LA SEMILLA DE CAÍN
LA SEMILLA DE CAÍN
Londres, junio de 1947
Stan Winds fue pura rutina para la maquinaria judicial británica. Le había alquilado una habitación a los señores John y Dolly Charles —recientemente llegados a Londres desde la Irlanda más profundamente rural. Tras un par de meses, la señora Charles le había tentado a Winds con el fruto prohibido de una aventura y él se lo zampó de un bocado. Pasado un tiempo, Dolly decidió poner fin a la historia a través de una carta en la cual, además, amenazaba con chantajear a Winds aprovechando cierta comprometida información que le había sonsacado en las noches de pasión. En injusta retribución, Winds le había pegado dos tiros a Dolly Charles mientras dormía la siesta. John Charles y la señora Winds —que estaban en otras estancias de la casa— llegaron demasiado tarde para hacer nada por la desdichada víctima. Winds, con la escopeta aún humeante, intentó escapar saltando por la ventana, pero lo único que logró fue fracturarse el tobillo. “¡Peor fractura va a ser la que me hagan en el cuello con la soga!”, chilló mientras se lo llevaban detenido, haciendo gala de la estúpida teatralidad de la que adolecen este tipo de sujetos. A los muchachos de la prensa la frasecita les encantó, no obstante.
El juicio reveló que Stan Winds era el prototípico ogro machista. De puertas para afuera, un tipo agradable, simpático incluso, que contaba buenos chistes en el pub y colaboraba con la parroquia. Un señor aparentemente respetable, en suma. De puertas para adentro, un chulo repugnante que insultaba y vejaba a su esposa a diario, y que recurría a la agresión física si juzgaba que la situación así lo demandaba. Eso sí, siempre pedía perdón al día siguiente, culpando a su condenado temperamento nervioso, y juraba solemnemente no volverlo a hacer.
La deliberación del jurado apenas duró diez minutos y, tres semanas después de emitido el veredicto, ya estaba yo personándome en la londinense cárcel de Wandsworth para cumplir con el encargo del gobierno de Su Majestad. Pura rutina. Los asesinos de actuales y pasadas esposas, novias y amantes, visto uno, vistos todos. Lloros, arrepentimientos e invocaciones a un curioso concepto del amor que pasa por hacer daño al ser amado. El asunto fue rápido y sin novedad. Como él mismo había predicho, su cuello se quebró según lo previsto.
Según me disponía a abandonar la prisión, con la satisfacción del deber cumplido, me topé en la puerta con el abogado de Winds. Justo antes de salir, extrajo un sobre del bolsillo de su chaqueta y se lo dio al funcionario de turno.
—Tire esto, ¿me hace usted el favor? Es que no he encontrado ninguna papelera. Es una carta que me ha dado el tal Winds para que se le entregue a su hijo cuando cumpla la mayoría de edad. Le he dicho que se la voy a enviar a su familia para que se encargue, pero me ha contestado que no, que no quiere que nadie pueda leerla antes que su hijo. Pero resulta que el chaval tiene siete añitos y, obviamente, no voy a estar yo pendiente todo este tiempo de esperar para buscarle y dársela. Además, que a un cerdo criminal así, favores, ni uno.
Las bondades de los abogados británicos baratos nunca dejaban de sorprenderme.
—Démela a mí. Yo me encargaré —intervine.
El picapleitos —que, sin duda, me había reconocido— me la entregó con un indisimulado gesto de asco y salió pitando sin mediar palabra. Bueno, yo soy muy bueno en lo mío, cosa de la que él no podía presumir.
La verdad es que ignoraba que los Winds tuvieran un hijo. Investigando un poco, un contacto que tengo en la policía me indicó que al crío lo habían facturado con unos parientes a un pequeño pueblo del norte para mantenerlo alejado de todo aquel asunto tan desagradable.
Escondí la carta metida entre mis libros, con el solemne juramento de que, llegado el momento, haría todo lo posible para que llegara a su legítimo destinatario, cuyo nombre completo estaba escrito en el sobre: Andrew Joseph Winds. En cierto modo, era algo que le debía a mi cliente.
Bristol, abril de 1958
—¿Es usted Andrew Joseph Winds?
El joven al que acababa de asaltar junto a la puerta de una habitación en una residencia de estudiantes me miró con gesto de suma extrañeza.
—¿Qué quiere?
—Entregarle esto. Me lo dio para usted una persona hace más de una década.
Entonces, de golpe, pareció como si todo aquello hubiera cobrado sentido para él.
—Es de mi padre, ¿no? ¿Cuándo se la dio?
—Mmm, digamos que estuve presente en sus últimos momentos. No me pida más detalles.
—Ya, bueno, es igual. Muchas gracias por el tremendo esfuerzo y favor. ¿Le costó mucho localizarme?
—Un poco. Tuve que molestar a algunos funcionarios en las oficinas correctas. Afortunadamente, tengo mis contactos.
—Pase, ya que se ha molestado tanto para darme esto, le voy a compensar con una taza de té y un pequeño cotilleo sobre el caso si no tiene nada mejor que hacer.
