EL CUERPO DE CRISTO…BANG, BANG
Liverpool, abril de 1948.
El sacerdote presentó solemne la forma ante la dulce cincuentona, que reaccionó sacando un revólver de su bolso y descerrajando un disparó a quemarropa al indefenso jesuita. “Lo hice por la gravísima e inmoral deriva teológica que estaba tomando en su labor pastoral”. ¿Había escuchado usted alguna un móvil de asesinato más original? El pobre abogado defensor, desde luego que no. Pues eso exactamente declaró la criminal en comisaría. Añadiendo más dificultades judiciales a la defensa, la por lo demás muy respetable señorita Irene Prescott estaba totalmente cuerda y, para colmo, ¿se le ocurre mayor premeditación que llevarse una pistola a misa? Se la había sustraído a otra oveja del rebaño, el inspector de policía Roberts, aprovechando una visita de cortesía. La guinda del pastel de condena a muerte era que la víctima -el padre Henry Matthews- resultaba ser un muy querido curita de barrio. Sus feligreses, con la señorita Prescott a la cabeza, lo adoraban, y se había hecho famoso en todo el país gracias a su muy didáctica y amena columna en The Catholic Herald, titulada La sencilla voz del Señor. La última, publicada como homenaje a título póstumo, versaba -en dolorosa ironía- sobre lo bella y sagrada que es la vida humana. Aunque, por otra parte, sus más fervientes seguidores la encontraron particularmente floja, lo cual supuso una tremenda decepción, pues en su última homilía antes de morir había prometido que sería “lo más trascendental e impactante que jamás yo haya escrito, aunque si os la leyera ahora, sólo os causaría sorpresa y confusión. Pero la comunión, la sangre de Cristo le da sentido a todo. Hoy más que nunca, la comunión será liberación”.
El caso trajo la previsible cola social. Los círculos anglicanos lo usaron como prueba irrefutable de que los católicos son todos una pandilla de fanáticos, a los que estos replicaban -con mucha mala uva- que igual había sido la Iglesia de Inglaterra la que había encargado el asesinato, dada la popularidad del padre Matthews. La prensa rosa amarillenta, por su parte, defendía -sin más pruebas que mucha imaginación- un amargo desengaño amoroso como móvil del crimen: la pobre solterona que se ilusiona con el sacerdote agradable de físico y de predicación irresistible, y que no es capaz de asimilar que el suyo es un amor del todo inviable.
El jurado encontró a Prescott culpable -no podía ser de otro modo-, pero recomendó una sentencia benévola. El Vaticano y la orden del padre Matthews pidieron también clemencia, pero esto era la vieja Inglaterra, y las autoridades judiciales de un país serio no han de transmitir la idea de que se puede ir por ahí tiroteando a curas en misa de 12 sólo porque no te gustan sus homilías y luego no afrontar consecuencias de la máxima severidad. En fin, que me llegó la carta del Home Office convocándome para un trabajito.
Siempre se monta muchísimo revuelo, sin importar el país, cuando resulta que el reo es rea. Puro sensacionalismo con el único objetivo de vender más periódicos. Para los profesionales del asunto, un cuello es un cuello y punto. La señorita Prescott llevó el trance de la mano de una profundísima fe. Recibió los auxilios de un sacerdote (en un obvio ejercicio de humor negro, un guardia de la prisión le garantizó que no iba armada), y encaró los últimos instantes de su vida con una serenidad demasiado teatral para mi gusto, cántico religioso incluso, y exclamando: “¡Sacrifico mi vida para salvar ciento!” (me temo que este comentario está fuera de lugar; al fin y al cabo, cada uno es libre de morirse como le dé la gana). Parte del show fue también decirme que me perdonaba mientras estaba yo con lo de soga. Se lo agradezco de veras, sé que lo hizo con la mejor intención. Aunque en esto, como en tantas cosas, el perdón que realmente se quiere es el de uno mismo. La última voluntad de la señorita Prescott fue que la enterraran junto a sus padres y con una copia de su puño y letra del salmo 91, que había llevado en las manos en sus últimos momentos.
