FREYA

Norwich, febrero de 1947

Graham Resh —un anónimo trabajador del matadero local— siempre fue un tipo más bien escasito de suerte. Una mala tarde, al volver del tajo, se encontró con que un ratero despistado se había colado en su casa con la ilícita e incomprensible intención de robar en un sitio donde no había nada de valor. Por desgracia, Resh siempre tuvo más músculo que sesera y, aprovechando que tenía su herramienta de trabajo a mano, decidió enfrentarse al caco en lugar de dejarlo marchar. Pésima decisión: si él tenía un cuchillo, el otro portaba una pistola. Conclusión: el matarife matado. Poco después, y alertados por los gritos y el disparo, los vecinos contiguos se personaron en la casa, con la inevitable escopeta (ya se sabe que los británicos de campo son muy de ir de caza). El asesino logró escapar lanzándose por una ventana y comenzó una frenética persecución. El desquiciado criminal corría calle arriba, calle abajo sin más rumbo que el de buscar una escapatoria y disparando a discreción con el claro propósito de intimidar a todos los presentes. Bajo el brazo que no tenía ocupado el arma, llevaba un montón de ropa de Resh, que se le iba cayendo poco a poco como consecuencia de la persecución. Parecía como si, en ausencia de dinero u objetos de valor, hubiera decidido que aquel mísero botín era mejor que irse de vacío. Finalmente, la cada vez mayor turba dotada de armamento mixto logró acorralarlo y, sin balas ya en el tambor, no le quedó otra que darse preso. 

El sanguinario intruso resultó ser un tal Miroslaw Grzeszczak, natural de Varsovia. Asesino, ladrón y encima emigrante polaco. Nada más dar la BBC la noticia, ya estaba yo acercándome a una librería para agenciarme una guía de Norwich y alrededores. No se sorprenda. En todas las profesiones uno aprovecha los viajes de negocios para hacer un poco de turismo, ¿no?

El encargo finalmente se formalizó cinco meses más tarde. En el juicio, Grzeszczak no pudo negar la evidencia: había entrado a robar a una casa cualquiera y todo había resultado de la peor manera posible. Instantes después de mi llegada a la cárcel, uno de los guardias hizo un comentario que me sentó mal, y en consecuencia respondí:

—¡Un polaco! ¿Para qué vendrá esta gente a Inglaterra?

—En el 40, para salvarnos el culo contra los alemanes.

No lo pude evitar. En ese momento me percaté de lo injusta que seguramente había sido la vida con aquel pobre diablo; cómo —seguramente— había luchado por la Libertad contra los nazis, cómo —muy probablemente— el hambre y la miseria lo habían empujado a entrar ilegalmente en mi país y cómo —destino cruel— arrastrado por la desesperación había tenido que recurrir al delito para subsistir. Hágame un favor: si le atracan, no se haga el héroe; se ahorrará usted muchos disgustos, y nos los ahorrará a otros.

Miroslaw Grzeszczak se encaminó hacía la eternidad con paso firme y la cabeza bien alta. Pensé para mí: “¡Así mueren los que no le temen a la muerte”. Al entrar en la sala de la soga, me llamó la atención el hecho de que hubiera más público del habitual —en concreto, dos caballeros con uniforme militar—. Aquella no era asunto mío (de momento), pero de repente tuve la corazonada de que el señor Grzeszczak era algo más que un simple caco común. Justo antes de que le pusiera la capucha, gritó en polaco —o eso supuse yo en aquel momento— algo así como “Freya”. Lo dijo mirando a los militares y con lo que me pareció un guiño de complicidad. Cumplida la sentencia, y sin mediar más palabras, los testigos dieron media vuelta y abandonaron la estancia. Todo aquel numerito tan inusual hizo que me picara la curiosidad (ya sabe usted cómo soy).

