¡ENHORABUENA, HOY ES TU DÍA DE MUERTE!
¡ENHORABUENA, HOY ES TU DÍA DE MUERTE!
Londres, junio de 1951
Aquel podría haber sido perfectamente el día de suerte de Edward Wallace Ripley —había ganado en un concurso—, pero el hecho de que le mataran de una paliza lo arruinó todo. Según el oportuno relato de la prensa, minutos antes del fatal ataque, a Ripley se le había hecho entrega de un premio por valor de cien libras logrado en un concurso radiofónico esa misma mañana. Se trataba de la siempre popular Dulce llamada de postres British Smile. Con ese dinero tenía planeado saldar una deuda que había contraído con un prestamista. Según relato del asesino —un aspirante a boxeador sonado de nombre Bob Ronald—, Ripley había telefoneado a su mafioso acreedor para concertar una cita de entrega con alguno de sus muchachos. Lamentablemente, se produjo un fatídico malentendido y Roland había entendido que la factura era de mil machacantes. Así, cuando la cantidad que se le entregó fue de tan solo cien, el esbirro cumplió con la orden que había recibido y se dispuso a darle un susto gordo a Ripley. Por desgracia para él y para su víctima, Ronald era todavía un brutote en prácticas, incapaz de calibrar adecuadamente la propia fuerza y su efecto en la anatomía de Ripley. Desde una ventana cercana, el comandante retirado del Real Cuerpo de Fusileros Samuel T. Theus, testigo de los hechos, ordenó a Ronald que levantara las manos al tiempo que le apuntaba con su vieja carabina. Éste hizo caso omiso e inició la huida. Theus hizo blanco. Rápidamente, un enjambre de curiosos rodeó a los dos cuerpos que yacían inertes en la acera. La excitación entre aquellos transeúntes era máxima (impropia de unos ingleses como Dios manda; de hecho, a uno hasta le dio un infarto). No obstante, algunos conservaron la cabeza en su sitio y se alertó a los servicios policiales y sanitarios.
El infortunado Ripley llegó cadáver al hospital: su cabeza había recibido más patadas de las que se podía esperar razonablemente que soportara. En cuanto a Bob Ronald, el disparo de Theus no lo había mandado al otro barrio, pero le había dejado a tres paradas de autobús. En macabra ironía, los médicos dieron lo mejor de sí mismos y lograron salvar la vida de Ronald, a sabiendas de que era muy probable que en pocos meses se la segaran por orden del Ministerio de Justicia. El juramento hipocrático es el juramento hipocrático, obviamente.
El juicio fue tan rápido como estereotípico: nada podía hacer el abogado de Ronald para poner en duda su culpabilidad y casi menos para lenificar lo gravísimo de su asesina actuación. El inerme letrado jugó tan terribles cartas del único modo que podía: ‘mi cliente sufrió una enajenación mental transitoria por no recibir la cantidad esperada y, en cualquier caso, su capacidad mental se ha visto afectada por la cantidad de golpes que ha recibido en el cráneo boxeando, por lo que no podía ser plenamente consciente de las consecuencias de sus actos’. No coló. Los informes psiquiátricos no vieron ningún inconveniente en que todo el peso de la ley cayera sobre Ronald, y eso iba a hacer. A la desesperada, el abogado trató de cargar parte de la culpa sobre la persona que había ordenado la paliza, pero Roland insistía en que ignoraba su identidad. El muchacho iba a dejar en este mundo a unos padres y a un par de hermanos pequeños, y sabía de sobra que la ley del barrio chungo no tiene piedad con los chivatos y su entorno.
En resumen, que a Bob Ronald le dieron cita conmigo en la cárcel de Pentonville. Nuestro encuentro apenas duró el minuto de rigor. Nada de particular. Otro muchacho de barrio pobre medio desesperado, medio narcisista que había visto demasiadas películas de gánsteres de Chicago y, por soñar con convertirse en Jimmy Cagney, había terminado como él en Ángeles con las caras sucias.