Abandoné la prisión Walton (si pasa por Liverpool, intente no tener que visitarla) por una discreta salida trasera -la puerta principal estaba tomada por la brigada mixta de periodistas, abolicionistas y curiosos-. Me acompañaba el pelirrojo Jimmy Hamps (quien ejercía como mi ayudante-aprendiz siempre que trabajaba por el norte del país, y quien, en su momento, llegó a actuar un par de veces como titular con total eficiencia). Decidimos dar un paseo para hacer tiempo hasta que llegara la hora de ir a la estación de ferrocarril para tomar los trenes a nuestros respectivos destinos.
-Pues yo sí que me creo lo de que se quería liar con el cura y él no tragó -dijo Jimmy, sin duda con la simple e inocente intención de charlar de algo.
-No me lo parece, Jimmy. La gente que muere por amor siempre lo hace con el nombre de su amado en los labios -consideraba este tipo de enseñanzas como parte de la formación de mi aprendiz.
-O sea, que si rezaba, es que había matado por Dios.
-Ese es mi diagnóstico.
-Curioso concepto eso de matar en nombre de la fe del amarás a tu prójimo y el no matarás.
-El amor, en todas sus expresiones, nos transforma en seres muy raros, Jimmy. Es algo que se aprende rápido en este oficio.
-¡Me parece a mí que, si eres cristiano, la única manera de poder matar a alguien y dormir tranquilo es que esté ya muerto!
Nos reímos con ganas. En parte porque hay que reconocer que Jimmy tiene unas salidas muy buenas, y en parte para aliviar la tensión de la jornada.
Como seguíamos teniendo tiempo de espera, nos metimos a curiosear en una librería enfrente de la estación Liverpool Central. Los verdugos también tenemos nuestras inquietudes culturales.
-Antología de La sencilla voz del Señor, por el padre H.T. Matthews…Me llevo este, señorita -me había entrado curiosidad por leer algunas de esas supuestas barbaridades teológicas que habían llevado al padre a la tumba y, después de todo, siempre hay que llevar lectura cuando se viaja.
-Serán 10 chelines, señor.
Un poco caro para un libro tan finito. Menos mal que yo había cobrado una cierta cantidad esa misma mañana.
El libro me duró el trayecto justo hasta Euston Station. ¿Qué puedo decir de él? Entretenido, inspirador y perfectamente inocuo e inocente. Lo remataba su artículo póstumo, que, como era bien sabido, resultaba sorprendentemente flojo y carente de todo interés. No obstante, para mí era el más interesante de largo. Ahora necesitaba un poco más de información.
La londinense redacción del Catholic Herald era la humilde oficina de un semanario que apenas supera las 20.000 copias semanales. No estaba del todo seguro de que mi historia de que era un estudiante de Teología fuera a colar, pero, por fortuna, las gafitas, portar en las manos Antología de La sencilla voz del Señor y poner una voz suave obraron milagros (disculpe el chiste fácil). Conseguí ser recibido por el redactor jefe en persona.
-Me interesa mucho el impacto que el padre Matthews ,que en paz descanse, tuvo en la predicación de la fe.
-Inmenso, inmensísimo. La Iglesia Católica de este país tardará años en ser bendecida por una voz tan clara y fuerte como la suya…
-Sin duda. Es por eso que me llamó tanto la atención su último artículo. Tan diferente en la forma, tan impreciso en el foco, tan flojo en la prédica…
-Entre usted y yo, amigo, y sin que salga de aquí, una mierda pinchada en un palo, y que Dios me perdone la grosería.
-¿Y le encuentra usted alguna explicación?
-A ver, y de nuevo se lo cuento con la máxima confidencialidad, casi bajo secreto de confesión, con perdón de la expresión, algunos creemos que se vio apurado de tiempo y recurrió a…bueno, ya sabe…a eso que se llama un negro.
-¿Un negro?
-¡Pero de los literarios! Ya sabe, alguien que escribe para que se publique con el nombre de otra persona. De hecho, hasta el sobre era diferente.
-Entiendo.
-¡Pero si incluso venía con el nombre de un salmo en Latín mal! Gracias a Dios, nos dimos cuenta y lo corregimos.
Seguramente, el del número 91.
-Y, ¿cómo les hacía llegar el padre Matthews los artículos?