Ocultando mi interés lo mejor que supe, dejé caer algunas preguntas sobre el polaco entre el personal de prisión que andaba por allí, pero no parecía haber sido un preso fuera de la común en el fondo o la forma. Lo único llamativo era que, de un modo discreto, había sido interrogado por agentes del gobierno la jornada antes de morir. Como a usted, a mí me parecía claro que el asunto aquel tenía mucho más que ver con el espionaje que con un robo común. En cualquier caso, me marché de Norwich —después de hacer el poquito de turismo que me había prometido— con la honda satisfacción del deber cumplido y el muy lícito propósito de seguir con mi pacífica existencia de disecador.

El encargo que me tenía más liado era un precioso ejemplar de pastor alemán. La perra tendría como unos dos años y tristemente había muerto atropellada unos meses atrás. El trabajo venía de parte de un tal Lord Hartpark —un nombre que me sonaba y no sabía de qué—, de Henley, Oxfordshire. Su emisario me indicó que tenían inmejorables referencias de mi trabajo y yo estaba poniendo el máximo empeño en no decepcionarles. Su señoría hasta me había hecho llegar un boceto mostrando la postura en la que deseaba congelar en el tiempo a su perra: mirando hacia arriba con gesto amigable y con la patita derecha levantada, como si la ofreciera para que cualquiera se la pudiera estrechar en forma de saludo. Modestia aparte, estaba más que satisfecho del resultado. Sólo quedaba la peana. Telefoneé al secretario personal de my lord para que me indicara si había que grabar algún nombre. “Sí, ponga Freya”.

¿Cómo? ¿Era aquella una curiosa casualidad o había algo más? No tenía más remedio que ponerme manos a la obra e intentar averiguarlo. Así pues, me dirigí al lugar de los hechos a fisgar un poco.

En Henley muchos todavía recordaban el incidente: la simpática perrita Freya, la predilecta de su señoría (acaso porque caminaba con una ligerísima cojera), realizaba su diario y plácido paseo junto al resto de canes del noble por los alrededores de la mansión. Solía ser un animal bastante tranquilo y dócil, pero, de repente, se volvió como loca y salió corriendo en dirección a un moto que se acercaba por la carretera. El conductor no la pudo esquivar y, tras atropellarla mortalmente, se dio a la fuga. El incidente le había causado tal crisis de ansiedad a Lord Hartpark que lo habían tenido que ingresar en un hospital. Toda una pequeña e intrascendente gran tragedia de la campiña Inglaterra. Quizás, después de todo, lo del nombre fuera pura casualidad o simple sugestión por mi parte.

En cualquier caso, servidor es cabezota, y para intentar hacerme con más piezas del rompecabezas, decidí tirar del otro extremo de tan misterioso cabo. Puse rumbo al barrio del infortunado Graham Resh. Había llegado el momento de recurrir al bendito cotilleo vecinal, para lo cual acudí a su mismísimo templo: el pub Flag and hag, que Resh solía frecuentar. Tras la barra haciendo las veces de altar, ofició como sumo sacerdote del chisme el facundo propietario del local.

—¿Por qué entrarían a robar a casa de ese pobre hombre? Leí en el periódico que no tenía nada de valor.

—A ver, por ahí se comentaba, aunque nada se pudo demostrar, que había vendido una perrita de su propiedad y le habían dado un buen pellizco, que debió de ser gordo, porque el cariño que le tenía no era normal. ¡La quería y la cuidaba con locura! El polaco se había enterado por casualidad y por eso había entrado a robarle. Pero yo no me lo creo, porque era un chucho de esos que hay un millón en Inglaterra. ¡Pero si hasta estaba medio inválida! Además ¿dónde está el dinero? Desde luego, el polaco no lo tenía…

¡Resh había vendido una perrita coja! Disimulando mi excitación lo mejor que supe, proseguí con mi interrogatorio. 

—¿Y no sabrá el nombre de la perra?

—Él la llamaba Berlín. Es que se la regaló una vieja muy amable que conoció allí nada más terminar la guerra. La pobre señora estaba tan tiesa que ni para dar de comer a la perra tenía. La adoptó y se la trajo con él cuando lo licenciaron. La vieja la debía de querer mucho, porque se quedó con las señas de Graham para escribirle y que le contara cómo estaba.  