—No, la verdad es que no tengo planes hasta última hora de la tarde, cuando sale mi tren de vuelta a casa.
—Pues siéntese donde quiera, que se va a divertir.
—Gracias.
—Supongo que le habrán contado que, durante el proceso judicial de mi padre, mi madre hizo lo que cualquiera en su lugar: alejar al niño de todo aquel macabro circo para protegerlo e intentar asegurarse de que no se enterara de nada. “Papá y la tía Dolly se han ido muy lejos de caza, les han capturado unos señores muy malos y ya no va a volver más, pero son unos héroes y unos valientes…” La previsible sarta de mentiras piadosas para intentar hacer que un trago tan amargo sea un poco más digerible para un niño de 7 años. Sí, esta es la historia oficial que todo el mundo —usted incluido— se tragó sin ponerle un pero. Al fin y al cabo, era todo lógico y natural. ¿Me equivoco?
—No, es lo que cualquiera habría hecho en tales circunstancias.
—Nada raro, por supuesto. Hay que proteger a los menores. Son tan ricos, tan inocentes, tan espontáneos; siempre diciendo lo que se les pasa por la cabeza, ignorando las posibles consecuencias.
—Perdón, no sé dónde quiere llegar.
—Pero, por otro lado, los niños pueden ser tan crueles…¡Siempre burlándose de las carencias y los defectos de los demás! Dicen que es sin mala intención, aunque no estoy yo siempre tan seguro. Fíjese en mi caso: “¡Dolly es una burra, Dolly es un asno, que no sabe leer y escribir, y yo sí!” Eso le cantaba yo a la pobrecita Dolly Charles a todas horas sólo por la satisfacción de hacerla rabiar, o puede que sufrir. ¡La pobre chica pobre de campo que nunca pudo ir a la escuela, y que se convirtió en una mujer que había decidido intentar subsanar esa carencia! Era algo de lo que se sentía tan avergonzada que no se lo contaba a nadie. Era su gran secreto, que había aprendido a ocultar con maestría. Yo me enteré porque hacía unos días me había pedido prestados mis antiguos libros de lectura elemental del colegio. Los iba a usar para practicar. Es curioso, avergonzarse más de no saber leer y escribir que de otras cosas que hacía…Aunque seguramente pensaba que, si adquiría un poco de formación, quizás tendría alguna oportunidad de dejar de tener que hacerlas. Desgraciadamente, nunca supo si efectivamente sería así.
—Me parece que en esto está usted equivocado, señor Winds. En el juicio se mostró como prueba la carta que la señora Charles le envió a su padre y que desencadenó toda la tragedia!
—¡Bingo!
—Lo siento, no le sigo.
—¡Pues está bien claro! La famosa carta no la escribió Dolly, alguien la redactó haciéndose pasar por ella.
—¿Alguien? ¿Quién?
—¡Ellos, hombre de Dios, ellos, mi madre y el tal John Charles! Me alejaron de todo aquello no por protegerme a mí, sino para protegerse ellos. Protegerse del único testigo que —quizás de modo accidental— pudiera desmoronar todo su castillo de naipes criminal. Era muy improbable, pero no quisieron correr riesgos. ¿Qué habría pasado si yo casualmente hubiera oído el nombre de Dolly Charles por la radio y me hubiese puesto a cantar mi cancioncita en público?
Yo me había quedado absolutamente helado, incapaz de articular palabra de puro estupor. ¿Cómo era posible que al abogado de Stan Winds se le hubiese pasado un detalle tan elemental como crucial? Entonces recordé mi breve encuentro con él y el tipo de persona que había demostrado ser. En fin, supongo que por cosas como ésta hay abogados caros y abogados baratos. Aunque, por otro lado, tampoco habría servido para salvar de la soga a su cliente.
—Me figuro que ya se olerá usted lo que realmente pasó —prosiguió Andrew Winds—. Poco después del crimen, John Charles desapareció del mapa “para tratar de olvidar el inmenso dolor causado por la pérdida de su esposa”, y mi madre, pasado un tiempo prudencial, se marchó con él. ¿La razón? Sencilla: mi madre y el señor Charles estaban liados y habían sabido llevar su aventura con admirable discreción. No me extraña que se enamorara perdidamente de él: había encontrado un hombre que le regalaba el respeto y el cariño que mi padre jamás le dio.
—¿Y en qué parte de Inglaterra se ocultan, si no es indiscreción?
