EL BUFÓN DEL DESTINO

Londres, mayo de 1947

Jack Henrys era un buen muchacho al que se le cruzaron las estrellas. Nada más volver de la Marina Real, recién finalizada la guerra, aquel honrado y campechano albañil había decidido dejar su localidad natal (Stratford-upon-Avon, lo que le hacía paisano de William Shakespeare) para buscar un futuro más prometedor en la gran ciudad de Londres. No era el primer mozo de su pueblo que se embarcaba en tal aventura.

Como tanta gente en el Reino Unido de la posguerra, sólo conocía Londres de oídas y vistas en los noticieros del cine. Incapaz de decidir hacia dónde dirigir sus pasos, preguntó en la estación de tren cómo llegar a Blackfriars, un rincón londinense que le sonaba porque en el colegio le habían repetido con cierta frecuencia que su tan ilustre paisano había vivido y trabajado por allá.

Allí parecía que los astros se había alineado a su favor: encontró trabajo en unas obras de reconstrucción del castigado barrio y, a través de un compañero de trabajo, una habitación barata pero razonablemente limpia en una pensión de mala muerte que intentaba resucitar. Para colmo de bienes, también había empezado a tontear -con la torpeza con la que coquetean los paletos- con Molly, la hija propietario del pub local, que echaba una mano en la barra.

Fue entonces cuando Greg Shaw se tuvo que cruzar en la vida de Jack Henrys para arruinar la de los dos (y, de rebote, una tercera). Shaw era alto, musculoso y guapo. En otra época y otro lugar, seguramente se podría haber ganado la vida con lo agradable de su físico, pero en aquel Londres se tuvo que conformar con vivir de lo fuerte de su físico trabajando en la misma obra que Henrys.

Los dos jóvenes currantes hicieron buenas migas desde el principio, y era habitual verlos compartir las sacrosantas pintas de después de trabajar de todo buen inglés, siempre entre las reglamentarias carcajadas.

Por eso, cuando un sábado por la noche Henrys empezó a chillarle a su amigo, todo el mundo en la sala se giró extrañado.

-¡Me parece una vergüenza por tu parte! ¡Es repugnante! ¡Me das asco, asco! ¡Me voy de aquí por no vomitar por el olor a mierda que echas!

Y, sin dejar que Shaw se pudiera defender del ataque y los insultos, Henrys se levantó y abandonó el pub. Todo el mundo entró en un silencio incómodo con la mirada puesta en Shaw, pero éste se limitó a encogerse de hombros y afirmar con su encantadora sonrisa marca de la casa: “No pasa nada. Simplemente, le ha sentado mal la última pinta”.

Por desgracia, aquello debía de haber sido mucho más que una cerveza mal bebida. El lunes a mediodía, se vio salir corriendo a Henrys de unos lavabos públicos próximos a su trabajo. Llevaba el gesto desencajado y los ojos inyectados en sangre, aunque no tan abundante como la que ensuciaba una pala que portaba en las manos, que rápidamente dejó caer en la acera. Los bravos transeúntes, en la más pura tradición del intrépido ciudadano británico, empezaron a perseguirlo en número cada vez más elevado hasta que lograron acorralarlo en un callejón y retenerlo hasta la llegada de los oportunos policías. Uno de ellos, el siempre perspicaz agente Newman, se percató de que apenas había opuesto resistencia. Sin duda, estaba resignado a su destino. 

Lo que encontraron en aquel lavabo público no era plato de gusto. Incluso al curtido -a la par que perspicaz- agente Newman se le revolvieron un poco las tripas. Ahí yacían en un lago de sangre, machacados a palazos, los cuerpos sin vida de dos varones cubiertos de unas setenta libras (o, lo que es lo mismo, diez semanas de jornal). Ambos tenían los pantalones y la ropa interior por las rodillas. El agente Newman -quien, aparte de curtido y perspicaz, también era un humorista frustrado- soltó: “¡Menuda se va a poner la señora de la limpieza!”