—¡Qué detalle! En fin, muchas gracias, jefe. Tenga, se toman ustedes una ronda a mi salud.  ¡Hasta otra!

De momento, parecía que había atado mi primer cabo, pues en ambos extremos había una perra con problemas al andar. Era cierto que los nombres no coincidían, pero no es raro que un amo bautice a su mascota según su preferencia. Empecé a sospechar que la motivación del asalto de Miroslaw Grzeszczak no había sido económica, sino apoderarse del can. Pero, por alguna extraña razón, había mantenido ese detalle en secreto. Lo que estaba claro que la perrita era muy, muy importante para él. Tanto como para irse de este mundo con su nombre en los labios.

De momento, decidí rematar mi trabajo terminando la peana. Estaba tan satisfecho con el resultado que, casi como un colegial que quiere enseñar su dibujo a sus papás, cité a mi casero en el jardincito de la casa para que le echara un ojo a mi obra a plena luz del sol antes de empaquetarla para el envío. Él y yo nos conocimos durante la guerra, era mi inmediato superior. En determinado momento, me juró que, si le sacaba de aquella, me daría techo de por vida en su sótano; y, ya ve, lo hice. 

 —¿Por qué diablos has inmortalizado a la pobre perrita haciendo el saludo nazi?

 —¿Saludo nazi? ¡Si simplemente está levantando la patita para dar la mano!  Es lo que me solicitó el cliente.

 —Sinceramente, no es la sensación que da. ¿Quién te hizo el encargo?

—Lord Hartpark.

—¿El mismo que estuvo visitando a criminales de guerra en las cárceles con algún absurdo  pretexto humanitario?

Claro, de eso me sonaba su nombre.

—Eso parece.

—¿Sabes cómo se llamaba el animal?

—Freya.

—¡Más a mi favor!: Freya era la diosa de la belleza y la juventud de la mitología germánica. Apuesto a que es el tipo de nombre que el mismísimo Hitler en persona le habría puesto a una perra.

—¿Está usted insinuando que el tal Lord Hartpark es un nazi?

—Con los datos que me das, me parece más que evidente.

—¿Qué diablos hacía entonces en la cárcel Hamelin entrevistándose con los criminales?  

—No sé, pero todo parece indicar que despedirse de ellos y, quizás, recibir algún tipo de información o instrucciones.

—¡Pero no es posible! ¡Cómo pudieron nuestros servicios de inteligencia cometer un error tan gordo!

—La guerra ya estaba ganada. Es normal que se relajaran.

Entonces, empujado por toda aquella marea de datos, me encaminé a la última casilla del misterio. 

—Oiga, mi comandante, ¿no tenía Hitler una perrita a la que quería mucho y que lo acompañó hasta el mismísimo suicidio en el búnker?

—En efecto, se llamaba Blondi. Tuvo una camada antes de morir, pero les pegaron un tiro a todos por orden expresa del Führer. No quería que cayeran en manos de los soviéticos.

—¡O quizás eso nos quisieron hacer creer! Imagine que salvaron a una en secreto. Se podría convertir en todo un símbolo del nazismo y sus ideas; una chispa que podría hacer que la llama del Reich siguiera ardiendo; un encantador peligro peludo de cuatro patas. ¡Demasiado bueno como para no intentarlo! 

—Eso es imposible de comprobar. El encargado de matar a los animales fue Fritz Tornow, el cuidador de los perros de Hitler. Fue capturado por los soviéticos. 

—Creo que el único que conoce la solución de este misterio es el propio Lord Hartpark, pero me temo que no estamos en condiciones de interrogarle sobre el asunto…¡Cielo santo, mi comandante!, ¿cree que deberíamos notificar a las autoridades de nuestras sospechas?

—Las autoridades ya están al tanto del asunto y, en lo referente a Hartpark, me temo que jamás volverá a contestar a ninguna pregunta. Falleció ayer por la noche—. Mi casero y yo nos giramos. Frente a la puerta de la valla del jardín, un tipo ancho de hombros y ceñido de gabardina había pronunciado esas palabras. Le acompaña otro par de especímenes de la misma cuadra ministerial—. Y ahora, con su permiso, nos llevamos a esta perra. Excelente trabajo, por cierto.