Esa misma tarde telefoneé a mi estimado David Dogan. El bueno de David es contable de profesión y buen samaritano de vocación. Dirige una pequeña organización benéfica de apoyo de todo tipo a los familiares de las víctimas de asesinato. La viuda de Ripley había aceptado su ayuda, y me interesaba saber qué tal le iba.
—Bueno, poco a poco. A ratos. Ella pensaba que la ejecución de Ronald le daría un poco de consuelo y alivio, pero, como de costumbre, no ha sido así.
—Ya. Apuesto a que siente el típico vacío raro y desagradable por dentro.
—Exacto.
—¿Cómo anda de dinero? Supongo que regular, ya que su marido tenía tratos con prestamistas. Yo he ganado un puñado de libras esta mañana, quizás le vendrían a ella mejor que a mí.
—No, no, no tiene el más mínimo problema económico. Ripley había contratado un buen seguro de vida. Pero lo curioso es que ella ignoraba lo del préstamo. Aparentemente, todo rodaba bien en el hogar de los Ripley.
—Huele a que el buen señor tenía sus asuntillos a espaldas de su señora…
—Seguro. En fin, mañana voy a ir a visitarla, va a venir su cuñado de Brighton con la familia y me los quiere presentar. ¿Quieres que le dé recuerdos de tu parte?
—Estoy harto de que siempre hagas ese chiste. No tiene gracia, nunca la tuvo, y es de pésimo gusto.
—¿Sabes lo que sí que tiene gracia? Que al cuñado de Brighton, Ewan Ripley, también le tocó el premio ese de la radio.
—¡Ya veo que en la familia se hartaban de comer postres para mandar cartas con etiquetas!
—¿Cartas con etiquetas? Tú en tu vida has oído hablar del concurso, ¿verdad?
—No escucho emisoras de radio que no pongan a Haendel con frecuencia.
—La Dulce llamada de postres British Smile consistía en que se llama a un número de teléfono al azar. Cuando contestan, se pregunta por el titular de la línea y se le pide que recite para todos los oyentes la rima infantil Jack and Jill a cambio de cien libras.
—¿Y?
—Y eso es todo. “¡Una dulce rima infantil siempre nos pone una sonrisa británica en los labios!”, rezaba el eslogan. Por desgracia, con toda la publicidad negativa del asesinato, la promoción por radio de la marca ha sido cancelada después de tres años de éxito.
—¡Qué gilipollez de concurso!
—Ganar cien pavos fáciles nunca es una gilipollez, amigo.
—Cierto.
De camino a casa, no paraba de meditar sobre lo caprichosa que es la dichosa fortuna. ¿Cuántos teléfonos habría en el Reino Unido? ¡Y le tuvo que tocar a dos hermanos!
Curioso, mucho. Casi tanto como servidor de ustedes.
Esa misma tarde, me agencié una guía telefónica de Londres y me dispuse a dar algunos telefonazos.
—¿Señor Mark Ripley? Soy John Wilson, del Ministerio de Hacienda. Nos consta que usted ganó una cantidad de cien libras en un concurso telefónico y no aparecen en su declaración.
—¿Perdón? ¿Qué concurso? ¿Qué cien libras?
—Disculpe, número equivocado.
Colgar, marcar, esperar.
—¿Señor Samuel K. Ripley? Soy John Wilson, del Ministerio de Hacienda. Nos consta que usted ganó una cantidad de cien libras en un concurso telefónico y no aparecen en su declaración.
—¿De qué concurso me habla usted?
—Disculpe, número equivocado.
Parecía que, fiel a mi costumbre, me estaba dejando llevar por mi imaginación. En fin, uno más y me doy por vencido.
—¿Señor C.E. Ripley? Soy John Wilson, del Ministerio de Hacienda. Nos consta que usted ganó una cantidad de cien libras en un concurso telefónico y no aparecen en su declaración.