—¿Inglaterra? ¿Usted se cree que son tontos? Están en Australia —nada más y nada menos—. Mejor largarse lo más lejos posible, por si acaso. Obviamente, mi madre me llevó con ella. Mantuvieron la pantomima de que mi padre y la tía Dolly habían muerto asesinados en una expedición de caza hasta que consideraron que ya era lo suficientemente mayor como para contarme una verdad que tenía derecho a conocer. La verdad de cómo mi madre y John Charles se habían enamorado. En principio, pensaron en fugarse juntos sin más, pero mi madre sabía que eso significaría perderme, si es que mi padre no los encontraba antes y los mataba a tiros. Dolly Charles, por su parte, tampoco era probable que le pusiera las cosas fáciles a su marido. Dependía completamente de él para su subsistencia. En consecuencia, mi madre y su amante trazaron un astuto plan. Había que librarse de mi padre y Dolly. ¿Cómo? Simple: él se encargaría de ella, y el gobierno de Su Majestad de él. Genio criminal en estado puro. Lo primero que hizo John fue convencer a su esposa para que sedujera a mi padre, con la excusa de que de esa manera se ahorraban el dinero del alquiler. El romance duró sólo hasta que juzgaron que mi padre estaba lo suficiente enamorado como para que una hiriente carta poniendo fin a la relación y amenazando de chantaje surtiera el efecto deseado. Mi madre lo conocía a la perfección, a él y a sus chanchullos, y sabía que estaba justo en su punto. Entonces, la magistral apoteosis. Mi madre le comenta muy alarmada a mi padre que ha visto a un tipo muy raro merodeando por el jardín, Mi padre de inmediato le responde que va a echar un vistazo. Mi madre le aconseja que lleve su escopeta cargada, por si acaso. Cuando él vuelve, se topa con la misiva sobre la mesa del recibidor. Mientras, Dolly se echaba una dulce siesta oportunamente inducida por un narcótico en el postre. Había que evitar que ella pudiera revelar que la carta era falsa y, además, siempre es más sencillo asesinar a alguien mientras duerme, no puede pedir compasión.
—¿Y si le hubiesen hecho la autopsia a Dolly y hubieran encontrado el narcótico?
—¿Perder tiempo y dinero en hacerle la autopsia a una mujer pobre a la que le meten dos tiros en presencia de testigos? ¡No me haga reír!
—Sí, admito que tiene razón.
—En suma, que todo les salió a pedir de boca a mi madre y a su amante. Por mi parte, el enterarme de toda esta historia me produjo sentimientos encontrados. Mi padre era un canalla y un asesino que se merecía el final que tuvo por lo que hizo, pero ¿qué derecho tenía mi madre para empujarlo a la horca y así fugarse con su amante? Además, también habían propiciado la muerte de mi querida Dolly. Le había cogido cariño de verdad a aquella mujer. Finalmente, decidí que no quería seguir viviendo con ellos (al menos de momento) y, en cuanto cumplí la mayoría edad, me vine a estudiar a Inglaterra.
—¿Por qué no los denunció a la policía?
—¿Y de qué delito los podía acusar realmente? ¿Inducción al crimen? Mucho lío para, seguramente, nada. Le recuerdo que esto ocurrió hace once años en Inglaterra y ellos están en Australia. ¿Piensa en serio que alguien en Scotland Yard iba a mover un dedo?
—Sospecho que no. Pero ¿por qué no va a la prensa y les cuenta toda esta historia?
—¿Por dinero? Por fortuna tengo el suficiente como para no tener que vender las miserias de mi familia al mejor postor. Al señor Charles le ha ido muy bien en Australia, ¿sabe? Mire, sinceramente, el pasado es el pasado y es mejor no removerlo. Yo sigo con mi vida, ellos siguen con la suya y le aconsejo que usted haga lo propio.
—Y entonces, ¿por qué me lo ha contado a mí?
—Ya se lo dije. Se lo ha ganado, y, después de todo, me apetecía desahogarme un poco. Es curioso. Desde que me enteré de toda esta historia, hay un pensamiento que me atormenta. ¿Hasta qué punto es posible empujar a una persona a los más graves delitos? ¿Sería posible manipularme a mí para que cometiera un asesinato? En suma, ¿tenemos todos dentro a un demonio criminal que puede ser invocado con el conjuro correcto? Sin lugar a dudas, mi padre ya era una persona muy violenta de por sí, pero ¿habría cometido el asesinato si no hubiera tenido la escopeta cargada y en sus manos, si hubiera podido meditar ese par de minutos que se tarda en ir a buscarla y cargarla? ¿Habría matado a Dolly si no la hubiera encontrado dormida? En suma, violento o no, mi padre seguramente seguiría con vida si no lo hubieran manipulado de una manera tan astuta, fina y despiadada. Y Dolly también, por supuesto.
—Lamento confirmarle que todos llevamos a un asesino en potencia latiendo en nuestro corazón. Es algo que la guerra me enseñó. En fin, muchas gracias por el té. Estaba muy rico. Le dejo, que estará usted loco de ganas por leer la carta de su padre tranquilamente y en la intimidad.
—Le voy a meter fuego sin abrirla.
—Como guste. Lo dicho. Un placer conocerle.
—Igualmente.
Nunca más volví a saber de Andrew Joseph Winds. Nunca más se volvió a saber de Andrew Joseph Winds.
Este es, pues, el final de esta historia. La de la semilla de Caín que todos los seres humanos llevamos plantada dentro; unos muy pequeñita, otros más grande, pero todos tenemos la nuestra. Por su propio bien y el de otros, por lo que más quiera, no permita que nadie se la riegue.