Las víctimas resultaron ser Greg Shaw -previsible- y un tal Harold Southward, periodista de medio pelo que hacía de todo un poco para las páginas muy interiores de un periodicucho. No se habían conocido en el lavabo, pues se había visto a Southward por la obra charlando con Shaw en un par de ocasiones la semana anterior.

Henrys se limitó a confesar en comisaría que era el autor de las dos muertes y declarar que no deseaba asistencia letrada, tan solo un juicio rápido y que lo ejecutaran también con la mayor celeridad posible. 

-¿Por qué lo hizo, Henrys?

Su primera reacción ante tal pregunta fue de sorpresa, como si una cuestión tan evidente le pillara de improviso. Tras unos segundos, se limitó a responder.

-¿Importa eso? ¡Lo hice y punto! Cuélguenme y no hagan preguntas absurdas.

Lo morboso y sangriento del doble asesinato -incluyendo el lugar donde se había producido- y la absoluta negativa del criminal a manifestar su móvil hicieron que la prensa sensacionalista se pusiera a salivar. Rápidamente, se crearon tres bandos, que cimentaban sus teorías en las evidencias disponibles, aunque todos coincidían en que era obvio que había un componente sexual en todo aquello, dado cómo se habían encontrado las ropas de las víctimas.

Los más tradicionales abogaban porque Henrys se había enterado de que Shaw iba a mantener un encuentro carnal a cambio de dinero con Southward -sin duda, prostituirse era la conducta repugnante que le había reprochado en el pub- y había decidido atracarlos. Ellos se habían resistido y la cosa se le había ido de las manos al inexperto Henrys, quien, presa del pánico, había huido olvidando su botín. 

Otros achacaban todo aquello a un enfermizo odio a los homosexuales por parte de Henrys -eso era lo Henrys que encontraba repugnante, no la prostitución-. Además, el hecho de que no se hubiera llevado el dinero reforzaba esta explicación.

Por último, una tercera escuela más folletinesca del cotilleo veía claro una sangriento tragedia de pasión, celos y despecho fruto de un triángulo amoroso. Henrys y Shaw habían vivido un romance clandestino que la entrada en escena de Southward había arruinado. Ese era, sin duda, el acto tan repugnante para Henrys: el pedazo de cuernos que le estaba poniendo el otro.

Con todo el país debatiendo sobre el asunto, The News of the World brindó en exclusiva a la nación un bombazo en formato de portada dominical.

“Henrys mató a Shaw por mi amor”

En amplio reportaje en páginas interiores, Molly confesaba -previo pago de su importe- que había dejado a Henrys por Shaw y que, sin duda, esa había sido la razón del crimen. La muerte de Southward había sido ocasionada porque estaba en el lugar y momento equivocados, y Henrys no quería testigos. El hecho de que la Parca sorprendiera a las víctimas con los pantalones bajados -literalmente- obedecía, sin duda, a que el traicionero criminal los había asaltado mientras hacían de cuerpo. Algunos sectores de la sociedad británica recibieron la confidencia de Molly con alborozo: el honor heterosexual del típico machote inglés había sido restaurado; por no hablar de la desdichada señora Southward, que limpiaba con alivio su frente de aquellos cuernos homosexuales que jamás habría podido sospechar que le saldrían, y que tanta angustia estaban añadiendo al ya de por sí horrible trance de enviudar.

“Henrys, recién despedido cuando cometió su crimen”

Fue el titular con el que respondió el Daily Mirror en su siguiente edición. Desarrollando la noticia, el capataz de la obra relataba cómo Henrys y él habían tenido un fuerte roce la mismísima mañana del asesinato y cómo Henrys, que parecía muy nervioso, le había dicho: “¡Antes de que me eches de esta obra de mierda, cojo mi pala y me voy yo solito!” Sin lugar a dudas, cuando se calmó, se percató de que se había quedado sin fuente de ingresos y entonces había recordado que Shaw estaba a punto de recibir una jugosa suma. Además, el destino había querido que tuviera una muy oportuna pala a mano.

