Cuello de leñador, eso no pone las cosas fáciles”, pensé haciendo gala de una deformación profesional que me sonrojó. Entonces, me asaltó la más que desagradable sensación de que ese tipo había tenido una muerte horrenda por mi culpa, que, conmigo a los mandos, casi no se habría enterado.

—¡Qué desastre, mozo!

Sólo había una persona en el mundo que me llamara así. La voz venía desde la verja del jardín.

—¡Vaya que sí! ¿Y cómo ha sido posible? —no le había visto desde que abandoné Hamelin, e ignoraba cómo me había localizado, pero obvié esos detalles.

—Bueno, mínimamente competentes éramos tres, cuatro contando contigo. Yo me he jubilado, Adams ha emigrado a Estados Unidos y Tobbs se mató en un accidente de tráfico. Hubo que tirar de aprendices y, como quedó comprobado, estaban todos muy verdes.

—Ya sé para qué ha venido, y la respuesta es no. Lo siento, ni puedo ni quiero hacerlo más.

—No vengo a pedírtelo yo. Mi misión es simplemente presentarte a un caballero.

Del coche de donde se había bajado mi maestro descendió otra figura, inconfundible. No se presentó porque no precisaba de presentación; simplemente, se quitó el sombrero.

—Señor, he venido hasta aquí con el objetivo de implorarle que reconsidere su decisión. Nada hay más importante para este país que la justicia de Su Majestad, su eficiencia y su decoro. Tales valores, pilares del orgullo británico, se han visto seriamente socavados por los recientes acontecimientos y he sido informado de que sólo usted puede garantizar que vuelvan a ser firmes y fuertes. Como súbdito de Su Majestad, como patriota, como hijo de la más bella nación del mundo, es su obligación cumplir con su deber en la paz igual que lo hizo en la guerra.

¿Qué podía hacer? En aquel tiempo y lugar, nadie —absolutamente nadie— de punta a punta de Gran Bretaña le podía decir que no a esa persona. Su voz seguía resonando con la mismas icónicas autoridad, fuerza y poder de motivación de los discursos radiofónicos de la guerra. ¿Qué diablos podía hacer sino cumplir con mi deber? Confieso, además, que me sentí importante y adulado, algo que —queramos admitirlo o no— nos encanta a todas las personas.

Mi ilustrísimo visitante quiso ser testigo en persona de mi reaparición. No niego que su presencia, en especial su profundísima mirada con aquel puro entre los labios, me intimidaba un poco, pero todo se llevó a cabo con rapidez y sin la más mínima incidencia. “¡Felicidades, señor! Su país está orgulloso y agradecido a partes iguales”, me obsequió acompañado de una palmadita en la espalda mientras abandonaba la sala. Por unos instantes, olvidé lo que había vuelto a hacer y me sentí tan feliz como la foquita que recibe un pescado de su cuidador.


Norfolk, febrero de 1952

Jamás pensé que volvería a verlo en persona, por eso atesoraba el agradable recuerdo de nuestros dos encuentros anteriores. Pero, contra todo pronóstico, se había vuelto a cruzar en mi camino, de nuevo con un ruego de la máxima de importancia y solemnidad, y que debía estar cubierto por el secreto y la discreción más absolutos que se puedan guardar. Todavía no podía creer lo que estaba a punto de hacer. Por primera vez, iba a acabar conscientemente con la vida de un ser humano totalmente inocente e indefenso, y sin que hubiera una sentencia o una guerra de por medio. E iba a hacerlo porque dicha persona me lo solicitaba como un favor personal y un deber patriótico.

Me habían trasladado al lugar de la ejecución con el sigilo requerido, en un discreto coche negro sin distintivos y acompañado de una pareja de desconocidos de riguroso traje oscuro. Fueron las únicas dos personas que vi durante todo el proceso, aparte de un par de médicos y el objeto de mis servicios.

—Esta es la sala. Se ha modificado siguiendo los planos oficiales del Ministerio en cada detalle. Suponemos que estará todo correcto. 

—Está perfecta —respondí tras una breve inspección visual.

—Bien. Cuando guste, puede pasar a entrevistarse con el señor. Aquí tiene los datos de peso y altura que solicitó.

—Muy bien. Vamos.

Él estaba tomando té en un pequeño saloncito. De entrada, me miró con cierto sobresalto, pero luego recordó quién era él y recuperó la compostura propia de su condición para estrechar mi mano con regia cordialidad.

—¡No puedo soportar este maldito dolor ni un día más! ¡Es horrible, Dios santo, indescriptiblemente espantoso! Tengo entendido que será todo muy rápido. Mis médicos personales, aquí presentes, me propusieron una combinación de medicamentos, pero no me fío mucho y, además, me dan un poco de miedo las agujas —rio con cierto apuro, a lo que yo contesté con otra tímida sonrisa— y me han asegurado de muy buena tinta que con usted todo será rapidísimo.

Aquel pobre hombre no podía emitir dos palabras seguidas sin toser y respiraba con mucha dificultad. Era evidente que la enfermedad se lo estaba comiendo por dentro.

—Cuestión de segundos, señor.

—Excelente. Será mañana a las nueve horas pues. Déjeme esta última noche para despedirme de mi esposa y poner en orden mis asuntos con el Todopoderoso. Ahora, termine con sus preparativos y después le darán una cena en condiciones y le acompañarán a sus aposentos.

—Muchas gracias, señor.

En efecto, jamás en mi vida había probado ni probaré una cena tan en condiciones ni he dormido o dormiré en unos aposentos tan lujosos. Di orden al mayordomo —sí, por una noche tuve mi propio mayordomo, en concreto, uno de los dos fulanos del coche— de que se me despertara a las siete de la mañana.

Llegada la hora de la verdad, él me esperaba sereno: en su rostro, una mueca con vocación de sonrisa, y lucía un deslumbrante traje hecho sin duda a medida. Me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Normalmente, el director de la cárcel me hace la seña para ponerme en marcha. Él se percató de la situación y, con respetable frialdad, me dijo:

—Proceda, por favor.

—Con su permiso, señor.

Treinta segundos después, todo había acabado, como certificaron oportunamente los dos galenos presentes. Sin mediar palabra, mi improvisado guardaespaldas me hizo una seña con la cabeza y nos encaminamos al garaje del palacio. Me dejaron en el mismo sitio donde me había recogido el día anterior al mediodía. Servicio de puerta a puerta. Antes de marcharse, mi chófer me hizo el oportuno e innecesario recordatorio: aquello simplemente no había ocurrido. Secreto de estado. Nada más llegar a mi domicilio, mi casero —en estado de shock— me preguntó si me había enterado de la noticia. Por supuesto que sí, puesto que la había protagonizado, pero, naturalmente, me limité a simular una enorme sorpresa lo mejor que supe.

Ahora, muchos años después de aquello, es a mí a quien la cochina enfermedad se lo está comiendo por dentro sin solución o esperanza médica, y no me gustaría morirme sin dejar testimonio de este relato. La Historia de mi país así lo merece.


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