—¡Qué pena que no vaya a cobrarlo! —contesté con un suspiro.

—Así es la vida del trabajador por cuenta propia.

—Ya que no me van a pagar en libras, deme una propina de información privilegiada: Fritz Tornow cantó persuadido por los creativos métodos de interrogatorio soviéticos, desveló la existencia del plan y vendió a la pobre anciana de Berlín, que facilitó amablemente a sus visitantes rusos la dirección donde localizar a Frida. Lástima que, según lo planeado por los nazis, Lord Hartpark ya hubiera recogido a la perrita cuando el polaco se presentó a llevársela en casa de Graham Resh, sospecho que acompañado de otro agente que vigilaba en la puerta. Por fortuna, Resh le había cogido tanto cariño a la perrita que insistió en acompañarla a su nuevo hogar para asegurarse de que era el idóneo. El polaco logró sonsacarle dónde era. Ahora solo quedaba conseguir ropas de Resh, cuyo olor serviría para atraer e identificar al animal. Desafortunadamente, todo se torció y el polaco se vio arrestado con un crimen sobre sus espaldas, pero no sin antes ir arrojando la ropa para que su cómplice se hiciera discretamente con ella. Ese mismo cómplice fue el encargado de desplazarse a Henley y ejecutar a la desdichada perrita, a la que su entusiasmo por percibir el olor de su antiguo amo delató y llevó a la muerte. ¿Voy bien?

—Prosiga, que toda esta retahíla de fantasía me está resultando de lo más divertida.

—Los soviéticos pensaron que muerto el perro se acabó la rabia, literalmente. Pero no, el bicho era tan sumamente especial que incluso disecado podía ser en extremo útil a la causa del Cuarto Reich. Los símbolos tienen estas cosas. El polaco, ingenuo, pensaba que sus camaradas harían algo por salvarle el cuello, pero no fue así. Resentido, contacto con ustedes para contárselo todo. La maquinaria real se puso de inmediato en marcha: se investigó a Lord Hartpark y se confirmó que era la piedra angular del neonazismo en las Islas Británicas. ¿Cómo había podido nuestra inteligencia estar tan ciega? ¡Un íntimo amigo de Eduardo VIII que incluso la acompañó en su viaje a Berlín de 1937! En atención a su rancio abolengo, se le ofreció la honrosa salida de volarse la tapa de los sesos en vez de pasar la humillación de ser juzgado, condenado y ahorcado por traidor.

—Ja, ja, ja…No ha acertado usted ni una. Lord Hartpark murió en un accidente de caza y nos llevamos este animal porque fue introducido ilegalmente en el Reino Unido y eso va contra la legislación sanitaria del gobierno.

—Por supuesto. La perrita no tenía nada de particular.

—Un pobre bicho cojo como hay miles en Inglaterra. En fin, si me disculpan, he disfrutado mucho de su amena conversación, pero ahora he de irme.

El tipo aquel se levantó y, tras localizar una zona de barro fresco en el jardín, se agachó con la figura en sus manos. Apretó la pata de la cojera, aquella que tenía levantada, sobre la tierra de modo que dejara una señal lo más profunda y nítida posible. Hecho esto, y sin articular palabra o despedirse con un gesto, desapareció junto a sus acompañantes con el mismo sigilo con el que se había presentado. Muertos de curiosidad, mi comandante y yo nos pusimos en pie de un salto para averiguar qué demonios tenía de especial aquella dichosa huella.

Si yo hubiera sido el único testigo de aquello, aceptaría la idea que pudiera haber sido pura sugestión, pero mi casero también dio fe, y él no era de los que se dejan impresionar o arrastrar por ilusiones. Freya cojeaba ligeramente porque su patita derecha tenía un defecto que la hacía pisar de un modo muy especial: dejando sobre el barro mojado algo muy parecido a la siniestra figura de una esvástica.  

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