Silencio inquieto por respuesta. Tras unos segundos, por fin reaccionó.
—Eh…Sí, eso fue hace casi dos años. No sabía que hubiera que declararlo.
—Bueno, no se preocupe, lo dejaremos pasar por esta vez, pero no que vuelva a ocurrir.
—Sí, sí, claro, muchas gracias…
Primer acierto, que fue seguido de cuatro fallos. Cada vez más confundido, insistí.
—¿Señor Ernest Ripley? Soy John Wilson, del Ministerio de Hacienda. Nos consta que usted ganó una cantidad de cien libras en un concurso telefónico y no aparecen en su declaración.
—¡Maldito Connors! ¡Gastarse un dinero en un contable para esto! ¡Me va a oír! En fin, ¿cómo se puede solucionar?
—Tranquilo, no se preocupe, lo dejaremos pasar por esta vez, pero no que vuelva a ocurrir.
—¡Descuide, y ese papanatas de Connors está despedido!
—No sea muy duro con él, señor Ripley, que un despiste lo tiene cualquiera.
Dos dianas: C.E y Ernest (además de Ewan, el de Brighton). El siguiente nombre en el listín era el de Edward Wallace Ripley. Me figuro que usted ya habrá encontrado la curiosa coincidencia.
No sé si resulta muy verosímil que alguien esté escribiendo un libro sobre los concursos radiofónicos, pero la empleada de la BBC no parecía tener muchas ganas ni de hacer preguntas ni de contestarlas. Me informó de que el concurso de la Dulce Llamada había sido una idea de la agencia publicitaria Valentine Advertisement, que gestionaba todo el asunto. La emisora sólo ponía los medios técnicos. En la agencia tampoco les pareció raro lo de mi presunta investigación, aunque se limitaron a decirme que la persona responsable del asunto, Mary Garvinson, había abandonado la compañía al cancelarse el concurso y no se permitía revelarme sus datos de contacto. Para aliviar mi lógica decepción, no dudaron en invitarme a un Union Jack —la discutiblemente deliciosa combinación de galleta con mermeladas de frambuesa y mora—. “Puede usted probar suerte con la guía telefónica”, me aconsejaron. Pero esta vez no sería preciso, aquel apellido me resultaba familiar. Otra casualidad poco casual más.
“Asimismo, el señor Leonard M. Garvinson, del 23 de Burnaby Gardens, testigo del asalto, falleció a causa de un ataque cardíaco al poco de llegar al hospital”, rezaba la letra pequeña de la noticia del crimen.
Y al 23 de Burnaby Gardens llamé.
—¿En qué puedo ayudarle?
—¿Señora Mary Garvinson?
—Sí, ¿qué desea?
—Que me cuente la verdad. No sé preocupe, no soy de la Policía.
“Las dos o tres primeras veces, no le di importancia, pero cuando las pesadillas se volvieron repetitivas, me comencé a preocupar. Leo empezaba a chillar —unos chillidos desgarradores y agónicos—, ¡Ripley, no! ¡Por favor, Ripley, déjame en paz! y se despertaba llorando empapado en sudor. Por mucho que insistía, él se negaba a darme más detalles de todo aquello. Decía que eran simples pesadillas, a las que era propenso si cenaba de más por la noche. Por supuesto, también afirmaba desconocer quién diablos sería el tal Ripley. ‘Me temo que es un producto del exceso de roast beef’, bromeaba.
“Harta y preocupada, contacté con mis suegros. El padre de Leo pareció incomodarse mucho con mi pregunta y se apresuró a corroborar la teoría de su hijo. La madre, por su parte, callaba con la boca y me hablaba con los ojos. Iba a decirme algo, pero no delante de su marido.
“Cuando, al fin, dispusimos de completa intimidad en el jardín, se me acercó con una fotografía en la mano. Era la vieja foto de clase de cuando Leo tenía 8 o 9 años. En ella, marcados con letra blanca, estaban los nombres de los alumnos. En el centro de la fila trasera, el más grandón, era un tal E.Ripley.