Un semana después, con todo el Reino Unido aún en shock, Molly regalaba -aunque por una bonita suma de dinero- otro impactante titular en su recién estrenado medio de cabecera:

“Estoy embarazada de Shaw”

De nuevo en el interior del diario, Molly confirmaba que estaba segura de la paternidad de Shaw pues “con Jack nunca pase de los besos. Era bastante soso, a decir verdad”. “Le contaré a mi pequeño lo guapo, bueno y valiente que era su papá”, concluía el relato.

Algún intrépido periodista intentó conseguir en primicia la reacción de Henrys a todo aquello (preferiblemente, incluida contrita confesión), pero ni la fama ni el dinero lograron arrancar una palabra de sus labios.

Rápidamente, la apisonadora de la actualidad cargada de nuevas y jugosas historias aplastó el asunto Henrys y lo condenó al olvido. El veloz juicio -donde, por puro capricho del fiscal, se dio por buena la versión de Molly- y la fulminante condena a muerte apenas meritaron un breve en la prensa. En resumen, que a los siete meses justos desde el brutal crimen entraba yo por la puerta de Wandsworth para cumplir con mi tan excepcional rutina.

-¿Cómo está? -pregunté a mi guardia de confianza en aquella prisión.

-Se le nota nervioso, pero también está resignado a su suerte. Como si fuera algo a lo que inevitablemente ha de hacer frente con valor y heroísmo. 

-¿Alguna particularidad?

-Ha pedido que le acompañe un cura de su pueblo en sus últimas horas y se le ha concedido. Ha bajado desde Stratford con los padres del muchacho. Ahora está con él. Le está confesando o algo así.

Los verdugos también tenemos nuestro secreto de confesión. ¡La de pasta que perdí durante mi carrera por no querer revelar a la prensa amarilla las últimas palabras de según qué condenados! Pero aquello me parecía muy íntimo, algo que no se debía compartir. No obstante, no es raro que ahora rompa ese secreto cuando es relevante para alguno de mis relatos.

“Si existe el diablo, ojalá fuera un diablo, para vivir y arder en el eterno fuego”.

Servidor, modestia aparte, se considera curtido en mil batallas -reales y metafóricas-, por lo que conseguir bajarme la temperatura de la sangre no es tarea fácil. Aquellas últimas palabras de Henrys -y cómo las pronunció, con la voz temblorosa pero la mirada decidida de los que entablan un combate mortal de necesidad- me impresionaron de veras.

Por lo demás, una de tantas. Es cuestión de segundos. Está todo perfectamente ensayado y nunca falla. Sus padres se llevarían los restos para darles sepultura en Stratford. Todo parecía indicar que el de Henrys sería uno de tantos crímenes condenados al olvido. 

“¡No podemos creer lo que ven sus ojos!”

Esta vez el simplón juego de palabras y la exclusiva no venían de la mano de The News of the World, sino de la feroz competencia. Resultaba que por fin había nacido el bebé de Molly y, sorpresa y espanto, el retoño de dos progenitores de brillantes ojos azules tenía los ojos más marrones que la boñiga de una vaca de la isla de Guernsey. Algo no le cuadraba a Greggie Mendel en todo aquello.

Molly supo darle la vuelta a aquella escandalosa tortilla de un modo más que admirable y, también en exclusiva de peaje y nadando en un mar de lágrimas, confesó a The News of the World que su bebé era de un respetable hombre casado de la comunidad y que, viendo la oportunidad de salir del paso cargándole el muerto a un ídem, había ideado el plan para evitar el escándalo. La identidad del padre de la criatura sería desvelada en la siguiente entrega del serial. 

El asunto resucitó el caso de Henrys y los medios volvieron a reflotar las antiguas e incómodas teorías.

“¡Henrys estaba forrado!”

El Daily Mirror al contraataque. Un chupatintas del Royal Mail había descubierto casualmente (y filtrado a cambio de la reglamentario gratificación) la copia de un telegrama de un bufete neoyorquino donde se le notificaba a Henrys que había recibido una bonita cifra de parte de un tío lejano recién fallecido. El mensaje se le había entregado el día de los crímenes a primera hora de la mañana. Claramente, el móvil no podía haber sido el dinero.