-Por correo certificado. El cartero siempre se pasaba por su despacho cada domingo antes de misa y así asegurar que saliera a primera hora del lunes. ¡Y que no se despistara, que los miles de seguidores del padre Matthews estaban ávidos, deseando leerlo lo antes posible!
-Muchas gracias por su tiempo, no le robo más, señor director.
Urgía viajar hasta la que fuera antigua parroquia del padre Matthews.El nuevo titular tenía muchos más años y mucho menos carisma que su predecesor, pero era un hombre de buen corazón cuya principal meta en esta vida era ayudar a los demás, y eso es todo lo que se le debe pedir a un cura. Abusando de dicha bondad, conseguí enterarme de que los pocos efectos personales de su predecesor se los había llevado su hermano, al que pude localizar con cierta facilidad, pues no vivía lejos. Le abordé haciéndome pasar por un entregado fan del padre Matthews (lo que no era mentira del todo).
-En esta familia somos muy poco de aferrarnos a recuerdos y acumularlos en trasteros. Lo realmente importante sólo se puede atesorar en el corazón, el resto no son más que simples elementos materiales. Lo que poco que tenía de valor se lo donamos a su parroquia. Sólo nos quedamos con una cosa y fue por pura casualidad: a mi hijo Mike le hacía falta una Biblia de bolsillo para el cole y había olvidado comprársela, así que está usando la de tu tío. Aunque lo cierto es que debería agenciarle otra, porque ésta está llena de párrafos subrayados y anotaciones a boli de mi hermano.
-¿Podría echarle un vistazo? Ya sabe cómo somos los fans.
-Se la vendo por 6 chelines -replicó, no en broma.
En efecto, el libro tenía más tinta que santidad (si me permite usted la broma). Pero no tardé en darme cuenta de que junto a muchos párrafos señalados estaba indicada una fecha, que un rápido cotejo confirmó que era la de un artículo para el Herald relacionado.
Tarde un buen puñado de horas, pero, por fin, localicé los últimos pasajes subrayados. Eran cuatro:
2 Samuel 1:9. Entonces él me dijo: “Te ruego que te pongas junto a mí y me mates, pues la agonía se ha apoderado de mí, porque todavía estoy con vida”.
Job 10:1. Hastiado estoy de mi vida: daré rienda suelta a mi queja, hablaré en la amargura de mi alma.
Job 3:1-4. Después abrió Job su boca y maldijo el día de su nacimiento. Y Job dijo: Perezca el día en que yo nací, y la noche que dijo: ``Un varón ha sido concebido."
Job 7:15-16. Mi alma, pues, escoge la asfixia, la muerte, en lugar de mis dolores. Languidezco; no he de vivir para siempre. Déjame solo, pues mis días son un soplo.
No tenían, obviamente, nada que ver con su postrero artículo.
El cartero del barrio era un cartero de barrio: feliz y sonriente con su bolsa, su gorra de plato y su bicicleta un poco oxidada. Por eso, admito que estuvo un poco feo por mi parte eso de secuestrarlo a punta de navaja, pero las circunstancias lo requerían.
-¡Oiga, que yo no llevo dinero! Esos son otros… -me dijo, muerto de pánico.
-Ya lo sé. Tranquilícese, que no quiero billetes, sino respuestas.
Curiosamente, esto no le quitó el gesto de pavor.
-¿Dónde me lleva?
-A la comisaría.
En efecto, secuestrar a alguien para llevarlo a la comisaría. Yo soy así.
-¿El comisario Roberts?
-No le puede recibir en este momento, está ocupado.
-Dígale de mi parte que me acompaña un cartero que le abría los sobres al padre Matthews sin permiso.
-¡Pase! -era Roberts, desde el fondo de la sala. Su vozarrón, que había salido directamente de su barriga para retumbar bajo su bigote, imponía más de lo razonable.
Solté al pánfilo del cartero para que se largara y me dispuse a mantener la crucial entrevista con Roberts.
-¿Quién es usted y qué pretende? -me interrogó en el mismo instante en que cerraba su despacho de un portazo.
-Le voy a contar un bonito cuento.
-Perdón, ¿cómo dice?
-La amena historia de dos feligreses de barrio tomándose la justicia divina por su mano, o, por ser más precisos, por su revólver de usted.