“Mi suegra me relató cómo aquel monstruo se había hecho el amo de la clase, martirizando a cualquier niño al que considerara débil o su potencial adversario. Y Leo era el más tierno de todos, su presa favorita. Ningún alumno jamás se habría atrevido a denunciarlo a los maestros. ¿Para qué? El único efecto que aquello habría surtido era una reprimenda y un castigo. Ya se sabe cómo pensaban aquellos profesores: ‘¡Por el amor de Dios, Garvinson, eres un chico, aprende a defenderte por ti mismo y no me vengas lloriqueando como una señorita! ¿Qué quieres, que le cuente todo esto a tu padre? ¡Menudo vergüenza le haría pasar! ¡Qué ridículo y qué deshonor tener un hijo debilucho y chivato! En fin, pon la mano, que no me queda otro remedio que tratar de forjarte el carácter a reglazos’. Durante dos cursos, su hijo había callado y sufrido —muchísimo—: agresiones físicas, burlas, humillaciones. A su madre sí se atrevía a contárselo, pero ¿qué podía hacer ella? Decirle que fuera fuerte, como su padre, que era un Garvinson y un inglés, y debía honrar y hacerse digno de ambas cosas. Gracias a Dios, trasladaron al padre del tal Ripley y nunca más supieron de él. Aparentemente, muerto el perro, se acabó la rabia. Pero no, el daño ya estaba hecho. Puede que para siempre. Leo era un hombre traumatizado, castrado en su orgullo. Estuvieron años luchando contra aquello (a espaldas del padre de Leo), pero todos los especialistas consultados le dijeron que seguramente su mente nunca sanaría del todo.
“Ya se figurará usted mi reacción al enterarme de todo aquello. Una repugnante mezcla de ira, rabia, miedo, dolor e impotencia me trepó desde la entrañas hasta dejarme un horrible sabor a hiel en la boca. Mi primer instinto fue el deseo de pegarle una bofetada a mis suegros, pero logré controlarme. Me limité a despedirme y largarme de allí. No he vuelto a hablar con ellos. No sé quién me comentó que él se está muriendo. Va a tener que darle muchas explicaciones a Dios.
“Al llegar a casa, con todo el tacto amor y dulzura de que fui capaz, le conté a Leo que me había enterado de su problema. Se me echó a llorar en los brazos como el bebé que ya jamás tendremos. Me aclaró que el tal Ripley le había cogido una especial manía porque mi marido había recitado un poema infantil a la perfección:
Jack y Jill subieron la colina
A por un cubo de agua.
Jack cayó y se rompió la cabeza
Y Jill dio volteretas detrás de él.
“Lo conoce, ¿verdad? Claro, todo el mundo en este dichoso país de mierda lo hace. Pues resulta que el malnacido de Ripley se ponía nervioso y se trababa o cambiaba las palabras. El profesor hizo una hiriente comparación entre ambos, y Ripley no pudo soportar la pública humillación: Garvinson lo iba a pagar caro. ¡A este mundo le iría mucho mejor si los maestros supieran cuándo deben meterse la lengua en el culo!
“Decidí que me tenía que vengar de ese hijo de mil putas que le había arruinado la vida a mi marido y, por extensión, a mí. Pero ¿cómo localizarlo? Traté de contactar con el antiguo colegio de mi marido, pero es un colegio de esos que tienen un absurdo código de confidencialidad. Luego pensé en buscar a todos los E.Ripleys que hubiera en las guías telefónicas e ir llamando uno por uno hasta que diera con el que estudió en el colegio de Leo. Pero ¿con qué pretexto preguntaría sobre su pasado escolar a todas aquellas personas? Si el tipo aquel tenía dos dedos de frente —y la gente extremadamente cruel también suele ser muy lista—, se olería algo raro y, sin duda, era consciente de que había dejado muchos enemigos en su etapa escolar. Tenía que encontrar la manera de localizarle sin prevenirle de que una dura revancha se le venía encima. Fue entonces cuando en la agencia desde British Smile nos encargaron lo del concurso radiofónico. Yo diseñaría el asunto y lo supervisaría personalmente en todas sus fases.