“¡Henrys nunca habría atacado a un homosexual!”

Dos antiguos compañeros de la Marina Real de Henrys, que eran pareja en la actualidad y que habían preferido mantener el anonimato, certificaron -gratis- que Henrys sabía de su relación mientras servían juntos e incluso los había ayudado para que pudieran mantener algún que otro delicioso encuentro prohibido a bordo del HMS Manchester. Otra teoría que parecía irse a pique.

Ya sólo quedaba lo del triángulo amoroso de tres hombres. Un trío de individuos con un pasado estrictamente heterosexual, sin que ni una sola persona en todo el país pudiera presentar una prueba de lo contrario, pese a que había pasta a cambio. Llamativo. El país decidió ignorar y olvidarse del asunto para siempre. Yo decidí que quería saber la verdad de un tipo al que me había ordenado ahorcar. Llámelo deformación profesional.

El diario donde trabajaba Southward se había mantenido razonablemente alejado y neutral durante todo aquel polémico circo mediático, algo que resultaba de lo más curioso, dado lo propensa al sensacionalismo barato que era su línea editorial. Se había limitado a lamentar la trágica muerte de su trabajador y a celebrar la muerte de su asesino. Me acerqué por la biblioteca para echar un vistazo a los últimos artículos que el malogrado periodista había publicado durante las semanas antes de morir. Por resumir lo que encontré: algún artículo de opinión mediocre, mucha noticia de dudoso interés y muchísima más dudosa veracidad (monstruo del lago Ness incluido)- y, seguramente, la solución de todo aquel embrollo.

No sé si es morbo o culpa, un poco de ambas o cualquier otra cosa, pero el caso es que, si paso cerca de un camposanto donde está enterrado alguno de mis clientes, siento un fortísimo impulso de visitar su tumba y depositar una orquídea blanca (alguien me contó en cierta ocasión que es una flor que se usa para pedir disculpas). Es una sensación rara, desagradable y un tanto adictiva. Sin duda, algo que haría las delicias de cualquier psiquiatra. En cualquier caso, aquella visita al cementerio de Stratford-upon-Avon era de todo menos casual.

-Perdón, -interrogué a un tipo que parecía encargado de todo aquello- ¿sabría usted indicarme dónde está la tumba de Jack Henrys? Le colgaron en Londres hará un par de meses por matar a unos fulanos.

-¿Es usted periodista? -replicó nervioso.

-No, soy un amigo que hizo en Londres. Estoy de visita turística y me gustaría dejar esta flor en su tumba. Pese a todo lo que ocurrió, a mí no me parecía mal tío.

-Jack era una persona excelente. Nadie entiende qué pudo pasarle. En fin, le guiaré hasta donde está enterrado, pero, por favor, no se demore. Tengo que cerrar esto.

-Se lo agradezco mucho. No tardaré más de un minuto.

Aquella no parecía la tumba de un asesino. La lápida era más lujosa de lo esperado, estaba reluciente y había flores frescas. Sin duda, no sólo sus padres tenían en su recuerdo a Henrys por allí.

-Sí, pese a lo que hizo, aquí se le tiene cariño a Jack -indicó mi acompañante al percatarse de mi gesto de desconcierto.

Grabada, aparte de su nombre y fechas de nacimiento y muerte, había una cita.

“Si existe el diablo, ojalá fuera un diablo, para vivir y arder en el eterno fuego. 

William Shakespeare”.

No pude evitar leerla en voz alta, lentamente, como terminando de asimilar que mis suposiciones podrían ser correctas.. 

-¿Le gusta? Es de Tito Andrónico. ¿La conoce?