-No sé de qué me habla. La señorita Prescott abusó de mi confianza en ella para sustraerme una pistola y asesinar el pobre páter.
-Comisario, ¡por favor, que estamos entre adultos! No se llega arriba en la Policía dejándose armas cargadas por ahí. En fin, prosigo con mi relato, el de un fascinante pastor que tiene enamorado a todo su rebaño, con la señorita Prescott y usted a la cabeza. ¿Y sus artículos del Herald? ¡Cuentan las horas hasta poder leer el siguiente! Entonces, deciden que nada hay de malo en forzar al pobre cartero a que les deje leerlo antes de entregarlo en correos. Un sobre cerrado no es nada que un poco de vapor no solucione.
-¿Eso es todo? Lo admito, sí. No creo que vaya a ir a la cárcel por ello…
-Un segundo, que prosigo. El último artículo es una porquería, pese a que Matthews había prometido que sería algo grandioso en su última homilía. En efecto, una chapuza que incluye hasta fallos tan groseros viniendo de un sacerdote como titular el salmo 91 Quo habitat, y no Qui habitat. Aunque debe de ser un error un tanto común, pues la señorita Prescott lo cometió poco antes de morir. Uno podría llegar a pensar que lo que llegó al Herald fue un torpe recambio redactado por la dulce señorita, puesto que ella consideraba el original absolutamente inaceptable, y todo un peligro si llegaba a ser publicado. ¿La razón? No parece difícil de adivinar cuando uno se entera de que el autor va a citar versículos de las Sagradas Escrituras que hablan de la desesperación existencial, la pérdida de la fe y las ansias de poner fin a la propia vida. No sabemos ni cómo ni por qué, pero, contra todo pronóstico, el venerado Padre Don Perfecto va a defender el suicidio. ¡El suicidio! Para colmo, el sobre no va dirigido al Catholic Herald, sino a otro medio digamos…mucho más propenso a publicar ese material tan dañino y escandaloso. Con la influencia que él tiene, las consecuencias podrían ser absolutamente catastróficas. Hay que ponerse en acción. Se destruye la nociva carta con sobre y todo, y se prepara la falsificación rápidamente. En lo referente al padre Matthews, no pasa nada, eso son nervios. Lo mejor será hablar con él después de misa. Seguro que con el apoyo y el cariño de toda la comunidad y la ayuda de Dios, saldrá de la pasajera crisis existencial y de fe. Entonces, llega la homilía, la maldita homilía. Ustedes dos se miran sin saber qué pensar. Pero, al ver que apura apresuradamente el vino consagrado sin consentir que nadie más tome una gota de él, se percatan de todo: lo de hoy no había sido un sermón, sino nota de suicidio en toda regla. El vino estaba envenenado y no tardaría en hacer efecto. No había tiempo que perder. Pero ¿qué solución había? La señorita Prescott estuvo más rápido que usted, se levanta rauda a comulgar, pero de camino le pide la pistola de la que usted nunca se separa por precaución. Sabe cómo usarla, como tantas mujeres a las que preparó para una posible invasión nazi. Usted duda un instante, pero ella le insiste: ¡Ya es un hombre muerto, se ha bebido el veneno y no tardará en morir! ¿Vamos a consentir el suicidio público de uno de los sacerdotes católicos más influyentes del país? Tenía razón.
El comisario Roberts estalló en una carcajada teatral en exceso y me tributó una histriónica ovación -un numerito muy al estilo señorita Prescott-.
-¡Enhorabuena, amigo! Le aconsejo que se meta a guionista de cine, igual se hace rico.
Sin decir una sola palabra más, salí del despacho y me marché de la comisaría sin echar la vista atrás. Sabía de sobra que aquel era el final del asunto. No obstante, me apetecía mucho recordarle al comisario Roberts que no existe el crimen perfecto, algo que él, como policía, ya debería saber. De camino al tren, recordé las sabias palabras de Jimmy: “¡Me parece a mí que, si eres cristiano, la única manera de poder matar a alguien y dormir tranquilo, es que esté ya muerto!” Tenía toda la razón del mundo. En aquella ocasión, el alumno le había dado una lección al maestro.