“Era la forma perfecta de contactar con todos los E.Ripleys del país de una manera discreta. En teoría, los teléfonos los seleccionaba un espectador al azar de entre el público en los estudios, pero, si ha visto algún show de magia, sabrá que ese tipo de cosas se pueden trucar En cualquier caso, yo dejaba pasar un tiempo prudencial entre cada llamada a un E.Ripley, y, de todos modos, como no se decían nombres ni apellidos por antena, era imposible que nadie notara nada raro. Solo tenía que buscar algo que identificara al E.Ripley que me interesara y fue entonces cuando recordé lo de la cancioncita. Lo único que me restaba era ser paciente y confiar en que el tal Ripley no hubiera corregido su carencia infantil.
“En paralelo, me había pasado por un par de gimnasios de bastante dudosa reputación y empezado a indagar cómo se puede conseguir que le peguen una paliza a alguien. Es sorprendentemente fácil si uno está dispuesto a pagar bien. Le di la pasta por anticipado a ese tarado de Roland. La idea era que sólo le hiciera muchísimo daño a Ripley, no matarle. Me dio un número de teléfono al que tenía que llamar cuando quisiera el servicio. A Ronald, como ya sabrá, le conté el camelo de que iba a cobrar una inexistente deuda de mil libras en nombre de un importante mafioso metido a prestamista, y que no aceptara un penique menos. Me pareció que no estaba de más intentar despistar a la Policía por si le daba por investigar la razón de la paliza. Obviamente, Ripley negaría lo de que había contraído una deuda con un prestamista a espaldas de su esposa, pero ¿qué respetable padre de familia admite una cosa así?
“Ya se imaginará usted el vuelco que me dio el corazón cuando el tal Edward Wallace Ripley no paró de tartamudear y equivocarse al recitar los versos. De vuelta del trabajo, telefoneé al matón a sueldo y le di la dirección para que estuviera listo por la zona a partir de las cuatro en punto. Luego, me inventé alguna tonta excusa y llevé a Leo a las cercanías de la casa de Ripley. Ahora, a esperar que llegara la furgoneta de British Smile con el dinero del premio y que él saliera a recogerlo.
“Cuando Ripley apareció, mi marido y yo estábamos sentados en un banco cercano, mientras que mi cómplice simulaba esperar un autobús. No me hizo falta preguntar si era él, el rostro de Leo daba una respuesta nítida. De inmediato, le hice una seña al matón y el resto ya lo conoce usted. Un plan perfecto, si no fuera porque el imbécil aquel no sabía medir sus fuerzas y, sobre todo, porque yo no supe hacer lo propio con las del corazón de mi marido. Me tendría que haber imaginado que la crisis nerviosa de reencontrarse con Ripley le podría matar. Yo sólo quería hacer un poco de justicia y regalarle a mi Leo la satisfacción de ver cómo sufría ese hijo de puta igual que él había hecho sufrir a otros , de contemplar cómo chillaba de dolor, cómo imploraba compasión de rodillas…”
—Créame, ese tipo de soluciones nunca funcionan. Yo lo sé mejor que nadie —le dije al tiempo que le alcanzaba mi pañuelo.
—¿Qué piensa hacer? —sollozó.
—Pues lo mejor que puedo: nada. Dejar que el cochino círculo del dolor y la venganza se cierre aquí y ahora.
—¿Se da cuenta de que si se le hubieran parado los pies en su momento a un mocoso de ocho años, tres personas seguirían con vida y yo sería feliz?
—Exacto, usted lo ha dicho. ¡Ojalá tomen nota los que deben!