Me giré. Era el mismísimo sacerdote que había auxiliado a Henrys en sus últimos instantes. Era la segunda vez que coincidíamos en nuestras vidas. La primera había sido tan breve como intensa. Ambos hicimos como que no nos habíamos reconocido. (Por cierto, quítese de la cabeza la idea de que los de mi gremio actuamos encapuchados, eso es sólo en las pelis de la Inglaterra isabelina).

-Si le soy sincero, es la primera vez que oigo ese nombre.

-No es de las más famosas, ni de las mejores. Aunque, por supuesto, todo lo que escribió Will es sublime, al menos en este pueblo.

Emitió la típica carcajada eclesiástica, a la que me uní.

-Permítame, pues, que le ilustre -prosiguió-. La cita es de Aaron, el malo de la historia, pero que, al final, entrega su vida a cambio de salvar la de su hijo. Dar la propia vida por los demás, aunque uno sea un asesino. Curioso concepto. ¿Estuvo usted en la guerra?

-Me temo que sí.

-Y, ¿qué le impulsó a ir? Seguramente la defensa de su patria, de su gente; frente a un enemigo que les quiere quitar su libertad, su dicha, su bienestar. Por todo ello un buen soldado está dispuesto a matar y morir. Aunque el enemigo sea inocente, aunque uno renuncie para siempre a un futuro que podrías ser de felicidad. “Dulce et decorum est pro patria mori”. ¿Le gusta el poeta Horacio?

-Me temo que no conozco la obra de ese señor.

El sacerdote me miró con una sonrisa de paternalismo.

-Pues debería, se lo aconsejo. La cita se traduce: ”Dulce y honorable es morir por la patria”. Dígame, si alguien pusiera en peligro la identidad de su gente; si alguien -un periodista con tendencia acreditada a difundir bulos, pongamos por caso- diera pábulo a los que afirman que el alma de su pueblo no es más que una farsa; si ese mismo periodista pagara a un obrero para que le dejara husmear por donde podría no convenir, y usted se enterara del plan. Si todo esto le ocurriera, ¿usted qué haría? Supongo que presentarse en el momento del pago e intentar convencerle por la buenas de que desista. Pero ¿y si recibiera la burla y dos portazos en sendos retretes por respuesta? “¡Calla, gilipollas, no podemos perder el tiempo contigo, que vamos a cagar!”  ¿No se le nublaría el entendimiento, no perdería los nervios, no aplastaría a esos gusanos para arrancar de cuajo sus mentiras? En fin, mis obligaciones me reclaman. Con su permiso, le dejo. Espero que esté disfrutando de su visita a nuestro bonito pueblo. Los que somos de aquí lo amamos con locura, y, obviamente, a Will y su obra. Si nos quitaran eso, nos robarían el alma. ¡Por no hablar del desastre económico que se nos vendría encima! -volvió a reír al tiempo que se alejaba.

Me quedé pensativo.  Aquel sacerdote había estado paseando de puntillas por el borde del secreto de confesión sin caerse durante toda nuestra conversación. Admirable. Él no era tonto, e intuía que sus palabras no hacían sino confirmar mis sospechas, las que me habían sugerido la historia de un asesino tan torpe y visceral que había matado por impulso, sin antes percatarse de que no podía revelar el verdadero motivo de su crimen -eso daría todavía más publicidad a la teoría que pretendía acallar- y que, por tanto, no tenía ninguna mentira preparada para cuando la Policía le interrogara. Por fortuna, la prensa se encargó de hacer el trabajo sucio por él y desvió oportunamente la atención pública del verdadero e incómodo móvil del asesinato.

La única duda que me quedaba era cuánta gente más en Stratford era consciente de la cruenta inmolación que su paisano había protagonizado por ellos. Puede que medio pueblo, puede que sólo sus padres y el cura. ¿Qué más daba? Saqué del bolsillo de mi chaqueta la fotografía que había tomado de uno de los últimos artículos firmados por Southward.

“William Shakespeare es el mayor impostor de la historia de la Literatura y este periódico lo va a demostrar con documentos obtenidos en las ruinas de la que fuera su mismísima casa”

Era la sentencia de muerte más curiosa que había visto en mi vida.

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